viernes, 26 de mayo de 2017

Primeras calores

 
Ya comienza a hacer calor, como corresponde a estos días agónicos de la primavera en latitudes más próximas a África que a los Pirineos. Temperaturas que vienen para quedarse hasta bien entrado el otoño y asfixiarnos con un aire que quema los pulmones en el período álgido de la estación, cuando huimos en tropel hacia las playas o buscamos refugio en centros comerciales climatizados. Los días no dejarán de crecer para que el Sol satisfaga su instinto achicharrador sobre la faz de esta parte del mundo. Se supone que ya estamos acostumbrados a sudar y a evitar las insolaciones porque lo que anuncia este calor impaciente es descanso y vacaciones para los que pueden permitírselo. Y son muchos los que se alegran de dar la bienvenida al calor y lo reciben alborozados. Pero para otros, tal vez una minoría incomprendida entre tantos aduladores del infierno, ni los aires acondicionados ni las brisas marinas compensan soportar el período más largo del año como si estuviéramos metidos en un horno. Y es que, cuando hace calor, hace calor. Y ya está aquí.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Cuando los perdedores vencen


He de reconocer, de entrada, mi nula capacidad predictiva y el “fino” olfato que me caracteriza para el análisis y la interpretación de los acontecimientos que suceden en la realidad. Soy un desastre pero, una y otra vez, me arriesgo a hacer vaticinios que indefectiblemente resultan errados, como cuando aposté por Hillary Clinton y fue derrotada por el impresentable Donald Trump, o cuando estimé vencedor del debate de las primarias del partido socialista español a Patxi López y ganó por goleada Pedro Sánchez. En ambos casos, vencieron contra todo pronóstico los críticos o herejes con los órganos partidarios, los “outsiders” del “aparato” oficial de sus formaciones políticas, los “a priori” perdedores natos. Así que, lo reconozco con humildad, como comentarista de la actualidad tengo un negro porvenir, aunque insista y siga engordando mi lista de pronósticos fallidos.

Porque una cosa es ganar una batalla y, otra muy distinta, ganar la guerra. En los ejemplos citados anteriormente, me parece bastante probable que ambos líderes, en sus respectivos ámbitos y países, no llegarán a completar o cumplir como preveían sus mandatos o programas. Entre otras razones, porque sus victorias no revelan ni las cualidades exigibles para el ejercicio del cargo ni las intenciones reales que les han impulsado, con inesperada fortuna, a ganarlo. No veo al presidente Trump preparado política y psicológicamente para sentarse en el Despacho Oval ni creo que Sánchez convenza al conjunto del votante socialista de diluir el histórico PSOE, como hizo Alberto Garzón con Izquierda Unida, en Podemos, convirtiéndolo en adlátere de sus políticas al no poder frenar su descalabro electoral. Uno y otro están predestinados a ser víctimas de sus propias contradicciones, carencias y veleidades hasta acabar depuestos y relevados antes de tiempo. Aunque lo más seguro es que me equivoque nuevamente, cosa que no descarto.

No obstante, el escenario de esa posible evolución en estos dos políticos que me atrevo anticipar es perfectamente coherente con sus trayectorias y las acciones o iniciativas que ya han adoptado al comienzo de su mandato, en el caso de Trump, y durante el período en que fue secretario general antes de ser defenestrado, en el caso de Sánchez. Los dos personajes públicos proyectan su futuro con las luces del pasado, con lo que hicieron antes y lo que hacen ahora. Y lo que reflejan esas luces son más sombras que brillos. Intentaré argumentarlo, comenzando por el personaje más cercano: Pedro Sánchez.

