miércoles, 31 de diciembre de 2014

Fotorresumen del año 2014

Si se pudiera hacer un puzzle con aquellas imágenes representativas de este año que hoy finaliza, bien podría resultar el siguiente. Imágenes de una España en la que los ricos disfrutan indiferentes de la abundancia y los pobres, cada vez más pobres, se ven obligados a encaramarse a las vallas de la desigualdad y la marginación. Ante esta terca realidad de infortunios (para vivir y para ejercer derechos) por obra y gracia de interesadas decisiones políticas y no a causa de catástrofes naturales, como es exponer a la sociedad española a una nueva y mortal enfermedad aquí inexistente en vez de combatir el foco y las condiciones que la propagan, el presidente de Gobierno se muestra exultante de optimismo por una recuperación y un "despegue" de España -con seis millones de personas en paro y miles sin cartilla sanitaria-, que sólo él y los privilegiados de la sociedad perciben. ¡Benditos sean los ojos que ven vestida esa maldita realidad desnuda!



domingo, 28 de diciembre de 2014

La herencia prevista

Falta aproximadamente un año para las próximas elecciones generales y el Partido Popular, que siempre ha esgrimido la “herencia recibida” como lastre para justificar sus medidas más impopulares, tiene ya, en el curso de una única legislatura, un insoportable “legado” que no sólo hipotecará al próximo Gobierno que salga de las urnas, sino que pesará como una losa a los actuales gobernantes a la hora de  intentar conseguir otra vez el favor y la confianza de los ciudadanos. Nunca antes ningún Gobierno había defraudado tanto las expectativas de la población como lo ha hecho el Ejecutivo de Mariano Rajoy, tras haberse presentado como el valedor de un bienestar y una prosperidad socavados por una fuerte crisis económica, pero que no dudó endosar, prácticamente en exclusiva, al anterior mandatario socialista.

Por eso, puestos a hacer balance de esta legislatura que afronta su recta final, el Gobierno tiene difícil “maquillar” el resultado de lo realizado sin caer en contradicciones o variar de parecer sobre lo que ayer criticaba con extrema dureza. Los tímidos signos de una lenta recuperación, sólo perceptible en las magnitudes macroeconómicas, debida antes a causas favorables exógenas que a las famosas “reformas” estructurales impulsadas por el Gobierno, han sido pronto anotados como frutos de la política gubernamental, no teniendo empacho en presentarlas como mérito de haber transformado España en la “locomotora” de la economía europea, la única que crece mientras las demás apenas mantienen el pulso. Ni una cosa –la crisis- ni otra –la recuperación- son consecuencias exclusivas de un único y sólo agente, por lo que esa tendencia a culpabilizar a los demás de todo lo negativo y arrogarse los méritos de todo lo positivo deja en evidencia una forma de hacer política poco honesta del actual presidente del Gobierno. Eso será un signo patognomónico de su legado.

La corrupción, que afecta al partido en el Gobierno más que a cualquier otro, será con seguridad el motivo de mayor peso para la retirada de esa confianza de los ciudadanos en la política, en general, y en el partido en el Gobierno, en particular, dada la acumulación de escándalos que se han conocido en los últimos tiempos. Desde la trama Gürtel (con 187 imputados), al caso Bárcenas (financiación ilegal del Partido Popular y condena de prisión a su tesorero general), la operación Púnica (31 detenidos y 250 millones de euros de adjudicaciones a cambio de comisiones) y las tarjetas “Black” de  Bankia y antigua Caja Madrid (Blesa, Rato y otros directivos detrajeron 15,5 millones de euros en sobresueldos opacos al fisco), son algunas de las “irregularidades” que se descubren allí donde el Partido Popular gobierna y tiene poder en Administraciones y entidades financieras. A pesar de todas las medidas adoptadas por evitar verse relacionado con estos escándalos antes que para erradicar la corrupción, el Gobierno dejará en herencia una justificada alarma social que se ha instalado entre los ciudadanos y causa su desafección de la política. Faltan explicaciones y actitudes más contundentes de los partidos para combatir una corrupción que corroe al sistema político, empezando por el Partido Popular.

Pero es que este Gobierno, además de la corrupción, dejará también en herencia la manipulación e injerencia en sus relaciones con los demás poderes democráticos, especialmente el Judicial. Aunque ya es conocido el alineamiento ideológico de la persona escogida por el Gobierno para ocupar el puesto de Fiscal General del Estado, tampoco nunca antes se había visto que el seleccionado dimitiera del cargo debido a las presiones insoportables recibidas. No se trata sólo de una cuestión de disparidad de criterios, sino de deslealtad institucional e invasión en la autonomía de los poderes en que se sustenta un Estado democrático. Tan grave es la violación que hace el Gobierno de la separación de poderes, que ha provocado la protesta inédita de trece jueces de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo por las injerencias que recibe por parte del Poder Ejecutivo. Estos últimos elementos (corrupción y deslealtad institucional) son, por sí mismos, intolerables en cualquier democracia que se precie de tal nombre, pues no sólo socavan el funcionamiento y el equilibrio de los poderes que la articulan en representación de los ciudadanos, sino que preceden y caracterizan a los regímenes totalitarios que adolecen de un comportamiento verdaderamente democrático. Es, con todo, la más preocupante deriva que dejará en herencia el actual Gobierno, el cual, precipitándose hacia un Estado policial, aprueba una Ley “Mordaza” que cercena libertades públicas e impide o limita las manifestaciones, la toma de fotografías de abusos policiales y otros derechos derivados de la libre expresión y manifestación.

La otrora intolerante formación contra cualquier decisión que pudiera percibirse como afrenta a las víctimas del terrorismo, el Partido Popular, ahora en el Gobierno, será el que mayor número de “etarras” va a dejar en libertad por medidas judiciales, sin que rectifique antiguas acusaciones de connivencia con los violentos en casos de idéntica actuación gubernamental. Aquel apoyo a las víctimas del terror, utilizado como arma partidista y política, se vuelve en contra del Gobierno cuando ha de atenerse a una escrupulosa legalidad penal y penitenciaria, lo que supone un lastre en su herencia a la hora de volver a encauzar en su favor las emociones y sentimientos que genera una lacra, afortunadamente, del pasado, como esta del terrorismo.

Y es que el retroceso en libertades y costumbres que imponen, entre otras, la modificada Ley del Aborto, volviendo a penalizarlo, y la Ley Wert, que reintroduce la asignatura de religión en el curriculo escolar, sólo es defendido por las capas más conservadoras e inmovilistas de la sociedad, aquellas a las que el Gobierno ha mimado por representar el modelo social que persigue y en las que se integra esa élite pudiente que goza de toda clase de privilegios. Estos privilegios y los recortes que se han cebado sobre el resto de la población han agrandado la brecha entre ricos y pobres en España, hasta el extremo de ser el país en el que más han aumentado las desigualdades de Europa. Con la excusa de la crisis económica, el Gobierno ha aprovechado para desmantelar el Estado de Bienestar y ha limitado la asistencia sanitaria, ha encarecido los medicamentos, ha congelado las pensiones, ha entorpecido y prácticamente anulado las ayudas a la Dependencia, ha disminuido el número de empleados públicos, sobre todo en sanidad y educación, y, en definitiva, ha consumado un empobrecimiento general de la población, mientras al mismo tiempo elaboraba una amnistía fiscal a los evasores de dinero y asumía un rescate a los bancos y las autopistas con cargo al dinero de los contribuyentes. Este retroceso moral y material de la sociedad es otra herencia de este Gobierno.

Así como el conflicto territorial con Cataluña, en el que se enfrentan posturas inamovibles entre el nacionalismo catalán y español, cada uno tirando hacia el lado opuesto y dispuestos a romper los lazos que unen aquella comunidad con la Nación española. Unos buscan la independencia y otros el retorno al centralismo más trasnochado, sin querer ninguno explorar espacios intermedios de concordia y entendimiento. El Partido Popular alentó desde la oposición unas reacciones ahora desbordadas de secesión, con campañas publicitarias anticatalanas y recursos al Tribunal Constitucional por artículos del Estatuto catalán que admitía, en cambio, en otros estatutos. Hoy, derivado en parte de aquella compulsiva beligerancia antirreformista, el Gobierno se enfrenta a un desafío territorial sin precedentes, al que no sabe o no quiere abordar políticamente, sino con medidas legales y, llegado el caso, penales. De esta manera, un presidente autonómico está próximo a ser imputado por un delito de desobediencia a la Justicia al consentir una consulta a la población sobre el modelo de relación entre su comunidad y el resto del Estado. El diseño autonómico que consagra la Constitución queda, así, sometido a tensiones centrípetas y centrífugas que presionan hacia el centralismo y el federalismo más antagónicos. Grave y complicado problema que recibirá en herencia el próximo Gobierno que surja de las urnas.

