miércoles, 7 de diciembre de 2016

Constituciones


A pesar de que el 6 de diciembre se celebra el
Día de la Constitución, la de 1978 no es la única Ley Fundamental que ha tenido España a lo largo de su historia sino muchas, aunque ninguna tan duradera y benéfica para el país como la que conmemoramos con un día festivo y una pérdida progresiva de reconocimiento por parte de los ciudadanos. Esta última Constitución es, no obstante, la que ha logrado el mayor período de paz, democracia y progreso para una nación, España, que no ha tenido empacho en elaborar cuántas constituciones exigía cada momento histórico en función de las necesidades de los gobernantes que las elaboran, no de los gobernados que debían acatarla y cumplirla.

Es verdad que es un axioma pensar que cada constitución debe durar lo que la generación que la aprobó y que ninguna es permanente, como tuvieron a bien prever en la Constitución más antigua que se conoce en el mundo, la de Estados Unidos de 1787, pero de ahí ha tener doce Cartas Magna, como ha tenido España, en el transcurso de cerca de dos siglos, va un dislate. Y es que España es exagerada hasta para dotarse de constituciones que rijan la vida de los españoles: o no tenemos ninguna o tenemos más que nadie. Como los carriles bici, que en poco más de una década hemos pasado de no disponer de ningún kilómetro a ser el país que más extensión de vías exclusivas ofrece a los amantes de la bicicleta. Somos así.

Claro que la primera `Ley de leyes´ que puede ser considerada como tal no la escribimos los españoles, sino que nos la otorgó un invasor que, viendo los enfrentamientos que manteníamos para legitimizar la monarquía de Fernando VII, traspasa el trono a José Bonaparte, hijo del emperador francés Napoleón, mediante el Estatuto de Bayona, en 1808. Como describen García de Cortázar y González Vesga en su Breve Historia de España, los “herederos de la Revolución francesa obtenían el cetro madrileño y enterraban el Antiguo Régimen sin disparar un solo tiro ni sublevar a las masas”. Al menos al principio, porque seguidamente se inicia la Guerra de la Independencia que traerá también su Constitución.

Y esa Constitución es elaborada por un gobierno en retirada y formado por Juntas populares que, establecido en Cádiz, promulga la famosa Constitución de 1812, la primera que establece la separación de poderes y la libertad de prensa, limitando los poderes del rey. Estuvo vigente sólo dos años, hasta que Fernando VII regresa al país y recupera el trono gracias al apoyo de los “cien mil hijos de San Luis”, derogando la constitución en 1814 e imponiendo nuevamente un régimen absolutista. A su muerte, y debido a la minoría de edad de quien debía ser su sucesora, su hija Isabel II, la reina Regente, su esposa María Cristina, necesitada de apoyos, elabora otra constitución al gusto de moderados liberales: el Estatuto Real de 1834, un paso intermedio entre el Antiguo Régimen y el nuevo Estado liberal.

Tampoco duró mucho esta constitución, pues para satisfacer a aliados progresistas que se alternaban con los moderados en el apoyo a la reina Regente frente a la revuelta carlista, se decide su modificación, que se concreta en la Constitución de 1837, la primera que puede considerarse nacida del consenso en el constitucionalismo español.

Ya en el trono Isabel II, habiendo alcanzado la mayoría de edad, se disuelven las Cortes y los moderados, que consiguen ser la fuerza mayoritaria, deciden otra vez reformar la Constitución para que sea más acorde a sus postulados, aunque respetando los procedimientos de reforma establecidos en la misma. Se elabora así la Constitución de 1845, la quinta Carta Magna que se promulga en España en el plazo de cinco décadas.

Ante el furor revolucionario que prende en Europa y se inicia en Francia, en 1848,  en el contexto de la Revolución Industrial, siendo reprimido con una respuesta conservadora que tiende a recuperar el Antiguo Régimen, los sectores más reaccionarios de España deciden confeccionar un proyecto constitucional que retrocede a los niveles autoritarios del Estatuto de 1834, que no prospera: es la Constitución de 1852, elaborada durante la Década Moderada.

