jueves, 30 de diciembre de 2010

Pachelbel para el nuevo año

Aunque uno no quiera, el espíritu vuela en estas fechas tan dadas a divagaciones y balances vitales. Las promesas nunca se cumplen y los cambios jamás se producen, pero nos disponemos a intentarlo mil y una veces. En esos momentos de gozosa soledad, en la que procuramos engañarnos a nosotros mismos, al menos nos alejamos del bullicio y de la parafernalia para recrearnos en la esperanza del porvenir.
A todos los que sueñan y recorren invisibles estas páginas, les dejo los acordes al piano que siempre me han acompañado cuando acaricio la felicidad: escúchenlo. Gracias y feliz 2011.

martes, 28 de diciembre de 2010

Adiós año malo, ¿hola año peor?

Despedimos 2010 sin pena, como sacudiéndonos un peso de encima, pues ha sido un año lleno de dificultades y problemas; y no me refiero sólo a la crisis económica. Durante los últimos doce meses se produjeron cataclismos que diezmaron a poblaciones enteras, aunque ahora, entre cavas y mazapanes, nos cueste trabajo recordarlo. La memoria es traicionera y selecciona sólo las cosas buenas. Por eso ya casi no recordamos a Haití, un país asolado por dos desgracias durante este año maldito, que se suman a las que jalonan su historia: el terremoto que costó la vida a 200.000 personas y la furia de un huracán que volvió a golpear lo poco que quedaba de dignidad ante los ojos que contemplan impasibles el sufrimiento de uno de los más depauperados países del mundo.

Tampoco nos acordamos de Pakistán, medio ahogado por las lluvias torrenciales que arrasaron con todo y dejaron un rastro de 1.600 muertos y más de 20 millones de damnificados. O de los campamentos de refugiados en el desierto, abandonados a su suerte por quienes deciden el nombre de las patrias y el destino de las personas, para que sean desmantelados por la bota militar del reyezuelo “amigo” que gusta de ademanes imperialistas ante nuestras propias barbas.

Olvidamos aquello que creemos no nos afecta porque sucede lejos, lejos en la distancia y lejos de nuestros intereses. La mayoría son catástrofes naturales que golpean los extrarradios de la civilización, sin apenas afectar a nuestra conciencia. Como mucho nos mueve a depositar un dispendio en la hucha de una caridad que nos ayuda a conciliar el sueño. Por eso no nos gusta recordar.

Sin embargo hay que hacerlo, no sólo por hacer balance de lo acontecido, sino porque no vivimos aislados, independientes unos de otros. Tenemos obligación de conocer el solar que habitamos y donde desarrollamos nuestras actividades. Y este solar llamado mundo es un lugar donde la mayoría de la gente sobrevive a duras penas, padeciendo calamidades y enfermedades, donde se muere por hambrunas y por espasmos violentos de la naturaleza, pero sobre todo por el egoísmo y la insensibilidad de una minoría que tuvo la fortuna de nacer en las áreas confortables de un primer mundo que explota al resto.

Vivimos en la época de la globalización, palabreja que no sólo permite que yo compre un coche japonés o adornos de navidad hechos en China, sino que impone un orden económico mundial que oprime países, establece leyes y marca precios para extraer materias primas, productos y riquezas que sirven para mantener nuestro nivel de vida. Gracias a la globalización podemos incluso “descolocar” nuestras empresas y exportar nuestros valores culturales (léase mercantiles) a países cuya mano de obra y falta de derechos laborales posibilitan unas ganancias incomparables con las que se obtendrían en nuestros terruños. Por todos esos motivos miramos hacia otro lado cuando, para nuestra comodidad y elegancia, obligamos a niños a trabajar en edad de jugar y por un salario que ni siquiera en su mísero país lo va a sacar de la pobreza. Por eso preferimos dar una limosna caritativa cuando, a causa de esas relaciones internacionales de poder, naciones atrapadas en la edad media no pueden evitar que sus recursos sean explotados por consorcios transnacionales que no dudarían en imponer sus condiciones a la fuerza, si fuera necesario.

Vivimos en un mundo en que una minoría puede cambiar de vehículo, antes de que llegue su obsolescencia programada (“un artículo que no se estropea es una tragedia para los negocios”), por el precio con el que se construiría una escuela en Haití. Somos afortunados de que nuestras inundaciones sólo destruyan televisores, frigoríficos o coches, pero no somos conscientes de que pertenecer al primer mundo o al tercer mundo es cuestión de suerte: de tener la suerte de nacer en uno u otro. Con nuestra insolidaridad e insensibilidad participamos de la desigualdad existente en el mundo, contribuimos a mantenerla cada vez que rehuimos conocer lo que sucede.

El poder no se ejerce sólo de forma represiva. Nosotros formamos parte de su discurso y contribuimos a su ejercicio cuando lo aceptamos y lo validamos como inevitable. Es posible que no podamos enfrentarnos a este estado de cosas, pero podemos conocerlas y rebatirlas, podemos desenmascarar el poder. Para empezar podríamos no olvidar. Doscientas mil personas muertas por un terremoto en Haití son motivos más que suficientes para ello. Para hacer balance y proponernos que en 2011 se produzca un gran cambio: el que nos permita rebelarnos contra el conformismo que nos atenaza y paraliza toda acción. Despertemos la curiosidad por conocer, para actuar. Es mi mayor deseo para el nuevo año.

sábado, 25 de diciembre de 2010

El mejor regalo de Navidad

Es menudita y delicada, quejosa de todo cuanto le molesta, con los ojos abiertos a una luz que no conoce y unas manos inquietas para aferrarse al calor que la consuele y la proteja. Así es mi nieta, acurrucada en los brazos de mi hija dolorida por un parto que no acababa de alumbrarse y por las incertidumbres de unas horas eternas en las que la familia se alternaba para infundirle ánimos y cerciorarse de los centímetros que no dilataba. Fueron diez horas para que la nieta, frágil y bella como un pétalo de rosa, fuera extraída del vientre confortable que la abrigaba. Todo dolor y todo sufrimiento son aceptados cuando el llanto de una criaturita y la cara de una madre agotada, incluso bajo los efectos de la sedación, confirman un feliz desenlace. Los besos y las lágrimas dan la bienvenida a la hija y una nieta que nos hacen sentir la Nochebuena más plena y dichosa en mucho tiempo. Es lo más próximo a la felicidad que ninguna Navidad podría depararnos. Gracias hija, gracias nieta.

viernes, 24 de diciembre de 2010

24 de dciembre

Hoy es un día en que la rutina ha sido arrinconada por la inseguridad. Lo de menos es que sea Nochebuena, tan insustancial en comparación con lo que me llena de preocupaciones. La segunda de mis hijas ingresará en una clínica para inducirle el parto. Soy sanitario pero no galeno y toda la familia me interroga como si fuera experto en todas las especialidades médicas. Desconocen que en estos trances preferiría tener la osadía y la ceguera de los ignorantes, que confían en quienes depositan su confianza. Yo sólo soy experto en temores y desconfianzas, prevenido de toda complicación que siempre puede tener lugar. Por eso la ropa no me llega al cuerpo cuando una hija mía va a participar en el engranaje impredecible de los acontecimientos que sacudirán su vida, para lo bueno o lo malo. Confío, como todos, en que el parto se produzca sin contratiempos, a pesar de ser inducido por consideraciones del ginecólogo, que así lo estima necesario. Son esas consideraciones las que me ponen en estado de alerta porque ignoro las causas que llevan a acelerar un proceso natural ya de por sí angustioso. Algo incuestionable si lo padeciera un extraño, pero en la mirada inquieta de mi hija, que busca apoyo en la mía para hallar alguna seguridad, me produce pánico. Mi hija espera a una niña que podría ser la mejor ofrenda de esta Navidad. Es lo que aguardamos todos, aunque a mí me parezca que fue ayer cuando ella era sólo eso: una niña.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Año nuevo, buenos humos

Ya se ha aprobado en el Congreso de los Diputados la ley que vetará la posibilidad de fumar en los espacios públicos cerrados a partir del próximo 2 de enero. Se trata de una de las leyes antitabaco más duras del mundo, sólo algunos Estados de EE.UU. son aún más estrictos, y que convierte a España en un país muy restrictivo para el fumador. A partir de esa fecha estará prohibido fumar en todos los locales públicos de ocio (bares, restaurantes, bingos, casinos, discotecas, etc.), en los centros oficiales (hospitales, centros de salud, delegaciones administrativas, juzgados, comisarías, escuelas, institutos, etc.), medios de transporte (aeropuertos, estaciones, taxis, trenes, autobuses, etc.) e incluso en el perímetro de colegios y parques infantiles, desapareciendo aquellos cubículos en locales donde se permitía hacerlo.

Se ha pasado de la imagen reproducida hasta la saciedad del fumador como signo de modernidad a la de repudiar abiertamente su consumo por ser un producto legal que mata, como se advierte en las propias cajetillas. Ha tenido que crearse una ley para discernir lo que la educación de los fumadores no consigue comprender: que el no fumador tiene derecho a respirar aire no contaminado por la combustión del tabaco en aquellos espacios que ambos comparten, máxime cuando las estadísticas epidemiológicas demuestran cada año los efectos nocivos para la salud de la inhalación del humo del tabaco, no sólo para los fumadores, sino también para los no fumadores que respiran ese aire viciado. Según Sanidad, el tabaco es la primera causa de muerte evitable en España. Para constatar esta evidencia no hace falta más que girar una visita a las consultas de respiratorio de cualquier hospital.

Ante esta falta de educación de una minoría que llena de humo cualquier local, la ley impone el derecho a la salud de todos, como bien común, frente al derecho particular a envenenarse con lo que se apetezca. La ley se decanta por defender la salud pública. Y aunque es cierto que hay otras cosas igual o más dañinas que el tabaco, ello no es óbice para impedir que se empiece a regular precisamente el tabaco, puesto que esta sustancia afecta a sectores de población (niños y no fumadores) vulnerables como “fumadores pasivos”, a quienes se le impone el humo sin desear soportarlo, cosa que no se produce con otros tóxicos.