Estas “dotes” de la herencia que legará el actual Gobierno condicionarán sobremanera al futuro Ejecutivo que tenga que asumir las riendas del país. Si Mariano Rajoy siempre se ha quejado de la herencia recibida, la que él dejará será notablemente mucho más abultada y compleja. Las señaladas anteriormente son, a mi juicio, las más problemáticas, por su gravedad y trascendencia. Se suman a ellas las directamente debidas a la situación económica, el aumento del paro (más de los que recibió en herencia), la precariedad del trabajo y salarios, la desprotección de los trabajadores frente al empresariado, la subida de impuestos, la reducción de becas y otras prestaciones sociales, los desahucios de viviendas, la pobreza energética, el abandono de las energías renovables, etc. Tal será la magnitud de la herencia que el próximo Gobierno, aun resultando este reelegido, tendrá enormes dificultades para convencer a los ciudadanos de la bondad de su gestión. Que luego no se llame a engaño.

jueves, 25 de diciembre de 2014

El primer mensaje insustancial del rey

El rey de España, Felipe VI, estrenaba esta Nochebuena su primer mensaje grabado a la Nación. Sigue así una costumbre –esperemos que la única- de su padre, el rey Juan Carlos I, que abdicó a causa de los escándalos y los tropezones que había acumulado en su vida. Existía cierta expectación por conocer el contenido de este primer mensaje navideño del Jefe del Estado, y también morbo: había morbo por ver cómo trataba el rey el asunto de la imputación por corrupción de su hermana, la infanta Cristina de Borbón. Pocos se perdieron anoche, pues, el citado mensaje.

Cambiando el despacho por el rinconcito de algún salón de Palacio -algo más diáfano, moderno, pero con las insustituibles fotos familiares-, Felipe VI pronunció puntual y bien leído su primer discurso navideño a los españoles a través de las cámaras de televisión. Y resolvió la faena como cabía esperar: aburrido, con grandes deseos de todo tipo e insustancial para quien esperara más compromiso del primer servidor público frente a los problemas y las circunstancias que ahora preocupan a los ciudadanos en España.

Es verdad que abordó el problema de la corrupción cuando dijo que había que cortarla de raíz y sin contemplaciones. Pero le faltó añadir que, en un Estado de Derecho, nadie está por encima de la ley y, frente a ella, todos los ciudadanos son iguales. Esa mínima referencia hubiera bastado para mostrar nítidamente su posición respecto a los problemas de corrupción que asolan incluso a su propia familia, en la persona de su hermana la infanta Cristina.

También se refirió al paro como la primera prioridad a la que deberían enfrentarse nuestros gobernantes, pero confió su resolución a una economía que debía estar al servicio de las personas, cuando en este país la deuda figura como un deber prioritario en la Constitución frente a los derechos y servicios públicos reconocidos a los ciudadanos. Citó el Estado de Bienestar como garantía de la atención a los más desfavorecidos y vulnerables, cuando desde el Gobierno se reducen prestaciones, se limitan derechos y se dejan sin partidas presupuestarias políticas tan necesarias como las ayudas a la Dependencia, entre otras. Mostrar confianza en lo que se está desmontando y aniquilando para que el sector privado sea el que satisfaga las necesidades de la población, no deja de ser un insulto a los vulnerables y a la inteligencia de todos.

El grave problema territorial que plantea Cataluña, con su ambición independentista, fue resuelto con apelaciones a los sentimientos y emociones que, a juicio del rey, nos unen formando un tronco común. Reconoció en la Constitución de 1978 el instrumento más eficaz para aglutinar en la unidad del país las distintas identidades y sensibilidades de los pueblos de España, donde nadie es adversario de nadie. Requirió esfuerzo para reencontrar los afectos y reclamó respeto a la Constitución, pero evitó pronunciarse sobre reformas de la Constitución, la configuración territorial del Estado y la necesidad de arbitrar políticamente respuestas a un enfrentamiento que vayan más allá de la mera exigencia de responsabilidades penales a los dirigentes catalanes.

Adobó todo su discurso con alusiones a la solidez de nuestra democracia, en la que hay que corregir fallos y acrecentar sus activos, con el objetivo de recuperar la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Hizo un llamamiento a la regeneración política y a preservar la unidad de España desde la pluralidad, pero sin dedicar ni una palabra a las nuevas iniciativas ciudadanas que responden a estos planteamientos, buscan superar los límites actuales y desean airear la política del aire contaminado en que está inmersa.

En definitiva, el nuevo menaje del rey sonaba a viejo, a repetido y anquilosado discurso de una institución y su representante, el rey, que no se adecua a los tiempos que vivimos, no profundiza en sus problemas y no conecta con las demandas y aspiraciones de la sociedad española del siglo veintiuno. Tras tanta expectación, sólo hemos escuchado el primer mensaje insustancial del rey Felipe VI.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Joe Cocker

Nos gustaba su voz aguardentosa, ronca de madrugadas y humo y rota de rabia en canciones que nos hacían brincar como endemoniados o nos incitaban a fundirnos en un cuerpo deseado, cual esclavos del amor o petimetres en busca de una caricia o un roce. Así era el cantante Joe Cocker, un inglés feo con el que nos identificábamos porque tenía un don, esa garganta prodigiosa para cantar lo que aflora de dentro, como en el soul o el flamenco, un recurso extraordinario que él supo utilizar desde que en los años sesenta se subió a un escenario para demostrar su fuerza y su rabia, para desvelar su alma negra. Murió el lunes pasado víctima de la edad, una enfermedad y los excesos juveniles, cuando el resto del mundo se aprestaba a los fastos de navidad y ya pocos le echaban de menos. Nos deja piezas memorables, interpretaciones intensas y llenas de emoción con cada una de sus canciones. Porque Joe Cocker no cantaba, sino que actuaba cada tema, agitaba y convulsionaba cabeza y manos para subrayar palabras y estrofas de sus canciones. Y transmitía, con las letras y la cinética de su cuerpo, el mensaje del pundonor con el que versionaba canciones de otros, de Los Beatles o Leornard Cohen, o mostraba su portentosa capacidad para el rock furioso y desgarrador. Me gustaba Joe Cocker y ya no puedo esperar nada nuevo de él, sino recordar en el tocadiscos aquella voz negroide que salía del cuerpo de un antiguo hippie pelirrojo, desgreñado y descuidado, de los viejos tiempos de la contracultura, cuando los jóvenes queríamos comernos el mundo y todas las revoluciones nos parecían posible. Descanse en paz.

 

martes, 23 de diciembre de 2014

Felicitación a los lectores


Este blog se suma a la costumbre, no por tópica menos aceptada, de saludar a sus lectores y seguidores con ocasión de unas fiestas de Navidad y Año Nuevo que tantas satisfacciones deparan, sobre todo, a los mercaderes de felicidad y profesionales de la hipocresía. Que el paso de los años, que es lo que en realidad celebramos, confiera sentido crítico y racionalidad a nuestras ideas y conductas, liberándonos de ataduras y supersticiones. Es nuestro deseo más ferviente para todos, siempre.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Cuba, de la geoestrategia a la realpolitik

Que Cuba ya no es lo que era es algo que ha quedado demostrado con la nueva posición de Estados Unidos con su otrora enemigo público número uno doméstico, aquel foco permanente y peligroso de irradiación del comunismo a las puertas mismas del imperio. Tampoco el comunismo es lo que fue, una tentación idealista para pueblos oprimidos por la Historia y la promesa de una redención alcanzada por el igualitarismo materialista. Ya nada es lo ha sido, y hay que adaptarse a los nuevos tiempos y a otras circunstancias. Barack Obama lo ha visto claro y ha respondido cuando podía hacerlo, cuando los votantes no pueden reprochárselo en las urnas.

