jueves, 21 de septiembre de 2017

El huracán de mi memoria

Este mes los huracanes se han sucedido por el trópico caribeño, arrasando cuanto hallaban a su paso. Tres de ellos han sido los más devastadores del año, causando grandes daños materiales y cobrándose el tributo de víctimas humanas. Se trata de los huracanes Harvey, Irma y María, todos ellos de máxima categoría (5 en la escala Saffir-Simson), lo que supone vientos de una velocidad superior a 200 kilómetros por hora y, por tanto, de una severidad catastrófica. No son, empero, fenómenos extraños ni inhabituales, a pesar de su espectacularidad y capacidad destructiva. Esas tormentas salvajes de agua y viento siempre han asolado el Caribe por estas fechas y constituyen, de alguna manera, el anuncio del tímido invierno que se avecina en el hemisferio norte. Sin embargo, es el calor que todavía conserva la superficie del mar en esas zonas cercanas al ecuador terrestre y la consiguiente evaporación del agua oceánica lo que provoca, al ascender el aire cargado de vapor de agua, la abundante nubosidad y la gran precipitación torrencial que caracteriza a los huracanes. Es por ello que los huracanes se forman y alimentan en el mar y, al tocar tierra firme, pierden energía y se diluyen en forma de una tormenta convencional hasta que desaparecen.

Pero las noticias de los destrozos, inundaciones y pérdidas humanas ocasionadas por estos ciclones a su paso por el Caribe, es lo que me ha hecho desmitificar la memoria que guardaba de los huracanes desde mis tiempos infantiles. Los recordaba como fenómenos extraordinarios que estimulaban, más que miedo, la imaginación y las ganas de aventura de un niño que no era consciente del peligro. Aquellas imágenes mitificadas de mis padres, como todos los adultos, acostumbrados, con su calma bendita y habla amorosa, a enfrentarse a estas fuerzas desatadas de la naturaleza protegiendo puertas y ventanas, sellando rendijas y huecos, agrupando los coches en plazas o junto a edificios macizos de cemento, avituallándose de víveres y velas y velando durante la noche, con la familia congregada en torno a un café para los adultos y leche con chocolate para los niños en la estancia más segura del hogar, esperando el paso del huracán, todos atentos al silbido culebrino del aire y a las noticias de una radio charlatana y siempre en alerta, ahora parecen de película. Una película inverosímil y ficticia frente a la ruina y la desolación que, en realidad, traen consigo los huracanes.

Lo que reflejan los periódicos del presente es un panorama de caos, con ríos desbordados, marejadas que han invadido las zonas costeras, árboles arrancados de cuajo, techos y ventanas volando por los aires, antenas, postes y semáforos caídos, carreteras cortadas, puentes rotos, miles de personas sin electricidad y sin agua, y muertos, muchos o pocos, pero víctimas mortales que no pudieron resistir el zarpazo terrible del huracán. El interés de los meteorólogos es prever la fuerza y el desplazamiento de estos fenómenos, la preocupación de la gente es sobrevivirlos cuando, a pesar de los avances modernos, siguen siendo una fuerza devastadora y, en muchos casos, mortal. Por eso hoy, tras el paso de María por Puerto Rico, el solar de mi infancia, no puedo menos que unirme en solidaridad con los que sufren y combaten esta calamidad, borrando aquel recuerdo nostálgico de la niñez para sustituirlo por la esperanza y entereza de los damnificados. Estoy convencido, haciendo mías las palabras del gobernador de la isla, que “no hay ningún huracán más fuerte que el pueblo de Puerto Rico”. Estoy seguro de ello.    

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Signos de deshumanización


Cada cierto tiempo, por no decir que continuamente a lo largo de la historia, el ser humano no puede evitar mostrar, sin disimulo ni rubor, rasgos que lo apartan de lo que debiera ser su condición esencial, la que lo define como humano y supuestamente inherente a su capacidad racional e inteligente, para dejarse llevar justamente por la opuesta, por la deshumanización, la irracionalidad y la animalidad más vergonzantes y crueles. Es como si el hombre no pudiera librarse de esos signos de deshumanización que porta en sus genes y que de vez en cuando se expresan dominantes en su conducta.