La inestabilidad política y el peligro de un conflicto armado hacen que Isabel II vuelva a confiar en gabinetes moderados que elaboran otra constitución más  aperturista, la Constitución de 1856, que jamás vería la luz y que ofrecía, por primera vez, la alternancia política entre moderados y progresistas en el Gobierno, aparte de otros avances legislativos que limitaban la jurisdicción militar y el poder de la corona. Sin embargo, la coyuntura internacional y revueltas populares internas hacen que la reina se decante hacia gobiernos conservadores que retraen los apoyos progresistas y los empujan a la conspiración, junto a una parte del ejército.

Así, y sin ningún apoyo, la reina Isabel II huye a Francia desde San Sebastián en 1868, cuando los militares se sublevan en Cádiz y derrotan a las fuerzas isabelinas. Una vez más, las Juntas ocupan el poder y, con medidas liberalizadoras, consiguen apaciguar los ánimos “guerracivilistas” y atraerse a los insatisfechos hasta redactar una nueva Carta Magna, la de 1869, impregnada de ideología liberal-democrática, que perdura hasta 1873, cuando el rey Amadeo de Saboya renuncia a la corona.

Entonces se proclama la República, que impulsa un recambio constitucional en el que se establece la separación Iglesia-Estado y el reconocimiento de un país federal, con trece estados peninsulares, dos insulares y dos americanos, dotados de la correspondiente autonomía política, pero conviviendo en el seno de la nación española. Se trata de la Constitución Federal de 1873 que no llega a ver la luz, ya que la burguesía se subleva (levantamientos cantonales) y recurre al general Pavía para disolver –manu militari- las Cortes.  

Derrocada la República y restaurada la monarquía con Alfonso de Borbón, hijo de Isabel II, vuelve a redactarse otra constitución que preserva las conquistas de la burguesía y recoge la idea de soberanía compartida entre la corona y las Cortes, que otorga al rey todos los poderes, incluido el mando supremo del ejército. Es la Constitución de 1876, suspendida tras el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera, en 1923. Fue, por tanto, una constitución duradera que permitió un período de paz flexible, que transcurrió en tres etapas. Una primera, hasta 1885, bajo el reinado de Alfonso XII; la segunda, bajo la Regencia de María Cristina, con conflictos y la pérdida de las colonias; y la tercera, con Alfonso XIII, que culmina con el golpe de Primo de Rivera.

La dictadura de Primo de Rivera redacta también, tras derogar la de 1876, un proyecto de Constitución de 1929, llamado Estatuto Fundamental de la Monarquía, con la que pretendía dar sostén legal a un régimen autoritario y antidemocrático que no establecía la división de poderes ni reconocía la soberanía nacional. Suponía volver otra vez a los tiempos casi absolutistas, otorgando amplios poderes al rey, por lo que apenas levantaba algún entusiasmo. No llegó a entrar en vigor. A comienzos de l930, el dictador presenta su dimisión al rey y se retira a París, donde al poco tiempo muere. Le sustituye el general Berenguer, quien cede el testigo al almirante Aznar, el cual convoca elecciones  municipales el 12 de abril de 1931.

El triunfo de los candidatos republicanos aconseja al rey abandonar el poder y marchar al exilio. El 14 de abril se proclama la II República y un gobierno provisional presidido por Niceto Alcalá Zamora, con representación de los partidos republicanos y el socialista, asume pacíficamente el poder. Nuevamente, se elabora la Constitución de 1931, que convierte a España en un Estado republicano, democrático, laico, descentralizado, con Cámara única, sufragio universal, Tribunal de Garantías e intenta contentar las ansias soberanistas de Cataluña y País Vasco. Tal vez, un proyecto de convivencia demasiado avanzado para la época. Asediada por el fascismo y el comunismo, y víctima de sus propios errores e incapacidades, la República fracasa ante el levantamiento fraticida del general Francisco Franco, en julio de 1936, que nos impone otra dictadura, la más cruel y duradera de la Historia.