El recién elegido por los militantes como secretario general del PSOE, en un proceso de primarias, recupera el cargo del que había sido depuesto hace sólo ocho meses por un comité federal convulso. Él era el líder del partido durante las dos elecciones generales que constituyeron sendos fracasos para las siglas socialistas, sin que su proyecto para sustituir a Mariano Rajoy del Gobierno obtuviera resultados meritorios en número de escaños. Antes al contrario. El PSOE, con Sánchez, se desangraba y conseguía los peores resultados de su historia, mientras su secretario general seguía empecinado en pactar con quien fuera –primero con Ciudadanos y después con Podemos, excluyentes entre sí- para conformar una alternativa de Gobierno, aunque ello supusiera repetir por tercera vez unas elecciones generales en el plazo de un año. De ahí procede su eficaz y afortunado eslogan del “no es no” con el que simplifica e idealiza su estoica postura: no a Rajoy, no a la investidura del candidato conservador de la minoría mayoritaria, sin importar el precio. Y el precio era la inestabilidad de un país que luchaba –y todavía lucha- por salir de una crisis que ha llevado a la pobreza a amplias capas de la población.

El “alma” dual del partido volvía a materializarse en el enfrentamiento expreso. La sensibilidad pragmática de los socialistas apostaba por aceptar su destino en la oposición, desde donde podría influir en la actividad de un gobierno en minoría que debía negociar todas sus iniciativas, ejerciendo como cabeza visible de la oposición en el Parlamento, hurtándole así todo protagonismo a Podemos y pudiendo congraciarse con el electorado que le había abandonado. El alma más izquierdista, representada por Pedro Sánchez, se impacientaba y prefería quemar todos los cartuchos por “cuadrar” esa alternativa de izquierdas que la aritmética parlamentaria le negaba si no transigía con las condiciones que le quisieran imponer, para sumar sus apoyos, las formaciones separatistas (aceptar la realización de un referéndum secesionista en Cataluña, por ejemplo) o la de un Podemos que aspira a relevarlo en su espacio político (detentar los ministerios más relevantes e influyentes de ese posible gobierno en coalición). Todo ello acabó profundizando la división del partido, pero sirvió de manera providencial para el renacer electoral del depuesto Pedro Sánchez, quien ha encarnado a la perfección, desde entonces, el papel de víctima de las élites y de los burócratas del “aparatachi”. El perdedor acabó venciendo.

Ahora, desde una secretaría general blindada con el voto del militante y que de alguna manera altera las reglas internas de representación del partido, Pedro Sánchez tiene que demostrar que tenía razón, que era el depositario de las esencias incontaminadas del socialismo español y que, bajo su égida, el PSOE volverá a recuperar su peso electoral y su importancia ideológica en el panorama político del país. Está por ver si será capaz de desalojar a Rajoy del Gobierno sin romper definitivamente las estructuras del partido, ya gravemente escindido entre sanchistas y susanistas, entre oficialistas y críticos. Un reto mayúsculo al que hay que sumar otras cuestiones pendientes y de las que el nuevo secretario general ha ofrecido opiniones fluctuantes, si no contradictorias.

En primer lugar, deberá unir al PSOE, integrando a esa mayoría de “barones” territoriales que no apoyaron su candidatura. Pero como decida pasar factura e imponer militarmente su criterio, colocando a sus afines en las federaciones “díscolas”, la lucha será fraticida. Por lo pronto, Susana Díaz ha adelantado el congreso del PSOE andaluz para no darle tiempo de organizar una contraofensiva que le dispute su “mando en plaza” en aquella región, la única, junto al País Vasco, en la que no consiguió ganar en las primarias. La lealtad que tanto reclama, la unión del partido y hacerlo que funcione como una “piña” con su secretario general al frente, requiere generosidad y diálogo por ambas partes, por todas las partes. Y precisa un programa político consensuado en los distintos órganos de decisión del partido y no impuesto, a modo de revancha, desde la cúspide, según la conveniencia voluble de su líder.