Tras 53 años de una política de aislamiento al régimen cubano, EE UU afloja la soga y decide restablecer relaciones diplomáticas con la isla y superar, así, décadas de un enfrentamiento soterrado que no ha impedido ni que Cuba abandonara el comunismo ni que EE UU lograra ejercer influencia sobre aquel régimen. Los únicos afectados por esa prolongada e inútil situación han sido el resignado pueblo cubano y sus ansias, siempre sofocadas, de libertad. Era una situación inconcebible y hasta inconveniente para los tiempos actuales y los intereses norteamericanos en un mundo global que presenta otros problemas.

Si alguna vez las banderas que bajaron de Sierra Maestra para ondear en La Habana, el 1 de enero de 1959, supusieron un reto inaceptable para los intereses geoestratégicos de EE UU, máxime si exportaban revolucionarias metástasis cheguevaristas por toda la región, hoy en día el viento de la historia apenas las agita deshilachadas como símbolos de la decrepitud y agonía de aquella ideología y sus dirigentes, que dan sus últimas palpitaciones vitales. El sueño que perseguían hace años se había esfumado entre el estruendo de la caída del Muro de Berlín y el abrazo ruso a la economía de mercado. Ni el comunismo ni Cuba representaban ya ninguna amenaza para el capitalismo que lidera el vecino del norte, enfrascado en otras guerras y otros asuntos mucho más graves.

Y es que tampoco EE UU había podido doblegar a los obcecados castristas por la fuerza, a pesar de todas las invasiones reales y virtuales que durante décadas han venido practicando contra aquel enemigo isleño. Un pulso realmente alarmante cuando alguno de los contendientes pensaba que podía ganarlo. Pero ni Bahía de Cochinos y el desembarco fallido, ni la crisis de los misiles que obligó a Kennedy a responder el zapatazo de Kruschev, sirvieron para afrontar la revolución cubana, más allá de convertirla en un mito que exageraba sus virtudes y ocultaba sus debilidades.

Once presidentes de EE UU después, se produce lo que parecía lógico: dejar que se consuma entre estertores el régimen castristas y preparar a los cubanos a una realidad que perciben desde los cuatro puntos cardinales del Caribe y que se materializa en un mundo en el que los polos enfrentados no son ya la democracia y el comunismo, sino Occidente contra el terrorismo islámico. Había llegado el momento de pasar de la geoestrategia ideológica y practicar la realpolitik que define el pragmatismo de los Estados Unidos, una potencia capaz de mantener relaciones con China y Rusia, estandartes mundiales de lo que fueron y en parte son una economía centralizada y regímenes autoritarios que violan los derechos humanos, pero estoicamente obsesionada con ese “socialismo” latino de Cuba, cuyo máximo error fue confiscar sin pago las empresas norteamericanas en la isla, lo que supuso el embargo comercial durante décadas. Ni Corea, ni Vietnam, ni Japón, ni Nicaragua ni ningún otro país ideológicamente enfrentado a EE UU ha sufrido semejante castigo.
 
EE UU se presenta ahora ante los cubanos con la magnanimidad del poderoso e invita a una población empobrecida y reprimida a probar las mieles del consumo y la libertad, posibilitando negocios a empresas norteamericanas que se precipitarán a la conquista de un potencial mercado en el que está casi todo por hacer y a tan sólo unos centenares de kilómetros de distancia. Y dejará a los viejos líderes de la contumacia a seguir desempeñando el trasnochado papel de malecones contra el bienestar y la prosperidad, mientras el faro de Florida ilumina un futuro radiante que encandilará a los insulares. La suerte está echada: el final de la Cuba con “rumbo socialista” se orienta hacia una progresiva asunción de la economía libre de mercado. Y aunque la bloguera cubana, Yoani Sánchez, considere que la actitud de EE UU está envuelta en “el amargo sabor de la capitulación”, lo cierto es que se trata, estratégicamente, de ejecutar una jugada que desbloquea una situación de tablas a favor del habilidoso Obama, quien, con ayuda del Vaticano, coge a todos desprevenidos. Cuba abandona la geoestrategia ideológica para inscribirse en la realpolitik de un mundo, para ellos, nuevo y prometedor. ¡Ojalá sea para mejor!

sábado, 20 de diciembre de 2014

Semillas filiales


Cuando son simientes, nos volcamos en cuidarlas, protegerlas y regarlas para que nada les falte ni impida su crecimiento. Abonamos con mimo unos suelos fértiles para que sus raíces sean fuertes y profundas, sin darnos cuenta que sus troncos se yerguen sólidos hacia las alturas, desde las que contemplan unos horizontes mucho más amplios que los que les proporcionamos con nuestra protección y afanes. Ignoramos, en nuestra obcecación amorosa, que ya no son semillas sino maduros individuos que se valen por sí mismos y determinan su futuro con la misma pasión y entrega con que los criamos. Un día nos sorprenden con decisiones para las que pensábamos no estaban preparados y nos devuelven el fruto de su libertad, prendida en las muestras de unos lazos filiales que, aun en la distancia, son cada vez más estrechos y sinceros. Los hijos nos corresponden, así, haciéndonos sentir orgullosos de ellos, dondequiera que estén, y despertándonos la añoranza endulcorada de su niñez sujeta a nuestro regazo. Por eso nos rendimos ante las babas de los nietos y nos fundimos en abrazos con sus padres. Nunca dejaremos de ayudarlos y amarlos, como si los acabáramos de sembrar.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Promesa de viernes


El viernes es como una promesa, la posibilidad de conseguir ese anhelo que llevas toda la semana deseando y que sólo hoy, a partir de hoy, puede ser realidad. Es un día como los demás pero con el aliciente de que, cuando finalices las rutinas laborales de la semana, podrás entregarte a saciar las horas con tus apetitos reprimidos, a complacer tus deseos, a disfrutar de autonomía para no estar sujeto a obligaciones y horarios, a hacer tu santa voluntad. La promesa de los viernes es el espejismo de un libre albedrío que nos hace creer ser dueños de nuestra conducta, cuando en realidad nos predispone a seguir atados a las correas con las que controlan nuestras vidas. La promesa del viernes es una ilusión de libertad.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Cumbre del clima pospuesto

Se ha clausurado el pasado domingo, en Lima (Perú), la última Cumbre Mundial del Clima con el compromiso de hacer “algo”, en 2020, para reducir las emisiones de gases causantes del calentamiento atmosférico. Ha habido unanimidad entre los 196 países participantes en posponer hasta esa fecha sus proyectos medioambientales tendentes a evitar que la temperatura del planeta aumente más de dos grados, el límite a partir del cual, según los científicos, se derivarían consecuencias catastróficas para la Tierra a causa del cambio climático. Se trata de un acuerdo de mínimos que posibilita, al menos, la preparación de la Cumbre de París, en 2015, que debe sustituir el Protocolo de Kioto, vigente desde 2005, y que obliga reducir emisiones con efecto invernadero sólo a los países desarrollados. Los acuerdos de Lima, aunque posponiendo las soluciones, vinculan a todos: tanto los países desarrollados como a los emergentes en vías de desarrollo.

Desde que el científico Charles Keeling hiciera las primeras mediciones del dióxido de carbono (CO2), en 1958, el mundo ha comenzado a preocuparse por los niveles de ese gas que provocan lo que se conoce como efecto invernadero: una “tapadera” de gases que hace aumentar la temperatura global de la atmósfera del planeta y, en consecuencia, un cambio climático que perjudica enormemente el actual equilibrio medioambiental. Se consideró, a partir de ese descubrimiento, estudiar la magnitud de tal cambio climático como una amenaza real para el planeta y buscar fórmulas para contrarrestarlo, celebrándose, en 1979, la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima, en Ginebra, que exhortaba a los Gobiernos a prever y evitar las posibles alteraciones del clima provocadas por el hombre. Como resultado de esta concienciación que, a instancias de la ONU, lleva a los líderes mundiales a asumir planes cada vez más ambiciosos para un desarrollo sostenible global, se consigue aprobar, en 1997, el Protocolo de Kioto, por el que los países firmantes se comprometen a reducir, durante el período de 2008 al 2012, las emisiones de los seis gases que más potencian el efecto invernadero en un 5,2 % con respecto a 1990. Ni qué decir tiene que esa meta ha resultado ser inalcanzable y que los compromisos de Kioto no se han cumplido.

