lunes, 23 de octubre de 2017

Miedo a las máquinas inteligentes


Los avances de la ciencia y la tecnología nos están acostumbrarnos a disponer y estar rodeados de máquinas eficientes y cada vez más complejas. En un principio, se crearon para ayudar al ser humano en tareas en que era requerida mucha mayor fuerza que la que el hombre era capaz de aplicar, máquinas rudimentarias cuyos motores impulsaban tractores que removían tal volumen de tierra y más rápidamente que lo que era posible con un simple arado arcaico. Así, de los carruajes tirados por animales pasamos a los vehículos a motor de explosión que incluso ya aparcan solos o avisan si te sales del carril y corrigen el rumbo, sin intervención del conductor. Y que del primitivo ábaco para el cálculo se haya evolucionado hacia las imponentes computadoras que procesan millones de datos y realizan innumerables operaciones matemáticas y físicas de manera casi instantánea. Sin tales ingenios, no existirían los viajes espaciales ni la mayoría de las comodidades que aligeran nuestra vida, desde el elevalunas eléctrico hasta el último modelo de teléfono celular que constantemente ubica la posición del portador vía GPS.

Pero este avance no se detiene y continúa dando pasos gigantescos en la sorprendente perfección de las máquinas. Ya no son automatismos ni programas o algoritmos informáticos más o menos sofisticados que permiten a las máquinas cumplir con su función de manera rápida, eficaz e, incluso, autónoma. Sino que algunas de ellas vienen dotadas con una incipiente inteligencia artificial (IA) que les posibilita, sin intervención humana, aprender continuamente. Es decir, máquinas capaces de aprender por sí mismas para, en un futuro no muy lejano, resolver todo tipo de problemas a los que puedan enfrentarse en el mundo real. Ello no es más que el resultado de la investigación en este campo concreto de la ciencia, en el que tan avanzada se halla la investigación en inteligencia artificial que, con lo logrado en máquinas inteligentes para jugar al ajedrez, ha quedado ya claro que el conocimiento humano puede ser incluso un lastre para su efectividad. Y es que se ha conseguido construir máquinas capaces de aprender, por si mismas, jugadas nuevas y estrategias más innovadoras y eficientes que las que el talento humano haya alcanzado en su historia, que hacen prescindible nuestros conocimientos, inteligencia y experiencia para enseñarlas o programarlas. Máquinas que aprenden a jugar desde cero, a partir sólo de las reglas del juego, basándose en el aprendizaje por refuerzo y practicando consigo mismas hasta alcanzar una destreza infinitamente mayor que la adquirida por cualquier ser humano. Entrenan a nivel sobrehumano y a una velocidad impresionante, sin ejemplos ni orientación previos, hasta que se vuelven invencibles y capaces de tomar decisiones, de momento sólo para jugar al ajedrez y después sobre lo que sea, sin que tales decisiones vengan contenidas ni previstas en su programación. Y tal posibilidad, sinceramente, me aterra.

Hace décadas que la investigación en tecnología sobre inteligencia artificial se está llevando a cabo con progresos cada vez más espectaculares, como el que estamos comentando del programa AlphaGo Zero, desarrollado por la división DeepMind de Google. El físico Roger Penrose, en un libro titulado La nueva mente del emperador1, advertía de que, aunque las máquinas pudieran realizar todo lo que la mente humana es capaz de imaginar, nunca comprenderían lo que están ejecutando, no serían conscientes de lo que hacen, como lo es un ser humano de cada uno de sus actos. Este insigne físico-matemático, profesor en su época de la Universidad de Oxford, quiso dar respuesta con su libro a un problema más filosófico que físico, el de la “mente-cuerpo”, al que los defensores de la computación electrónica y, por consiguiente, de la inteligencia artificial “fuerte” creen posible soslayar cuando se construyan máquinas capaces de “sentir” placer o dolor, belleza o humor, e incluso tener consciencia o libre albedrío gracias a algoritmos de elevadísima complejidad que convertirían a estos robots en máquinas “pensantes”.

