domingo, 23 de abril de 2017

¿Qué hacer en el día del libro?


Hoy se celebra el Día del libro, una conmemoración innecesaria si la educación sirviera para algo, para algo más que preparar mano de obra sumisa a las empresas y con los conocimientos justos para la realización del trabajo que le encomienden, no para el desarrollo de las personas. Pero, incluso un instrumento, como es el libro, que podría ayudar a la emancipación de las personas y despertarles la capacidad de cuestionar la vida, sus vidas, con un criterio racional y con una pasión no sólo emotiva (tan fácil de conseguir por cualquier manipulador), sino fundada en el conocimiento (tan difícil de adquirir sin determinación), incluso el libro, como decía, es un producto industrial sometido a la ley de la oferta y la demanda del mercado. De ahí que se fomente la lectura de libros y se le dediquen días como el de hoy, no para ayudar que las personas tomen conciencia de las ataduras que les impiden ser libres y mejores, sino para socorrer al comercio del libro (autores, editoriales, distribuidores, publicistas, fábricas de papel, etc.). El último eslabón y el último interés es el lector, objeto de la atención de este día que pretende inútilmente el fomento de la lectura. No se niegue a ello, lea en cualquier caso. Y no sólo hoy, sino cada día, pero porque le apetece y le proporciona placer descubrir todos los mundos que le brindan las páginas de un libro. Si la educación sirviera para algo, no haría falta que nos invitaran a leer. Bastaría con gastar el dinero en crear más bibliotecas y subvencionar un libro asequible a todos los bolsillos. Piénselo y actúe en consecuencia.

viernes, 21 de abril de 2017

Muchos sueños, todavía


Siempre hay que tener la mente llena de sueños, cuando se es joven y cuando se es mayor. Los sueños, los proyectos, las ilusiones nos ayudan a mirar el futuro con esperanza y optimismo, a pesar de los obstáculos y las decepciones que pueda depararnos. Es también marcarse metas que nos estimulan a seguir avanzando, a no caer en la derrota ni en el abandono de la inactividad y la apatía. Vivir es, en fin, afrontar cada día con la cabeza llena de sueños, el ánimo dispuesto a perseguirlos y, en lo posible, realizarlos para que esa satisfacción de alcanzarlos nos impulse a seguir soñando, sin desmayo ni cansancio. Es la mejor forma de permanecer despiertos, y vivos. ¡Que seáis ricos en sueños, amigos!


jueves, 20 de abril de 2017

Andalucía, centro del mundo


Hace 25 años, tal día como hoy, abría sus puertas, en la Isla de la Cartuja, la Exposición Universal de Sevilla de 1992 que, con motivo del quinto centenario del Descubrimiento de América, situó a Andalucía en el centro del mundo durante seis meses. Pero más que los pabellones y las visitas de millones de turistas, la Expo supuso el mayor esfuerzo gubernamental jamás acometido en la historia de España por modernizar Andalucía y sacarla del marasmo tercermundista en el que estaba arrinconada por la falta de infraestructuras, la carencia de un tejido industrial, el latifundismo caciquil, el analfabetismo y la falta de desarrollo económico, político y social. La Expo fue la excusa esgrimida para insuflar un empujón modernizador a una región secularmente castigada por la desidia, el paro y la pobreza. Y el resultado fue espectacular, a pesar de sus sombras y decepciones que no invalidan aquella apuesta política, impensable sin el motivo de organizar en España una Exposición Universal que, para no despertar demasiados recelos en otros territorios, se hizo coincidir con los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Capitalidad Cultural de Madrid.

Hoy, un cuarto de siglo más tarde, cuesta imaginar cómo era aquella Andalucía paleta y retrasada, maltratada por comunicaciones tan deficientes que hacían que se tardase más en llegar a Almería que a Madrid desde Sevilla, tanto en tren como en avión o automóvil. O que la capital de la región viviese de espaldas al gran río de la Comunidad, el Guadalquivir, al que sólo tres puentes permitían cruzarlo de una orilla a otra, contando entre ellos el taponamiento de tierra de Chapina, única salida hacia Huelva y Extremadura por carretera y ferrocarril. La transformación de la fisonomía urbana de Sevilla y la modernización de las infraestructuras de Andalucía constituyen, a vista de hoy, un hecho histórico, cuyo mérito hay que reconocer al Gobierno socialista y a las distintas administraciones de la época, que supieron adherirse y respaldar la iniciativa innovadora del Ejecutivo de Felipe González. Y es histórico, no como exageración laudatoria, sino porque ya figura en los libros de Historia aquel esfuerzo inversor, contrario a las demandas de las regiones ricas del Norte, por sacar “al Sur de su tradicional aislacionismo y dar esperanza a la mayor bolsa de pobreza del país”, como recoge Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga en su Breve Historia de España (Alianza Editorial).