Aparte de la recuperación electoral y de la unidad de la familia socialista, el nuevo secretario general habrá de afrontar la “trampa” que le tiende Podemos con su moción de censura a Rajoy en el Congresos de los Diputados. O la apoya o se abstiene, una disyuntiva que lo devuelve a la casilla de partida que causa división en al partido: apostar por la estabilidad política del país o por la ruptura y el páramo de unas nuevas elecciones de resultado incierto. Es decir, repetir el trauma que ha llevado a los socialistas a esta situación de deterioro electoral, irrelevancia política y de tensiones autodestructivas internas. Si a ello añadimos el desafío independentista del Gobierno catalán, decidido a convocar un referéndum que viola la ley, y al que Sánchez responde una cosa y la contraria desligándose del criterio consensuado del PSOE con la Declaración de Granada que postulaba avanzar hacia el federalismo, se comprenderá que el pesimismo más inquietante cunda entre los socialistas, en particular, y los ciudadanos, en general. Un partido que aspira a gobernar no puede carecer de una noción clara de su país, de la arquitectura jurídica del Estado y del concepto de nación del que emana la soberanía y el modelo de convivencia de los ciudadanos, todo ello recogido, reconocido y protegido por la Constitución. Sánchez deberá asumir que no es lo mismo un mitin callejero, que se solventa con demagogias gratuitas, que la toma de posición del partido en el Parlamento para preservar el sistema democrático y el Estado de Derecho, aunque el flamante secretario general carezca de escaño en el Congreso para defender esa posición como máxima autoridad del mismo. Su indefinición y veleidad deberán ser superadas, otra vez, por la estabilidad del país.

En definitiva, si con Pedro Sánchez y su “no es no” el PSOE no supera los cien escaños en el Congreso, no establece la paz de la unidad con las federaciones, no deja meridianamente claro su política de alianzas para temas de Estado en el Parlamento y no define su propia identidad ideológica y como partido para no dejarse absorber por la de otros, es bastante probable que los mismos militantes que lo eligieron le den la espalda y lo vuelvan a deponer. Porque con él, nada de esto está claro, según mi siempre erróneo parecer.

Y con Donald Trump me pasa algo semejante aunque los avisos de su nefasto derrotero parecen mucho más evidentes, tanto que ya los he expuesto en alguna otra ocasión como comentarista despistado. El empresario multimillonario, elegido presidente de Estados Unidos de América, es un peligro latente en la Casa Blanca, no tanto por su inexperiencia política, sino por sus ideas racistas (muro con México, desprecio de lo hispano, recelo de lo musulmán, etc.), su actitud sectaria en política doméstica (eliminación del Obamacare, recorte en los programas sociales, etc.), su pretensión proteccionista de un mercado ya indiscutidamente globalizado, en línea con lo que favorece a sus negocios y los de su familia (no en balde su hija y su yerno ocupan puestos de cercanía y responsabilidad en la misma Casa Blanca sin siquiera presentarse a las elecciones) y la bisoñez de sus iniciativas para combatir el terrorismo yihadista (prohibición de entrada a EE UU de extranjeros procedentes de determinados países musulmanes con los que no mantiene intereses económicos privados, su tendencia a bombardear lo que le dicta el lobby militar aunque no sirva para variar ninguna guerra, etc.).

Pero su peligrosidad se acrecienta por los abusos de poder de su Administración y la predisposición de Trump de creer que, por el mero hecho de ser presidente, le acompaña la razón y la legalidad, a pesar de que los jueces tengan que anular algunas de sus órdenes presidenciales por ser manifiestamente inconstitucionales. Tanto más peligroso cuanto acusa a los que rebaten sus tesis y revelan sus mentiras de falsear la verdad, de manipular sus declaraciones o de conspirar en su contra. De ahí surgen sus encontronazos con la prensa, con la oposición demócrata, con sus propios correligionarios del Partido Republicano y con medio mundo. Si pudiera ejercer como empresario déspota, que es a lo que está acostumbrado, despediría a todos los que le contradicen y le descubren en un renuncio. Eso es, exactamente, lo que hizo con el director del FBI, James Comey, al que cesó fulminantemente porque se negó a ocultar cualquier relación que descubriese sobre las presuntas relaciones de connivencia entre la campaña de Trump y las injerencias de Rusia.

Unas relaciones extraordinariamente peligrosas que podrían poner en cuestión la seguridad nacional de EE UU si se confirmase la existencia de una trama rusa en su entorno y en su elección como presidente. Son tantos los indicios de ello, aparte de la dimisión de Michael Flynn como director de Seguridad Nacional por ocultar sus contactos con agentes rusos en Washington, que se ha abierto una investigación independiente por parte de un fiscal especial, el exdirector de la CIA John Brennan, quien ya ha comparecido ante el Comité de Inteligencia del Senado para reconocer que “Rusia interfirió descaradamente en el proceso electoral presidencial de 2016 y que llevaron a cabo esas actividades pese a las serias quejas y las advertencias explícitas de que no lo hicieran”.