De ahí que el acuerdo de mínimos logrado in extremis en Lima, para reconducir la situación y hallar mecanismos que permitan abordar un futuro post-Kioto, muestre una tibia esperanza y visualice un entendimiento inédito entre los países desarrollados -responsables del 80 % de las emisiones de estos gases “tapadera”- y los países emergentes, que sufren los efectos del cambio climático y no desean pagar las consecuencias de los excesos de aquellos ni lastrar su desarrollo. Ya todos, desarrollados y emergentes, parecen convencidos de que han de comprometerse, en la medida de sus capacidades y responsabilidades, a combatir el cambio climático y reducir la emisión de gases de efecto invernadero. Un entendimiento entre países ricos y pobres que incluye debatir las ayudas (Fondo Verde) necesarias con las que financiar  proyectos y actividades en los países emergentes que promuevan la innovación, el desarrollo y la adopción de tecnologías “amigables” al clima. Y ello, no por un prurito meramente ecológico, sino también económico, ya que, según el Informe Stern, basta una inversión del 1 % del PIB mundial para mitigar los efectos del cambio climático, mientras que, de no hacer esa inversión, el mundo se expondría a una recesión que podría alcanzar el 20 % del PIB global.

Una preocupación mundial que, afortunadamente, se alinea con las advertencias de los científicos ante un cambio climático que determinará las características y las condiciones del desarrollo del mundo en las próximas décadas. Y aunque el expresidente español José Mª Aznar, en la presentación de un libro editado por su fundación FAES, en 2008, calificara de “mito” el calentamiento de la atmósfera y tachara de “ideología totalitaria” los esfuerzos que, como estos de la ONU y sus Cumbres del Clima, persiguen soluciones planetarias al cambio climático, sus peligros constituyen una amenaza indiscutida desde que se comprobó, en 1961, que la concentración de CO2 en la atmósfera estaba aumentando.

Pocos son los que en la actualidad dudan, si no es por ceguera ideológica, que la actividad industrial del hombre contribuye al aumento acelerado de la concentración de gases con efecto invernadero que modifica el clima, eleva el nivel del mar, aumenta la temperatura media de la superficie terrestre y oceánica, acidifica el mar, derrite el hielo de los polos, altera los patrones de precipitación y genera eventos meteorológicos extremos, todo lo cual se manifiesta de manera global, aunque de forma heterogénea, y a largo plazo nos enfrenta a un elevado nivel de incertidumbre y peligros catastróficos, si no se adoptan medidas correctoras.

Por eso, estas cumbres de la ONU, aún con sus dificultades, buscan un pacto global contra el cambio climático que sea vinculante, a pesar de chocar contra intereses muy poderosos de algunos países. Tanto EE UU como China, los dos mayores focos de contaminación con este tipo de gases del mundo, siempre se han negado a un acuerdo de carácter obligatorio, y los países que avanzan en su industrialización, como Brasil, India y Sudáfrica, entre otros, exigen contrapartidas que hagan compatible su desarrollo con los compromisos de todos por reducir las emisiones. En Lima se exhibió esa voluntad. Sólo falta no posponer más esta acción por el planeta para lograr que el calentamiento global no supere esos dos grados fatídicos que nos separan de la catástrofe.

lunes, 15 de diciembre de 2014

¿Partícipes del lucro o cómplices?


Se ha puesto de moda últimamente un término jurídico que, a la hora de redactar algunos autos o sentencias, parece que suavizan, no sólo nominal sino también penalmente, lo que los ignorantes en derecho solemos considerar como “cómplices”. Se trata de la figura que cataloga, en litigios que les afectan, las conductas de Ana Mato y la infanta Cristina de Borbón como “partícipes a título lucrativo” de delitos en los que están involucradas sus respectivas parejas. Tal precepto edulcora acusaciones que pesan sobre personalidades que al parecer, por condiciones de cuna o fortuna, merecen estar exentas de un trato que al común de los mortales les acarrea imputaciones de graves delitos penales. Esa es, al menos, la impresión que recibe el profano en leyes que sigue las informaciones que los medios de comunicación divulgan sobre estos casos judiciales que desatan el interés general.

Resulta que legalmente el Código Penal identifica a quien, en la ignorancia de un ilícito penal, se ha beneficiado de los rendimientos de éste, por lo que está obligado a restituir (cosas) o resarcir (valor) del daño en la cuantía de su participación. Se le atribuye, pues, al “partícipe del lucro” una responsabilidad civil directa por cuanto ha obtenido un beneficio o aprovechamiento ilícito derivado del delito atribuido a otra persona, pero no se le recrimina delito alguno al ser considerado ajeno a la existencia del hecho criminal.

La “línea roja” que separa al cómplice del partícipe del lucro es extremadamente sutil, pues se basa en la apreciación de ignorancia del hecho penal, y se aplica de manera estricta sólo en los casos de adquisición lucrativa. Pero en las causas tan complejas en que se ha aplicado este término, como son el caso Gürtel, en el que está imputado el que fuera marido de la exministra Ana Mato, y el caso Nóos, que incrimina al esposo de la infanta Cristina por tráfico de influencias y otros delitos, resulta verdaderamente complicado diferenciar objetivamente quién actúa como receptador penal -el que conoce el origen ilícito del lucro- y el partícipe lucrativo -que dice ignorar la existencia del delito-. Tan difícil es esta distinción que provoca la disparidad de criterios entre el juez Castro, instructor del sumario que implica a la infanta Cristina, y el fiscal del mismo, Pedro Horrach, quien solicita su exculpación en el escrito de petición de penas a los inculpados.

En ambos casos, la aplicación del precepto de “partícipe a título lucrativo” causa asombro y no pocos recelos entre la ciudadanía que contempla cómo, gracias a recursos legales tan poco diáfanos y objetivos como éste, una determinada élite social y política puede eludir la acción de la Justicia y salir indemne de los delitos económicos y patrimoniales en los que se ve involucrada.

Porque es cuanto menos “chocante” que Ana Mato no tuviera conocimiento de que en su hogar se recibieron más de 730.000 euros de manera ilegal entre los años 1999 y 2005. Pagos ilegales con los que la trama Gürtel presuntamente sobornaba a su marido, Jesús Sepúlveda, cuando era senador del Partido Popular y después como alcalde de Pozuelo de Alarcón. Y aunque ella se separó de él en el año 2000, mantuvo la sociedad de bienes gananciales con él hasta 2005. Entre esos ingresos ilegales figuran entregas en efectivo o metálico que salían de la caja B de la Gürtel en forma de sobresueldos mensuales, nunca declarados a Hacienda, o entregados directamente por parte de Francisco Correa, cabecilla de la trama. También figuran comisiones conseguidas por las adjudicaciones publicitarias de las campañas electorales del PP de los años 2003 y 2004. Es difícil alegar ignorancia sobre estos ingresos cuando Ana Mato era, precisamente, la encargada de negociar las campañas electorales del PP durante esos años. La Unidad de Delitos Económicos y Fiscales de la Policía (UDEF) resalta que, con la elaboración de los vídeos electorales que Mato se encargó de coordinar, la red mafiosa de la Gürtel consiguió cerca de tres millones de euros de beneficios.

Pero es que, además, en el domicilio de la exministra se recibieron regalos familiares que beneficiaron al matrimonio y a sus hijos de forma directa, entre viajes en avión, alquiler de vehículos, facturas de hotel y servicios turísticos. Parte de esas dádivas fueron regalos personales a Ana Mato, que ella disfrutó sin su marido. También constan gastos familiares y servicios de carácter privado, como artículos de Louis Vuitton para la exministra y la celebración de fiestas infantiles en los cumpleaños de sus hijos. Sin embargo, lo más increíble es su declaración de que no conocía la existencia de dos vehículos de lujo –un Jaguar S-Type 4.0 V8 y un Range Rover 4.4 V8 Vogue- que la trama corrupta había regalado al matrimonio. Entraba y salía de su casa sin percatarse de esos coches en su garaje, en los que, para colmo, ha viajado.

Efectivamente, el disfrute de todos estos ingresos “adicionales” hace a cualquiera partícipe de un lucro del que difícilmente se puede ignorar la procedencia o, al menos, despertar cierta curiosidad sobre el modo de su obtención.