No hace falta decir que, tras la victoria de los sublevados en armas, se elaboran las Leyes Fundamentales del Reino (1938-1977), un conjunto de leyes que dan armazón legal a la dictadura establecida por Franco y que hacen realidad aquella consigna del nuevo orden: “Franco manda y España obedece”. Tal era su autoritarismo criminal que hasta 1948 no suprimió el estado de guerra y nunca dejaron de actuar los tribunales militares que podían dictar sentencias de muerte por delitos ideológicos.

Afortunadamente, no hay mal que cien años dure y un día, al cabo de 40 años, el dictador muere en su cama del Palacio del Pardo y España recupera la normalidad democrática, tras las elecciones generales de 1977. La nueva España elabora una nueva Constitución, la de 1978, que reconoce a los españoles derechos y libertades, y culmina el “haraquiri” de las Cortes del anterior régimen franquista que la Ley para la Reforma Política promovía. Es la Constitución que actualmente celebramos y que ha posibilitado un dilatado período de convivencia pacífica y de progreso, aunque no haya podido resolver todos los problemas que preocupan a los ciudadanos. En el contexto de nuestra oscilante historia, es oportuno subrayar y valorar sus bondades a la luz de los beneficios que nos ha procurado en relación al reconocimiento de la pluralidad, la diversidad y las libertades, junto a otros derechos. El Día de la Constitución no es un día cualquiera en la Historia de España. Celebrémoslo, pues.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Otro diciembre


El tiempo es víctima de un otoño permanente. Cada año se presenta como un damnificado más de esa entelequia temporal que supuestamente transita del pasado hacia el futuro, y que no deja de amarillear el presente, como un otoño eterno, hasta obligarnos arrancar las hojas del calendario con que intentamos atrapar y medir su incesante e intangible transcurrir. Así, alcanzamos un diciembre que señala la última muesca en otro ciclo que contabiliza nuestra degradación y obsolescencia, nuestro irremediable peregrinar hacia la nada. Sin embargo, somos incapaces de vivir sin referenciar nuestra existencia a un comienzo y un final, seguimos relacionando el vivir con años, meses y días que cronometran un absurdo: miden tiempo, como si pudiéramos controlar la inevitable entropía a la que la materia está abocada. Diciembre es una convención que nos recuerda que, en medio del caos en temporal equilibrio consciente, sólo vivimos un otoño permanente que nos conduce a seguir arrancando hojas al almanaque sin cesar, sin sentido.    

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Fidel, explicaciones sin justificación


Hablar de Cuba y de su Revolución, liderada por un Fidel Castro que acaba de fallecer a los 90 años y al que el país rinde una despedida también “revolucionaria” (grandes masas desfilando ante su féretro), es sentimentalmente complicado para alguien que observa aquella isla con simpatía cultural y era simpatizante de lo que, en sus inicios, fue una justa iniciativa armada en favor de la soberanía económica, cultural y política de Cuba –por ese orden- frente a la “ocupación” que sufría por parte de Estados Unidos.

El incinerado comandante Castro, ahora tan denostado, era en los albores de su revolución un icono, junto a su lugarteniente Ernesto Che Guevara, para la izquierda del mundo occidental, una izquierda paralizada en la praxis de los ideales frente al miedo a las amenazas fácticas del poder establecido, lo que la limitaba a teorizar antes que actuar más allá de donde le permitieran sus afanes reformistas, no rupturistas. Para los que aplaudimos la revolución cubana como una esperanza no utópica, por edad e ideología, podemos ahora explicarla, pero no justificarla, en este capítulo final en que se producen las exequias de su principal rostro e impulsor: Fidel Castro. Y algo aun más frustrante: somos incapaces de vaticinar los derroteros históricos por los que un régimen sin liderazgo discurrirá a partir de este momento. No obstante, estamos seguros que la tentación de aquel régimen comunista será grande para enroscarse en sus peligrosas debilidades totalitarias frente a las amenazas –como las de Trump- que provengan del exterior. La deseada transición cubana hacia una democracia homologable a las liberales de la actualidad exigirá más “diplomacia” externa que interna. Cosa harto difícil porque el recién elegido presidente norteamericano –la principal amenaza de Cuba- será cualquier cosa antes que diplomático: es un bocazas insoportable y un provocador empedernido. Todo un peligro real.