Con todo, la ley es polémica. El gremio de la hostelería teme que, por la rigidez de la normativa, se reduzca el número de clientes, lo que impactará negativamente en un sector con gran peso en el PIB. Pero, más allá de estos factores económicos que deberán contrastarse, se acusa a la ley de inútil para disuadir a la gente de fumar, como pasó con la norma anterior que era masivamente incumplida. España es el país donde la tasa media de fumadores aumenta, al contrario de lo que sucede en el resto de Europa. Y aunque el 65 % de los ciudadanos no fuma, era raro encontrar un espacio libre de humos. Y eso es precisamente lo que persigue la nueva ley: que fumar sea un hábito privado, no una imposición pública, para que los “buenos humos” dejen de ser una excepción. Con o sin ley, no deja de ser una cuestión de educación. ¿Aprenderemos ahora?

martes, 21 de diciembre de 2010

Navidad de Babel

A los que nos buscan o nos hallan al azar, a los que les defrauda o les gusta, a todos los que recalan por el motivo que sea en estas lecturas, gracias por dedicarnos unos segundos de vuestra atención y de vuestro tiempo. Por eso, aunque sea Navidad, quisiera expresaros nuestro agradecimiento por iluminar este Lienzo con la luz de vuestros ojos. Simplemente, gracias. Y muchas felicidades.

domingo, 19 de diciembre de 2010

¿Qué quiere el mercado?

El mercado, ese mosntruo que ahora nos devora inmisericordemente, lo quiere todo. Antes se conformaba con la parte sustancial del beneficio, pero desde que perdimos las referencias de cualquier alternativa, desde el derrumbe del espejismo que nos ofrecía el comunismo, el mercado no admite más máscara que la de su verdadera faz, quitándose la careta del rostro humano con que la socialdemocracia intentaba cubrirlo. Impaciente, el mostruo se despoja de ella ante el colapso de esa socialdemocracia a la que los hijos de sus beneficiarios han dado la espalda, incapaces de reconocer su viabilidad cuando el mercado impone sus reglas. Con el muro de Berlín también cayeron las utopías que nos predisponían a construir un futuro mejor, pero el pensamineto único que el neoliberalismo triufante, desde Reagan y Thacher, hasta Merkel y Sarkozy, ha anulado cualquier voluntad de resistencia, instalándonos en un conformismo suicida que no discute la hegemonía del mercado, que ha acabado convirtiéndose en un mostruo globalizado que domina el mundo. Ello ha llevado al agotamientro de una socialdemocracia que no encuentra nuevos horizontes que ofrecer ni valores que ilusionen a unas multitudes sumidas en la vacuidad de unas existencias atrapadas en la anomia.

Ver: El colapso de la socialdemocracia.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Almanaque Cuadernos de Roldán

Día desapacible, por el frío y la lluvia, que invitaba a quedarse en pijamas en la casa, con el infiernillo templando la habitación y una taza humeante de buen café que acompañase la lectura reposada de la prensa. Pero hoy se entregaba en el bar Dueñas, sede de la asociación, el Almanaque de Cuadernos de Roldán, una cita obligada que los “inquilinos” no podíamos perdernos. Además, la edición del presente año, según la sugerente invitación, prometía novedades al sustituir las láminas de cuadros por fotografías en blanco y negro. Había que ir.

Carlos Becerra y Pepe Aguilar seguían siendo los encargados de la administración y entregaban los almanaques a aquellos socios que los iban requiriendo, tras cotejar fielmente en el listado que todos conseguían el que les correspondía. El resto estaba a la venta para sufragar gastos.

Recogemos el almanaque que, en esta ocasión, no tiene una presentación a cargo de sus autores con la acostumbrada lectura de poemas y la proyección de las imágenes que los acompañan en las páginas dedicadas a cada mes. Al ambiente frío se unió una escasa participación y la inexistencia de ese acto formal de presentación, por lo que optamos por volvernos a casa con nuestro almanaque a buen recaudo, metido en una bolsa de plástico. Dejamos allí a Carlos y a Pepe con sus obligaciones voluntarias que, afortunadamente, son reacias a dejarse llevar por las adversidades, sean climatológicas o individuales. Me pregunto, cuando me dispongo a contemplar el Almanaque en el calor del hogar, qué será de Cuadernos y de sus poetas y pintores excelsos el día que estos dos maestros jubilados se cansen. Pero me libro rápidamente de ese pensamiento, pues me estaba dando frío, mientras leía el poema de R. de Cózar:

Y eso somos, sólo sombras, sólo eso,
sobre el tapiz líquido del tiempo,
bocetos de vivir hambrientos
o de rozarle a la vida de perfil,
siluetas al fin, soledades sobre la arena
y el viento
bajo los reflejos del sol marfil
y de color del hueso, sólo eso:
unos ecos sonoros en la memoria
y un puñado de sombras en la historia.

Cuadernos de Roldán. Almanaque, abril 2011.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

¡Felices fiestas!

Este es el deseo que por doquier recibimos a través de anuncios, letreros luminosos y saludos con las personas que nos cruzamos por la calle. A pesar de ser una convención imposible de eludir, no deja de ser una expresión sincera. El único espíritu que la mayoría de la gente percibe de la Navidad es su naturaleza festiva y, por ello, nos felicitamos tan efusivamente. El primitivo germen religioso que pudiera albergar sirve de excusa para el descanso momentáneo, la fiesta y el consumo desenfrenado. Y aunque persisten ramalazos entrañables, como las cenas que reúnen a toda la familia o las uvas en torno al televisor para despedir el año, el resto de la liturgia ha quedado congelado en una postal amarillenta de cuando se acudía fervorosamente a la misa del gallo o a cantar villancicos de puerta en puerta.

El consumo ha aposentado su hegemonía, con toda su secuela de despilfarro y derroche, hasta desfigurar aquel sentido de la Navidad relacionado con la Natividad y Epifanía de Jesús. Por eso ya no se felicita la Navidad, sino la fiesta. Y el que la alude lo hace víctima de una confusión al considerar que la Navidad es sinónimo de fiesta, no de celebración simbólica que para los cristianos encierra el nacimiento de Cristo, aunque el hecho no se corresponda con la veracidad histórica y se haya hecho coincidir con la tradición aún más remota de las fiestas del solsticio de invierno.

En cualquier caso adoramos la diversión y la oportunidad de apartar por unas fechas las obligaciones y las fatigas. Ya desde niños aprendimos a relacionar la Navidad con vacaciones y regalos, la paga extra o la esperanza de la lotería. El humilde belén quedó arrinconado por los oropeles de las guirnaldas y los abetos resplandecientes de lucecitas y bolas de colores. Los brindis exquisitos y las prendas de estreno entraron a formar parte de la parafernalia lúdica con la que había celebrar fuera de los hogares la entrada del nuevo año. Y apuramos los días y el bolsillo hasta quedar exhaustos de comidas, bebidas y gastos cuando deberíamos haber procurado aprovechar lo que tanto materialismo no consigue: el abrazo de los seres queridos y la mirada luminosa de los hijos o nietos asidos de la mano, la pausada conversación con quienes vuelven de la distancia o el recuerdo emocionado de los ausentes.

Para los que añoran la Navidad y huyen de las fiestas, aunque sea por la crisis: ¡muchas felicidades!

martes, 14 de diciembre de 2010

La crisis del periodismo

El periodismo se halla sumido en una profunda crisis que, para ser honestos, afecta a todos los sectores, menos al político. Pero al contrario que los bancos, no gozará de generosas ayudas estatales para evitar la decapitación de algunas cabeceras, por muchas fusiones y cambios de accionariado que se produzcan. Es algo que está pasando y lo estamos viendo. No obstante, la profesión siempre ha tenido épocas de relativo auge, en especial para sus grandes figuras y los medios más prestigiosos, que se alternan con otras de profundo desarraigo en la consideración social. Que de ello tuvieran mucho que ver los propios periodistas, es algo innegable. Siempre han convivido mediocres entre los buenos profesionales en cualquier actividad. Lo preocupante es la proporción de unos con respecto a los otros a la hora de medir el estado de salud de una profesión. Abundan los primeros en períodos de relativa bonanza y permanecen los segundos cuando se tuercen las expectativas y surgen los conflictos, como a los que estamos asistiendo en la actualidad.

Pero es que, además, el periodismo ha pecado de una excesiva sumisión frente al poder, ya sea político o económico. Las denuncias que ha aireado se dirigen contra el que abusa del sistema, contra la corrupción más burda y descarada, pero no contra el propio sistema que la posibilita y en el que se hallan confortablemente instalados los medios de comunicación, empresas que pertenecen a conglomerados transnacionales que hacen prevalecer sus intereses económicos a los periodísticos. Si a ello añadimos lo que Fernando González Urbaneja asegura: “Lo peor de la crisis es la ausencia de liderazgo, de ideas y de credibilidad de editores y directores, que sólo ven un horizonte estrecho y sin oportunidades”, a lo que añade: “Y crece la burocracia tecnológica que, con la excusa de las novedades, hace caso omiso de la naturaleza y los elementos del periodismo profesional”, hemos de concluir que el periodismo, como el teatro, se ha instalado en una crisis perpetua.

Es posible que ésta sea una condición de la posmodernidad, que no ha sabido acoger a aquellos idealizados reporteros y editores que, a principios del siglo pasado, tuvieron como principal bagaje tecnológico la máquina de escribir. Precisamente de ello se lamenta el editor Alejandro Katz en un artículo sobre el tránsito de lo analógico a lo digital y su significado en profesión editorial publicado en Claves de la Razón Práctica. Falta motivación y de visionarios que miren más allá de los nubarrones que se ciernen hoy día sobre el periodismo. Pero sobretodo falta de esa vocación que le hacía expresar a Camús que “vale la pena luchar por una profesión como ésta”.

Son muchas las zozobras sobre las que se bate el periodismo. Sin embargo, si algo caracteriza a esta profesión es el navegar preferentemente en aguas peligrosas. No se entiende un periodismo de aguas calmas, donde ningún peligro acecha. Pero hay dos amenazas que son inmanentes a la profesión: la de su acomodo a los encantos de lo establecido y la que lo convierte en diana de quienes no toleran su existencia.

La primera es una amenaza interna difícil de vencer desde la precariedad laboral y la remuneración que no reconoce la cualificación de sus profesionales, a los que considera mano de obra barata que se contrata a destajo. Y la segunda, una amenaza externa que hasta la fecha, según el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), ha ocasionado el encarcelamiento de 145 periodistas en 2010 y, lo que es inaceptable desde cualquier punto de vista, la muerte de más de 50 periodistas a causa de su trabajo y en cumplimiento de su deber, según el Instituto Internacional de Prensa, “por conflictos, militantes, matones, gobiernos, narcotraficantes, políticos corruptos y agentes de seguridad inescrupulosas”, en palabras de la directora interina del mismo, Alison Bethel McKenzie.