Los sevillanos, al principio desconfiados e incrédulos hasta que se derribó el muro de la calle Torneo y se vislumbró lo que se construía al otro lado del río, en los terrenos baldíos donde se ubicaba la antigua fábrica de loza y porcelana de Pickman, levantada con sus chimeneas en forma de botella sobre los restos del viejo monasterio de la Orden de los Cartujos, se toparon de repente con el futuro y el refulgir del progreso. Descubrieron que la ciudad disponía de nueve nuevos puentes sobre el río; una estación flamante que ponía Madrid a dos horas y media en tren de alta velocidad, el primero que se construyó en España; que dos nuevas autovías, la A-92, que cruza la región de Este a Oeste, y la A-5, que desdobló la antigua carretera nacional a Madrid, constituían ejes de comunicación más seguros y eficientes para vertebrar la comunidad y posibilitar su desarrollo; que un anillo de circunvalación daba fluidez al tráfico y evitaba atravesar la ciudad; que un aeropuerto ampliado y remozado, bajo la dirección de Rafael Moneo, daba la bienvenida a los viajeros con una imagen moderna; y que en el recinto de la Expo, en la Isla de la Cartuja, se levantaron 98 pabellones que albergaron la participación de 108 países, 23 organizaciones internacionales, 17 comunidades autónomas y otros muchos de empresas privadas, como Kodak, Ranx Xerox, Fujitsu o Siemens, entre otras.

Sevilla fue transformada radicalmente para convertirse en el centro del mundo mientras duró aquel acontecimiento internacional, acogiendo la visita de reyes, príncipes, jefes de Estado y de Gobierno, políticos, artistas, personalidades de la cultura y más de 40 millones de visitantes que se sintieron atraídos por esa demostración de ingeniería, espectáculo y vanguardia concentrada en las 215 hectáreas de la Isla de la Cartuja, un espacio que ni siquiera era una isla propiamente dicha, sino una lengua de tierra delimitada por el cauce del río, por un lado, y su dársena, por el otro.

¿Qué ha pasado con aquel futuro tan prometedor con el que soñaron Sevilla y Andalucía durante el medio año que duró la Expo? El legado de la Exposición nadie lo discute, aunque para algunos el balance es negativo y, para otros, positivo. El futuro se hizo presente en una red de comunicaciones mejoradas, en nuevas avenidas y rondas urbanas que cambiaron la red viaria radicalmente, en el soterramiento de las vías ferroviarias que partían por la mitad a la capital hispalense, en un puerto con nuevos muelles que facilitaron el acceso de embarcaciones hasta la Cartuja, y, sobre todo, el futuro se materializó en el Parque Tecnológico Cartuja 93, donde 423 empresas y entidades diversas, que dan trabajo a más de 16.000 personas, supieron aprovechar la inversión en tecnología y equipamientos que dejó la Expo en aquel recinto ya anexionado a la ciudad como un barrio más de ella. Junto a las empresas, algunas de ellas punteras en tecnología e investigación, se sumó la universidad con el traslado de algunos de sus centros educativos, como la Escuela Superior de Ingeniería, la facultad de Comunicación y el Centro de Ceade, para estar cerca de donde se transforma el conocimiento en resultados concretos y rentables. También un parque temático, Isla Mágica, abierto gran parte del año, ha quedado como herencia lúdica de aquel sueño de hace cinco lustros.

Con todo, Andalucía sigue sin alcanzar el nivel socioeconómico de las comunidades más desarrolladas de España y continúa encabezando el ránking de desempleados en el país. Es decir, a pesar del empujón y las inversiones que propició la organización de la Expo del 92, ello no fue suficiente para catapultar la región hacia los estándares de desarrollo, trabajo y riqueza que disfrutan otras regiones más ricas y avanzadas de España. Sin embargo, cuenta con más posibilidades, gracias a la modernización de sus infraestructuras, y dispone de las mismas oportunidades para avanzar y conseguir esa meta de pleno empleo y bienestar que sigue persiguiendo Andalucía, haciendo aun más encomiable y justificada aquella apuesta histórica de Felipe González por sacar del vagón de cola a esta comunidad, condenada hasta entonces a ser mano de obra barata, con o sin cualificación, para las demás y fuente de materias primas que enriquecen a quienes obtienen un valor añadido de las mismas.