Como digo, explicarlo es fácil. La Cuba de Castro es radicalmente distinta a la que “mandó parar” el comandante el 1 de enero de 1959. Es producto del devenir cubano hacia su independencia, incubado por las luchas contra el colonialismo español y la dependencia comercial con Estados Unidos, que provocan un levantamiento en varias regiones del país conocido como el Grito de Baire. Una España agobiada por problemas internos y carente de recursos para mantener un ejército en condiciones en la “Perla del Caribe”, concede una autonomía al gobierno insular que apenas satisface las ambiciones soberanistas de los cubanos. En ese contexto, EE UU interviene en el conflicto hasta que logra vencer a España, obligándola a firmar el Tratado de París, por el que se adhesiona Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Fue lo que se perdió en la llamada “guerra de Cuba” que hemos convertido en frase hecha.

A partir de entonces se suceden gobiernos cuyos hilos manejaba, abierta o subrepticiamente, Estados Unidos en función de sus importantes inversiones, hasta que  impone tras un golpe de Estado a Fulgencio Batista, el último títere de la superpotencia del Norte. Contra él se levanta Fidel Castro y sus guerrilleros en Sierra Maestra, haciéndolo huir humillantemente durante el transcurso del avance militar de los revolucionarios desde Santiago de Cuba hasta La Habana, el mismo itinerario que inversamente recorrerá el cortejo fúnebre con las cenizas del comandante para depositarlas en el cementerio de aquella ciudad, junto a la tumba de otro héroe histórico, José Martí.

Es fácil explicar que el espíritu independentista del pueblo cubano y las desigualdades existentes en su seno, someramente descritos en este apunte, generaron las simpatías hacia quienes osaban enfrentarse a los condicionamientos que imponían la Historia y la bota del imperialismo más grosero. Sobre todo, cuando aquellos barbudos encabezados por Fidel Castro impulsaron, con su Revolución, un Sistema nacional de Salud, universal y gratuito, que ha conseguido reducir la tasa de mortalidad infantil a la más baja de todo el continente. Y cuando el programa educativo ha logrado la alfabetización del cien por ciento de la población. Y un desarrollo de las zonas rurales, en las que se elevó el número de hospitales, que ha posibilitado la provisión de servicios básicos a la población campesina.

Pero es más fácil de explicar en el contexto subsiguiente a la Segunda Guerra Mundial y los primeros movimientos de descolonización en países oprimidos del Tercer Mundo, que enmarcan con una aureola de ética y justicia social al levantamiento en armas protagonizado por los revolucionarios cubanos. Era, pues, fácil de explicar y adherirse a la Revolución impulsada por Fidel Castro, en especial cuando en España soportábamos la dictadura del general Franco y el Telón de Acero dividía al mundo en dos bloques antagónicos.

Pero es sumamente difícil justificarla con el paso del tiempo y los excesos cometidos en su nombre, en nombre de la Revolución. Unos excesos que transforman al libertador en un déspota totalitario que se aferra a sus ideales, ya fracasados, aun cuando las circunstancias son adversas y se lo impiden. Es cierto que Estados Unidos, con quien en principio se pretende mantener buenas relaciones, le hace la vida imposible al régimen castrista, al ver afectados sus fuertes intereses en la isla. La política de expropiaciones, con una reforma agraria contra los latifundios que incide de lleno en propiedades de ciudadanos estadounidenses, unas confiscaciones de refinerías y empresas, la mayoría de las cuales eran yanquis, y unas nacionalizaciones de las principales fuentes de recursos económicos, también concentradas en manos norteamericanas, provocan el desencuentro con el todopoderoso vecino del Norte y el intento de invasión en Bahía de Cochinos en 1961, sólo dos años después de la revolución.