Confieso que me desasosiega ese futuro robótico, ya que la facultad de pensar la creía exclusiva del ser humano, gracias a la cual, no sólo puede superar sus limitaciones físicas y los condicionantes del entorno natural, sino escapar del determinismo animal. Que esa herramienta la dispongan también las máquinas me espanta, puesto que, como se interroga Penrose en su obra, si éstas pueden llegar a superarnos algún día en esa cualidad en la que nos creíamos superiores, ¿no tendríamos entonces que ceder esa superioridad a las máquinas? Se me hace imposible imaginar un futuro en que la cumbre de la racionalidad lo ocupen las máquinas. De ahí el miedo que me ha producido tener conocimiento de la existencia de esa computadora con inteligencia artificial que aprende por sí sola a ser invencible..., de momento, jugando al ajedrez. Me da pánico.

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Nota:
1: Roger Penrose, La nueva mente del emperador, Mondadori España, S.A., Madrid, 1991.

jueves, 19 de octubre de 2017

De repente, otoño


Aunque astronómicamente comenzó en septiembre pasado, no fue hasta hace dos días que el otoño hizo acto de presencia en España. Y lo hizo de manera súbita, haciéndonos pasar, de un día para otro, de un veranillo extemporáneo, que la gente aprovechaba para prolongar los paseos por la playa, a jornadas tormentosas que causaban inundaciones, granizadas y el desplome de las temperaturas. En las cumbres más altas se aposentaron las primeras nieves y los campos sedientos, que mantenían a los agricultores mirando al cielo cada mañana, sintieron el alivio de un agua que alejaba el fantasma de la sequía. Climatológicamente, el cambio fue repentino y drástico, sin ninguna transición que graduara la sustitución de las prendas veraniegas por las de abrigo. De los ventiladores a la caricia tierna de las sábanas para conciliar el sueño, haciéndonos buscar ese calor grato de una compañía de cama y secretos. Y es que, de repente, el otoño vino a ocupar su espacio e imponer su tiempo, tal vez molesto por el retraso de su llegada y la bondad transparente de los cielos. De repente, tras hacerse desear, se nos ha caído encima el otoño, dispuesto a recuperar el tiempo perdido. Ya era hora.

miércoles, 18 de octubre de 2017

No es país para provocadores

Los grandes estandartes del columnismo mundial –o, al menos, eso se creen ellos-, aquellos que han adquirido su sabiduría directamente de las fuentes originarias aunque jamás del academicismo aburrido y estéril de una Universidad, los que dominan la hermenéutica y las razones estratégicas y también, cómo no, esotéricas de todas las políticas mundiales, desde Rusia a la Tierra del Fuego pasando por Venezuela e Israel, han depositado sus ojos y sus afamadas plumas sobre los padecimientos que sufre la isla de Puerto Rico tras el paso del huracán María, que completó la tarea devastadora de Irma, otro ciclón que había asolado anteriormente la isla. Y han sentado cátedra, como cabía esperar, alineándose con los desaires del presidente de EE UU al Estado Libre Asociado que esperaba del mandatario, en vez de rollos de papel higiénico y críticas populistas, la misma consideración que le merece cualquier otro Estado de la Unión, como Virginia, Texas o Florida, a los que no les niega ayuda de emergencia para paliar los desastres que se ceban con ellos. Para estos oráculos iluminados desde la cómoda periferia que no exige acreditaciones ni títulos, Puerto Rico se merece lo que está soportando, no a causa del huracán, sino por culpa de su economía, totalmente en bancarrota y sin posibilidad de recuperación si no se le concede financiación, ya que fue despilfarrada por unos gobernantes corruptos entregados al sexo, drogas y rock and roll. No es de extrañar que hasta Paul Krugman titule así un comentario: “que coman papel de cocina”. Esa fue, precisamente, la imagen que transmitió Donald Trump de su visita fugaz a la isla. Con tales anteojeras, es fácil elaborar un comentario trufado de medias verdades y sectarismo, convenientemente adornado de impertinencias, ofensas y provocaciones, como gusta a estos genios de la columna de opinión que siempre acaban tildando de ignorantes a quienes no aplauden sus desvaríos. Utilizan cualquier asunto para librar sus batallitas ideológicas y estilísticas, pues no pueden vivir sin llamar la atención aun con exabruptos.