Si antes de la Expo soñar el futuro era una quimera, después de ella es un objetivo asequible con sólo esforzarse en alcanzarlo. Ese cambio de mentalidad, y la disposición de más recursos, es el mayor legado de la Exposición Universal de 1992, incluso sin ser el centro del mundo.        

martes, 18 de abril de 2017

Las bombas de los fanfarrones

En los últimos días hemos asistido a un “revival” belicista de Estados Unidos con el lanzamiento de bombas a diestro y siniestro, es decir, en Siria y Afganistán, para demostrar músculo militar y la determinación de combatir, no sólo el terrorismo mundial, sino también la pérdida de fuelle del nuevo inquilino de la Casa Blanca, el veleta Donald Trump, el amigo/enemigo de Putin, amigo/enemigo de Basar el Asad, enemigo/amigo de China, aniquilador/fortalecedor de la OTAN, enemigo/enemigo de México (en esto último todavía no ha cambiado).

Es probable que sus primeros decretos presidenciales, firmados con todo el bombo mediático posible pero sin el efecto deseado -como la prohibición de entrada en USA de extranjeros de determinados países musulmanes, la construcción del famoso muro fronterizo con México o el desmontaje del “Obamacare” que deja sin seguro médico a millones de norteamericanos-, no guarden ninguna relación con esta inusitada e imprevisible agresividad bélica emprendida por el nuevo comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, pero transmiten esa sensación. A lo peor, sí. Ante la ineficacia de iniciativas internas, se pone el énfasis en las externas. Todo vale para demostrar que se adoptan iniciativas, aunque no vayan acompañadas de una estrategia ni de ningún plan previo. Nada más fácil militarmente que tirar bombas desde un barco o un avión y volver a la base. Así se empiezan muchas guerras, pero pocas se acaban.

Existe una vieja coplilla que decía que “con las bombas que tiran los fanfarrones las gaditanas se hacen tirabuzones”. Bombas que, si no matan, proporcionan material para otros fines, incluso para reírse del agresor. Basar el Asad no se hará tirabuzones porque, a estas alturas de su guerra civil, 59 misiles tomahawk lanzados contra una base aérea siria no le impedirán seguir masacrando a su población por cualquier otro medio tan letal como el ataque químico por el que se le ha querido reprender. Se ríe en su búnker de Damasco de estas represalias tan poco determinantes para variar el rumbo de los acontecimientos ni hacerle cambiar su determinación de aferrarse al poder. Tampoco Rusia dejará de apoyar al carnicero árabe que le deja instalar una estratégica base aereonaval a orillas del Mediterráneo desde la que la flota rusa controla y vigila cuanto se mueve –navegue o vuele- en el Occidente europeo. Esos tomahawk sirven para exteriorizar la firme voluntad de un presidente aguerrido frente a la pusilanimidad de un Obama que procuraba negociar en vez de bombardear.

Un acierto de Donald Trump si no se ponderan las consecuencias de su aventurerismo belicista, porque, a los pocos días del bombardeo norteamericano, un atentado con coche bomba causaba más de 168 muertos, entre ellos 68 niños, en una explanada cerca de Alepo donde aguardaban los convoyes que evacuarían a zonas seguras a los civiles y excombatientes de varias poblaciones asediadas. Una nueva matanza indiscriminada y sin necesidad de perpetrar ningún ataque químico. El sátrapa sirio, los rebeldes y los terroristas se ríen de las bombas que tiran los fanfarrones, alimentando, así, la reacción y los motivos de guerra.