Incesantes muestras de hostilidad por parte de EE.UU y el boicot aún activo al comercio con la isla, no sólo empujan a Castro a la órbita de la antigua URSS y convierten a Cuba en el primer país que se declara socialista en el continente americano, sino que además hacen que Castro se enroque en la defensa a ultranza de su movimiento revolucionario, persiguiendo y encarcelando a disidentes, condenando a muerte a supuestos traidores, impidiendo toda apertura al exterior y enjaulando a su pueblo en la isla, sin libertad, para evitar que se contamine con la propaganda pseudolibertadora del imperialismo capitalista, el gran y único enemigo de la Revolución. Muertes, opresión y enormes carencias en la población son el resultado de más de medio siglo de aquella esperanzadora revolución cubana, protagonizada, dirigida y controlada por el abogado y doctor en Derecho, Fidel Castro.

Con sus luces y enormes sombras, Castro es ya un personaje de la Historia, que a lo mejor no lo absolverá, pero lo absorberá entre los impulsores de los hitos que determinan el devenir de los pueblos, para bien o para mal. Héroe o villano, descansará para siempre en el panteón de los hombres controvertidos que brillan con luz propia y seguirá despertando discusión entre quienes admiran su determinación y repudian su intransigencia ideológica. Ya es historia Fidel Castro, uno de los grandes líderes del siglo XX, que se puede explicar pero es difícil justificar.   

martes, 29 de noviembre de 2016

La rubia del charco

Que en España llueve cuando llueve y que, con sólo cuatro gotas o 20 litros, se desbordan las alcantarillas y se inundan garajes y pasos inferiores de las carreteras, es cosa que sabe el más despistado de los ciudadanos, salvo si eres superasí y vas con tu superutilitario de marca prestando atención sólo al móvil y al vuelo de tu melena. Entonces pasa lo que pasa, que te metes de lleno en una charca que no debía de existir pero que podía evitarse si se conduce, especialmente cuando llueve sobre infraestructuras españolas de secano, con moderación y extremando la prudencia. Entonces pasa lo que pasa.

Y pasa que hay quien se cree víctima de las negligencias de los demás y consigue montar el numerito, con el que acapara el cuarto de hora de éxito que todos los supermodernos anhelan desde que Warhol lo anunciara una noche de efluvios etílicos y narcisistas. Pero, sobre todo, cuando la suerte te sonríe, a pesar del infortunio, y te coloca una cámara de televisión grabando la escena. Estonces se aprovecha la ocasión. Porque cuando uno se considera tan superguay de la muerte, no va a consentir mojarse el corpiño y perder la elegancia, alejándose de allí andando y más mojado que una sardina. Mejor seguir representando el espectáculo de rubia indignada y esperar que venga un bombero a salvarte, trasladándote a hombros hasta donde todos aguardan el rescate. Sabías que sería una tontería ahogarse en poco más de un metro de agua y preferiste subirte al techo del coche, tras saltar por la ventana. Aunque ya conocías la profundidad de la charca, porque te pusiste de pie fuera del coche y se te mojaron las botas antes de encaramarte a su tejado, dejaste que el oportuno héroe te socorriera, no en una barca, sino andando. Con lo cual demostraste dos cosas: no sólo que eras super que te cagas, sino también una consentida que se merece que papi le pague otro coche.

Lo que más indigna del suceso es la atención que le prestan los medios, como si fuera noticia que una niña engreída no quiera mojarse el corpiño.  

sábado, 26 de noviembre de 2016

Introspección otoñal

Confesiones un día de lluvia a las gotas que parlotean con la intemperie al otro lado de la ventana.
 
Cabalgo solitario a lomos de mi sombra, incapaz de portar más bandera que la de mi ignorancia y siempre dispuesto a sufrir una nueva derrota que me estigmatice como eterno perdedor en cualesquiera que sean las batallas que voluntaria o involuntariamente he podido emprender en la vida. Las alforjas de mis pertenencias nunca transportaron tesoros ni prebendas, pero protegieron con el polvo de lo inútil los escasos libros que antojaron a mi espíritu. Poco apegado a lo material y torpe para la diversión lúdica, en encontrado refugio en la dispersión ensoñadora y la elucubración lírica de lo desconocido o incomprendido, lo más semejante a mi propio ser. Y he hallado consuelo a mis tribulaciones en los amplios horizontes de la nada y en los vacíos espacios de mi intimidad, último reducto de libertad, donde germinan las semillas de la esperanza y la paz.