sábado, 21 de enero de 2017

Paseo por la Sevilla libresca

Antigua librería Pascual Lázaro
Aparte de sus encantos arquitectónicos, paisajísticos o gastronómicos, Sevilla también puede ser recorrida a través de sus librerías, establecimientos que luchan estoicamente por perdurar, intentando brindar ese deleite inmaterial –y también material- que sienten los amantes de los libros, a pesar de los índices de lectura de los españoles, las dificultades financieras de estos tiempos y los hábitos que imponen las nuevas tecnologías y las plataformas digitales. Demasiados frentes que obstaculizan la existencia de un sector imprescindible en una cultura menos mimada que la que atrae masas de turistas, pero mucho más necesaria para el enriquecimiento y la formación de las personas, y que se enfrenta a un futuro incierto que ya ha hecho mella en el panorama comercial del libro de Sevilla. Como tributo a esos templos culturales de los libros, algunos de antigua raigambre y otros obligadamente modernos, proponemos un recorrido por la Sevilla libresca que, sin ánimo exhaustivo, recoja, al menos, una muestra representativa de esos establecimientos que luchan por sobrevivir, desperdigados por la ciudad, y que, cual Ave Fénix, se transforman y resucitan para que el mercado del libro no perezca definitivamente.

Antes de que aparecieran las modernas franquicias y las grandes cadenas de librerías, ya existían afamadas tiendas de libros en Sevilla, en las que el lector empedernido podía entregarse a curiosear cubiertas y adquirir la obra que estuviese buscando. Eran antiguas librerías, ya desaparecidas, que satisfacían las inquietudes culturales de la época, burlando, algunas de ellas, la censura de la dictadura con la venta clandestina a seleccionados clientes de obras prohibidas o de autores en el exilio que abordaban una temática comprometida, como la Guerra Civil, la República, la Democracia, la Libertad, pero también una determinada poesía, sociología, historia y, cómo no, literatura que publicaban editoriales extranjeras como Losada, Sudamericana, Fondo de Cultura Económica, Ruedo Ibérico, etc. Eran modestas librerías, establecidas como negocios familiares, que en muchos casos simultaneaban la venta de libros con la papelería y la imprenta para ser rentables. Destacan los casos de Pascual Lázaro y Eulogio de las Heras, en calle Sierpes, Sanz en calle Granada, Antonio Machado, en la Cuesta del Rosario, Renacimiento en Mateos Gago, Olian, en Álvarez Quintero, además de Pretil, Al-Andalus, Interbook, La Araña y un largo etcétera al que últimamente se ha añadido Céfiro. De  todas ellas queda el recuerdo nostálgico en muchos sevillanos que adquirieron sus primeros libros en estos establecimientos, hoy desaparecidos, arrasados por la evolución comercial, política, económica, social y cultural de la ciudad y el país, en su conjunto.

Librería Beta de calle Sierpes
Su lugar lo ocuparon otras librerías y nuevas franquicias que modernizaron y extendieron el negocio por toda la ciudad. Librerías de barrio y librerías en centros comerciales, empeñadas en que los lectores tuvieran a su disposición los títulos que demandaban, ofreciendo un trato exquisito y un personal formado capaz de aconsejar al cliente. Tiendas que fueron especializándose en áreas del conocimiento y ampliando sus actividades con talleres de escritura, clubes de lecturas, cuentacuentos, etc. El ejemplo más paradigmático, por autóctono, lo constituye la librería Beta, Galería Sevillana del Libro, que se extendió rápidamente por la ciudad, convirtiéndose en un referente para la búsqueda y adquisición de cualquier título que no pudiera hallarse con facilidad. Fue fundada en 1978 y llegó a tener once librerías en distintas poblaciones de Andalucía, siete de ellas en Sevilla, incluida la que se ubicaba en el antiguo Cine Imperial, en calle Sierpes, tras iniciar su singladura comercial en un pequeño local de la calle Asunción, en el barrio sevillano de Los Remedios. Actualmente se encuentra en un proceso de extinción de su actividad mercantil.