Un ejemplo, que desgraciadamente no será el último, es la avalancha de refugiados de etnia rohingya que huyen desesperadamente de Myanmar (antigua Birmania), donde son perseguidos, rechazados, reprimidos, apaleados y asesinados, en lo que ya se considera por la comunidad internacional como “limpieza étnica”, simplemente por pertenecer a una minoría étnica de credo musulmán en un país mayoritariamente budista. Una vez más, la intolerancia religiosa es la causa que alimenta el odio racial y la violencia en el seno de una sociedad. El régimen de Myanmar no los reconoce como ciudadanos, aunque hayan nacido y habiten en el estado de Rakhine, al norte del país, tratándolos como advenedizos o inmigrantes bengalíes. Se trata de una comunidad de poco más de un millón de personas, de las que cerca de 300.000 han tenido que huir hacia el vecino país de Bangladesh a causa de la represión que sufren por parte del ejército de Myanmar en respuesta a los ataques que supuestamente comete un grupo rebelde rohingya, que niega los hechos. Ya se han producido más de mil muertos, en un conflicto antiguo que ahora se recrudece, sin que nadie esté dispuesto a mover un dedo, ni siquiera la líder y Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, actual presidenta del país. Su silencio es estridente. Tanto que otros galardonados con el Nobel, como Dalai Lama, la activista pakistaní Malala Yusufzay o el clérigo de África del Sur Desmond Tutu, la han cuestionado. “Si el precio político que tienes que pagar por ostentar el cargo más importante de Myanmar es tu silencio, entonces sin lugar a dudas se trata de un precio demasiado alto”, ha señalado Desmond Tutu.

Y es que son demasiados muertos y demasiada violencia la desatada contra una comunidad pequeña y castigada por ser diferente de la mayoría social del país. Muchos de esos muertos lo son por ahogamiento al intentar cruzar a la desesperada las aguas que separan Myanmar de Bangladesh, adonde los vivos llegan exhaustos y famélicos, con el miedo incrustado en el cuerpo y la desconfianza en los ojos. Un nuevo conflicto de injusticia y maldad en el mundo, por si acaso nos habíamos acostumbrado a los ya existentes. Otro signo de la deshumanización que nos lleva a tratar al diferente, en razón de sus creencias, como un peligro o un enemigo que haya que erradicar o eliminar.

Algo semejante a lo que sucede, al mismo tiempo, en otros lugares del planeta, como esos otros refugiados, procedentes esta vez de Oriente Próximo y África, que soportan idéntica situación de intolerancia y rechazo por parte de sociedades civilizadas y prósperas, como son las de Europa, que se niegan a acoger y dar asilo a los que también se ven en la necesidad de escapar del hambre, la pobreza y las guerras de sus respectivos países de origen. Demasiados de ellos también se ahogan en la travesía del Mediterráneo, y a los que arriban a nuestras costas o cruzan la frontera les damos la bienvenida con devoluciones “en caliente”, deportaciones, internamientos cuasi carcelarios y barreras fronterizas llenas de alambradas y concertinas con los que intentamos frenar esa “avalancha” humana que sueña con el progreso y la libertad de Europa. Ignoran, en su desesperación, que tales valores hace tiempo fueron sustituidos por los del egoísmo y el temor hacia el distinto, hacia el otro, hacia el inmigrante pobre y miserable que sólo busca sobrevivir, como cualquiera de nosotros. Aquí los tachamos de delincuentes o terroristas, o de que nos quitan el trabajo y abusan de nuestros servicios públicos, siguiendo las consignas de quienes, agitando los fantasmas del racismo y la xenofobia, persiguen tribunas de poder o de influencia desde las que irradiar la exclusión, la intolerancia y el egoísmo en nuestra sociedad como medio para medrar en la política. De esta forma, populismos de uno y otro signo se empeñan en sembrar la deshumanización en nuestras sociedades plurales y diversas, en abierta contradicción con los valores que constitucionalmente debíamos asumir, como el respeto a los Derechos Humanos.