Es indudable que el periodismo es una profesión de riesgo, pero no debería serlo más que cualquier otra profesión que se expone a accidentes y circunstancias involuntarias e inevitables. Pero a diferencia de esas otras profesiones, el periodismo es imprescindible, en opinión de Juan Cruz, para articular una democracia avanzada en nuestras sociedades. Su existencia no es una exigencia corporativista, sino una obligación social que garantiza la libertad de los ciudadanos y el control del poder a través de una opinión pública fundamentada. Una función tal elevada como el riesgo que la asiste.

Fernando González Urbaneja, citado en Juan Varela en el blog Periodistas21.
Alejandro Katz, entrevista en Claves para la Razón Práctica, nº 207. Madrid, 2010.
Frase de Camús citada por Jean Daniel en entrevista con Juan Cruz Ruiz en “¿Periodismo? Vale la pena vivir para este oficio”, Ed. Debolsillo, Barcelona, 2010.
Juan Cruz, obra citada.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Una joya insaciable

Que la sanidad es la “joya de la corona” del Estado español, junto a una educación con todas sus deficiencias, no lo discute nadie. Ello hace de nuestro país un lugar envidiado por cuantos valoran la seguridad de ser atendidos cuando la enfermedad hace su aparición y a la hora de enviar a los hijos a una enseñanza garantizada desde preescolar hasta la universidad. Son derechos tan asumidos que no nos molestamos en percibir como una conquista que haya que defender. Ni siquiera cuestionamos su coste, sin duda una de las partidas más voluminosas de los Presupuestos Generales del Estado.

La sanidad, por ejemplo, es un gasto que no tiene límites. Cualquier ampliación de los recursos destinados a sufragarlo se vuelve insuficiente mucho antes de poder disponer del mismo. Ello es debido, no sólo al aumento de la población asistida, sino al imparable avance de los medios técnicos y humanos en que se sostiene y al abanico creciente de patologías que trata de cubrir. No es algo que se pueda percibir fácilmente cuando acudimos a un centro de salud por dolencias comunes o por recetas, sino cuando engrosamos en una lista de espera de un órgano para un trasplante o cuando la vida depende de una red periférica de unidades de diálisis que nos brindan una movilidad cercana a la normalidad.

La complejidad de los servicios médicos y quirúrgicos que la sanidad nos ofrece es no sólo impresionante, sino imparable, algo consecuente a la evolución de la propia sociedad española. Ya no nos conformamos con la satisfacción de las necesidades básicas, sino que exigimos también la cobertura de aquellas posibles situaciones extraordinarias que deterioran nuestro concepto de salud e integridad individual y social. Así, por ejemplo, desde programas de prevención de enfermedades (vacunaciones, unidades antitabaquismo, etc.) hasta la aplicación de terapias sofisticadas (tomografías, trasplantes, fecundaciones “in vitro”, etc.), hacen de la sanidad una joya insaciable, que consume todos los recursos que se le dediquen.

Es posible que una gestión diferente podría lograr cierto ahorro, pero no conseguirá detener la voracidad del sistema. La mayor contención del gasto vendría dada por parte de los beneficiarios, haciendo un uso racional de las prestaciones. Y ello sólo será posible cuando se aprecie a la sanidad como un bien que a todos interesa conservar, valorando la importancia que tiene para nuestro bienestar. Es con esa finalidad donde se enmarca la propuesta de despachar las medicinas en formatos unidosis, dispensando la cantidad exacta que el facultativo estima necesaria para un tratamiento. Es una medida encaminada a conservar lo que causa admiración en países vecinos. Porque todo lo que se pueda ahorrar en farmacia se podrá invertir en cualesquiera de las “bocas” de una sanidad insaciable. Una joya cara de nuestro bienestar, pero imprescindible

jueves, 9 de diciembre de 2010

Periodismo, pero honesto

El periodismo se rige por unas normas que procuran la honestidad con el lector para ganarse su confianza. No se trata de contar aquello de lo que se es testigo o la opinión que a uno le merece cualquier suceso, como se hace abundantemente en los blogs que inundan Internet. Periodismo es algo más: es guiarse por una ética que implica estar seguro de lo que se difunde, acudir a fuentes solventes que confirman o desmienten los hechos, renunciar al rumor y la mentira, citar a personas con su previa conformidad y mantener la independencia de criterio ante cualquier intento de presión o influencia.

Ser periodista es tan noble como cualquier profesión que se ejerza desde el compromiso personal con el deber, el deber con la verdad y la razón, únicas muletas en las que debe apoyarse cualquier trabajo. Servir de vocero a la gente requiere la transparencia del espejo que refleja a esa gente curiosa su imagen y las circunstancias que les condicionan, personas que procuran conocer lo que a todos nos afecta, sin deformaciones ni prejuicios intencionados, aunque sea imposible la verdad aséptica y simple.

Por ello existen unas normas y códigos deontológicos que muchos respetan: los honestos consigo mismos y con su profesión. No pueden evitar el error, pero lo reconocen y muestran su humildad en las disculpas que nadie les exige, lo que aumenta su prestigio y lealtad con quienes les siguen en cualquier medio de comunicación.

Ser periodista no es simplemente escribir lo que pasa en nuestro entorno, como haría cualquiera, sino responder a ese imperativo de rastrear las causas que explican los hechos para que todos conozcan el porqué de las cosas. Son atributos de los que aún carece el periodismo ciudadano, ese que abunda en los blogs, donde la libertad se confunde con la irresponsabilidad y la vanidad repele a la información.

Ver: Periodismo ciudadano

Mendigos

Los huérfanos de toda esperanza, náufragos en las frías aguas del desamparo, se aferran a la miseria como única pertenencia que les es asequible y con la que combaten el rechazo de quienes les ignoran, condenándolos a la más sucia de las soledades, la que carga con el desprecio de todos los verdugos que en el mundo somos.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Fotograma, 29

El niño metió toda su infancia en una maleta de cartón para emprender un viaje vital. Allí, junto a la ropa de la familia, quedaron los años fragmentados de una niñez que acabó siendo remota, como el recuerdo de un sueño del que se duda de su existencia. Era el final de su infancia, aunque todavía no lo sabe. Fue una tarde de la que no olvida la orden del padre para que rotulara los datos postales directamente sobre la tapa de la maleta, a la que habían atado con cuerdas. Lo hizo con indecisión y ocupando un espacio ridículo en una esquina de la tapa. El padre rió y cogió el rotulador para, con letras grandes, estampar la dirección en toda la tapa. El niño no comprendía nada. Lo único que sabía es que iban a coger un avión y que estaba ansioso por sentir esa experiencia nueva. Atrás quedaría un mundo reducido a retazos incompletos que constantemente despertarían la curiosidad de lo perdido, de lo olvidado. Fue un salto en medio de la noche a otra dimensión totalmente distinta, tan diferente como la adolescencia de la niñez. Ambas se superpondrían y de ambas tuvo el niño que escoger los asideros para no perderse, para forjar su personalidad y su rumbo.

Aquella noche, al subirse al avión y mirar la oscuridad a través de la ventanilla, sintió vértigo, el vértigo a lo desconocido, tan intenso como el miedo, igual de frío y paralizante. Sus recuerdos unen ese miedo con los de una noche interminable en la que el rumor de los motores impedía conciliar el sueño y los paseos a los aseos constituían el único entretenimiento.

Pero más tarde lo sabría, conocería a donde se dirigían. Iban a un país lejano que tenía otra cultura aunque hablaran el mismo idioma. Lo supo porque tuvo que zambullirse en unas costumbres a las que le costó adaptarse. Nadie se adapta a los cambios bruscos. Ni dejar de ser niño de repente para ser hombre. Pero esas iban a ser las consecuencias. Se dirigían a un país al que toda la familia, padres y hermanas, llegarían con la inseguridad de quien se pierde en un territorio extraño. Sólo el padre parecía confiar en el destino, porque perseguía el suyo, su vocación. Y es el padre el que mueve a la familia y la traslada de un lugar para otro. El niño rememora habitaciones de hotel y la inmersión en una ciudad extraña. Son recuerdos cubiertos por las tinieblas de la noche, tan negra como el cielo que se escudriñaba desde la ventanilla del avión. La luz tardaría en aparecer, la luz del día y del futuro, un futuro desde el que el niño se retrotrae para descubrir su pasado y recuperar una infancia que definitivamente se cierra con el vuelo de ese avión que lo arranca de sus raíces. Atrás quedaría un pueblo perdido entre las montañas de una isla del Caribe que el niño se niega a olvidar.

domingo, 5 de diciembre de 2010

La opinión de un controlador

La opinión de un controlador: "Estoy totalmente en desacuerdo, y además me siento profundamente avergonzado e indignado por lo que he visto y oído en los últimos meses en la torre y en la sala de control".
http://www.libertaddigital.com/opinion/francisco-capella/huelga-de-controladores-aereos-55769/

sábado, 4 de diciembre de 2010

El menosprecio de los controladores


Cualquier atisbo de razón que pudieran albergar los controladores aéreos ha quedado anulado por la inopinada, que no improvisada, respuesta de paralizar completamente el espacio aéreo español, dejando en tierra a más de trescientos mil viajeros, rehenes de la situación. La contundente respuesta del Gobierno, militarizando de facto a los controladores y declarando el estado de alarma por la actitud irredenta de estos, ha sido secundada por la casi totalidad del espectro político y por una población que asiste entre sorprendida e indignada al pulso de unos profesionales tan cualificados que se arrogan, en un alarde de corporativismo, la potestad de menospreciar el interés público a la hora de defender sus derechos y no pocos privilegios.

Tal vez valoraran la debilidad del Ejecutivo y la delicada situación del país para conseguir sus propósitos, pero eso sólo demuestra la voluntad de un gremio en arrodillar a un Gobierno que, como fiera acorralada, ha sabido defenderse en los primeros embates del enfrentamiento. Ha sido una decisión inédita en España (Ronald Reagan también tuvo que militarizar a los controladores norteamericanos en una ocasión), aunque prevista en las leyes para casos excepcionales en que no se pueden prestar servicios a la comunidad. Y ha sido una medida extrema que tendrá consecuencias y deberá mostrar su oportunidad y eficacia. La fiscalía ya ha advertido del delito de sedición que pende sobre los que desobedezcan ahora las órdenes militares.

