sábado, 27 de agosto de 2016

Andar como un egipcio


Me preparo para un cambio, para intentar adaptar mi vida a las nuevas condiciones que me aguardan tras un recodo de este trayecto vital que recorro siempre confiado en hallar más oportunidades que obstáculos. Esta actitud no me impedido tropezar, en algunas ocasiones, con verdaderos problemas que, hasta la fecha, no han hecho mella en mi ánimo ni me han apartado del camino. Pero lo cierto es que, esta vez, he de modificar el paso para adentrarse con precaución en una zona desconocida, transitar por una región ignota de la existencia que puede depararme algunas sorpresas, justamente cuando confiaba haberlas dejado atrás. Vuelven algunos sobresaltos a alterar la placidez de un deambular por los espacios diáfanos de la existencia. Retornan la incertidumbre y los temores que me hacen volver la cabeza a cada paso presagiando algún peligro. Me debato, a estas alturas de la vida, en distinguir lo real de lo infundado de unas amenazas que me obligan a andar como un egipcio, casi de perfil, girando la cabeza constantemente de lado a lado. Es el miedo, mezclado con la alegría, a un cambio de estado. Es la inquietud por un mal presagio. Quedémonos con su melodía burlona.


jueves, 25 de agosto de 2016

Hablando en plata


El dominio de nuestro idioma, con el que diariamente nos comunicamos los hablantes del castellano en España, deja mucho que desear. Resulta que hablamos regular, no sólo cuando lo hacemos coloquialmente sino incluso cuando pretendemos expresarnos de manera formal o culta, pues apenas construimos una frase sintácticamente correcta sin caer en la comodidad de las frases hechas, en los comodines verbales. Pero peor aun es cuando optamos por la comunicación escrita, especialmente si utilizamos las nuevas tecnologías para ello, ya sea a través del teléfono portátil -que no móvil- (mensajitos MSM o WhatsApps) o Internet (redes sociales).

A la hora de expresarnos, tanto de manera oral como escrita, abusamos de las abreviaciones, los neologismos, los latiguillos, las modas y hasta de la desidia que nos hace cometer faltas de ortografía e ignorar tildes y otros signos de puntuación. En no pocas ocasiones, ni siquiera sabemos colocar bien una coma. Y no se trata de convertirnos en académicos de la Lengua, puesto que no es cuestión de adquirir una formación especializada, sino de prestar más atención, para sacar el máximo provecho, a nuestra forma de comunicación, para corregir y evitar usos descuidados. También, para valorar que el uso correcto del idioma facilita la comprensión de lo que deseamos expresar sin equívocos ni malentendidos. Comprender y dominar el instrumento del idioma nos allana el acceso a otras formas de conocimiento que también se estructuran de manera ordenada y regido por normas. Nos habitúa a pensar o reflexionar respetando la lógica de lo complejo. Porque en comunicación, saltarse las normas gramaticales es renunciar al dominio de la herramienta más portentosa que disponemos, como es el idioma, y a ser claros como el agua cada vez que deseamos manifestar aquella otra virtud que nos distingue de los animales, la capacidad de razonar, para expresar nuestros juicios, ideas o emociones. Por eso, si descuidamos el idioma, empobrecemos nuestra capacidad de comunicación, limitamos esa facultad exclusivamente humana de hablar y entendernos de manera racional y renunciamos a transmitir nuestros pensamientos y experiencias, a los demás y a uno mismo, de manera fidedigna.

Viene todo esto a cuento del estudio que acaba de realizar la editorial Rubio -la que elaboraba aquellos cuadernillos didácticos que compraban nuestros padres para que hiciéramos ejercicios durante las vacaciones- acerca de los errores más frecuentes que cometen los que se comunican a través de las redes sociales e Internet. El resultado del estudio no aporta nada nuevo pero provoca bochorno a quienes cuidan y aman el lenguaje. Porque revela que muchos internautas, en su afán por expresarse con escasos caracteres, elaboran unos textos plagados de faltas de ortografía y de “olvidos” o errores gramaticales. Es una costumbre impuesta por las “nuevas tecnologías” que causa pavor, puesto que lo excepcional del lenguaje “on line” puede convertirse en norma en la comunicación cotidiana, oral o escrita, de tal modo que el uso del idioma “comprimido” y lleno de onomatopeyas de la red se contagia a la comunicación personal habitual.