Tampoco es este el único signo de deshumanización existente. A nuestro alrededor abundan focos de destrucción y muerte que ya no nos quitan el sueño ni agitan nuestra conciencia, al considerarlos ajenos a nuestra responsabilidad y extraños a nuestra incumbencia. Hoy, las hambrunas asolan Nigeria, Sudán del Sur o Yemen, por señalar algunos sitios, unas veces debido a la sequía o la falta de infraestructuras, otras por guerras y conflictos de diversa naturaleza. Según la ONU, millones de personas están en la actualidad al borde de la inanición en Etiopía y Somalia, entre otros lugares, sin que esa realidad haga temblar los telediarios ni estallar las páginas de los periódicos, como hace el “problema” catalán, que tanto nos preocupa, obligando al Gobierno a tomar medidas extraordinarias. Tal parece que, para nosotros, esa gente no forma parte de la Humanidad ni dispone de las cualidades que nos distinguen como humanos. Estamos tan acostumbrados a hacer distinciones y a tratar deshumanizadamente a quienes no forman parte nuestro ámbito, que recurrimos al “nosotros” para parapetarnos frente a los “otros” y sus problemas, a pesar de compartir el mismo mundo y acaparar egoístamente sus recursos. Sus hambres, sus matanzas y sus guerras no nos conmueven porque son asuntos suyos que sólo ellos han de resolver, aunque muchos de sus problemas deriven de situaciones coloniales, una injusta distribución de los recursos o la simple explotación a que se ven sometidos por un sistema económico, unas leyes comerciales y unas políticas que reparten la pobreza entre muchos para que una minoría acapare el desarrollo y la riqueza, afianzando un orden internacional caracterizado por la deshumanización y la desigualdad.

De hecho, siempre se ha dicho que tiene que haber pobres para que haya ricos. Y sabemos que eso es cierto porque nuestra prosperidad y desarrollo se basan en la explotación y el pillaje, aunque sean legales, que nos permiten considerarnos superiores, mejores y dignos de disfrutar de tales privilegios. Incluso entre nosotros mismos y en nuestro propio país. En la moderna, cristiana y primermundista España también actuamos con esos signos de deshumanización que vemos en otras partes del mundo,

Vistas así las cosas, no es que Cataluña pretenda la independencia por sentirse diferente del resto de españoles y hablar catalán, sino porque se considera más rica y cree que potenciaría su prosperidad si no tuviera que compartir proporcionalmente su riqueza con las demás regiones y comunidades del país. Todavía no es que haya muertos, aunque sí cierta violencia, pero hay exclusión, egoísmo y desigualdad en “nosotros” al intentar diferenciar al “otro” entre los que no forman parte de un territorio concreto, un espacio determinado. Aquí, la causa es económica, no religiosa, y el problema, a pesar de su atención mediática, no es primordial para el ser humano, aunque sí para la política nacional. Pero nos lleva a olvidar los grandes problemas sociales de nuestro país, en el que la falta de empleo, la precariedad, los recortes aplicados a los servicios públicos esenciales, la pobreza crónica de algunas familias que, aun trabajando, no consiguen escapar de ella, la brecha creciente entre ricos y pobres, los sin techo, la marginación y la falta de expectativas en buena parte de la juventud convierten nuestra sociedad en un ámbito deshumanizado, injusto y excluyente, donde reina la desigualdad y el oportunismo más ofensivos. No queremos verlos, pero están ahí, los “otros” siguen aquí, junto a “nosotros” en semáforos, en las puertas de los supermercados, rebuscando entre las basuras, trabajando a destajo sin contrato y por la mitad del salario mínimo, yendo de ventanilla en ventanilla persiguiendo alguna oportunidad, sin exigir ningún derecho, sin reclamar ninguna consideración. Asumiendo, con resignación, que ya no forman parte de la Humanidad porque ésta, a la que creemos pertenecer, no los trata así, con humanidad. Es el signo de los tiempos, la deshumanización que aflora por casi todas partes, aunque no hayamos citado ni a Siria, Irak, Afganistán, Palestina, Corea del Norte o Venezuela. Y es que son tantos, por desgracia, que no caben en un simple artículo como éste.    