En idéntica situación se encuentra la hermana del rey Felipe VI, la infanta Cristina de Borbón, quien se ve inmersa en un escándalo de corrupción, que se investiga desde 2010, por supuesta malversación de seis millones de euros de dinero público en el que están implicados su esposo, Iñaki Urdangarín, y el socio de este, Diego Torres, entre otros. Para el juez que instruye la causa, hay indicios suficientes de que la Infanta se benefició del dinero de la sociedad familiar Aizoon, de la que era copropietaria a medias con su esposo, para evadir impuestos. Aunque no la administraba, manejó sus cuentas, gastó sus fondos, alquiló un palacete para la sede, firmó el contrato y cobró mensualidades. Esa empresa era, en realidad, una sociedad instrumental que servía de pantalla para enmascarar de manera fraudulenta los ingresos que captaba el Instituto Nóos, en teoría sin ánimo de lucro. El nombre de Cristina de Borbón, su estatus y su pertenencia a la Familia Real española sirvieron de “gancho” para los “negocios” que su marido y sus socios realizaron con los gobiernos del PP en Baleares y la Comunidad Valenciana, valiéndose del tráfico de influencias, prevaricación, malversación, entre otros delitos.

Al igual que Ana Mato, ella declara no conocer la procedencia de los  ingresos que obtenía la sociedad de la que era copropietaria y que servía, entre otras sociedades satélites de Nóos, para canalizar sus rentas. También alega ignorancia de los “manejos” efectuados -de los que se acusa a su esposo y sus socios- para el blanqueo de capitales, la generación ilegal de fondos y la malversación de caudales públicos, entre otras prácticas delictivas, que se cometieron en el entramado societario del que formaba parte.

Aunque el fiscal del caso atribuye a la infanta Cristina una “participación a título lucrativo”, sin imputarle la comisión de ningún delito al considerarla ajena del blanqueo de capitales (la acusación más grave por las penas que conlleva), el juez Pedro Castro disiente de las exculpaciones de la fiscalía y ve “sobrados indicios” de que la Infanta participaba en la trama corrupta, lucrándose en beneficio propio, al contribuir de alguna manera, de modo activo u omisivo, a la defraudación generada.

Otra vez, y ésta de parte del Ministerio Fiscal, no de sus abogados defensores, se utiliza el precepto “partícipe lucrativo” en un caso que afecta a una alta personalidad de la aristocracia española, con la pretensión de librarla de sus responsabilidades penales con la Justicia. Ninguna de las afectadas por estos escándalos de corrupción, Ana Mato y Cristina de Borbón, conocía lo que hacían las personas con las que dormían y con las que firmaban cheques, recibían regalos, compartían ingresos y disfrutaban de un nivel de vida que ocultaban a Hacienda. Tal precepto jurídico será legal, pero resulta sospechoso que sólo se utilice cuando afecta a muy ilustres esposas de delincuentes. Otras, haciendo lo mismo –y ejemplos de ello abundan en la actualidad-, dan con sus huesos en la cárcel. Y es que la Justicia es igual para todos, aunque para unos más que para otros... y otras.   

domingo, 14 de diciembre de 2014

Lluvia melancólica


El viento, el frío y la lluvia se han confabulado para impregnar Sevilla de una melancolía a la que no está acostumbrada y que le hace estornudar secreciones por las alcantarillas. Una luz triste y grisácea se apropia del paisaje y de unos ojos que se refugian en las miradas perdidas de los desamparados bajo los paraguas o embebidas con las tazas en las cafeterías. El agua que se desploma sobre la ciudad se entretiene en golpear cristales y cubiertas con un ritmo a veces frenético y otras parsimonioso, como las pulsiones que animan a los que huyen de la intemperie para evitar empaparse de frío y soledad. Sólo los que asisten al espectáculo desde los butacones abrigados de sus casas celebran esta danza melancólica de la lluvia en Sevilla.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Placeres cíclicos

No es la primera vez, ni será la última, que traigo este disco que me acompaña desde hace muchos años, y cuya música, variaciones al piano de George Winston, me transporta a ese estado que contadas ocasiones alcanzamos y que nos enfrenta a nuestros pensamientos, haciéndonos vagar, sin rumbo, por todos los rincones de nuestra existencia. Las horas finales de los fríos días de invierno, cuando buscamos el abrigo del hogar y ese calor familiar que desprenden las cosas que nos rodean en su interior, suele ser el momento en que me refugio en el salón para escuchar estas melodías, tan tranquilas y solitarias como el alma que traspasan y a la que elevan al más sublime de los nirvanas que pueden disfrutarse en la intimidad de tu ser en soledad. Es un hábito al que no renuncio y en el que reincido cada vez que necesito hallarme conmigo mismo, aislarme del ruido de la vida y librarme de las ataduras que nos condicionan, sin importar incluso que sea diciembre para escuchar precisamente December. Cíclica coincidencia.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El desnudo como protesta


El Huffington Post España
El cuerpo humano expresa no solo lo que somos -animales bípedos, lampiños y grotescos-, sino también cómo somos y lo que queremos. Si nos vestimos para representar un papel o irradiar una imagen deseada de nosotros mismos antes que para protegernos de las inclemencias ambientales, desnudos también comunicamos intenciones y mensajes que, en su simpleza, están envueltos en el espectáculo de lo insólito y provocador. La desnudez es llamativa y efectiva como forma de protesta. No es algo nuevo.

Femen, el grupo feminista que suele acabar detenido tras sus actividades, atrae la atención hacia sus denuncias con los senos desnudos o pintados con palabras alusivas a los motivos de sus protestas. Consiguen así una difusión de sus reivindicaciones que de otra manera pasarían inadvertidas. Compiten con una publicidad que hace lo mismo, mil veces más persuasiva y potente, pero con fines totalmente distintos. Los pechos al aire de las manifestantes pretenden sensibilizar de situaciones, leyes, actuaciones y abusos que siempre perjudican a la población o a los más débiles e indefensos, sean personas, pueblos, animales o la naturaleza. Es decir, no persiguen venderte un coche haciéndote creer que con él serás irresistible para las mujeres, sino que reconozcas la inteligencia de la mujer para decidir sobre su embarazo y abortar si quiere, por ejemplo.

O para denunciar que, sin ser necesario, criemos en las peores condiciones y luego matemos animales por el capricho de vestir sus pieles y aparentar un “estatus” social, no para protegernos del frío, gracias a un baño de sangre cruento e inútil. Justo eso es lo que buscan los activistas de la asociación AnimaNaturalis que posan desnudos en Barcelona, tintados con sangre artificial, para repudiar la matanza de animales y arrancarles la piel que promueve la industria peletera. Es una iniciativa provocativa que llama la atención. Muchos de los que reciben la imagen percibirán sólo la desnudez de los protagonistas, pero algunos de ellos comprenderán el mensaje simbólico que traslada y podrán, al menos, recapacitar sobre un problema basado en la industria de la vanidad humana y evitarán sucumbir a sus provocaciones publicitarias. Mientras más se reproduzca la fotografía en los medios de comunicación, a los que accede gracias a la desnudez, más difusión tendrá la protesta y más conciencias podrán agitarse de su adormecimiento.

El desnudo como forma de protesta es eficaz, siempre y cuando se haga de manera delicada, con respeto y arte, y sin abusar del recurso. Su continua repetición anularía el efecto sorpresa y provocador para convertirlo en un simple reclamo comercial más, carente de originalidad y vacío de atractivo. No es el caso de esta fotografía que nos hace aborrecer a los asesinos de animales que nos cubren con su pelaje.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Acotaciones ingenuas


El año está a punto de finalizar y algunas acotaciones de lo sucedido en estos meses desbordan nuestra capacidad para el asombro o la indignación, en función de cómo asumamos los acontecimientos. El tiempo, ese artificio conceptual que sirve para ordenar lo inaprehensible, nos permite revisar temporalmente unos hechos que mutan según nuestro estado de ánimo o punto de vista.

Por ejemplo, la prima de riesgo -¿se acuerdan?- cae en estos momentos a su mínimo desde marzo de 2010, aquel umbral de 110 puntos básicos que obligó al presidente socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, tomar medidas radicales contrarias a su programa y convicciones ideológicas, por lo que fue tachado de pésimo gobernante, manirroto y causante de la desconfianza de unos mercados que castigaban con tal interés la financiación de nuestra deuda soberana. Hoy, en cambio, esa misma cifra traduce confianza, refleja la sabiduría de un buen gobierno y despierta la ilusión del crecimiento y creación de empleo, precisamente cuando la cota de los que no consiguen un puesto de trabajo supera con creces los cuatro millones largos de personas, se descubre que la corrupción es un mal que se expande como la gripe y los bancos de alimentos han de organizar campañas para ofrecer, siquiera, algo de caridad alimenticia a los que el Sistema económico -ese que va tan bien- y el Gobierno -ese que sabe administrarnos con sabiduría y equidad- abandonan sin auxilios sociales ni derechos legales. Una misma cifra, pues, sirve para el pesimismo o el optimismo, según los intereses e intenciones de quien la valore.