Precisamente, dos de los establecimientos de Beta han sido adquiridos por otra cadena de librerías, La Casa del Libro, empresa fundada en Madrid en 1923 e integrada en el Grupo Planeta en 1992. Se trata de una librería generalista, moderna, que dispone de libros especializados y un formidable catálogo que le permite satisfacer cualquier demanda de los clientes. La única tienda que tenía en Sevilla, antes de adquirir los establecimientos de Beta, se halla en la calle Velázquez, donde cuenta con un edificio de varias plantas en las que se distribuyen los libros por temáticas. Está en un proceso de expansión por toda España, con más de 39 establecimientos abiertos al público, además de un página on line para ventas por Internet.

FNAC Sevilla
Otro sistema que ha sustituido a las viejas librerías es el de la venta de libros en grandes superficies, sistema del que ha sido pionero El Corte Inglés, la mayor tienda por departamentos de España y que cuenta con librerías en todos sus centros comerciales. Era la única gran superficie existente en Sevilla hasta que apareció FNAC, una filial de una empresa francesa especializada en la venta de artículos electrónicos, fotográficos, música, vídeo y, naturalmente, libros. Inauguró en 2007 su tienda en la avenida de la Constitución de Sevilla y, desde entonces, compite abiertamente por el mercado del libro entre su variada oferta comercial.

En este mercado competitivo del libro conviven en la actualidad librerías-papelerías, librerías-cafeterías, librerías digitales y de autoedición, librerías del libro antiguo y de ocasión y librerías especializadas que luchan por fomentar el hábito de la lectura e incentivar el consumo del libro como vehículo todavía útil para el conocimiento y el ocio. Abundan, afortunadamente, notables ejemplos de este afán casi vocacional por vender libros en Sevilla, contra viento y marea, materializados en las marcas La Extra Vagante, en la Alameda, Rayuela, en la calle José Luis Luque, Un gato en bicicleta, en calle Regina, El gusanito lector, en calle Feria, La casa tomada, en Muro de los Navarros, Anticuaria Los Terceros, en la plaza del mismo nombre, Palas, en Asunción, Repiso, en Cerrajería, San Pablo, librería religiosa en calle Sierpes, Vértice, en San Fernando, y tantas otras.

Entre todas conforman un recorrido ilustrado por la Sevilla libresca que merece la pena conocer, agradecer y conservar mediante la adquisición de ese bien tan modesto pero trascendental como es el libro, fruto privilegiado de la imprenta y de la voluntad por saber del ser humano. Quede este artículo como homenaje a quienes, tras el mostrador de todas ellas, alimentan el amor por los libros.

miércoles, 18 de enero de 2017

Meteorología espectacular


Últimamente, las secciones del tiempo de los espacios informativos han conseguido independizarse y aparecer como un programa casi autónomo que alarga su duración con el comentario de fotografías que envían los espectadores y una prolija información sobre ciclogénesis explosivas, presiones hectopascales y sensaciones térmicas que acaban confundiendo al común de los oyentes, al que sólo desea saber si hará sol, va a llover o tendrá que abrigarse. La información meteorológica ha tomado, pues, el rumbo del espectáculo, lo que lleva a muchos profesionales que ponen su rostro delante del mapa a agitar los brazos y contorsionarse como bailarines cuando señalan líneas isobaras y frentes cálidos de borrascas. O a vestirse de fiesta de fin de año para decir que en Écija va a hacer calor este verano. Estamos consumiendo una meteorología espectacular que tiende a la exageración, lo que es reproducido después por los demás medios de comunicación sin contrastar datos y sin cambiar ni una coma.