Por lo tanto, ya no son simples sospechas sino información de inteligencia lo que compromete al presidente Trump y a ciudadanos norteamericanos involucrados en su campaña y en su Administración. Tan peligrosos son esos indicios como la vanidosa actitud arrogante de un empresario codicioso al que le viene grande el uniforme de presidente de EE UU y que no duda en compartir información reservada con sus “aliados” rusos, respecto de los cuales muestra sumisión y dependencia. Hay que recordar, llegados a este extremo, que una investigación parecida, que puso al descubierto las mentiras proferidas por otro presidente norteamericano, supusieron el inicio de un procedimiento de “impeachment” que obligó dimitir a Richard Nixon por el escándalo del Watergate.

Es por todas estas razones que, sin ser ningún adivino, considero altamente probable que Donald Trump y Pedro Sánchez, auténticos ejemplos de perdedores con suerte, se verán forzados a renunciar a sus ambiciones personales y ceder el poder que le otorgaron con sus votos unos ciudadanos ingenuos y sumamente crédulos, convencidos de las bondades de estos charlatanes. Pero no se preocupen: es mucho más probable que vuelva a estar equivocado y el charlatán sea yo. No me extrañaría nada.

lunes, 22 de mayo de 2017

Salvando las distancias

A veces, muchas más veces de lo imaginado, los hechos de lo cotidiano nos ciegan y aplastan con el peso de su inmediatez. Nos inmovilizan en un presente que nos impide tomar perspectiva para distinguir el pasado y un probable futuro, es decir, no nos deja comprender de dónde viene y adónde va lo que ahora sucede y que tanto nos desasosiega. Eso que sucede, en los sucesivos ahoras de nuestra existencia, es tanto personal como colectivo, afecta tanto a nuestras vidas como a las de la comunidad de la que formamos parte. No resulta extraño, por tanto, que nos sintamos abrumados por acontecimientos -propios y ajenos- que, pasado cierto tiempo y valorados sin la precipitación del instante, son menos trascendentales y mucho más relativos de lo que creíamos. Salvando las distancias, pierden importancia o la repercusión que creíamos decisiva. Es lo que aprenden a valorar los ancianos: que lo verdaderamente relevante de la vida lo dejamos escapar para atender con obsesión enfermiza cuestiones superfluas en absoluto fundamentales. Olvidamos vivir para dedicarnos a consumir o demostrar lo que somos o pretendemos ser. Y cuando queremos darnos cuenta, hemos desperdiciado el tiempo, los sentimientos y las energías en asuntos triviales que, en su momento inmediato, nos parecían prioritarios e inaplazables. Eran cuestiones urgentes y primordiales, en lo político, lo laboral, incluso en lo físico, que nos atrapaban con su ridícula pero insoportable inmediatez. Como esos árboles al borde del camino, que muchos se dedican a cuantificar con rigor matemático, despreciando lo que hay detrás de ellos, lo que ocultan. Sólo unos pocos consiguen descubrir y disfrutar, salvando las distancias, el bosque de verde fronda que forman en su conjunto y que cubre el paisaje hasta donde alcanza la vista. Como también son pocos los capaces de acompañar, compartiéndolo, el crecimiento de sus hijos, las puestas de sol que todas las tardes brindan o los silencios ensimismados de una placentera lectura. Sólo unos cuantos desechan los afanes del día a día para percibir la vida que palpita en nuestro interior, en comunión con cuanto nos rodea, dando pleno sentido a un devenir que lo cotidiano le niega. Muy pocos salvan las distancias para evitar verse cautivos con la realidad inmediata de la dictadura del presente.

