sábado, 25 de marzo de 2017

Pinta de nazi

Este personaje tan estirado, de apellido impronunciable, lo vistes con el uniforme de las schutzstaffel, y se confunde con aquella imagen repudiable del nazi. Sin embargo, no es alemán sino holandés, tampoco militar sino político de alto rango en la Unión Europea, presidente del Eurogrupo y cabeza visible de las políticas de finanzas que impone Bruselas a los Estados miembros. Fue el interlocutor severo a la hora de establecer las condiciones para acordar el rescate que todavía tiene a Grecia condenada a seguir empobreciéndose cada vez más. Y para recordar a todos los estados deudores europeos la obligación que tienen, no sólo de devolver lo prestado, sino de gastar en lo imprescindible, como en Defensa, tal y como pide ahora el del flequillo yanqui para que aumentemos la partida militar. Sin embargo, no es el que toma las decisiones, pero sí el encargado de comunicarlas y de supervisar su cumplimiento.

El problema de Jeroen Dijsselbloem (Eindhoven, 1966) no es que parezca nazi, sino que parece que piensa como tal, al considerar que hay países europeos que malgastan el dinero en “alcohol y mujeres” (sic), por lo que no se merecen la “ayuda” que reciben de los países ricos de la Unión. Establece desde su sillón de eurobanquero diferencias entre el Norte y el Sur de Europa, mostrando su verdadera mentalidad cuando se le escapan ese tipo de afirmaciones ofensivas y gratuitas contra Estados sureños que no gozan de su complacencia. Para él, como con los repudiables nazis, existen naciones puras y naciones zánganas a las que hay que “limpiar” de gastos para que ajusten sus cuentas al gusto de los acreedores del Norte, sin valorar las consecuencias en la población de una austeridad contable e inmisericorde. Es lo malo de los tecnócratas, que piensan que la sociedad se debe poner al servicio de la economía y no al revés. Así, las pensiones, los salarios, la sanidad, la educación, las prestaciones por desempleo y las ayudas a la dependencia han de amoldarse a las exigencias de los ricos prestamistas del Norte con pinta de nazis. Pero, si sólo fuera la pinta…

jueves, 23 de marzo de 2017

Hazte adoctrinar

Una organización ultracatólica con excelentes relaciones con parte del poder civil –que la declara de utilidad pública- y del religioso –que secunda desde los púlpitos su ideario contrario a las políticas género en la educación- y sobrada de recursos económicos, ha puesto en marcha una fortísima campaña publicitaria para combatir lo que, curiosamente, califica de “adoctrinamiento sexual” en los colegios. HazteOir, que así se llama la organización fanática que no duda en apoyar, en cambio, el adoctrinamiento católico que secularmente se ha impartido en la enseñanza (la asignatura de religión y la beligerancia de la jerarquía católica por mantenerla es ejemplo elocuente de ello), acusa al poder civil, representado por Comunidades Autónomas y Gobierno Central, de actuar con intolerancia y discriminación en aquellos territorios donde se promueve la igualdad de derechos de las personas con distintas identidades y orientación de género. Los que abrazan el creacionismo (el hombre surge por intervención divina, no fruto de la evolución) y la superstición trascendental (hay vida después de la muerte), no están conformes con que la sociedad civil se guíe por la ciencia y decida respetar la diversidad, incluida la sexual, que existe y se manifiesta en toda sociedad plural. De ahí que sea, cuando menos, chocante que los verdaderos intolerantes acusen de adoctrinamiento a los que extienden y respetan con tolerancia el derecho de todos, también el de aquellas minorías que sienten y viven otras identidades de género, a no ser discriminados ni rechazados por razones homofóbicas, y que sean tratados con igualdad. Y en contra de esa igualdad de derechos de las personas homosexuales, bisexuales o transexuales es por lo que se manifiestan los componentes de la organización católica, con gran éxito y repercusión mediática, por cierto.