La última información meteorológica pronosticaba para hoy la llegada de una ola de frío “siberariano” que iba hundir las temperaturas por debajo de los cero grados, llegando incluso a los 20 ó 30 grados negativos en las cordilleras y montañas del norte de España. Y así ha sucedido en las cumbres. En Sevilla, como es natural, nos prevenimos con abrigos, bufandas, guantes y gorros, además de cargar con una botella de agua caliente para quitar la escarcha del parabrisas del coche, a la hora de salir a la calle. Y nos llevamos la sorpresa que hacía el mismo frío que ayer, un frío al que estamos acostumbrados en los inviernos por estas latitudes, sin que ningún carámbano “siberiano” colgara de los tejados.

Y es que las noticias sobre el tiempo suelen exagerar las condiciones climáticas habituales. Si no llueve en un mes, ya advierten de una sequía excepcional que empieza a preocupar a los agricultores y hacer mella en los embalses. Si se producen aguaceros más o menos importantes, las inundaciones que provocan en los cauces de los ríos son lo nunca visto anteriormente, desde que se tiene uso de razón, por parte de los afectados de viviendas y fincas existentes hasta la misma orilla y que han perdido sus enseres. Y si el calor aprieta algunos días en verano, será con cifras de las que no se tienen registros históricos, lo que da pie a consejos, como si fuéramos tontos, sobre cómo combatirlo: bebiendo agua y no exponiéndose al sol en las horas más tórridas del día, una información idéntica a la ofrecida el año anterior ante un bochorno semejante.

No quiero decir que toda la información del tiempo sea espectacularmente exagerada o peque de un exceso de datos y explicaciones, pero la que se ofrece por los medios audiovisuales sí tiende, generalmente, a cometer ese pecado. Espacios meteorológicos que duran más de un cuarto de hora para saber si mañana estará nublado o hará un día radiante. Mira qué fácil.

martes, 17 de enero de 2017

Obama en la Historia

El único presidente de raza negra que ha tenido Estados Unidos, Barack Obama, entregará las llaves de la Casa Blanca el próximo viernes al candidato republicano ganador de las últimas elecciones, después de ocho años de un mandato que será mejor valorado por la Historia que por sus contemporáneos. En una época, como la actual, considerada como “tiempo líquido” –en feliz expresión del filósofo Zygmunt Bauman- en que las certezas y las seguridades en las estructuras sociales han devenido flexibles, débiles e incapaces de generar confianza en los ciudadanos, a la administración Obama le está siendo negado el reconocimiento, en la hora de su despedida, por esos analistas de pensamiento “light” que exigen respuestas inmediatas y simples a problemas complejos que requieren tiempo para ser, si no resueltos, sí al menos corregidos o modificados. Cuando pasen estas prisas sectarias en las evaluaciones y los libros recojan la trascendencia de algunas de las iniciativas impulsadas por Barack Obama, en comparación con lo realizado por otras administraciones y los escándalos que las acompañaron, será cuando se perciba con más claridad lo que supuso el gobierno de este presidente afroamericano que dignificó el cargo más importante del planeta, el de presidente de los Estados Unidos de América, que él supo ejercer desde el respeto, la tolerancia y la ecuanimidad para con las naciones con las que USA mantiene relaciones (prácticamente con todas), y desde la honestidad, el celo y la justicia para con sus conciudadanos.

El día que Obama accedió a la presidencia, en enero de 2009, Estados Unidos estaba soportando los estragos de la crisis económica y tropezaba con las bancarrotas de algunas de las más importantes agencias financieras del mundo, cuyas irregularidades, abusos y avaricias ocasionaron el hundimiento de la actividad económica y catapultaron una deuda insoportable en la mayoría de los países occidentales, incluida Europa. Las medidas tomadas entonces por Obama han resultado ser más eficaces y menos traumáticas que las adoptadas en Europa, y han permitido superar aquella situación y reconducir las tasas de desempleo a cotas impensables en nuestras latitudes. En la cuna del liberalismo económico, no dudó en nacionalizar pérdidas para sanear sectores que posteriormente han respondido a las responsabilidades exigidas. Hoy, Obama deja una economía saneada y se va después de crear más de 12 millones de puestos de trabajo, sin renunciar a la competencia en un mundo globalizado ni privilegiar a su mercado e industria con medidas proteccionistas, como pretende quien va a sucederle.