domingo, 17 de septiembre de 2017

Suicidio en Saturno


Este podría ser el título de un relato de ciencia ficción, en el que una máquina dotada de sistemas informáticos que le confieren un complejo automatismo, permitiéndole conducirse prácticamente consciente cual sofisticado robot con inteligencia artificial, decide destruirse después de llevar una prolongada y estrecha relación, al principio científica y progresivamente obsesiva, con el planeta más hermoso y fascinante del Sistema Solar. Saturno había sido el objeto de su misión y, durante años, estuvo escarbando en sus misterios y profanando su intimidad hasta el extremo de generar en la máquina algo para lo que no había sido programada: un interés parecido al afecto. Por eso, cuando se agotaron sus fuentes de energía y se quedó sin fuerzas ni para orientar las antenas, en vez de perderse, sin rumbo ni control, en los confines del Universo, la sonda decidió morir, en un acto supremo de amor, penetrando para desintegrarse en la densa atmósfera opaca del planeta al que llegó a conocer más y mejor que nadie, incluso más que los propios científicos que la construyeron y enviaron allí. Decidió suicidarse en el regazo de brumas de Saturno.

Pero esta historia no es ficción, sino real. La sonda Cassini, lanzada en 1997 y que llevaba trece años explorando el enorme Saturno, sus anillos y lunas, completó su misión estrellándose contra el planeta para que el roce con su atmósfera, durante la caída, la desintegrara completamente e impidiera, de esta forma, que nada, ningún componente suyo con algún rastro orgánico (microbios, etc.), pudiera contaminar aquella parte del espacio en que podrían darse condiciones para la vida. Porque, en efecto, la misión Cassini-Huygens, un proyecto elaborado entre la NASA y la Agencia Espacial Europea, ha podido demostrar, con sus experimentos y observaciones, que es posible la vida, al menos en sus rudimentos moleculares y microscópicos, en otros lugares del Sistema Solar, además de la Tierra.

Imagen de Encélado tomada por Cassini
A tal efecto, en el año 2005, el módulo europeo Huygens, que formaba parte de Cassini, lograba ser el primer artificio humano en alunizar sobre la luna de otro planeta y descubrir, mientras lo sobrevolaba, montañas poderosas y superficies líquidas, como océanos y lagos, llenas de metano. Era la luna Titán que junto a Encélado, a la que se dirigió Cassini para descubrir fumarolas que brotaban de géigeres, fueron los satélites de Saturno que la misión Cassini pudo estudiar con cierto detalle gracias a las más de 290 órbitas descritas alrededor del planeta y los 162 sobrevuelos a sus lunas. Una tarea formidable que ha deparado más de 450.000 imágenes y un total de 635 GB de datos que los científicos tardarán años en analizar.

Recreación del final de Cassini
Pero lo triste de este relato no es el “suicidio” de una nave que ha estado 20 años sobreviviendo en las extremas condiciones del espacio para proporcionarnos un ingente conocimiento nuevo sobre Saturno y sus lunas, sino que una misión semejante, por su envergadura científica y complejidad técnica, no está siquiera prevista en el programa de exploración espacial inmediato, cuando se supone que la tecnología es infinitamente superior y más eficaz que la que en los años 80 y 90 posibilitó el éxito de la misión Cassini-Huygens. Es por ello que, entre la tacañería para la investigación y la imaginación que hay que echar a todo proyecto, me inclino por pensar que Cassini fue consciente al preferir el suicidio, inmolarse en coherencia con su misión, a vagar eternamente por el Universo y llevar la estulticia humana, capaz de rescatar bancos y negar recursos a la ciencia, a destinos ignotos.