Mucha gente que acostumbra a escribir sin tildes o acentos en las redes sociales, acaba aceptando hablar de igual forma, de manera plana y monótona, obviando los signos de puntuación que nos ayudan a entonar un enunciado sin asfixiarse en el intento. Olvidan cómo enfatizar la pronunciación o la escritura de cualquier frase, con lo que leer un poema o recitar un diálogo se convierte en una tarea verdaderamente ardua. Si a ello añadimos el mal uso de las letras (k y c) al expresar un fonema e ignoramos si “haber” o “a ver” se escriben o no con hache, o nos empeñamos en utilizar los infinitivos para formular imperativos (cerrar por cerrad) y confundimos cuando hay ahí un ¡ay! de ¡cuidado!, que no echamos de menos (también sin hache), comprenderemos entonces que la pobreza en el uso del idioma denota una despreocupación intelectual que no se asume en otras actividades del individuo. Sin embargo, en aquella con que nos presentamos ante los demás y usamos para interrelacionarnos con ellos, cual es el lenguaje, no parece importar que la utilicemos de manera incorrecta y descuidada.

Una pereza para el buen uso del idioma que lo degrada y degrada a la persona. Admiramos a quien se expresa con rigor y claridad, pero evitamos por pereza seguir su ejemplo si ello nos obliga a prestar atención a las palabras y cómo emplearlas. Hasta quienes escriben por oficio o afición, los que tienen el gusto por la escritura, suelen –solemos- caer en los convencionalismos que contiene el lenguaje y que devalúan la precisión y la exactitud en la exposición de un pensamiento. Existen “estilos literarios” que revelan el desconocimiento de las posibilidades de la lengua e inseguridad de su autor, y no consiguen aportar ni originalidad ni un lenguaje rico, tan sólo pedantería y turbiedad. Es decir, la incapacidad para usar con corrección el idioma no amenaza exclusivamente a los hablantes que hacen un uso coloquial de la lengua, sino incluso a quienes se sirven de ella para fines supuestamente más cultos o literarios, los que utilizan la lengua como instrumento de la literatura y la comunicación. El poco dominio que exhiben del medio con que trabajan muchos de estos “profesionales” de la lengua no se concibe en “artistas” de otras materias (pintores, bailarines, cineastas, músicos, etc.) Convendría recomendarles la lectura del útil libro de Luis Magrinyá Estilo rico, estilo pobre para que aprendan, al menos, a no escribir mal.

Creemos que dominamos el idioma materno de forma innata sin necesidad de conocer la estructura lingüística ni la gramática que condiciona su uso correcto. Las nuevas tecnologías parecen fomentar el deterioro de la lengua al obligarnos elaborar textos amputados más que abreviados, circunscritos al empleo de pocos caracteres. Si ambas amenazas no son vencidas por la voluntad de no ceder al declive y empobrecimiento de nuestro idioma, un bien tan preciado como la mayor riqueza que se pueda atesorar, difícilmente podríamos “hablar en plata” en español y siempre estaríamos condicionados por nuestra desidia e ignorancia comunicativa. No sabríamos expresar con rigor y claridad lo que pensamos, lo que queremos y las dudas que nos plantea la existencia. Participaríamos de forma activa en “atrofiar” ese don que nos distingue de los animales: la lengua como instrumento racional de comunicación.

lunes, 22 de agosto de 2016

Sudar en Magacela


Giramos otra visita a los alrededores de Don Benito, en Badajoz (Extremadura), para volver a escalar las atalayas coronadas con los restos de fortificaciones medievales que aún impresionan por lo estratégico de su ubicación, desde donde se puede otear el horizonte hasta decenas de kilómetros en derredor, y por el descomunal esfuerzo que debió ser subir hasta la cima aquellas piedras con las que se construyeron esas soberbias y robustas fortalezas. Esta vez visitamos Magacela, un pequeño pueblo pacense que se descuelga por las laderas de una loma que sobresale en medio del sereno paisaje de la comarca. Un humilde caserío de casas blancas que se aprietan casi unas encima de otras debido a la pendiente y que es atravesado por estrechas calles que trepan zigzagueando hasta lo más alto. Recorrerlas, con tramos escalonados, es un reto no apto para piernas débiles y vehículos a motor, aunque sumamente placentero por permitir descubrir rincones encantadores y unas hermosas vistas que extasían al visitante.