Mientras, el recibo de la luz, tras la enésima revisión para su cálculo, se ha encarecido este año más de un 12 por ciento, seguramente para ayudar a que las familias disfruten de lo que se ha dado en llamar “pobreza energética”, otra epidemia que nos asola. Como resulta que los consumidores no cubren con sus recibos lo que cuesta producir energía eléctrica (es lo que aseguran, palabrita), la deuda contraída con las compañías asciende a cerca de 30.000 millones de euros. Se trata de la llamada deuda tarifaria eléctrica, que el Gobierno, con sus “ajustes”, procura que los ciudadanos satisfagan religiosamente, mientras “repagan” determinadas prestaciones sanitarias, “copagan” el famoso medicamentazo, tienen congeladas las pensiones, soportan el encarecimiento de las matrículas en los estudios de sus hijos, aparte de las crecientes dificultades para conseguir becas, sortean la maldición de una carestía crónica de empleo en este país, se resignan a que las cuantías y la duración de los subsidios por desempleo se restrinjan, precisamente cuando más falta hacen, y, para colmo, son objeto de la vigilancia de una Administración que los criminaliza por intentar, a pesar de tantos obstáculos, sobrevivir, amenazándolos, incluso, con multas si rebuscan entre la basura algún desperdicio que pueda aliviarles la situación. Con la luz, en suma, se produce un “ajuste” energético providencial que, como los demás, genera confianza en los mercados y estimula presuntamente una actividad económica que hunde, como contrapartida, en la miseria a los supuestos beneficiados.

Cuando menos, el Ébola se declara erradicado en España, adonde lo trajo una decisión política, que no médica ni humanitaria, por atraer la simpatía de determinados sectores de la sociedad y calmar la inquietud de un poder que no es de este mundo, pero que se materializa en éste, hasta el extremo de “inmatricular” cualquier construcción mundana que pueda representarlo, eximirle de pagar impuestos y permitirle recolectar “aportaciones voluntarias” con el cepillo de las limosnas. Para los ungidos por tal poder se procuran aviones medicalizados y se reabren hospitales que ya habían sido cerrados con la intención de privatizarlos o “externalizar” sus servicios, mientras que a otros, los más depauperados, les retiran las cartillas sanitarias, los confinan en la marginalidad y les dan de alta médica en las urgencias para que mueran en los albergues municipales, todo en nombre de la sostenibilidad… cristiana, se supone.

Gracias a todo ello, el país se encamina, al fin, hacia la esperada recuperación, como demuestra el dato del paro registrado hasta noviembre, en el que sobresale que 14.000 personas lograron un contrato de trabajo, aunque sólo el 11 por ciento de los mismos fuera indefinido. Esa creación de empleo causa expectación en los millones de personas que continúan engrosando las cifras del INEM, de los que cerca de la mitad ya no perciben ninguna prestación, librando una lucha contra la adversidad y la desesperación gracias a familiares y algunas chapuzas que Hacienda persigue con celo y saña. Tal repunte del trabajo -sin calidad, temporal y absolutamente precario- es considerado un “cambio de tendencia” que, para los voceros gubernamentales, pone en evidencia la validez de las medidas adoptadas hasta ahora por el Ejecutivo e induce al ministro de Economía, Luis de Guindos, a elevar la previsión oficial de creación de empleo hasta niveles que, en todo caso, no serán suficientes ni para compensar el destruido en esta legislatura, el que el Gobierno con sus medidas ha destruido, ni para alcanzar ninguna recuperación. La euforia de los responsables políticos contrasta, empero, con los informes de Cáritas, que alertan de los altos índices de pobreza que se producen en nuestra sociedad, una “pobreza extensa, intensa y crónica” que afecta ya al 6,4 % de la población, y con los del Banco de Alimentos, que hablan de que el número de personas que deben ser socorridas, con alimentos básicos para el sustento, no deja de crecer y multiplicarse. Tanta desigualdad y desprotección, dicen que inevitables, son las consecuencias sociales que trae consigo una “economía” que lanza las campanas al vuelo por 14.000 empleos en precario, mal protegidos, mal pagados y completamente insuficientes, en calidad y cantidad, para un futuro de pleno empleo digno, como el que se promete con la ansiada recuperación.

Entre tanto, la Justicia, ante esta grave situación, se halla decidida a evitar que las menores de edad -mínimo legal que no se exige para otras intervenciones- puedan abortar sin el consentimiento paterno. Por eso ya ha anunciado que la reforma “light” de la Ley del Aborto –otra reforma impuesta por la crisis- será pronto una realidad que regulará nuestras conductas. Se atiende, así, un improrrogable asunto que preocupaba enormemente a la ciudadanía y que había motivado, hace un tiempo, que obispos y otros jerarcas de la curia se echaran a la calle tras las pancartas, exigiendo la imposición de un orden moral que impida este atentado contra la vida. Sin embargo, llama la atención que, contra la pederastia y otras agresiones sexuales en el seno de la Iglesia, esos ministros y sus píos seguidores no se manifiestan. Antes al contrario: mantienen un absoluto silencio y se guardan de proferir condenas y excomuniones a los “pecadores” con sotanas. En su escala de valores, la vida del no nacido vale más que la del nacido.

Tampoco claman contra la corrupción, una plaga que apenas despierta la atención de los responsables políticos, salvo para echarla en cara de los adversarios y para prometer “medidas ejemplarizantes” de transparencia y regeneración que nunca llegan o son claramente insuficientes. Las tibias iniciativas son siempre parciales y meramente simbólicas, por lo que la corrupción continúa su expansión pandémica, favorecida por unos hábitos y una tolerancia que la hacen consustancial al ejercicio de la política y con la dedicación pública. Los contados jueces que intentan combatirla, con recursos y apoyos exiguos, o son apartados por las buenas o las malas (como Garzón y próximamente Ruz), o se embarcan en procedimientos que se dilatan casi hasta la prescripción de los delitos, por la obsesión de castigar a todos los presuntos implicados, desde el que mete mano en la caja hasta el que, por acción u omisión, la deja meter, como le pasa a la jueza Alaya en el sumario que instruye en Andalucía. Ello provoca que, frente al elevado número de imputados, los encarcelados sean una “micurria”.
 
Las leyes, elaboradas por el Poder Legislativo (políticos del Parlamento), y los medios que debe proporcionar el Poder Ejecutivo (políticos del Gobierno), no permiten al Poder Judicial (los jueces) ser más eficaz con esta lacra que corroe la Democracia. Hay veces que parece, incluso, que se le dificulta intencionadamente. La última ocurrencia gubernamental, por ejemplo, plantea limitar a seis meses las investigaciones judiciales, en virtud de una reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Es decir, con la excusa de agilizarlos, los juicios que antes no llegaban a buen puerto por una dilación excesiva, ahora tampoco lo conseguirán por falta de tiempo. Seis meses para investigar el caso Gürtel no da ni para averiguar dónde le encargaban los trajes a Francisco Camps. Por ello, los corruptos están de enhorabuena, dedicados a lo suyo. Y el Gobierno, centrado en lo importante: el ministerio de Justicia concediendo prioridad a asuntos como el del aborto; el de Trabajo, priorizando el despido barato y los contratos a tiempo parcial; el de Sanidad, privatizando hospitales y limitando prestaciones; y el de Economía, empobreciendo a la población vía impuestos, salvo a los ricos. Todo muy coherente con sus funciones y las demandas de los ciudadanos, que aplauden su gestión.