La tradicional política imperialista, que ha llevado a Estados Unidos a enfangarse en guerras interminables, fue sustituida por Barack Obama con la retirada de tropas en los frentes que más bajas ocasionaban a los norteamericanos, tanto en Irak como en Afganistán. El papel de “gendarme mundial” que muchos reclaman de Estados Unidos se ha reducido a la participación militar en coaliciones internacionales para apoyar a las fuerzas leales nacionales o mantener una puntual intervención “a distancia”, mediante el ataque a objetivos concretos con drones teledirigidos. Y, fundamentalmente, a un gran trabajo de inteligencia para identificar enemigos y conocer sus planes y movimientos con precisión y, si es posible, con antelación. El ejemplo paradigmático de esta nueva política es la eliminación física del terrorista más buscado del mundo, Bin Laden, en su propio escondite, hazaña que no consiguieron ninguno de los presidentes que lo intentaron ni con el envío de la formidable maquinaria de guerra (soldados y armamento) al teatro de operaciones. De esta manera, las guerras, como la de Siria, las libran los combatientes locales implicados, con toda la ayuda indirecta que sea necesaria, sin que desembarquen ingentes contingentes de marines a involucrarse de forma activa, como era tradición desde Vietnam hasta Irak. Ello, unido a una política exterior que ha abierto el foco hacia Asia, con la mirada puesta en las potentes economías emergentes de la zona, que le ha permitido firmar importantes acuerdos comerciales que persiguen el beneficio recíproco, más el deshielo con aquellos países con los que EE UU mantenía conflictos enconados durante décadas (Cuba, Irán, etc.), revela la intención de un presidente resuelto a desactivar tensiones, abrir mercados y buscar un equilibrio más justo en las relaciones internacionales y comerciales de Estados Unidos. Revela también un presidente con sensibilidad y ánimo de empatía para ser capaz de visitar las ciudades japonesas desvastadas por Estados Unidos con la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial y anhelar públicamente, en esas plazas, el rechazo a volver hacer algo semejante, aunque sin llegar a pedir perdón, algo impensable en un comandante en jefe del Ejército más poderoso del globo.

Una nueva política exterior que no reniega a mostrar músculo militar cuando es oportuno. Durante el mandato de Obama se han desplegado cuatro batallones de la OTAN en Letonia, Lituania, Estonia y Polonia para fortalecer la presencia militar atlántica en Europa oriental, enviando con ello un claro mensaje a Rusia de no tolerar ataques e invasiones a países aliados, como sucedió en Ucrania con la anexión soviética de la península de Crimea. También completó la instalación de un escudo antimisiles, diseñado y financiado por EE UU, para repeler ataques desde Oriente Medio, es decir, desde fuera del área euro-atlántica, ampliando el paraguas protector frente a amenazas nuevas. Esta firmeza ha enturbiado notablemente las relaciones con el líder ruso, Vladimir Putin, al que sorprendentemente admira con devoción el nuevo presidente electo y con el que desea congraciarse mediante el levantamiento de las sanciones económicas impuestas por su intromisión –manu militari- en el conflicto ucranio.

Pero donde más se ha volcado Barack Obama ha sido en la política interna, intentando implementar medidas que ayuden y protejan a sus conciudadanos. Tal vez sea la reforma sanitaria la más ambiciosa de todas ellas, pues persigue garantizar la cobertura médica a millones de norteamericanos que no pueden sufragarse un seguro médico privado. La Ley de Asistencia Sanitaria Asequible -el Obamacare, como se la conoce- ha conseguido una drástica reducción del número de estadounidenses sin seguro médico, en un país donde no te operan un dedo si no pagas previamente el importe de la intervención. La misma ley contempla también el derecho de las mujeres a decidir sobre su embarazo, garantizando el acceso a los anticonceptivos como parte de la reforma sanitaria. Sin embargo, este avance hacia una sanidad asequible y universal es lo que quiere revocar desde el primer día el nuevo presidente, Donald Tremp, con plena complacencia del lobby de seguros médicos privados y devastadoras consecuencias para los millones de personas que han estado aseguradas durante el mandato demócrata de Obama.