viernes, 19 de mayo de 2017

Más vulnerables que nunca


La seguridad personal o colectiva nunca ha estado más expuesta al riesgo que en la actualidad. Los cacos y las bandas criminales de variada tendencia pueden acceder a nuestros hogares y desvalijar nuestras pertenencias con suma facilidad por muchas puertas blindadas o alarmas de seguridad que tengamos instaladas. Si no lo han hecho ya, si no han invadido nuestras casas, no es por las dificultades que podamos presentarles, sino porque carecemos de bienes de valor que puedan interesarles. Rara es la semana que no se comete algún robo en nuestro entorno más cercano y que afecta a comercios o viviendas. Vivimos inmersos en una inseguridad que parece intrínseca de esta sociedad de multitudes, ruidosa y acelerada a la que pertenecemos, en la que coexisten la riqueza y la pobreza, la comodidad y las estrecheces, y el bienestar junto al infortunio, todo lo cual no hace más que agrandar la brecha de desigualdad existente entre sus miembros, haciéndola más profunda e insoportable. Pero tales injusticias no son, o no han de ser, causas para la delincuencia ni motivos para justificarla o tolerarla, pero sí sirven para explicar una situación que constituye terreno abonado para su mantenimiento y expansión, además de obstaculizar su erradicación.

Pero si en el mundo real, material o físico la seguridad no es, ni puede ser completa, en el virtual estamos más indefensos aun y somos más vulnerables de lo que imaginamos. Prácticamente, estamos vendidos. Un universo virtual en el que nuestras vidas se exhiben en las pantallas del ciberespacio, viajan a través de Internet y forman parte del contenido de las redes sociales. Y ello es así porque utilizamos la red para comunicamos, entretenemos, comprar, vender y tramitar asuntos de toda índole, desde la declaración de la renta hasta la consulta de nuestras cuentas bancarias, etc. Por esta razón, nos convertimos en datos que manejan algoritmos complejos con los que pueden seguirnos, controlarnos y gobernarnos a distancia por parte de cualquier instancia interesada, ya sea para bombardearnos de publicidad en los ordenadores como para seducirnos con lo que nos gusta o hacernos caer en alguna trampa o estafa. Cualquier curioso con nociones elementales de informática, no digo ya si se trata de un temido hacker, puede rastrear con pasmosa facilidad la huella digital que vamos dejando con nuestros móviles y con el uso de Internet. En esa existencia “on line” somos tan vulnerables como niños en medio de una guerra, a campo abierto, donde no es posible esconderse ni defenderse de las formidables armas de la informática.

Y todo en razón de que las tecnologías de la información y la comunicación, las famosas TICs, se han convertido en un elemento esencial de nuestras existencias. Están presentes, potenciándolo todo y haciéndolo más fácil, en nuestros hábitos más cotidianos hasta el punto de que nuestro historial médico está inscrito en el chip de la tarjeta sanitaria, nuestra economía en el de la tarjeta de crédito y nuestra identidad en el del DNI. Entre chips y conexiones en Internet, estamos sometidos a una visibilidad permanente y, por ende, más controlados que nunca, mucho más que en la vida real. Fundamentalmente, porque somos tan dependientes de esa trama virtual como vulnerables frente a ella. Si las dos terceras partes de la Humanidad están conectadas en la red, es decir, si millones de computadoras están permanentemente interconectadas en todo el mundo, no existen límites, en ese campo de relaciones tan inmenso, para la intervención “pirata” de nuestra intimidad y para el saqueo de nuestro patrimonio físico y virtual. El mismo instrumento que favorece la economía, la comunicación, la ciencia, el ocio, el trabajo y la cultura, esos recursos informáticos omnipresentes, también favorece la delincuencia y los ataques cibernéticos.

A estas alturas de la sociedad tecnológica, es imposible sustraerse de las ventajas que  ofrece la informática, pero hay que asumir a usarla con precaución y, desde luego, a no exhibirse innecesariamente a través de ella, tomando conciencia como usuarios de los riesgos que se corren en el mundo virtual. Del mismo modo que somos proclives a poner cerraduras reforzadas en las puertas de nuestras viviendas, tenemos que impedir o dificultar el acceso de extraños a nuestros correos electrónicos, redes sociales, páginas de Internet y teléfonos móviles. Debemos ser mucho más precavidos en el mundo virtual porque la misma libertad que conlleva requiere, en contrapartida, mayores exigencias de seguridad. Aun en contra de la fuerte presión que nos insta a lo contrario.