Para ello se valen de varios autobuses que, cual vallas publicitarias rodantes, recorren las ciudades españolas con el mensaje de que los niños tienen pene y las niñas vulva, de tal manera que cualquier otro modo de sentir y vivir la identidad sexual es un engaño y una falsedad. Al mismo tiempo, han encartado en los principales periódicos de tirada nacional un sobre que incluye un librito, titulado “¿Sabes lo que quieren enseñarle a tu hijo en el colegio?”, junto a una carta en la que exponen sus quejas, denuncian una supuesta persecución política y judicial y, de paso, solicitan un donativo para ¡”seguir defendiendo las libertades de expresión y educación”! Causa estupor que los que en este país han disfrutado de toda clase de privilegios y han impuesto su ideario religioso en escuelas e institutos de manera intolerante, adoctrinando a niños sin capacidad crítica en la enseñanza y en las parroquias, no toleren precisamente el derecho a la libertad de educación y expresión y culpabilicen a minorías invisibilizadas y victimizadas por su condición sexual de no respetar esas libertades. Tal parece que les dicten “hazte adoctrinar”.

Los más reaccionarios conservadores y clericales de este país no admiten la diversidad sexual ni las políticas que intentan promover la igualdad de derechos entre todos los colectivos sociales, también los de aquellos que tienen una identidad y una orientación sexual distinta a la determinada por la biología. Por mucho que la Biblia hable de Adán y Eva, la especie humana dispone de una sexualidad mucho más compleja que la simplemente genital, aunque esta constituya el estereotipo más habitual y efectivo para fomentar y mantener una estructura social basada en el machismo y el patriarcado familiar todavía dominantes. Hace tiempo que las teorías sexuales de Freud fueron superadas y que se conoce que la psicología y el entorno cultural determinan, además de la biología, la identidad y orientación sexual de cada persona. No es de extrañar, por tanto, que los grupos que detentan su poder (como el religioso y el poder político conservador) fundado en esas ideas retrógradas, ya superadas por la realidad –y por el conocimiento científico-, se rebelen y combatan los nuevos paradigmas de libertad y derechos que poco a poco logran extenderse por el conjunto de la sociedad. Sólo así se comprende, aunque no se justifique, la beligerancia con que se enfrentan, promoviendo incluso el odio y el enfrentamiento social, a iniciativas progresistas como las del aborto, el matrimonio homosexual, las políticas de género, la laicidad en la enseñanza, el feminismo, la separación Iglesia/Estado y la eliminación de cualquier privilegio que hasta ahora disfrutaba el pensamiento conservador y clerical con intolerante actitud.

Hazte adoctrinar o déjate adoctrinar es la real intención de la campaña que promueve sin escatimar medios la asociación HazteOir, ofendida por la libertad y los derechos que se reconocen a las minorías que sienten y viven distintas identidades sexuales. No luchan contra la pobreza infantil, la violencia machista contra la mujer, la desigualdad progresiva que sufre la sociedad española ni contra la precariedad laboral y salarial que se ha impuesto a esa especie en extinción que son los trabajadores. Su lucha es por algo mucho más grave e importante: luchan contra el respeto y la dignidad que se les reconocen a gais, lesbianas, bisexuales y transexuales, disponiendo para ello de unos recursos ingentes que estarían mejor empleados en Cáritas, por ejemplo, otra asociación católica, aunque no fanática ni intransigente. Así que, cuando vean su autobús, tapónense los oídos.

lunes, 20 de marzo de 2017

Madres abuelas o maternidad en la senectud


Siempre se ha dicho que para todo hay una edad. Son refranes o dichos que nacen del sentido común y la experiencia, y que, de alguna manera, nos sirven para conducirnos por la vida con cierta seguridad y evitando algunos riesgos. Pero, como en todo, estos consejos no se deben seguir a rajatabla ni tampoco eludirse por sistema, pues, o bien nunca descubriríamos nada nuevo, o bien estaríamos constantemente estrellándonos contra la realidad o cayendo repetidamente en los mismos errores. Existe un término medio que la mesura y el raciocinio nos indican cuando alcanzar, sin pasarnos ni quedarnos cortos, cada vez que lo aplicamos. No obstante, hay que tener en cuenta, además, que todo depende de lo que se trate.