Asimismo, bajo su presidencia se ha intentado el control de armas y una regulación más restrictiva del sector que impida el fácil acceso a las armas de fuego por parte de los ciudadanos. No se trata de un asunto menor cuando cada año se producen en Estados Unidos matanzas por parte de personas enajenadas, en posesión de rifles y pistolas, que la emprenden a tiros contra sus semejantes en cines, escuelas, comercios o en medio de la calle. Esta reforma, empero, no fructificó por la oposición del Partido Republicano, el mismo que ahora se hace con el poder, y el desafío constante del lobby de armas, lo que no ha impedido que Obama se convierta en el primer presidente que ha planeado seriamente cambiar estas leyes. Y es que, al parecer, los norteamericanos prefieren la posibilidad de morir asesinados a balazos por sus vecinos a limitar su libertad para disponer y usar armas de fuego.

Otro de los derechos impulsados y reconocidos durante el mandato de Barack Obama ha sido el del matrimonio igualitario, legalizando que los homosexuales pudieran casarse y que esa condición sexual no fuera motivo de persecución y sanción entre los militares, pudiendo, además, declarar abiertamente tal orientación sin estar expuestos a reproche alguno. Pero la reforma migratoria con la que pretendía regularizar a casi 11 millones de indocumentados, entre los que se encuentran ese casi millón de jóvenes que entraron ilegalmente en el país siendo niños pero han crecido y estudiado en EE UU, ha constituido un rotundo fracaso. El Congreso nunca llegó a aprobar esta revolucionaria iniciativa de Obama y la nueva política de Trump, empeñado en levantar un muro en la frontera con México, hace temer un endurecimiento frente a la migración y un paso atrás en las políticas de integración, incluso para los hijos sin papeles que llegaron con sus padres.

Y Guantánamo. Quiso cerrar esa cárcel ubicada en una base militar norteamericana en Cuba y fue, de hecho, la primera orden que firmó al llegar a la Casa Blanca. Pero, ante la imposibilidad de clausurarla y trasladar sus presos a cárceles de máxima seguridad en EE UU, por el rechazo frontal del Partido Republicano y parte de su propio partido, ha optado durante todo su mandato por ir desalojándola, enviando a los reclusos menos peligrosos a países que acepten su custodia carcelaria o la libertad vigilada. De los 780 reclusos que albergó este infame centro de detención en sus “mejores” tiempos, caracterizado por las torturas y otros procedimientos interrogatorios inaceptables, con Obama se han reducido a sólo 45 internos, de los que diez cuentan con autorización para su trasladado a Omán, a menos que el nuevo presidente lo impida.
 
Salvando las distancias, existen coincidencias en la renuente valoración que concitan el  todavía presidente Obama y el expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero. Como sucedió con el mandatario español, al que todavía se le niega el reconocimiento por medidas que han transformado nuestro país, como la Ley antitabaco, la de Dependencia, la creación de la Unidad Militar de Emergencia, la legalización del matrimonio homosexual y otras de indudable carácter social, también a Barack Obama en Estados Unidos se le quiere despedir sin valorar sus triunfos, pero subrayando sus fracasos, en una actitud tan sectaria como injusta. Con todo, Barack Obama figurará como un gran presidente en los libros de Historia, por mucho que se empeñen los agoreros del presente. Y se le echará de menos más pronto que tarde, en cuanto comencemos a sufrir, a partir del viernes, las consecuencias del bochornoso Donald Trump.

sábado, 14 de enero de 2017

Última juventud

Última juventud
                                                                           A Francisco Brines
 
Asomado al borde de mi última juventud,
en la que descubro la fragilidad del silencio
que habita las oquedades del tiempo,
contemplo el rostro de lo que soy
entre los pliegues de lo que he sido,
con los mismos ojos que se llenaron de luz
                                                al mirarte,
enternecidos de tanto admirar
las rosas rotas de la vida.
__________