Son las empresas del sector las que nos ofrecen constantemente estar más expuestos prometiéndonos móviles cada vez más potentes y rápidos, megacapacidades para una conexión instantánea y sin límites e infinitas posibilidades de comunicación y navegación a precios asequibles o de cómoda financiación. Pero no nos advierten de que con ello nos tientan a ser más dependientes que nunca y estar más controlados que jamás en la historia. Una dependencia y vulnerabilidad que son sumamente peligrosas, incluso cuando no poseamos nada que pueda interesar a los ladrones, piratas y chantajistas que pululan por la red. Aun así, nos hemos convertido en el objetivo de sus ataques, a veces por mera diversión o para demostrar lo fácil que es atacarnos.
 
El último ciberataque a más de 200.000 ordenadores de 150 países distintos demuestra la fragilidad de una tecnología a la que confiamos vidas y haciendas. Pone en evidencia la vulnerabilidad de un sistema al que se puede poner en jaque de forma impune, anónima, global y con grandes beneficios mediante un simple virus informático de los muchos que circulan camuflados entre enlaces y reclamos diversos. Evidencia la escasa seguridad con la que nos aventuramos en el mundo virtual o digital. Y nos enseña una lección: a no confiar y adoptar cuantas medidas de ciberseguridad estén a nuestro alcance y que nos protegen, hasta cierto punto, de algunos peligros. Pero, sobre todo, a ser más herméticos con nuestros datos o información personales para no dar pistas a los amantes o curiosos de lo ajeno. WannaCry, que no es el primero pero sí el último virus informático hasta la fecha, nos enseña a no ser ingenuos, menos aun en el mundo virtual, donde somos más vulnerables que nunca. Por si acaso no lo sabía.

miércoles, 17 de mayo de 2017

¿Qué hacemos mal?

Sevilla, calle Bami, 9:30 horas.
Me incluyo en la pregunta, me incluyo entre los responsables que, por acción u omisión, permiten o toleran que en nuestra sociedad convivan, como mal menor o mayor de un desarrollo mal entendido, personas que han de dormir a la intemperie sobre cualquier acera de cualquier calle de cualquier ciudad, arropados con un abrigo de cartones, y empujados por los motivos que sean. No hay razones que justifiquen tamaña indigencia sin que la conciencia y los servicios sociales se activen como un resorte en auxilio de los abandonados a su suerte, de los orillados de toda oportunidad, de los vagabundos sin más porvenir que el de pordiosear la compasión de los que han tenido la suerte de acomodarse entre los bienpensantes, bienalimentados y biensatisfechos de la sociedad del consumo. Pero algo hacemos mal cuando no somos capaces de repartir unas migajas de nuestro confort con los que, por no tener, no tienen ni donde dormir ni caerse muertos. Malviven a nuestro alrededor, justo al lado de las mesas donde desayunamos o de los portales de las casas que habitamos, como seres invisibles para nuestra sensibilidad e inútiles para reclamar nuestra atención. Forman parte de los excluidos, cuyo volumen tiende a aumentar a pesar de los signos de recuperación que dicen estamos disfrutando, en beneficio de los de siempre. Padecemos esa aporofobia que rechaza al pobre, al desafortunado que molesta nuestra vista sin que siquiera nos induzca a la caridad, esa injusticia indigna con la que limpiamos nuestra mala conciencia. Un rechazo al pobre que, como señala Adela Cortina*, es el germen de todas nuestras fobias a los inmigrantes, los refugiados, a los desarraigados, a todos los que no pueden intercambiar nada con nosotros, por ser pobres. Y es que algo hacemos mal cuando no somos capaces de erradicar este problema, el problema que afecta a nuestras almas endurecidas e insensibles frente a tanta pobreza.
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* Adela Cortina, Aporofobia, el rechazo al pobre. Editorial Paidós, 1ª edición mayo 2017, Barcelona.