Sin embargo, queda por saber si se sabrá imponer, con ayuda militar incluida, la racionalidad y la firmeza ante quienes anteponen sus reclamaciones particulares, sean las que fueran, y no dudan en chantajear a la ciudadanía. Queda por ganar el pulso.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Los papeles de la vergüenza

Está causando cierto revuelo la difusión de los documentos confidenciales filtrados por Wikileaks, una página de Internet que se dedica a cumplir una de las funciones del periodismo: desenmascarar al poder, sacar a la luz lo que desea que permanezca oculto. No es que revele secretos de Estado, aunque algunos, especialmente los Estados Unidos de América, así lo consideran y emprenden una campaña de desprestigio para intentar callar a su responsable, Julian Assange, acusándolo de abusos sexuales.

Es lógico que EE.UU. esté preocupado por las repercusiones, más de imagen que por seguridad, que la revelación de las notas y documentos de su Departamento de Estado está generando. Repercusiones a causa del cinismo y la hipocresía con que se comportan los autores de los cables y memorandos hechos público, pues ponen al descubierto, no asuntos o intenciones que se ignoren, sino la mediocre y prepotente capacidad del que ocupa puestos cuya responsabilidad exigiría una preparación más cuidada que la que se desprende de la lectura de los manuscritos. Es bochornoso descubrir que la clase dirigente en la que confiamos la dirección política de la nación tenga los mismos bajos instintos hacia el cotilleo y el chalaneo que cualquier pandillero de la calle más marginal de cualquier arrabal. Y que esa preocupación por la presunta estabilidad emocional de la Presidenta de Argentina, las fiestas de Berlusconi, la altivez de Sarkozy o las ínfulas de Aznar de creerse imprescindible constituyan secretos de Estado. O que fiscales, ministros y gobiernos sean receptivos a las presiones a favor de los intereses de la potencia imperial que rige los destinos del mundo mundial, con la aquiescencia de Rusia, la sumisión progresiva al capitalismo de China y las “chinas” de Venezuela y Bolivia, simples granos que por ahora se toleran.

Los papeles de Wikileaks son simples chismes de una alta política tan bajobarriera como indecente que nos descubren a un “gran hermano” carente de ética y honradez. Muestran la labor “delicada” de los agentes del Departamento de Estado de USA para encubrir el asesinato de Couso, detectar la corrupción de Marruecos, los planes nucleares de Irán o la complicidad de Pakistán con los talibanes de Afganistán. Es decir, nada que no se sospechara de antemano y se pudiera verificar por cauces menos arbitrarios y mucho más eficaces en las relaciones internacionales.

Sin embargo, los papeles suponen también una pedagogía social al enseñarnos la verdadera naturaleza de las preocupaciones del gobernante. En ese sentido, los papeles de Wikileaks son los papeles de la vergüenza: la vergüenza ajena que causa comprobar un Poder tan chabacano y ajeno a los ciudadanos. Es algo que pone la cara colorada, como la que tiene la señora Clinton y quienes "bailan" al son de su "globalización".

jueves, 2 de diciembre de 2010

December

No es vanidad de falso políglota, sino el pensamiento que brota de pronto ante un invierno que adelanta sus días llorosos, grises y fríos, como las melodías de ese disco de George Winston, pianista americano que acaricia las teclas con una delicadeza exquisita hasta conseguir unas melodías tan íntimas y sensuales como la luz que acompaña a estos días que te obligan a refugiarte en ti mismo.

December es un disco antiguo (1982, Widham Hill Records) que se mantiene fresco cuando el invierno empieza a golpear los cristales de las ventanas con la niebla húmeda de la tristeza. Contiene la música que transporta la soledad cuando se libera de las entrañas que la aprisionan en lo más hondo del alma y se convierte en el susurro de unas notas que logran verbalizar lo que en las gargantas se hace un nudo cada vez que nos impresiona un momento, un afecto o una pena. Es December el disco que siempre me reclama cuando los días me predisponen a encontrarme conmigo mismo.

martes, 30 de noviembre de 2010

El voto del miedo

La democracia ha cubierto uno de sus rituales y ha posibilitado el cambio político en el gobierno de la Comunidad catalana. El tripartito, formado por los socialistas, los comunistas y los independentistas, ha sido desalojado del poder por la formación nacionalista, cristiana y conservadora de Arthur Mas, el delfín que puso Jordi Pujol cuando abandonó la presidencia de la Generalitat tras haberla ocupado exclusivamente desde la instauración del Estado de las autonomías.

Los catalanes han castigado a un gobierno sumido en el desconcierto por una crisis económica y política, que no supo trasladar a los ciudadanos una imagen de unidad en su gestión ni capacidad para hacer frente a los múltiples problemas generados por ambos factores: paro y un sentimiento de agravio por un Estatuto “pulido” en el Congreso de los Diputados y el Tribunal Constitucional.

Cataluña no se ha librado del vendaval conservador que la crisis está generando en todo el continente y, en ese sentido, las elecciones catalanas podrían leerse como una tendencia que se repetirá en los comicios municipales y generales próximos. Mucho tendrían que cambiar las circunstancias para que ello no suceda. De ahí que el Partido Popular hable con regocijo de “cambio de ciclo”, dando por sentado el aspecto cíclico de la intención de los ciudadanos a la hora de confiar el voto, y no en la adhesión a ideologías y programas partidistas.

Y sobre la sensación de menosprecio identitatrio, las peleas dentro del tripartito han beneficiado no precisamente a la opción más independentista del mismo, sido al posibilismo por parte de gestores conservadores más pragmáticos y realistas como los de Convergencia, preocupados antes de conseguir recursos que por términos políticos carentes de contenido.

El PP se ha visto beneficiado de esta vorágine y ha sabido movilizar a su electorado hasta convertirse en la tercera fuerza del Parlamento catalán, en detrimento de opciones aparentemente más cercanas a la realidad catalana, a pesar de las campañas y recogida de firmas que ha protagonizado contra intereses catalanes y de haber sido el causante del recorte del Estatuto por su recurso al Constitucional.

El PSOE ha sufrido la mayor debacle que, no por esperada, ha sido menos traumática en unos comicios catalanes. Le ha perjudicado una coalición que lo ha escorado hacia posiciones maximalistas y que ha generado una continua disputa entre los socios, y una desconfianza hacia la “marca” que acusa el desgaste del gobierno socialista en todo el país y las medidas impopulares que ha debido adoptar para hacer frente a una crisis financiera mundial.

Ante todo ello, los catalanes han optado por lo conocido y seguro, y se han decantado por aquellas opciones que, en medio de las tribulaciones, preconizaban conservar lo propio con una llamada al cambio. El miedo a perder casi de todo (ante el emigrante, ante el Estado y ante la crisis) ha decantado el voto.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Tormenta

Nubarrones grises, como la tristeza, cubrieron los cielos de malos presagios. Los animales corrieron a refugiarse en sus madrigueras al percibir la electricidad que se respiraba en el aire, mientras los árboles removían sus ramas con el frenesí descabellado de un espasmo. Ningún ser vivo fue indiferente a los avisos de una tierra enfurecida, salvo los hombres que levantaron sus viviendas en antiguos cauces cicatrizados. Cuando volvieron a supurar, la tormenta había desplomado toda su infamia hasta arrasar todo obstáculo. Fue un diluvio contra la soberbia humana que un débil rayo de sol hizo renacer desde la catástrofe

El mañana empieza mañana

El domingo se celebran las elecciones catalanas y, en un ambiente de desánimo generalizado como el que padece España, constituyen una ligera esperanza para salir de la parálisis que nos tiene agarrotados. Significan una posibilidad, dentro de la limitada oferta, de elegir entre el conformismo o la recuperación del optimismo colectivo, de iniciar el recorrido para un cambio de rumbo. En cualquier caso, será el momento de ejercer la potestad como ciudadanos en sociedades libres de cuestionar la resignación y la falta de proyectos de unos dirigentes superados por las circunstancias. Porque elegir en democracia no es un ritual anodino, sino la llave que nos permite abrir –o cerrar- las puertas a un mañana que puede empezar mañana. Es hora de actuar con responsabilidad.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Fotograma, 28

Las peleas de gallos eran la expresión de la violencia, el mal engalanado por la salvaje belleza de animales enfrentados a causa de la codicia humana, el deleite sanguinario de púas concienzudamente afiladas para el sufrimiento y el beneficio de la apuesta. El niño siempre temió a los gallos, incluido el destinado a servir de alimento que habitó una jaula en el patio de la casa; temía la espoleada fiereza y su capacidad de matar como cualquier asesino con un cuchillo. Sentía un asco repugnante de aquellas crestas rojas, hinchadas de sangre, que coronaban las cabezas de unas aves entrenadas para el combate, y sentía aversión por unos espolones expresamente afilados para clavarse y acuchillar la piel del contrincante. Odiaba a esos nerviosos animales capaces de oler su temor, de envalentonarse ante su miedo y que no dudarían en atacarlo si los hubieran soltado. Sin embargo, aquella era la distracción de los mayores, el horrendo pasatiempo de los acostumbrados al dolor inevitable, a la impiedad de un mundo que hay que domeñar y aprovechar para sacarle partido. Los gallos estaban para eso, para verlos sufrir y obtener algunas ganancias. Como el vivir, como todo, sin cuestionar nada. Sólo el niño repudiaba tanto dolor y sinsentido, tanta injusticia gratuita, tanta maldad como la que reflejaban unos ojos inquietos que fijaban alternativamente la vista de aquellos gallos cuando te miraban. Un repelús que eriza la piel con sólo recordarlo. Era la degradación de una pelea que se contagiaba a los hombres en su manipulación interesada de la fiereza de un animal. Nunca el niño pudo soportar ninguna pelea, ni de gallos.

Otra mirada a la crisis

La crisis financiera de 2008 está sacudiendo las economías de los países y los valores de los ciudadanos. Parece que todo se esfuma, como el trabajo, por causas que nadie todavía ha acertado a explicar en detalle y comprensiblemente. El rechazo del Estado en pro del mercado de las últimas décadas no es cuestionado por ningún responsable político ni por los propios perjudicados de una sociedad dirigida exclusivamente con parámetros mercantiles. “¿Qué habría que hacer para aliviar el sufrimiento y las injusticias que padecen las masas urbanas trabajadoras y cómo se podía convencer a la élite gobernante de la necesidad de un cambio?” Este es el desafío que plantea la vuelta a una “cuestión social” que responda, sobre todo, al peligro de descomposición de la ilusión colectiva en nuestras capacidades como agentes de nuestro propio porvenir. Pero, aún más necesario, se necesita de una ética que impregne a la toma de decisiones y al debate público de una finalidad y un sentido que trascienda. Es decir, se han de procurar objetivos determinados por sus fines, no por los medios, para convencernos de que la dirección que emprendemos es acertada. Lo importante no es que tengan posibilidades de alcanzarse, sino de que creamos en ellos, que nos insuflen motivos para luchar y superar los obstáculos, nos obliguen a colaborar conjuntamente en su consecución y nos predispongan a porfiar por coronarlos.