No es lo mismo dar a luz un hijo a los 64 años que ponerse a estudiar a esa edad. La biología dicta sus normas y hace que unos órganos estén obsoletos en la vejez y otros, en cambio, en perfecto estado de uso, incluso mejor entrenados para su función. Pero lo que no es posible biológicamente, de forma “natural”, la ciencia puede posibilitarlo. Y si la menopausia –la imposibilidad de fabricar óvulos-  impide que ninguna mujer que ya no es fértil pueda quedarse embarazada, técnicas de fecundación in vitro lo hacen viable. Como hacen plausible otros hallazgos, como la investigación y experimentos de clonación humana, que la ética aconseja no poner en práctica por conllevar riesgos insospechados y suponer un grave atentado contra la dignidad singular de las personas, sean originales o duplicadas. No todo lo posible se puede llevar a cabo porque surgen derechos de terceras personas que deben ser tenidos en cuenta, tanto si se trata de un clon como de un hijo de abuela.

Todo este preámbulo viene a cuento por el hecho reiterado de una mujer que tuvo gemelos a los 64 años de edad gracias a la implantación de dos embriones en una clínica de fertilidad norteamericana. Es decir, incubó dos óvulos donados, fecundados e implantados en un país donde no existen impedimentos morales, sólo económicos, para poder sentirse madre en una edad en que la mayoría de las mujeres aspira acariciar y ver crecer a los hijos de sus hijos, a sus nietos. Los abuelos ven en los nietos una segunda oportunidad para aportar ayuda y experiencia en una crianza que es responsabilidad de los padres, no sólo por el hecho de serlos, sino también por disponer del tiempo y las fuerzas para ejercer como tales durante toda la etapa de crecimiento hasta que los hijos se conviertan en adultos. Y ahí es donde radica mi crítica a la decisión de esa madre abuela que tuvo que acudir a una clínica extranjera donde no ponen límites de edad para realizar una fecundación asistida. Pensó y satisfizo sus deseos antes que valorar lo mejor y los derechos de ese hijo tardío del que le separa más de una generación.  

Aunque la ciencia permita la maternidad en la senectud, los hijos exigen una dedicación, una seguridad y una vitalidad que una anciana no puede proporcionarles por mucho que lo desee y se empeñe. No es cuestión sólo de hacer posible la fecundación y el alumbramiento –que ya sabemos que es posible para resolver problemas de esterilidad-, sino de criarlos, educarlos, batallar con ellos todos los retos a los que se enfrentarán, orientarles con disciplina y ejemplo en su formación y conducta, y tener tiempo para garantizarles en lo posible todo lo que necesiten hasta que accedan a ser adultos y autónomos en sus vidas. Y con 64 años difícilmente se tiene vigor y futuro para, salvo en situaciones extremas, dedicarles toda una atención como padres de manera responsable. Más que un hecho extraordinario de amor maternal, esta abuela madre ha demostrado un profundo egoísmo personal al dar viabilidad a una obsesión que lleva años persiguiendo, máxime cuando ya en 2014 le fue retirada otra hija, también alumbrada por fecundación asistida, al considerar los servicios sociales que no le proporcionaba las condiciones adecuadas a causa de su trastorno psicológico.

Pero, aunque estuviera en su sano juicio, la calidad y “cantidad” de crianza que podría ofrecerles nunca sería equiparable a la de una madre que tiene a sus hijos con edad, fuerzas e ilusión como la que tiene la mayoría de las madres o tuvieron nuestros padres. Y es que una cosa es ser padres y otra, ser abuelos. Para todo hay una edad que la biología se encarga de recordar. Por más que nos pese.

jueves, 16 de marzo de 2017

El respeto y la honestidad de Magda

Ayer celebramos con una compañera su reciente jubilación. ¡Y van…! Como en todas, hicimos recuento de lo compartido en el pasado –más de cuarenta años no pasan en balde- y brindamos por lo que resta de futuro, deseando que sea para mejor. Pero en esta ocasión hay una salvedad que deseo destacar. La compañera en cuestión fue la última jefa que tuve en el hospital y que, como médico, era –y es- una excelente profesional y, si me apuran, puntera en su especialización dentro de la especialidad. Los concernidos saben a lo que me refiero. Ella ha sido pionera dentro de ese campo que aúna clínica con investigación y en el que su impronta perdurará durante años, los que se conserven como recuerdos en quienes toman el relevo de su labor y continúan el camino por ella desbrozado.