El poeta Francisco Brines describe mejor que yo este otoño de las rosas:

El otoño de las rosas

Vives ya en la estación del tiempo rezagado:
lo has llamado el otoño de las rosas.
Aspíralas y enciéndete. Y escucha,
cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.

viernes, 13 de enero de 2017

Agresiones sexuales


Últimamente, raro es el día en que alguna noticia sobre violaciones y otras agresiones sexuales no forma parte del contenido informativo de los medios de comunicación. Unas veces son jóvenes -y no tan jóvenes- los que aprovechan una fiesta u otra celebración cargada de alcohol para abusar de mujeres en portales o descampados; otras, curas, jefes o educadores que hacen uso de su autoridad para tener acceso carnal con sus pupilos; también padres, tíos u otros parientes que abusan de familiares menores de edad e, incluso, catedráticos de universidad que obligan a profesoras, becarias y alumnas a satisfacer sus deseos libidinosos. Tal abundancia de acontecimientos noticiosos sobre violencia sexual puede hacernos creer que, en la actualidad, se producen más agresiones de este tipo que en épocas pasadas, cuando en realidad, aún sin contar con datos que confirmen esta opinión, es todo lo contrario. Trataré de argumentarlo.

En principio, no se puede negar que abruma el número creciente de noticias que dan cuenta casi a diario de sucesos de esta naturaleza. Desde un vicario de Guipúzcoa, imputado por tocamientos deshonestos a menores, hasta ese entrenador deportivo enviado a prisión por abusos a varios menores, pasando por el padre de una niña, cuya enfermedad ha sido utilizada para cometer una descomunal estafa a escala nacional, al que se le ha hallado un archivo electrónico con fotos de contenido erótico o sexual en las que la menor está incluida, todos ellos son casos que despiertan, como decimos, una muy justificada alarma social. Esa reiteración prácticamente diaria de este tipo de sucesos nos puede inducir a pensar que hoy se cometen más agresiones sexuales a mujeres y menores de ambos sexos que nunca. Y podríamos estar equivocados.

Es verdad que todavía no hay en España registros fiables ni estadísticas actualizadas sobre este tipo de violencia que desmenucen en datos el problema, no sólo para cuantificar lo más exactamente posible su volumen, sino también para analizar el contexto y las posibles circunstancias o causas que lo producen o favorecen. Partimos aún de impresiones, hipótesis y casuísticas parciales que nos dibujan, con todo, un panorama preocupante que debería ser abordado con mayor contundencia por las autoridades, modificando la legislación y tomando nuevas iniciativas de prevención y castigo, si fuera necesario. Un panorama preocupante porque se trata de un asunto en gran parte invisible, del que emerge sólo esa “punta del iceberg” que aparece en los periódicos o páginas de sucesos de los medios. Lo desconocido, lo no denunciado y que se queda en la intimidad del agredido/a y en el orgullo patológico del agresor es infinitamente mayor. Nos podemos hacer una idea de su tamaño con el dato que maneja el Ministerio del Interior, según el cual una mujer es violada en nuestro país cada ocho horas, de promedio. Pone los pelos de punta.