Poseemos intuición moral y, como hijos de los griegos, podemos distinguir la diferencia entre derecho y justicia. Reconocemos que será legal, pero no es justo que los propios bancos que han provocado una crisis sean ahora los beneficiarios de las ayudas que el Estado ha de brindarles para no verse cuestionado por su voracidad financiera. Tendrán derecho, pero no es ético que empresas socorridas con fondos públicos repartan dividendos entre sus accionistas. Tales mecanismos “contables” podrán ser consecuentes de una lógica mercantilista, pero habrán de ser recordados a la hora de redefinir nuestro rumbo, para evitar cometer los mismos errores. La historia se escribe desde lo ya hecho, desde la herencia del pasado. Hemos vivido un largo periodo de estabilidad, adormecidos en la ilusión de un progreso indefinido, que ya ha pasado. Ahora hemos de corregir las circunstancias adversas, señalando nuevas metas que nos auguren un mañana mejor. Y ese futuro hay que construirlo desde lo que tenemos, porque, como decían los romanos, estamos arraigados en la historia. Edmund Burke escribió que la sociedad es “una comunidad no sólo de los vivos, sino que también forman parte de ella los muertos y los que aún no han nacido”. Debemos a nuestros hijos un mundo mejor que el que hemos heredado, pero también se lo debemos a quienes nos precedieron. Hemos de volver a plantearnos una “cuestión social” no mediatizada exclusivamente por la “rentabilidad” economicista.”Como ciudadanos de una sociedad libre, tenemos el deber de mirar críticamente a nuestro mundo”. No caer en el pesimismo, sino actuar. Es el mensaje que trascribo de Tony Judt.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Déficit democrático

Vivimos en sociedades cada día más “ligeras”. Todo es light, desde una bebida refrescante a la religión, pasando por la política y cualquier pensamiento que aspire a una cosmovisión. Reducimos a simpleza cualquier complejidad y tratamos como banal los asuntos más enjundiosos, de forma que todo sea asimilable sin esfuerzo y sin apenas prestar atención. De ahí que optemos por creencias “a la carta”, que nos sirven para justificar comportamientos sin atender a normas que consideramos que no nos conciernen. Así somos católicos sin ir a misa, votamos a la derecha defendiendo el aborto o el matrimonio gay y apelamos a lo público aún cuando llevamos nuestros hijos a colegios privados y aceptamos una economía liberal de mercado.

Renunciamos a ideologías que propugnen modelos de organización colectiva o busquen una explicación del mundo. Nos hemos convertido en consumidores, no sólo de bienes y servicios, sino también de ideas. Nos ocupamos exclusivamente de lo propio, sin importarnos lo común. Incluso cuando asistimos a manifestaciones, lo hacemos movidos por fragmentados intereses particulares que no conducen a ninguna meta colectiva. Se produce lo que Tony Judt define como “déficit democrático”: el desinterés que los ciudadanos muestran acerca de lo público y la política.

La poca valoración de los bienes públicos, la tendencia hacia la privatización de los espacios, recursos y servicios públicos y la resignación por la inclinación de los jóvenes a desentenderse de todo lo que consideran ajeno, lleva consigo una disminución constante de la participación cívica en la toma de decisiones públicas. Esa indiferencia contribuye a una falta de control del gobierno para actuar con honestidad, generando excesos autoritarios, puesto que si no nos molestamos en expresar nuestra opinión, no deberá sorprendernos tampoco que nadie nos escuche.

Emerge entonces una cada vez más voluminosa abstención reacia a acudir a las urnas, que desprecia a las personas y no respeta a las instituciones que todos nos hemos dotado para resolver las necesidades comunes. Una abstención que deja en manos de una minoría la adopción de acuerdos trascendentales, como la forma de gobierno que deseamos, y posibilita la fácil orientación de su apoyo a los dictados de un poder que se beneficia de la anomia social. La propaganda y el marketing electoral nos convierten en consumidores, no sólo en cuestiones económicas, sino también políticas, de lo que es fiel reflejo el grado de abstención, índice de nuestro déficit democrático.

Luego nos lamentamos del deterioro y buscamos culpables sobre los que descargar nuestra ira sin percibir que hemos sido responsables, en gran medida, de aquello que los cínicos describen como "tienen lo que merecen".

"Algo va mal", Tony Judt. Taurus editorial.

viernes, 19 de noviembre de 2010

¿Es posible conocer la realidad?

¿Estamos convencidos de saber lo que pasa? ¿Tenemos capacidad para conocer lo que sucede a nuestro alrededor? ¿O vivimos bajo la ilusión de una realidad presentada de forma que podamos entenderla? Hacerse estas preguntas es empezar a dudar de cuánto damos por cierto en el mundo de la información.

Los medios de comunicación son, para la inmensa mayoría de la población, la única fuente de conocimiento. Tan exclusiva es la vía y llega a tanta gente, que se denominan medios de comunicación de masas, multitud de personas que accede a una realidad narrada, contada por unos medios que “elaboran” la realidad para que sea asimilable. No se trata de una precisión lingüística: elaborar es como cocinar un alimento, del mismo modo que los hechos se presentan de tal manera que podamos entenderlos. Así es como podemos conocer la realidad.

Sin embargo, la realidad que nos reflejan los medios es una realidad fraccionada, inevitablemente parcial. De toda la información que reciben, seleccionan la que consideran de “interés” a sus lectores y a su línea editorial. No tienen espacio ni tiempo para abarcar la totalidad de lo que sucede. Por ello, incluso sin voluntad de tergiversar, nos predisponen a interesarnos sólo por algunas cosas concretas. Es por eso que muchos consideran que los medios no obligan qué pensar, pero sí sobre lo que debemos hacerlo.

Ese “poder” de los medios para mostrarnos una porción de lo que ocurre los convierte en “autentificadores” de la realidad. No es una facultad pequeña porque todo lo que los medios no recojan, no existe. Conocemos y damos importancia a lo que los medios nos muestran y según la amplitud con que nos lo presentan. Pero ello siempre será una información parcial, simplificada y, en algunos casos, espectacularizada. Es decir, no sólo construyen una agenda de lo que debe interesarnos, sino que además la “adornan” con elementos que la hagan atractiva y fácil de consumir. Están obligados a ello para destacar en un mercado en el que compiten con otros medios.

Sin ánimo de manipular, los medios están supeditados a factores que mediatizan la información. La mayoría de las agencias de noticias son norteamericanas y europeas, y facilitan una visión del mundo desde cánones occidentales. Contribuyen a consolidar un modo de vida, una cultura y unos determinados valores que, en cualquier caso, no son universales. Los medios forman parte del sistema.

Si añadimos a todo eso que los medios, además, están influidos por presiones políticas, económicas, publicitarias, accionariales, religiosas y sociales que, sin llegar a la censura, condicionan lo que se publica, ¿de qué modo podemos estar convencidos de conocer la realidad?

Pues sabiendo que lo que recibimos es una parte minúscula de lo que sucede y que la interpretación de lo que nos cuentan está sujeta a la subjetividad del narrador. Esas “verdades” parciales se completan conociendo todas las versiones posibles (no hay que ser usuario de un único medio) y, desde luego, decantándonos por otras vías, además de los medios, a la hora de conseguir un conocimiento más profundo de cuánto nos rodea. Aún así, la realidad no deja de ser la parte de lo real que podemos aprehender con nuestra inteligencia. Es decir, la duda que albergamos sobre el conocimiento del mundo nunca se disipará, pero alimentará nuestro afán por seguir investigando.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Tambores de la noche

A veces se despertaba con una angustia atenazada en el pecho que le hacía sentir los golpes furiosos de su corazón. Los latidos retumbaban en sus oídos como piedras que se estrellaban en un pozo muy lejano. Aunque intentaba no seguirlo, aquel ritmo parecía aumentar conforme crecía su nerviosismo.  Un temor que lo desvelaba si por un instante las palpitaciones dejaban de mortificarlo. Era cuando creía morir, aunque siguiera vivo para volver a refugiarse en su angustia. Entonces conciliaba el sueño hasta que nuevamente su corazón lo despertaba con los tambores mudos de la noche.

martes, 16 de noviembre de 2010

Disculpas

Por un tiempo, este blog ha enmudecido. La causa, cuya explicación no ha podido efectuarse hasta hoy, fue un fallo electrónico en el PC desde el que se administra, una muestra más de la vulnerabilidad y dependencia de los profanos con las nuevas tecnologías. Subsanada la avería, volvemos a unir nuestra voz al galimatías babilónico para vociferar la desesperación de una torpeza que nos limita y condiciona: somos frágiles y estamos confusos por la complejidad que nos rodea, pero buscamos una esperanza. Seguiremos relatando tanto desasosiego.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Conservar la confianza

El ambiente está enrarecido, sólo se respira desánimo y desesperanza. Contabilizamos acontecimientos que no hacen más que ennegrecer el panorama, como si el futuro hubiera claudicado a representar ese horizonte luminoso hacia el que dirigir nuestras ilusiones. Apesadumbrados, nos abandonamos a la derrota sin plantear batalla. Dejamos que nos venza una desesperación que supura desconfianza, el peor de los males, pues nos hace dudar de nosotros mismos, de nuestras capacidades, y nos instala en la inacción y la parálisis, terreno abonado para un miedo que se refleja ya en la mirada y en el comportamiento de la gente. Estamos a punto de rendirnos.

Sin embargo, no existe una causa cuya gravedad justifique semejante padecimiento, ninguna catástrofe que desate tal pánico. No se ha producido una hecatombe que haya arrasado a la Humanidad, ni una confrontación que nos hunda en la miseria y la calamidad. Todavía no se ha declarado la III Guerra Mundial que, esa sí, aniquilaría de la faz de la Tierra lo que queda de cordura, ni se ha alcanzado el agotamiento definitivo de las fuentes de energía que tanto despilfarra occidente con su nivel de vida, aunque se produzcan movimientos estratégicos para asegurar su abastecimiento.