Sobre la cultura sectaria de Wert y su contrarreforma educativa, a la que sólo falta añadir la Formación del Espíritu Nacional para recuperar los cánones pedagógicos del nacionalcatolicismo, o sobre la política represora del ministro de Interior, que manda la Policía a los desahucios y las manifestaciones estudiantiles antes que a las algaradas tumultuarias en las que se citan los hooligans violentos para matarse entre sí, hablaremos cualquier otro día. El registro de acontecimientos de la política española es tan rico y variado que sería imposible abarcarlo en un solo artículo. Su carácter voluble no deja de ofrecer contradicciones dignas de figurar en el ranking de las veleidades interesadas a las que se aplican nuestros gobernantes, simplemente por oportunidad partidista. Será lo que nos merecemos, me temo.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Adiós, bocazas

Por fin han cesado al consejero de Sanidad de Madrid, aquel impresentable galeno que, transmutado en político, escupía desprecio cuando la realidad contradecía sus deseos y no se adecuaba a sus postulados. Javier Rodríguez hubiera pasado como un insustancial “fontanero” dedicado a continuar la tarea de sus predecesores en el desmantelamiento de la sanidad pública de la Comunidad de Madrid y la entrega de sus mejores joyas a la iniciativa privada, a la que todos ellos recalan cuando dejan la política. Pero su mediocridad, conocida de antiguo, brilló a su altura cuando hubo de enfrentarse a la crisis provocada por el primer caso de ébola acaecido fuera de África. Anteriormente había tenido que improvisar unos recursos que estaban siendo enajenados para convertirlos en “sostenibles” nichos de negocio privado. Tuvo que volver a reabrir el Hospital Carlos III, centro de referencia nacional para la investigación y tratamiento de enfermedades emergentes, y acondicionarlo a toda prisa para acoger a los misioneros repatriados desde Sierra Leona, contagiados por ébola, tras la negativa del personal de Cuidados Intensivos del Hospital La Paz de hacerlo en instalaciones donde atienden a decenas de pacientes cada día.

Pero cuando mostró su verdadero talante soberbio y despreciativo fue a la hora de asumir sus responsabilidades en la cadena de errores que determinaron que una auxiliar de enfermería acabara contagiada por ébola después de exponerse al tratar a los dos religiosos atendidos en España. Errores que condujeron a extremar las precauciones y mejorar unos protocolos asistenciales manifiestamente insuficientes. Sin embargo, el responsable de la sanidad madrileña se dedicó a insinuar que la auxiliar podría haber mentido en relación a la fiebre que padecía, lo que había dificultado el inicio de un tratamiento temprano. Incluso se atrevió a dudar de su padecimiento al afirmar que la enferma no debía estar tan mal cuando se fue a la peluquería. Ante la terquedad de una enfermedad que se presenta contra todo pronóstico, el consejero recrimina a la paciente su torpeza, ya que “para explicar a uno cómo quitarse o ponerse un traje (de aislamiento) no hace falta un máster”. El doctor Rodríguez nunca demostró sus habilidades para hacerlo y la única fotografía de él con una bata para prevenir el contagio por contacto da vergüenza.

Entre tanto, las autoridades sanitarias del país, movidas ya por el pánico, destrozan el piso de la auxiliar a la hora de desinfectarlo, sacrifican al perro sin someterlo a aislamiento ni comprobar si estaba infectado, generando un escándalo mayúsculo entre las asociaciones defensoras de los animales, y la vicepresidenta del Gobierno desplaza a la ministra de Sanidad, Ana Mato (cuya implicación en la trama Gürtel le obliga a dimitir), para dirigir personalmente la gestión de la crisis.

Afortunadamente, la enfermera pudo superar el contagio y recuperar la salud, lo que ha llevado al consejero bocazas a atribuirse el mérito, declarando: “Si lo hubiese hecho mal, Romero no estaría hablando. Lo que tengo que hacer es felicitarnos porque no se ha muerto y porque haya tenido un final feliz”. Tales palabras en boca del responsable del mayor desaguisado de la historia sanitaria reciente española son inaceptables y bochornosas. Por eso, el miércoles pasado, el día siguiente de que la Organización Mundial de la Salud declarara a España “oficialmente libre” del ébola, este impresentable médico, vestido de político, fue fulminantemente cesado del cargo, dos meses tarde de comenzar a meter la pata en la gestión de una cartera para la que no estaba preparado: su incontinencia verbal lo traicionaba. No podía controlar su lengua, que antes de abandonar el cargo, le llevada a decir: “Si mi gestión no hubiese sido correcta, España seguiría teniendo esta enfermedad (ébola)”. Y es que todavía no lo admite ni lo entiende: lo han echado por bocazas, además de incompetente, doctor Rodríguez. Ahora ya puede irse a vivir del cuento sin perjudicar a nadie.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Caricias de diciembre


Cuando deslizaba su fría mano sobre la espalda, toda mi piel temblaba como si hubiera recibido una descarga eléctrica que erizaba los vellos cual resortes de una trampa. Cortos espasmos agitaban los músculos de brazos y piernas conforme aquella sensación gélida descendía hasta arrebatarme el calor atrapado en mi cuerpo. Entornaba entonces los párpados en señal de entrega y dejaba exhalar un vaho húmedo, con la intensidad de un beso al aire, mientras me acurrucaba como un niño bajo las mantas. Y es que adoraba esas caricias con las que diciembre me recibía trémulo cada noche en la cama, despertándome deseos de no querer levantarme.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Nicolás, pequeño Nicolás

Es fuente de cotilleos a todos los niveles, desde la Zarzuela hasta El Vacie, la historia  engordada con cada desmentido del “pequeño Nicolás”, un pánfilo que se ha metido en un berenjenal que le viene grande y le ha permitido creerse el “James Bond” español, con licencia para arreglar cualquier entuerto nacional y, de paso, codearse con personalidades de las que ni sus chóferes se dignarían dirigirnos la mirada. La trama de lo que cuenta este jovenzuelo avispado no tendría verosimilitud ni acapararía tanta atención si no se produjera en España, país dado a los esperpentos y las extravagancias. Es en ese contexto castizo –entre la envidia y la admiración- de emulación y fanfarronería donde  “Nicolás, pequeño Nicolás” bien podría ser la respuesta de un espía al servicio de la Inteligencia nacional, dicho sea con todas las salvedades por lo de espía e inteligencia.

Todo hubiera quedado en anécdota si no fuera por los desmentidos y algunos hechos. La historia de Francisco Nicolás Gómez saltó a los periódicos hace unas semanas, cuando se supo que “Fran”, como suele ser llamado, había sido detenido por la Unidad de Asuntos Internos de la Policía. La pregunta fue inmediata: ¿Cómo un adolescente con cara aniñada, que ni es policía ni funcionario de ningún Cuerpo o Fuerza de Seguridad, es arrestado por una unidad que sólo investiga casos de corrupción y anomalías dentro de la Policía? La respuesta que dio el ministro de Interior, en declaraciones posteriores, fue insatisfactoria y poco convincente. A partir de ahí se sucedieron las especulaciones con las que dar pábulo a la fábula del “pequeño Nicolás”, a la que el propio protagonista contribuye con manifestaciones y entrevistas en unos medios de comunicación que alargan el “filón” informativo, por rocambolesco que parezca.

Es así como nos enteramos de que el dicharachero “agente” Nicolás había asegurado que trabajaba como “charlie” en el CNI (Servicio Secreto español), además de colaborar con la Zarzuela y la Moncloa, y que había mediado en la imputación de la infanta Cristina en el caso Noor e, incluso, en la consulta catalana del 9 N. También que había revelado detalles del protocolo para acceder a las instalaciones del CNI y presumido de tener relaciones con personalidades que, aunque algunas las han desmentido, otras muy significativas se han visto obligadas a confirmarlas, no sin antes precisar que habían sido por simple cortesía. Así, se descubrieron contactos con Carlos García Revenga (secretario personal de la infanta Cristina), Miguel Bernad (secretario general de Manos Limpias), Cristóbal Martel (abogado de los Pujol), Jorge Cosmen (presidente de la compañía de autobuses ALSA), Miguel Ángel Moratinos (exministro de Exteriores del PSOE) y Jaime García Legaz (secretario de Estado de Comercio), entre otros.

Se ha sabido, igualmente, que el “pequeño Nicolás” había utilizado coches oficiales del Ayuntamiento de Madrid, acudido con invitación al acto de proclamación del rey Felipe VI, subido a la sede del Partido Popular de Madrid en la noche del triunfo de las pasadas elecciones generales, visitado numerosos empresarios y despachado con altos cargos de varias administraciones. Evidentemente, todas las instituciones del Estado citadas han negado estas relaciones o las han matizado, hasta el punto de que la propia  vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, para quien el lenguaraz Nicolás decía haber trabajado, ha tenido que desmentir en dos ocasiones cualquier tipo de relación con el joven ambicioso y fantasmón.