Pero lo que quería reseñar como algo particular es que esa jefa siempre se comportó como una compañera más, sin importarle la categoría profesional con quien se relacionase laboralmente o recabase su ayuda. Era una persona asequible y amable. Ello denota una cualidad humana que nace del respeto y la honestidad para con todos, vistan el uniforme, la bata o el hábito que sean. Así trataba también, como no podía ser de otra manera, a los pacientes, exprimiendo su sabiduría y experiencia para brindarles a todos y cada uno de ellos el mejor servicio y la mejor atención. Y es que los buenos profesionales han de ser también buenas personas para que la virtud sea completa y genere el afecto que despiertan en la gente. Por eso, la compañera recién jubilada se sintió emocionada por el afecto que le mostraron los presentes en el acto y los que no pudieron acudir por impedírselo otras obligaciones. Recibió el respeto y la honestidad que siempre había cultivado.

Es muy fácil trabajar con personas así, que saben respetar y valorar tu aportación a un trabajo necesariamente multidisciplinar y que se esfuerzan por dirigir a las personas con honestidad, lo que no evita tensiones y dificultades que siempre acaban resolviéndose atendiendo a un objetivo irrenunciable: el paciente. Y ella lo tenía muy claro.

Como tiene claro el futuro que se abre ahora ante sus ojos: seguir siendo una persona inquieta que, haga lo que haga, derrochará respeto y honestidad con todos. No es extraño que, en reciprocidad, reciba tanta admiración y afecto. Y amplíe su círculo de amistades. Desgraciadamente, son pocas las personas así. Como Magda, jefa, compañera y amiga. Un orgullo para su familia y un honor para sus compañeros.

lunes, 13 de marzo de 2017

Presiones a periodistas

Está de actualidad, a causa de la denuncia presentada por la Asociación de Prensa de Madrid (APM) contra Podemos (partido emergente de izquierdas), la existencia de presuntas presiones y acoso a los que ejercen el periodismo, sobre todo a aquellos que se dedican a dar seguimiento mediático de los partidos políticos y de sus dirigentes. Parece, por el revuelo levantado con el comunicado de la APM, que tales presiones suponen una novedad que se acaba de descubrir en el noble oficio de intentar contar a la gente lo que dicen y hacen –y, en algunos casos, ocultan- los que pretenden gobernarnos y las organizaciones políticas en que se apoyan. Y nada más lejos de la realidad. No son presuntas, son reales.

Los periodistas siempre han recibido presiones, más o menos sutiles, para que se limiten a trasladar lo que el emisor pretende decir, no para que hagan una valoración de las intenciones del emisor o de las claves de su mensaje. Para que no contextualicen. Es, por tanto, una relación complicada de amor/odio en la que ambas partes –periodistas y políticos, en este caso- utilizan las armas a su alcance para obtener lo que buscan del otro, a partir de una mutua seducción hasta la más burda coacción, pero casi nunca desde la simple objetividad aséptica, si es que ello es posible. El abanico de presiones es amplísimo.

Lo complicado de esta relación es mantener el equilibrio justo entre la profesionalidad del periodista para obtener información y la capacidad interesada de las fuentes para controlar y administrar la información que facilitan. De esa dependencia surge una relación simbiótica que, a veces, se sirve de presiones o pequeñas amenazas que cada cual ejerce en función de su fuerza o capacidad, al estilo de “si no me informas dejamos de cubrirte” o “si aludes a esto dejo de darte más información”. Esta es la forma más benigna y habitual de presionar. Las hay más contundentes y a mayor nivel, a través de suscripciones, subvenciones, inversión publicitaria, licencias, ideario del medio, intereses económicos e ideológicos y hasta del entramado empresarial y accionarial que financia la mayoría de los medios de comunicación y que de alguna manera delimita su independencia, impidiéndole tirar piedras sobre su propio tejado. Lo relevante del asunto, especialmente en relación con las presiones ordinarias, es valorar hasta qué punto es conveniente mantener ese pulso sin que la verdad sea mancillada, aun sabiendo que la verdad tiene múltiples caras. Es decir, saber hasta dónde mantener el juego sin perjudicar el derecho a la información ni “taponar” el flujo de datos y hechos que interesa y afecta a la sociedad. Un juego que debe permitir la obtención de información y no la ocultación de hechos relevantes que tienen consecuencias para el conjunto de los ciudadanos y resultan imprescindibles para conformar la opinión pública. En definitiva, ser conscientes de un juego que es el día a día del periodismo. Entonces, ¿a qué viene tanto revuelo con las presiones?