No ha habido ninguna explosión material o desastre natural, sino que han estallado varias burbujas. Es cierto que eran esferas rutilantes cuyo fulgor nos tenía hechizados. Estábamos adormecidos con el embrujo del crecimiento ilimitado y la exuberancia financiera, un espejismo de opulencia del que cuesta renunciar.

Ahora aflora una realidad que se muestra reacia a la mansedumbre y la simplicidad, y que sólo es permeable al esfuerzo y el trabajo. Una realidad que parece imponerse a nuestros deseos con la determinación de “desafiar la importancia humana de las cosas”, como he leído en alguna parte. Se ha vuelto más compleja y difícil. Con todo, seguimos perteneciendo al primer mundo, el que goza de unas condiciones de bienestar jamás alcanzadas en el planeta, donde se reconocen derechos y prestaciones sin parangón, en el que la educación, la salud y la provisión de servicios sociales están garantizados por ley y donde la propiedad y la vida, casi en igual medida, constituyen valores sagrados de la sociedad.

Pero somos incapaces de apreciar lo que tenemos y lamentamos lo perdido. Nos hemos vuelto insensibles a lo que proporciona el bien colectivo, obnubilados por el beneficio material y la creencia de que el único sentido de la vida era enriquecerse. “Ver lo que se tiene delante exige una lucha constante”, decía George Orwell. Renuentes a esa lucha, nos mostramos aquejumbrados por un porvenir que percibimos sin el esplendor al que nos habíamos acostumbrados, con su derroche irresponsable y éxito gratuito. Y cegados por el egoísmo y el materialismo, sólo retóricamente nos fijamos en que hay personas que han sido golpeadas con mayor dureza que otras por una crisis tan previsible como su subsiguiente recuperación, condenadas a padecer un paro que humilla su condición laboriosa de ser útiles a la comunidad. Son las víctimas de un capitalismo desregulado que deja en las cunetas a todo lo que considera gasto innecesario, sea material o humano.

Son ellos, los parados, quienes necesitan de nuestro apoyo para seguir confiando en un futuro mejor, ese que no desafía la importancia del hombre, sino que descansa precisamente en su capacidad de creación para modificar las condiciones que nos atenazan. Es por ellos por lo que debemos conservar aquellas conquistas sociales que palian sus necesidades. Hay que insuflarles motivos para la esperanza porque no les dejamos abandonados en una coyuntura desfavorable. Sólo por los damnificados de nuestro irrenunciable modo de vida deberíamos mostrar una mayor confianza en el mañana, en nuestra voluntad para superar los obstáculos y alejarnos de la sensación de fracaso colectivo. Deberíamos ser realistas para evitar que el miedo nos incline a sacrificar libertades por seguridad, como muchos se prestan a ofrecer. Poner en valor lo que amortigua, en las dificultades, consecuencias aún más adversas, gracias a una tributación progresiva que financia un Estado de bienestar, incluso con recorte de prestaciones. Y, sobre todo, hay que recuperar el optimismo por una sociedad donde existe voluntad para el bien común y la interdependencia, y que procura que no todo sea mercado. Porque la riqueza no es el único objetivo en la vida, hay otras cosas por las que interesarse. Eso es algo a tener en cuenta a la hora de luchar por un amanecer menos enrarecido.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Fotograma, 27

Hay una postal que el niño nunca olvidará: la playa de Luquillo. Es uno de aquellos recuerdos que influyen en la imaginación y cuyos rasgos definitorios quedan por siempre grabados entre los repliegues del tiempo. Expresan lo que somos, hijos de un lugar y de un tiempo. Más que un recuerdo sobrevalorado por la memoria, conforman una seña de identidad que el tiempo forja en la distancia y la ausencia.


Eso era Luquillo: una playa de palmerales que el Caribe lamía con el embelesamiento empalagoso de un enamorado. En sus orillas el niño contempla un mar que nunca había presenciado y en el que juega con unas olas que lo balancean con la ingravidez de lo velado. Sumergido hasta el cuello, sin atreverse a perder pie con una tierra que no pierde de vista, el niño se deja hamacar con la imprudencia de un incauto. Se aleja en el mar hasta donde su altura le permite vislumbrar un horizonte silencioso de palmeras que bordean un litoral de espuma y arena, al que una sierra frondosa, que obstaculiza las nubes en su deambular majestuoso, sirve de telón de fondo. Allí, en medio de un mar de miedo y soledad, el niño se deja embriagar por el influjo de lo inabarcable y la frágil resistencia de lo humano, aferrado con un dedo a un fondo arenoso que podría abandonarlo a las corrientes de la temeridad.

Quizás por ello, aquel lugar paradisíaco queda cincelado entre sus imágenes como la belleza que no está exenta del peligro que siempre la acompaña y que está dispuesto a tentar a los que de dejan deslumbrar por su hermosura. Más que un destino esporádico de vacaciones, aquella playa fue un icono vital que el niño recordará de por vida y al que regresaría en cuanto la oportunidad se lo permitiera. Porque más que el sitio en sí, las sensaciones que despierta también moldean con trazo indeleble la personalidad de quien las siente. De ahí que Luquillo mantenga esa atracción podferosa entre los recuerdos del niño y perviva en su memoria como una referencia insorteable que emergerá en sus sueños. La playa de su infancia.

sábado, 30 de octubre de 2010

Protesta contra el aborto

Se ha celebrado en Sevilla un congreso “abortista” (el uso del lenguaje no es neutral) que hubiera pasado desapercibido si no fuera por el “ruido” que han originado los que están en contra de una práctica que lleva más de 30 años legalizada en nuestro país. Alrededor de 5.000 personas -según los organizadores-, ó 2.500 -en cifras del Centro de Coordinación Operativa (CECOP) del Ayuntamiento hispalense-, se manifestaron la semana pasada contra la celebración del IX Congreso de Profesionales del Aborto y la Contracepción, convocados por más de 60 colectivos antiabortistas, entre los que destacan la Comunión Tradicionalista Carlista, el Arzobispado, hermandades y cofradías de la ciudad, la Fundación de Escuelas Parroquiales de Sevilla y un amplio apoyo en los medios de comunicación local afines. Incluso se realizó una vigilia en una iglesia de la Capital a instancias de la Archidiócesis, se distribuyó una pastoral proclamando un “rotundo sí a la vida”, se realizó una adoración silenciosa en otra iglesia en “desagravio” a la afrenta, se pidió el boicot a las familias españolas contra la empresa hotelera por facilitar la celebración del congreso y se fletaron autobuses desde Antequera, Ávila, Córdoba, Granada, Jaén, Mancha Real, Pamplona, Linares, Madrid y Málaga para expresar un contundente “rechazo al aborto”, mediante lemas tales como “Sevilla, capital de la vida” o “Sevilla, contra el aborto”.

Que profesionales sanitarios se reúnan para compartir y actualizar conocimientos es harto frecuente en medicina. Incluso los que debaten sobre cuidados paliativos organizan sus foros sin que ello despierte tan duro enfrentamiento, aún cuando la proyección mediática multiplique una importancia de la que carecen en la atención de la gente. Pero esta protesta contra el aborto en Sevilla ha desbordado los límites del sentido común, aunque haya servido para conocer a cada parte, donde un grupo de 3.000 personas, traídas incluso de otras provincias, no representa siquiera al colectivo de feligreses que, dentro de la iglesia, se sienten incómodos con posturas intransigentes y trasnochadas.

El aborto es, en todo caso, una decisión difícil y extrema de la mujer, en la que se mezclan consideraciones mucho más allá de las simplemente médicas. Convergen aspectos personales, médicos, morales y filosóficos. Pero, dando por sentado de que no existe ninguna actividad humana ajena a planteamientos ideológicos, impedir lo que es una práctica a escala mundial para la interrupción voluntaria del embarazo por consideraciones religiosas sería anteponer las creencias a la ciencia. Se trata de una cuestión muy respetable en quienes, en su ámbito particular, así lo asumen. Pero tratar de imponerlo al resto de la sociedad, promoviendo todo tipo de coacciones, es intolerable. Tal actitud, además, resta autoridad a los detractores del aborto por faltar el respeto a seres adultos que difieren de ellos. Los que se dicen defensores de la vida no aceptan el libre pensamiento que surge de la inteligencia en individuos plenamente desarrollados y en plenitud de sus facultades. Parece que prefieren hacer batalla de un embrión. Nada que objetar si, en sentido recíproco, esos detractores vociferantes, con o sin máscara, respetaran a los que consideran que las células de la mórula del inicio de una gestación, en su etapa embrionaria, aún no es un ser humano en sentido legal ni biológico. Es una disquisición filosófica que se instrumenta moralmente. Y la moral sirve para guiar nuestras conductas, no para ser impuesta a la fuerza. ¿Qué usted está en contra del aborto? No aborte, nadie le obliga. Pero no impida que los demás piensen lo que quieran y actúen en concordancia con las leyes y la ciencia. Esa es la diferencia.

domingo, 24 de octubre de 2010

El personaje

Permaneció muchos años en aquel sitio, sufriendo las inclemencias del tiempo. La gente lo miraba al pasar e incluso hubo quien se detuvo a contemplarlo entre el asombro y la curiosidad. Los niños intentaron tocarlo con simpática inocencia, mientras que inevitables aviesos pretendieron hacerlo desaparecer con gamberradas sobre su figura. Así pasó el tiempo hasta que derribaron la pared y con ella el personaje que un grafitero había dibujado con absoluta perfección. Muchos lo echaron de menos: hacía más humano aquel rincón de la ciudad.

sábado, 23 de octubre de 2010

Política soporífera

A veces resulta insoportable el peso de la política sobre la vida diaria. No dudo de su importancia para intervenir en la “cosa pública”, pero que acapare la atención de una manera tan absoluta me provoca hastío, máxime cuando los comentarios y análisis procuran presentarnos una política llena de maniqueísmos y estereotipos tan trasnochada como falsa. Ni todo está tan mal como denuncian los que auguran calamidades, ni tan bien como pregonan los valedores del optimismo a ultranza. Nada es blanco o negro de forma categórica, de la misma manera que las vicisitudes de las que somos testigos son originales.