Ante tal cúmulo de medias verdades y grandes mentiras, lo sensato sería una actitud de desconfianza e incredulidad. Porque lo cierto es que Francisco Nicolás es un chaval de 20 años, con cara de recibir muchas collejas en el colegio, procedente de una familia de clase media afín al PP, en cuyos círculos juveniles pronto se integró, desde que tenía 15 años, como pez en el agua. Su “pinta” de niño bien y su “oratoria”, con la que podía “enrollarse” fácilmente, le sirvieron para, desde la agrupación local de los populares de Chamartín, estar siempre cerca y a disposición de los cargos y personajes de la política en cuántos actos, charlas y reuniones se organizasen. Es probable que de ahí surgieran los primeros nombres y contactos de su agenda de teléfonos, y también las ínfulas de ser un “halcón” (o pollo de rapaz) para la política y los negocios. Es lo que veía y lo que aprendía con innegable provecho, ya que es muy fácil, desde dentro, conseguir invitaciones, acompañar a autoridades y ser parte del “decorado” en las actividades e iniciativas del partido. Sin embargo, ello no explica ni el conjunto de sus supuestas “relaciones” ni, mucho menos, los hechos más delicados de su historia, por muy fantaseada que haya sido elaborada.

Lo más inaudito de este asunto es la implicación del CNI, por los detalles que revela el “pequeño Nicolás”, y la intervención de la Unidad de Asuntos Internos de la Policía. Ni uno ni otra se preocupan por las andanzas de un zagalón con delirios megalómanos para medrar. En este aspecto, al menos, resulta sospechoso que, a pesar de las desautorizaciones y amenazas de querellas a instancia de la Moncloa, exista evidencia de “granos” entre tanta paja como contiene este enredo. Da para pensar que, efectivamente, algo hay de cierto en las afirmaciones de “colaborar como agente charlie” del joven militante del PP y en algunos de sus encuentros con altas personalidades. Y hasta cierto punto no son descabelladas.

No todos los agentes secretos son esbeltos “james bond” con irresistibles encantos físicos y sorprendentes habilidades, en cuanto a inteligencia, adiestramiento militar y recursos técnicos. También hay simples soplones que, por su apariencia, sirven para infiltrarse en colectivos estudiantiles, siempre tan heréticos con el poder, ambientes juveniles en barrios, asociaciones, entidades y mil lugares similares, incluidas las propias formaciones políticas. Un “espía” en formación de esta naturaleza, con pájaros en la cabeza, puede “desvariar” y pretender “saltar el escalafón” al creerse más listo que nadie, ser invulnerable y tener la tentación de lucrarse con sus conocimientos, relaciones y contactos. Tener sólo 20 años y haber saludado al rey, estrechado la mano de exministros, secretarios de Estado, alcaldes, empresarios, expresidentes del Gobierno y otros altos personajes hacen que más de uno pierda la prudencia y, lo que es peor, pretenda ignorar su insignificancia. Pero si, encima, “colaboras” como agente secreto de nuevas generaciones, no resulta extraño que te presentes como “Nicolás, pequeño Nicolás”, querida.

Naturalmente, el CNI no dirá ni pío. Y Soraya de Santamaría lo negará. Como en las películas.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Reglas de charlatanería

    
¿Qué se puede decir cuando no se tiene nada que decir pero se quiere decir algo? Lo primero, seguir el consejo de no verificar con palabras lo que la gente ya se imagina. Es una sabia actitud que, sin embargo, pronto se desecha porque se prefiere satisfacer las pulsiones propias en vez de mostrar precaución ante los temores ajenos, Se opta, pues, por dejar que las moscas invadan la cavidad bucal antes que guardar un silencio azaroso e insoportable. Lo segundo sería exponer, al menos, algo coherente con la inesperada exigencia de atención que no defraude las expectativas generadas. Lo primero no siempre se cumple, pero lo segundo se convierte en una constante en este tipo de comunicación impulsiva: los balbuceos, las frases hechas y la nadería guardan coherencia con las expectativas y sospechas que despiertan los charlatanes y los necios.

jueves, 27 de noviembre de 2014

¿Por qué dimite la ministra de Sanidad?

Adelantaré la hipótesis: al final Ana Mato dimite o es cesada, que no se sabe, por despistada. Eso es lo que pretende hacer creer tras presentar ayer tarde su dimisión al frente del ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad de forma sorpresiva, aunque todo el mundo pedía su renuncia desde hacía meses.

Ana Mato era la ministra que no vio necesario dejar el cargo cuando aplicó el mayor recorte presupuestario jamás realizado en la sanidad española. Nada más asumir las riendas del ministerio, redujo las partidas sanitarias en más de 7.000 millones de euros para que el déficit del Estado se acercara a los parámetros que dictaba Bruselas con sus políticas de austeridad y “adelgazamiento” del Estado de Bienestar. Tampoco quiso dimitir cuando retiró la cartilla sanitaria a los inmigrantes irregulares que residen en nuestro país, ni cuando impulsó el copago farmacéutico que, por primera vez en la historia, obligaba a los pensionistas a asumir parte del precio de las medicinas. Ni siquiera se planteó la dimisión el día que presentó la propuesta de aplicar un repago por ciertos servicios y prestaciones sanitarias, como el traslado en ambulancias en casos no urgentes, la adquisición de prótesis, muletas, sillas de ruedas y otras prestaciones complementarias que no se adquieren por capricho, sino por indicación médica.

La ministra Mato no consideró que sus iniciativas para reducir la financiación de la Ley de Dependencia la obligaran a dimitir, a pesar de que esa reducción pasaba por, no sólo disponer de menos recursos económicos para lo que se considera la “tercera pata”  del Estado de Bienestar, sino por eliminar de las listas a dependientes moderados, a los que les negaba el derecho a recibir alguna prestación o ayuda para sus cuidados y necesidades.

Ana Mato no contempló tampoco la dimisión cuando asumió “colegiadamente” la retrógrada modificación de la Ley del Aborto que estaba elaborando su compañero de Justicia, el exministro Alberto Ruiz-Gallardón, quien sí presentó su dimisión el día que no pudo aprobar un proyecto que era masivamente rechazado en la calle, pero considerado insuficiente por la Iglesia. La sensibilidad de la ministra para estas cuestiones sociales de su ministerio quedó claramente de manifiesto cuando, al poco de tomar posesión, pretendió restar importancia a un caso de violencia machista al calificarlo de asunto doméstico, sin valorar que se trata de un problema de una gravedad extraordinaria que cada año se cobra la vida de decenas de mujeres en España. Entonces no vio razones para dimitir.

Ni las halló durante la nefasta gestión de la crisis que ella misma había provocado al expatriar a España a dos misioneros religiosos contagiados por ébola en África. Las chapuzas, improvisaciones y la carencia de protocolos adecuados con los que, en un primer momento, se actuó para dispensar tratamiento terminal en nuestro país a los dos sacerdotes afectados por una enfermedad mortal que no tenía cura, determinaron que una auxiliar sanitaria resultara contaminada, dando lugar al primer caso de contagio por ébola producido fuera de aquel continente. Ser temporalmente apartada de la gestión directa de la crisis, para ser sustituida por la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, no la condujo a presentar entonces su dimisión.

Ni siquiera los condenados a muerte por Hepatitis C, a quienes les dilata en el tiempo la posibilidad de incorporar en la financiación pública el medicamento (Sovaldi) que podría curarlos, le despiertan las ganas de dimitir por su incapacidad para resolver ningún problema, ni le quitan el sueño.

Finalmente, cuando nadie lo esperaba, se ha visto obligada a dimitir en cuanto el juez Pablo Ruz hizo público ayer el cierre del sumario de instrucción del caso Gürtel, en el que sostiene que Ana Mato fue “partícipe a título lucrativo” de los negocios de su exesposo, Jesús Sepúlveda, exalcalde de Pozuelo (Madrid), imputado en la trama de corrupción. Es decir, que la ministra Mato se había beneficiado del lucro obtenido ilegalmente por el entonces su marido, a pesar de que ella esgrimiera siempre, en todas sus declaraciones, que nunca tuvo conocimiento de esas actividades delictivas ni se había percatado de las dádivas con las que era obsequiado su esposo, como la existencia de un coche de lujo en el garaje de su casa, los viajes de vacaciones al extranjero y las celebraciones de las fiestas de cumpleaños de sus hijas, por parte de los cabecillas de la trama.

Todo esto es lo que pretende hacernos creer Ana Mato con el comunicado que emitió ayer tarde su ministerio: que la ya exministra, al final, dimite por despistada en todo lo relacionado con el caso Gürtel, y no por su incompetencia y mediocridad al frente del ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Sinceramente, no sé cuál es peor motivo para dejar un cargo.