Pero es allá, en la cima del promontorio, donde encontramos los restos de un castillo de probable origen romano del que se mantienen en pie vestigios de la muralla que lo circundaba y una Torre del Homenaje que está siendo objeto de investigación por parte de los arqueólogos. En su conjunto, son piedras que se intentan conservar, y que los siglos no han podido derruir por completo, para que sirvan de testimonio de los pueblos que nos precedieron por estos andurriales. Adyacentes a ellas, como ejemplo pétreo de esa confusión entre civilizaciones con que gusta tejerse la Historia, una antigua iglesia cristiana que sufre la descomposición de sus ladrillos, la antigua parroquia de Santa Ana, abandonada al parecer desde el año 1937, y, como antesala de lo que nos aguarda a todos –cosas y personas-, un viejo cementerio, ya en desuso, en el que reposan los que prefirieron seguir disfrutando de una panorámica impresionante aún muertos. Una panorámica en la que se visualiza la comarca de la Serena, de la que fue capital en el pasado, y las siluetas de las sierras de Montanchez, de Orellana y hasta la de las Cruces, entre otras. La localidad está declarada Bien de Interés Cultural por la Junta de Extremadura, dado los méritos artísticos, históricos y urbanísticos que atesora.  

Merece la pena, pues, sudar en las callejuelas de Magacela y subir a visitar su castillo, donde las sombras de piedras milenarias y el aire fresco de las alturas refrescan y recompensan el gratificante esfuerzo de conocer lugares pintorescos y realmente hermosos. Junto al de Medellín o Trujillo, por citar algunos, estos esqueletos de castillos que resisten el paso del tiempo, de los que Extremadura dispone un rico Patrimonio, revelan la historia de conquistas y culturas que conforman eso que llamamos España. 
 
 
 
           



sábado, 20 de agosto de 2016

Los niños de la guerra

La guerra es la política ejercida con violencia y sin consideración hacia las víctimas, sobre las que descarga su letal fuerza bruta con la que busca aniquilar al enemigo contra el que combate y atemorizar a los ciudadanos civiles, cuyo sufrimiento y bajas favorecen la rendición. Todas las guerras son crueles y dejan un reguero de sangre inocente que los vencedores ignoran y los vencidos denuncian y lloran. Ninguna bomba es tan precisa como para evitar impactar en colegios, hospitales o refugios en los la población se protege de metrallas y balas e intenta escapar de la muerte. El conflicto bélico siempre produce víctimas inocentes que los partes de guerra etiquetan con el eufemismo de “daños colaterales”, aun a sabiendas de que son consecuencias inexorables de la propia lógica del enfrentamiento violento. Hombres, mujeres y niños se hallan entre las víctimas de cualquier guerra que abierta o solapadamente se libran hoy día en el mundo por cualquier motivo. Pero son los niños los que ponen nuestros valores y nuestra moral de papel de fumar en un aprieto cuando su imagen emerge entre las noticias que nos informan de las guerras mediáticas. Entonces, por unos segundos, nos interrogan si la causa de la guerra puede exigir la vida de un ser inocente cuya infancia ha sido arrebatada como la que muestra esa imagen de un niño rescatado milagrosamente bajo los escombros de su casa bombardeada en Siria. Niños que pagan con su inocencia o sus vidas las disputas violentas que sus mayores libran por una idea, un puñado de tierra o unas creencias religiosas. Si esos ojos infantiles, desorientados bajo el polvo que cubre todo su cuerpo, no nos mueven a repudiar las guerras y maldecir su existencia, es que hemos perdido la condición humana que nos distingue de los animales. Hemos renunciado a la humanidad.

viernes, 19 de agosto de 2016

Mi agosto

   
Vivo mi agosto apurando los días de este sol que nos da calor y nos impele a evadirnos de los compromisos adquiridos, de romper los estrechos márgenes que condicionan la existencia para que la foto que nos identifica no resulte desenfocada ni desordenada con los cánones de lo convenido. Disfruto de esta luz que nos predispone al último deambular por las rutinas que nos han hecho transitar del trabajo a casa y de casa al trabajo cual enfebrecidas hormigas afanadas con su destino, ajenas a cuanto les rodea y libres de toda consciencia. Mi agosto me conduce a un otoño vital de días breves pero pleno de amaneceres y ocasos que deslumbrarán mis ojos y despertarán ilusiones inéditas hasta entonces. Me precipita a un otoño a la vez grisáceo y luminoso que, por su inevitable caducidad, te obsequia el disfrute de lo que ya no volverá, de un tiempo postrero para aprovechar los anhelos insatisfechos y dejar que nuevas esperanzas alumbren sus sombras. Mi agosto me encamina, sin apenas darnos cuenta, a completar un ciclo que se cierra para justificar y dar sentido a su propia existencia. Y nos hace sentir, en las horas finales de este estío, la placidez de las aguas mansas que se tranquilizan antes de su desembocadura al mar. Así vivo yo mi agosto.