La democracia española se contempla en el espejo social como si estuviera descubriendo una forma de gobierno inimitable cuando desde Atenas hasta hoy apenas ha evolucionado de forma sustancial. El mundo está lleno de ejemplos de todo tipo de gobiernos y regímenes (parlamentarios, presidencialistas, federales, centralistas, de coalición, mayoritarios, etc.) democráticos que ya han ensayado todas las combinaciones que hacen posible el ejercicio de gobernar. Acaparar la atención con situaciones tan conocidas produce sopor, máxime cuando en el mundo existen auténticas desgracias que condenan a millones de personas a la pobreza, al hambre, la enfermedad y la muerte. Reconozco que la cercanía hace que parezcan más importantes los asuntos que nos afectan, pero una reestructuración del gabinete de Zapatero no puede ocultar la catástrofe que asola Haití con la aparición ahora de una epidemia de cólera que se llevará por delante a muchas vidas humanas ya golpeadas por un terremoto que las dejó sin viviendas y sin recursos. Que aquí suprimamos un ministerio de la vivienda, en este contexto, parece menor y jocoso si no conociéramos a aquellas víctimas y las tuviéramos presentes a la hora de exigir una reducción del gasto en cooperación. Ni que el nombramiento de Rosa Aguilar como ministra sea más relevante que las inundaciones que afectaron a una quinta parte de Pakistán el pasado mes de julio.

A veces hay que alejarse de lo propio para poder ubicarse en la realidad. Es entonces cuando con sinceridad se puede valorar con rigor lo que sucede. Se constata así que el predominio de la política interna en nuestras preocupaciones causa sopor, el sopor de una consciencia adormilada e insensible a las catástrofes que causan mayores estragos que nuestros propios padecimientos. Nos sobra egoísmo y nos falta ecuanimidad.

jueves, 21 de octubre de 2010

Derecho de réplica

Decía Scalfari, fundador del diario La Repubblica de Italia, que “periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. Ese contar lo que nos sucede está esculpido en la Constitución española como un derecho fundamental en el marco de las libertades civiles que definen a una sociedad democrática. Se trata de una garantía que pertenece a la sociedad para estar informada, en el marco del pluralismo que impregna al conjunto social, a fin de disponer de una opinión pública con capacidad para discernir, decidir y poder defenderse frente a los ataques o agravios que puedan socavar las libertades y seguridad democráticas.


Los periodistas, en particular, y los medios de comunicación, en general, se convierten de este modo en mediadores de la prestación de unos derechos, de información y libertad de expresión, cuyos destinatarios últimos son los ciudadanos. Tal labor de mediación adquiere la relevancia de un servicio público que ha de procurar el disfrute de tales derechos, sin manipulaciones ni intereses espurios. Y la premisa básica para ello es contar siempre la verdad, aún sabiendo que la verdad objetiva no existe, sino múltiples versiones subjetivas y parciales de ella. Aquí radica el primer compromiso ético del periodista: el respeto a la verdad.

De ese compromiso se derivan todas las actuaciones y procedimientos que, más allá de lo que exijan los imperativos jurídicos y legales, hacen prevalecer la búsqueda de la verdad, basada en la libertad de investigar, la honestidad de la información, la relevancia de los hechos, el contraste de las fuentes, la libertad de comentario y crítica y, en definitiva, la exhaustiva diligencia profesional del periodista, sobre cualquier otra consideración económica, empresarial, política, etc.

Sin embargo, aún cumpliendo escrupulosamente el principio ético de la verdad, como humanos los periodistas pueden cometer errores y omisiones en la publicación de las noticias. Incluso puede suceder que el derecho a la información, así entendido, pueda colisionar con otros derechos fundamentales de las personas, como el del honor, la intimidad y la propia imagen, y que están igualmente reconocidos por la Constitución. En tales casos, es tanta la protección del derecho a la infoirmación que esos otros derechos quedan supeditados a la primacía de la libertad para informar sobre hechos de relevancia social, cuya trascendencia, para la formación de la opinión pública, hace que prevalezca el interés público al particular, siempre y cuando se trate de informaciones veraces, relevantes y necesarias para el derecho a saber de la sociedad, y que los ámbitos privados invadidos tengan incidencia en la vida pública. Evidentemente, hay abusos (prensa del corazón, por ejemplo) porque no todo es información y en su nombre se cometen atropellos abominables.

Pero en aquellas otras ocasiones donde se producen errores u omisiones, el atributo a la verdad obligará a reconocer y rectificar la información ofrecida equivocadamente a la mayor brevedad y permitiendo al afectado (persona o institución) poder expresar su réplica. Esta posibilidad de enmendar yerros, inserta en el compromiso con la verdad del periodista, es lo que constituye el derecho de réplica. Se reconoce con él la probabilidad de errores a la hora de elaborar una información, pero al mismo tiempo se posibilita la capacidad de restaurarlos, dando voz a la parte afectada para aproximarnos a la verdad menos parcial de los hechos. Es un instrumento legal que disponen los ciudadanos a la hora de enfrentarse a los medios y a su poderosa influencia.

Ello debe contemplarse desde la consideración de que los ciudadanos son los sujetos de los derechos y su relación con los medios de comunicación -meros intermediarios de la información, no sus propietarios-, deberá permitir el control de los mismos, mediante el derecho de réplica y rectificación, amén de los mecanismos que las leyes dispongan al efecto. Más que una cortapisa, es una oportunidad del periodismo para complementar la información y aproximarse a la verdad: único compromiso del periodista. Y una exigencia de los lectores.

martes, 19 de octubre de 2010

La saturación informativa

La “infopolución” y la trivialización de la información se consigue con el exceso de noticias e información que aparentemente tenemos a nuestra disposición. Es una forma de dominación que el sistema ejerce sobre nosotros, consciente de que la mayoría nos conformamos con leer titulares sin investigar las causas profundas de los problemas. La consolidación del imperio de los googles y las wikipedias, pero también de los medios de comunicación en general. La mayoría de ellos busca la masa, al público inmenso e indiferenciado que consume información con la misma pulsión con que adquiere cualquier otro producto: consumo.

La información, en vez de aportar datos y criterios razonados de comprensión, ofrece espectacularización, se convierte ella misma en espectáculo, adelgazando hasta la simplificación los hechos y construyendo mensajes emotivos que buscan conmover, no convencer con el raciocinio. De esa manera pretendemos conocer el mundo, a través de pantallas audiovisuales que nos deslumbran con imágenes brillantes que no requieren una actitud activa de asimilación, sino simple contemplación pasiva y desocupada. El triunfo de la imagen sobre unos textos que, de existir, han de ser breves y concisos. No hay investigación y estudio, sino mera recopilación de datos repetitivos hasta la saciedad a través de las redes, sin confirmación ni contraste en fuentes fiables.

Con ello elaboramos un simulacro de la realidad, una versión naif de lo que sucede para calmar nuestra curiosidad superficial por el entorno. Si todos ofrecen lo mismo, se acude al espectáculo para competir, para captar la atención. Lo importante, entonces, no es el delito cometido, sino los personajillos que están implicados y las caras compungidas con que acuden a los juzgados. Adquiere relevancia lo superfluo y banal, no las causas que interesan a la sociedad para evitar y solucionar los problemas.

Lo grave es que estamos tan habituados a esa “estandarización” de la información que creemos que es información, no manipulación. Posiblemente no sea intencionada, sino derivada de la cultura de masas en la que estamos inmersos, pero es igual de embrutecedora que la más obtusa de las censuras. Es infopolución y es tóxica. Nadie puede escapar de esa saturación informativa, pero se puede ser consciente de sus efectos, abriéndonos a la pluralidad y ampliando lecturas.

El ánimo del premio

No se hacen las cosas para recibir el reconocimiento de los demás, sino por el hecho de cumplir con tus obligaciones con honestidad y el mejor desempeño posible. Y eso, precisamente, es lo que a veces valoran quienes descubren tu trabajo: la dedicación con la que intentas hacer lo correcto. No se trata de conseguir la perfección, que es imposible, sino esforzarse como si se pudiera alcanzar. Y esa pretensión es lo que premian los demás al reconocer tu trabajo con algún galardón, siempre inmerecido. Sin embargo, más que el premio entre compañeros, lo halagador es el espaldarazo simbólico que un fallo así te insufla para continuar desempeñando tu tarea con una ilusión renovada. Es como el abrazo que te anima a seguir trabajando como lo vienes haciendo: con honestidad y el mejor desempeño posible. Y aunque no era necesario para cumplir con tu obligación, queda el agradecimiento sincero a los que se han detenido a valorar lo que haces. Muchas gracias.

miércoles, 13 de octubre de 2010

La Mezquita del obispo

Cuando se aburre uno de discutir sobre el sexo de los ángeles y las razones por las que un ser creador, omnipotente y con total benevolencia, consistiera la existencia del mal en el mundo, dejando que niños inocentes sufran y mueran por violencia gratuita o enfermedades, se busca entonces una nueva excusa para entretener el tiempo y alimentar divagaciones tan relevantes para el común de los mortales. Antes que esclarecer cómo se compadece una sociedad de clases y un sistema económico capitalista, tan contrarios a la igualdad y la humildad que se pregonan, con una iglesia que se dice de los pobres, se preocupa, en cambio, en expresión de su máximo representante en la Diócesis, por unos letreros. Antes que reivindicar la equidad y la justicia en las relaciones humanas, se centra mejor en pretender cambiar nombres. En vez de contribuir a combatir el hambre y el sufrimiento, denunciando las causas que los provocan, propone como más prioritario modificar unos carteles. Cuando nadie comulga con estulticias que desangran el rebaño, viene un pastor a exigir nuevos rótulos. Cuando las moscas del sopor revolotean en la conciencia de quien piensa que no existen otros problemas, barruntamos estolideces para matar el tiempo. Eso nos lleva a cualquier cosa menos a respetar la identidad de una construcción y atender a los problemas de los coetáneos, semejantes al prelado en su condición humana, no a su plácida vida. Cuando el mundo entero conoce a la Mezquita de Córdoba por lo que es, como el más bello tesoro de la época Califal en la península ibérica y Patrimonio Cultural de la Humanidad, el señor obispo, Demetrio Fernández, quiere cambiar los rótulos para que adviertan que en medio de aquel oasis de 1.300 palmeras de mármol, jaspe y granito y los arcos de herradura que los unen, se halla incrustada la Catedral de la Asunción de Nuestra Señora, porque para eso se hizo la reconquista, para derrotar al enemigo y borrar su identidad, su nombre. Y cuando nadie hace caso a la invectiva, aduce que el objetivo era levantar la polémica. Ignora el prelado que el revuelo ha crecido no por la innecesaria propuesta, sino por cómo pierden el tiempo tales eminencias.