Envalentonada por el “éxito” de sus misiles, la USA Air Force, con esa manga ancha que le ha dado su recién estrenado comandante en jefe, deja caer la “madre de todas las bombas”, un artefacto no nuclear de más de 10 toneladas de peso, sobre una zona de Afganistán, cerca de la frontera con Pakistán, en la que existen túneles donde se esconden terroristas yihadistas de la rama afgana del ISIS, algo así como su campamento de verano o de entrenamiento. Es la primera vez que se utiliza esta bomba en un combate desde su creación, allá por el año 2002. Y su enorme potencia explosiva, equivalente a 11 toneladas de TNT, la hace eficaz para destruir cuevas y búnkeres excavados bajo tierra. Según fuentes oficiales afganas, la bomba ha matado a cerca de 40 miembros del mal llamado Estado Islámico, una cifra aun por confirmar. Sin embargo, el verdadero quebradero de cabeza de los militares norteamericanos en Afganistán son los insurgentes talibanes, que se cuentan por decenas de miles. ¿A quién se combate, pues? Esta acción tan “sofisticada” con la mayor bomba convencional del mundo dista mucho de resolver, por sí sola, el problema del terrorismo yihadista al que el presidente Trump prometió plantar cara definitivamente. O sus generales le han metido un gol al presidente para probar “in vivo” una nueva arma o se han equivocado de objetivo, porque la cabeza de la hiedra del ISIS no se oculta en esas remotas montañas de Afganistán. O ambos, generales y presidente, han querido demostrar a su país y al mundo entero su nula vacilación para utilizar todos los medios disponibles, a sólo un paso del nuclear, en esta guerra contra el terrorismo, sin caer en la blandenguería de Barack Obama, que sólo consiguió liquidar, en mayo de 2011, en una operación secreta ejecutada por un comando de fuerzas especiales militares, a Osama bin Laden, líder de Al Qaeda y el terrorista más buscado tras el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. Otra bomba fanfarrona al servicio de la propaganda del imprevisible Trump y del poder ofensivo de su Ejército, pero perfectamente inútil para variar el curso trágico del terrorismo yihadista.

Es lo que tienen los fanfarrones, que no se cansan de fanfarronear. Ni de tirar bombas. Encasquetado con su gorra de comandante en jefe y acostumbrado a dar el placet  a cualquier propuesta militar que le infle su vanidad, la presidencia de Donald Trump la emprende ahora con Corea del Norte, esa espinita que tiene clavada Estados Unidos desde aquella guerra que libró en los años 50 del siglo pasado y que propició la división de la península, a lo largo del paralelo 38, en dos Coreas: la del Sur, apoyada por Estados Unidos, y la del Norte, apoyada por China y ayudada por la Unión Soviética de entonces. Una guerra que todavía no ha firmado el armisticio ni ha sellado la paz. Teóricamente sigue en guerra con EE UU. Claro que el niñato que dirige el gobierno de Pyongyang, capaz de asesinar a sus propios familiares caídos en desgracia, merece una buena reprimenda si los Derechos Humanos fueran de obligado cumplimiento en todo el mundo (cosa imposible porque no habría cárceles suficientes para encerrar a cuantos los violan), pero de ahí a enviar una flotilla liderada por el portaviones Carl Vinson a aquellas aguas para amedrentarlo hay un abismo, si ello no responde a una estrategia bien elaborada (diplomática y militarmente) que dé mejores resultados que la política de contención de Obama. De lo contrario, estamos ante una nueva improvisación belicista de los halcones de la Casa Blanca, parecida a la del general MacArthur en los tiempos de Truman de atacar con armas nucleares a China, que podría tener consecuencias desestabilizadoras en la región, tal como sucedió con la intervención norteamericana en Irak, todavía pendiente de estabilizar y de apaciguar el avispero de insurgentes desencadenado. La excusa de que el país dispone de un programa balístico y nuclear, en función de su claustrofóbica soberanía estatal, no es motivo suficiente para hacer sonar los tambores de guerra, ya que muchos otros países buscan o consiguen el mismo objetivo, en principio, defensivo (EE UU, Rusia, China, Reino Unido, Francia, India, Pakistán, Israel, etc.), sin que reciban en sus aguas territoriales el aviso de los buques de guerra norteamericanos. A menos, otra vez, que el propósito sea otro, de índole interna, para un personaje mal acostumbrado en sus negocios a conseguir cuánto se le antoja sin pararse en los medios. Es decir, o hay detrás una estrategia que incluye a Pekín, Japón y Rusia, o hay una táctica propagandística para contrarrestar el fiasco de las iniciativas de política interna de la Administración veleidosa de Donald Trump. En cualquiera de los casos, el mundo no parece más seguro con un fanfarrón tirando bombas por doquier.