Parece evidente, pues, que se trata de un asunto grave, de enorme complejidad, que cuestiona nuestra moral, nuestra ética y un modelo de sociedad, todavía profundamente machista, en el que la mujer y los niños quedan desprotegidos y dependientes de un patriarcado que no les reconoce la igualdad, la dignidad y el respeto como personas. Un patriarcado que confunde dependencia con pertenencia, por lo que se cree autorizado a tratar a sus dependientes como si fueran objetos susceptibles de ser utilizados, incluso por la fuerza, para satisfacer pulsiones y apetitos. Así, con sólo rascar el problema, se descubre que detrás de esta violencia hay una patología individual y un trasnochado componente sociocultural que hace prevalecer al hombre sobre la mujer, lo que genera conductas estereotipadas de dominio y superioridad masculinas que cuestan trabajo erradicar de nuestras tradiciones, costumbres y, en definitiva, de la convivencia diaria. En su conjunto, son actitudes individuales y colectivas difíciles de modificar o corregir, a pesar de los esfuerzos que se llevan a cabo, desde no hace muchos años, para  conseguir una verdadera equiparación en derechos del hombre y la mujer, una igualdad real que, más allá del texto de las leyes, impregne la vida cotidiana, doméstica e individual de las relaciones entre ambos sexos, sin discriminación ni perjuicios. Mucho se ha avanzado con estas políticas de igualdad, que muchos aún cuestionan, en nuestro país, pero es insuficiente. Incluso se han realizado importantes reformas legislativas para considerar delitos, y poder castigarlos, muchas de esas conductas machistas que convierten a la mujer y a los miembros más indefensos de la familia, los niños, en objeto de abusos y violencia de todo tipo, fundamentalmente de carácter sexual. Así, se ha tipificado como agravante de género la comisión de aquellos delitos que se ejercen contra la mujer por el hecho de ser mujer y como acto de dominio y superioridad. También se definen los delitos de odio, con los que se penaliza toda apología de la violencia de género y las incitaciones contra la dignidad de la mujer y la violencia contra ellas, tanto a través de los medios de comunicación como de las redes sociales e Internet. Se persigue, pues, cambiar la situación en que se halla la mujer en el contexto de una sociedad más igualitaria, diversa, plural, respetuosa y tolerante.

Aún así, se producen en nuestros días una cantidad intolerable de casos de abusos y agresiones contra ellas y los niños por parte de sujetos de toda condición y estrato social. Quedan todavía, a pesar de todas las campañas de sensibilización y medidas legislativas, restos de una “cultura de la violación” residual entre nuestros comportamientos y actitudes sociales que no se ha logrado erradicar completamente. Una “cultura” que mide la masculinidad según el nivel de dominio y poder que se ejerce sobre el otro y que considera los impulsos sexuales como inevitables e irrefrenables. Un ramalazo cultural que caracteriza a la mujer como “incitadora” de esos bajos instintos difícilmente controlables del hombre y que, por tanto, justifica y banaliza las agresiones y la violencia que se cometen contra ellas, hasta el extremo de culpar a las víctimas y “comprender” a los agresores. Ese machismo aún perdura en nuestros días y su más repugnante expresión es la violenta que se manifiesta con abusos, agresiones y violaciones a ese “otro” (mujer o menores) sobre el que cree tener dominio y poder.  

Y si esto pasa en nuestros días, ¿qué no pasaba antes, cuando ni la mujer tenía los mismos derechos que el hombre, cuando el poder tenía derecho de pernada y el varón era cabeza de una familia que le pertenecía por derecho patrimonial? Pasaba que la mujer y los hijos eran sujetos que le debían obediencia y sumisión al ser el varón el único sustento de la familia. Los varones tenían preferencia hereditaria, incluida la del trono, y retenían en exclusividad los mejores puestos laborales del mercado, quedando la mujer relegada, con la pata quebrada, a las tareas domésticas del hogar, donde debía prestar consuelo y solaz al hombre que retornaba sucio y cansado. Allí éste podía pegar, maltratar y humillar a los suyos, pues la ley, humana y divida, se lo autorizaba y consentía. Las violaciones formaban parte de los botines de guerra y eran consecuencias de la conducta exigida a los que se visten por la pierna y han de demostrar su fuerza, carácter y hombría. Todo ello, en más o menos grado, era lo común no hace mucho, sin que nadie se atreviera a denunciarlo, menos aún una mujer. No pasaba desapercibido, pero era considerado algo natural de la intimidad de la pareja. Y si hoy, con todo lo avanzado en políticas de igualdad, una de cada tres mujeres ha sufrido algún tipo de agresión sexual, según la OMS, ¿cuántas lo fueron entonces? Imagíneselo.