martes, 12 de octubre de 2010

El silencio de la soledad

Le temblaban las manos y las piernas apenas podían arrastrar su peso, pero seguía levantándose todas las mañanas a preparar el desayuno. Los ruidos en la cocina delataban su presencia. Su boca había claudicado al silencio. Un silencio que nacía en su interior y le acompañaba durante todo el día, incluso después de cerrar la puerta y acudir a la unidad de estancias diurnas. Allí pasaba las horas junto a otros como él, en uno de los butacones del salón, y sin pronunciar palabra. Permanecía ausente y con la mirada perdida en sus recuerdos. Sólo al regresar a su casa los golpes en la cocina, antes de acostarse, volvían a anunciar la existencia del inquilino silente y solitario. Cuando la policía entró en el piso, lo encontraron tendido en su cama y con la boca abierta, como si hubiera intentado hablar algo. La muerte respetó el silencio de su soledad.

domingo, 10 de octubre de 2010

Fotograma, 26

En los surcos de la memoria están las fiestas patronales. Aunque corresponderían a varios años, el niño las recuerda como si únicamente fuera una la que disfrutó en su infancia. Eran días de emoción y nervios para subir en aquellas atracciones mecánicas que le atraían tanto como miedo le despertaban. Horas de curiosear el montaje de las máquinas en la calle de la Alcaldía y en la plaza del pueblo. Visitas al Alcalde, un familiar del que no recuerda nada, salvo este hecho, para que le regalara entradas gratis. Y el vértigo de la noria, cuando al fin decidía subirse a unos asientos cuya única seguridad era una barra horizontal para sujetarse, y que se balanceaban hacia atrás y adelante, con los pies prácticamente colgando al aire. El niño miraba aterrorizado al encargado de hacerla girar, gracias a una manivela que manipulaba como si fuera un freno de mano que transmitía el movimiento del motor a través de unos cables de acero al cuerpo de la noria. La altura de la máquina y el ruido del ambiente empapaban al niño en un sudor frio que, cuando permanecía parada en lo alto, le impedía mirar hacia abajo ni hacer ningún movimiento que hiciera balancear el asiento, como hacían sus amigos.

En la misma calle ponían el tiovivo, los caballitos, donde se subía para cabalgar a lomos de los más grandes, los que estaban situados al exterior de la plataforma y cuyo manso subir y bajar le proporcionaba una seguridad que en la noria no encontraba. Si en una se encontraba serio y miedoso, en la otra hallaba la risa y la confianza para montar y desmontar del caballo en marcha, jugando con sus hermanas, y evidiando a los encargados de la atracción subirse y bajarse de ella mientras giraba.

Pero la atracción que más le fascinaba era el “gusano loco”, una especie de coche de choque que giraba sobre unos raíles ondulados y que se cubrían con una capota durante el viaje. La velocidad de giro provocaba una fuerza centrífuga que impulsaba a los ocupantes hacia el exterior y obligaba a agarrarse con fuerza para no aplastar al que ocupaba la posición externa. La capota añadía emoción a una diversión que el niño disfrutaba con la alegría propia de la edad.

Con todo, en el niño permanece, más que la diversión de las distintas atracciones, su montaje. Desde la puerta de su casa veía sobresalir la noria en la esquina de la calle y escuchaba todo el ajetreo en las noches de fiesta. Pero los días previos, cuando llegaban los camiones y comenzaba el montaje de los aparatos, el niño deambulaba entre aquellos operarios ocupados en atornillar elementos y elevar las máquinas. Se entretenía en ver desembalar los caballitos y los asientos de los cacharritos y cómo se iba construyendo, cual mecano, toda la atracción. Incluso cree recordar que le invitaron a subir durante las pruebas de las máquinas. Eran las fiestas patronales de su pueblo, del que no sabe siquiera a cual patrón festejaban. Pero recuerda que todos los años se celebraban para darle la oportunidad de embelesarse con una actividad que rompía la monotonía de los días y llenaba las noches de música y luces de colores. Retiene la felicidad de aquellos días.

Patrimonialización de lo público

Hay que regenerar la política española, aunque no es un mal exclusivo de nuestra democracia, de tal manera de que no sólo sea transparente y honesta, sino que lo parezca -como la mujer del César-, en cualquier ámbito de la Administración. Porque el problema no es la política como actividad, necesaria para gestionar los asuntos públicos, sino la permanencia indefinida de los representantes de las distintas opciones que terminan creyendo que jamás serán desposeídos del cargo. Ello conduce, más tarde o más temprano en función de la integridad moral de cada cual, a establecer relaciones endogámicas que forman el abono nutritivo donde crece la corrupción. Hay que evitar la `patrimonialización´ de lo público, obligando a una temporalidad en el ejercicio del servicio público, en cualquier nivel. Ningún cargo electo debería estar más de 2 ó 3 mandatos (sería cuestión de que los partidos decidieran cuánto tiempo) en un mismo destino (concejal, alcalde, diputado provincial, congresista, senador, ministro, presidente del Gobierno, etc.). Tal medida permitiría la realización de los proyectos programáticos (pues lo que no se consiga en 8 ó 12 años es que no se puede hacer) y obligaría a una renovación del banquillo que descartaría la profesionalización del político en su poltrona.
Paralelamente habría que tender a destetar de las ubres del Estado a todas las instituciones que tuvieron, en el establecimiento de la democracia, necesidad de ayuda –económica, fundamentalmente- para enraizar su actuación pública. La democracia española tiene ya suficiente recorrido como para que sus instituciones se valgan por sí mismas, atrayendo la participación y el compromiso ciudadanos como único sostén. En este sentido, no sólo los partidos políticos deberían estar sufragados con las cuotas de sus afiliados, sino que los sindicatos y entes religiosos –por citar ejemplos distintos y distantes, pero subvencionados- deberían serlo también con las de sus socios y feligreses. Toda esa maraña de dependencias debería desenredarse para que las cuentas públicas no condicionen la imprescindible independencia de quienes deciden voluntariamente prestar un servicio, material o espiritual, a la comunidad, sin más compromiso que el interés general y la transparencia de intenciones. Tales medidas, limitación de mandatos y eliminación paulatina de subvenciones, convertirían a la democracia española en un sistema político abierto y fiable que facilitaría el crédito de los ciudadanos en sus instituciones. La madurez de éstas se alcanzaría con esa regeneración democrática que las libere de tanto clientelismo, germen de la corrupción.

sábado, 9 de octubre de 2010

El "compi"

Apenas durmió por el nerviosismo con que afrontaba cualquier alteración en su rutina. Llegó temprano al edificio y tomó el primer café escrutando, entre sorbo y sorbo, el ambiente. Nada era igual a lo que había conocido hace años. Se sentía extraño e invisible entre una multitud que parecía no notar su presencia. Fue el primero en acceder a un aula todavía vacía y escogió un lugar de las primeras filas. Por fin había decidido realizar la carrera que no pudo estudiar en su juventud y estaba expectante del primer día de clase. Los compañeros lo confundieron al principio con el profesor, saludándolo y guardando silencio mientras abarrotaban la estancia. Pronto se acostumbraron a su presencia canosa en medio del bullicio juvenil. Al final de curso había entablado amistad con muchos de aquellos muchachos más jóvenes que sus propios hijos. Aunque no aprobó, un sarampión de rebeldía había vuelto a brotar en su mirada del mundo. Se había convertido en un “compi” entre los universitarios. Fue lo que más satisfacción le produjo. Por eso no dudó en volver a matricularse el año siguiente. Estaba dispuesto a rejuvenecer.

viernes, 8 de octubre de 2010

La tradición

Referirse a la tradición es apelar a una categoría temporal, presentar como verdad lo que permanece inmutable en el tiempo, aceptar aquello que se hereda de una generación a otra, sin más razón que su continuidad. Muchos aspectos de nuestros comportamientos y hábitos descansan en la tradición, porque así se han hecho siempre, sin discusión. La cultura encierra un gran componente tradicional que se transmite de forma oral, si es cultura popular, o de forma escrita, estableciendo normas y reglas, si forma parte del discurso de autoridad.

Los antiguos cantes de labradores, en los que se quejaban de sus condiciones de vida y trabajo, pasaron a formar parte del flamenco como expresión cultural de la sociedad. Ya no se cantan durante la faena para entretener el sufrimiento, sino en teatros y conciertos como espectáculos culturales regulados cual actividad mercantil. Lo de siempre, la queja como desahogo, ha devenido en objeto de culto artístico. La tradición, en este caso, ha servido para anular el elemento transgresor inicial e integrar el flamenco como parte del sistema de valores (culturales) de nuestra sociedad. Es un ejemplo de tradición dinámica, si me permiten el oxímoron, que amortigua y absorbe los elementos disgregadores.

El poder, cualquiera al que nos refiramos, utiliza y manipula la tradición para conseguir sus fines, es decir, su permanencia, si observa que así obtiene mejores resultados que con otras medidas coercitivas o punitivas. La obediencia ciega a los padres, por ejemplo, es considerado un deber indiscutible que los hijos han de acatar por el peso de una tradición secular incuestionable. Sin embargo, este modelo de familia tradicional está siendo, hoy día, sustituido por otro basado en el reconocimiento de derechos a todos los componentes familiares, incluyendo a los hijos. Éstos gozan en la actualidad de una especial protección, amparados por la Constitución española. De ahí que, incluso, pueda retirarse la custodia a padres cuyo deber como tales no se adecua al obligado cumplimiento de todos esos derechos legales. El Estado puede, por propia iniciativa y sin denuncia previa, actuar contra padres que no velan por sus hijos. Eso es algo incomprensible desde el punto de vista tradicional, cuando por razones de pobreza podíamos mandar a trabajar a los niños para que ayudaran en la economía doméstica, obviando su derecho a la educación. Hoy día, no respetar este derecho posibilita la emancipación del menor respecto a la tutela autoritaria de unos padres que no atienden sus obligaciones. En este supuesto, la tradición ha sido quebrantada para beneficiar a los más indefensos: los hijos.

La tradición puede ser, por tanto, instrumento de opresión o emancipación. Invocarla como suprema autoridad para la verdad es tan cuestionable como cualquier otro argumento basado en el fanatismo. Las sociedades evolucionan respondiendo a los problemas con los instrumentos nuevos de que dispone. Y lo que hoy es verdadero, mañana puede ser falso. Comprenderlo es posicionarse para seguir avanzando, descubriendo nuevas posibilidades. Con raciocinio y juicio crítico. Sin miedo a la tradición.