Las dificultades económicas de Puerto Rico no obedecen, según estos intelectuales del insulto escrito como servidumbre a las soflamas incendiarias de Trump, a la crisis financiera que hundió empresas, bancos y fondos de inversión en todo el mundo, empezando en el mismo EE UU, sino a la mala gestión de los puertorriqueños. Tampoco a las exigencias del imperio para que las exportaciones desde la “colonia” borinqueña se realicen obligatoriamente en medios de transporte estadounidenses, mucho más caros que los de la competencia, lo que representa un handicap para la competitividad de lo producido en la isla. Ni siquiera a los obstáculos para buscar financiación en el mercado libre a causa de los vetos federales. Para el presidente más insolente de EE UU y sus acólitos aduladores, nada de ello ha incrementado las dificultades a las que se enfrenta Puerto Rico en su recuperación. Por eso, la hermosa Perla del Caribe sufre en solitario y sin apenas ayuda los desastres de una naturaleza desatada y furiosa que arrasó sus infraestructuras. Sin agua y sin luz, con colegios cerrados, calles y autopistas rotas y las telecomunicaciones interrumpidas, los puertorriqueños, ciudadanos estadounidenses desde hace cien años y que comparten pasaporte, moneda, ejército y lengua –junto al español- con el resto de la Unión, se enfrentan al desafío de volver a levantar y rehacer lo que era un vergel. Y no sólo natural, según calificación de hace unos años de la revista Finance Direct Investment, una publicación del diario británico Financial Times. Para ella, atendiendo al potencial económico, el costo de inversión, la mano de obra, la calidad de vida, las telecomunicaciones y el sistema de transporte, Puerto Rico era “el mejor país del futuro de la región del Caribe”. Sin embargo, hoy están solos, dejados a su aire y con la sensación de ser ciudadanos de segunda en un país, la mayor potencia del mundo, que les vuelve la espalda cuando debía mostrarse solidario y generoso, tal vez por las raíces hispanas y la endiablada defensa del idioma materno, que los puertorriqueños se niegan a dejar de hablar, y ese amor a su tierra y su cultura, del que no renuncian.

Los figurantes de la crítica mendaz y superficial ni siquiera contemplan, en su amargura claudicante, las fértiles relaciones de Puerto con España en épocas no tan lejanas, pero igual de opresivas, cuando podía dar asilo a los exiliados del fascismo español y acogía fraternalmente a poetas tan insignes y vulnerables como el Premio Nobel Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí, Pedro Salinas, cuyos restos reposan en el cementerio de San Juan, y Francisco Ayala, incluso filósofos como María Zambrano en su peregrinar por “la patria del exilio”, músicos de la talla de Joaquín Rodrigo y Pablo Casals, y tantos otros. Pedirle a Donald Trump que tenga memoria, como máximo mandatario de un país plural, es un esfuerzo inútil para su capacidad intelectual y bagaje cultural, pero exigírsela a quienes pretenden exhibir su sabiduría en los medios escritos es una obligación que no pueden eludir. Porque no todos los temas para sus columnas pueden ser tratados con displicencia y torticeramente, sino con respeto a la verdad y dignidad a las personas aludidas. Y es que Puerto Rico es un asunto mucho más serio e importante de lo que esos opinadores veleidosos y egotistas pueden concebir para sus chascarrillos seudoperiodísticos y escasamente literarios. Puerto Rico no es país ni materia para los provocadores de la prensa “facha” de Miami, aunque se escriba desde España.