domingo, 16 de abril de 2017

Nostalgia de la República

El pasado 14 de abril se conmemoró el 86º aniversario de la Segunda República española (1931-1936), proclamada pacíficamente y con alborozo popular tras unas elecciones municipales celebradas dos días antes, en las que 45 de las 52 capitales de provincia pasaron a ser gobernadas por partidarios republicanos, lo que obligó al entonces rey de España, Alfonso XIII, partir hacia el exilio en Roma (Italia). Los españoles no perdonaron en las urnas el apoyo del monarca Borbón a la dictadura de Miguel Primo de Rivera ni a la “dictablanda” de los gobiernos de Dámaso Berenguer y Juan Bautista Aznar. A pesar de ser un período convulso, cuyos males y la violencia que generaron venían de antiguo, desde, al menos, la época de la Restauración y la referida dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República supuso un serio esfuerzo por la modernización de España, pero que fue inmediatamente boicoteado por las fuerzas reaccionarias y conservadoras que temían perder sus privilegios. Era la última democracia que florecía en Europa tras la Primera Guerra Mundial, y no la dejaron, ni supo ni pudo, consolidarse para aplicar su política reformista.

Los detractores del orden republicano contaban con el apoyo de buena parte de la burguesía y de una Iglesia a la que se intentó expulsar de los ámbitos público y educativo para que se circunscribiera a la esfera privada de las personas, conforme al estricto laicismo constitucional republicano que respetaba, no obstante, la libertad de culto para todos los credos. Sólo por esa voluntad cercenada de reducir la presencia clerical en lo público, desde donde la Iglesia pretende tutelar gobiernos y leyes, siento una nostalgia infinita de la República. Entre otras cosas porque el peso actual de las sotanas en España es asfixiante, como son intolerables las continuas muestras de subordinación religiosa del Gobierno de Mariano Rajoy cuando concede medallas y otras condecoraciones a vírgenes y hermandades religiosas o autoriza ondear la enseña nacional a media asta en señal de luto durante la Semana Santa por la “muerte de Dios”, sin importarle la supuesta aconfesionalidad del Estado, recogida en la Constitución. Es evidente que la Segunda República supo ser, en esta materia, al menos, mucho más valiente y coherente con la independencia del Estado frente a la Iglesia que los gobiernos contemporáneos de nuestra monarquía parlamentaria.

Pero es que, en relación a derechos y libertades que hoy consideramos esenciales en una democracia, aquella joven República fue novedosa y bastante ambiciosa, ya que emprendió, en su corta vida, una reforma agraria y de las relaciones laborales, universalizó el derecho a la educación y la sanidad, declaró la laicidad del Estado y la libertad de culto, reconoció el voto de la mujer por primera vez en la historia de este país y estableció el sufragio universal sin distinción, eliminó la censura y amparó la libertad de manifestación y reunión, reconoció el derecho al divorcio y al aborto, defendió la unidad integral de España pero autorizó el derecho a la autonomía de municipios y regiones, emprendió una reforma militar y consolidó un sistema parlamentario y democrático acorde con la clásica separación de poderes. Todo lo cual, en el contexto de los años 30 del siglo pasado, supone el programa de reformas más vasto jamás emprendido en España, incluso en comparación con la restauración de la actual democracia. Es también por eso que siento añoranza de una República nada timorata en apostar decididamente por extender y aumentar derechos sociales y garantizar los intereses y libertades de los ciudadanos. Tan inmenso fue su afán por modernizar y democratizar este país que si nuestra Carta Magna reconoce esos derechos en los españoles es porque ya figuraban, total o parcialmente, en la Constitución republicana.
 
Siento añoranza porque admiro esa voluntad de la Segunda República de convertir España en un país moderno, pacífico, plural y progresista, en contraste con unos tiempos actuales en los que se manifiesta el sectarismo ideológico, el integrismo moral y el liberalismo económico en perjuicio del interés social. Es verdad, como todo el mundo sabe, que no fue un régimen perfecto y que cometió grandes y graves errores, pero nadie puede negar el hecho de que fuera el primer régimen verdaderamente democrático en la historia de nuestro país, del que deberíamos sentirnos orgullosos y guardar una memoria mucho más fiel con la verdad histórica. Aun cuando su imagen esté condicionada por la Guerra Civil como ejemplo de fracaso. Un fracaso provocado por una derecha que continúa, todavía hoy, impidiendo cuanto puede el eficaz reconocimiento de derechos sociales y el ejercicio de libertades ciudadanas que considera perjudiciales para sus privilegios, con la inevitable bendición de los purpurados. Por eso trata, por todos los medios, de impedir que se conozca la importante labor de la Segunda República española y no se reconozca su legado. Para eso, piensa y actúa, no hizo una guerra.