Puede que de esta historia existan elementos no conocidos en tanto en cuanto la APM no ha querido presentar, esperando que se confíe sólo en el prestigio de quien preside la entidad, ni las pruebas que le han aportado ni ha identificado a los periodistas que dicen sufrir esa campaña sistematizada de acoso personal y en las redes por parte de Podemos, de sus dirigentes y de personas próximas. También puede que tanto revuelo se haya visto engordado por reacciones hipócritas de los que aprovechan cualquier oportunidad para el ajuste de cuentas entre competidores o entre organismos vitales para la salud democrática de una sociedad plural, como son los medios de comunicación y los partidos políticos. Aún así, se trata de algo grave que conviene aclarar cuanto antes para evitar el descrédito y la desconfianza en instituciones básicas del sistema de convivencia democrático que están condenadas a relacionarse y entenderse, cumpliendo cada una de ellas su cometido, ya sea utilizando los medios legales para el acceso al poder o cuestionando permanentemente, con rigor y veracidad, los procedimientos empleados y el ejercicio de cualquier poder. Sin partidos políticos y sin medios de comunicación, ambos plurales y libres, podrá haber cualquier gobierno, pero no democrático. De ahí la gravedad de la denuncia de la APM.

Pero, no obstante, hay una cosa que llama poderosamente la atención. Si esas presiones fueron realmente insoportables y se excedieron de las cotidianas a las que se enfrentan cada día los periodistas, se echan de menos avisos o quejas previas a la denuncia corporativa de la asociación madrileña. Faltan pistas o sospechas de lo que estaba sucediendo. Además –y quizás más significativo-, es clamoroso el silencio de las cabeceras en las que trabajan los denunciantes presionados. Destaca, especialmente, ese ensordecedor silencio de unos medios que han tolerado que se mediatice la labor de sus periodistas y se controle su capacidad informativa. Resulta, cuanto menos, extraño.
 
Lo lógico sería que los reporteros hubieran comentado esas presiones a sus jefes de redacción y estos a los directores, quienes, en función de la gravedad de las amenazas, deberían responder como suelen: verificando los hechos y haciendo pública denuncia de los obstáculos intolerables que se levantan contra el servicio público del periodismo como instrumento del derecho a la información de los ciudadanos. Máxime si esos obstáculos proceden de un partido nuevo que presume de no parecerse a la vieja “casta” política y que reniega de sus servidumbres con el “establishment” y sus tejemanejes con los medios. Ahí habría un hecho noticioso que no pasaría inadvertido a los viejos zorros de las redacciones. Sin embargo, el silencio editorial y empresarial que ha prevalecido es elocuente en este asunto. Ni  La Razón,  El Mundo, ABC, El País u otras cabeceras de peso nacional han relatado recibir acoso por parte de Podemos. Sólo el Periódico de Catalunya -según revela Jesús Maraña, miembro de la ejecutiva de APM, en el diario digital que dirige- ha cuestionado las presiones sufridas por sus redactores. De ser así, sería de las pocas veces que la prensa renuncia a defender su libertad para ejercer sin cortapisas ajenas su labor. Ni en la dictadura con su férrea censura, sabiendo leer entre líneas, se doblegaba la prensa no adicta al régimen a la voluntad absoluta del poder. Siempre encontraba medios para sortearla y dejarla en evidencia, aunque sufriera multas y suspensiones temporales de publicación. ¿Qué intereses existen hoy para amoldarse a la conveniencia de nadie? ¿Qué necesidad tiene ningún partido de recurrir a recursos tan manidos e  imprevisibles de domesticación de los medios? Alguien debería darnos alguna explicación sobre el maridaje de los partidos con los medios de comunicación, sin escamotear el asunto con una denuncia inconcreta en la APM o aconsejando profesoralmente que se acuda a los tribunales en caso de ser víctima de un delito.