martes, 31 de enero de 2017

Las almas enfrentadas del socialismo


El socialismo es una ideología de izquierdas que persigue la transformación de la sociedad, la construcción de un nuevo orden social, mediante una equitativa redistribución de la riqueza y una política fiscal progresiva, un diferente modelo productivo enfocado al interés general antes que al lucro personal, un papel más decisivo del Estado que controle y regule la actividad económica, y una mayor igualdad entre todos los ciudadanos, sin distinción de ninguna clase. Aparte de los aspectos teóricos e intelectuales, esta ideología responde a una aspiración humana, tan antigua como la propia Humanidad, especialmente de las clases más desafortunadas, tendente a un cambio en las relaciones sociales y económicas que permita una mayor justicia y equidad en la tenencia y disfrute de la riqueza nacional, y garantice a todos los hombres una vida libre, feliz y plena.

Se trata, pues, de un movimiento revolucionario o reformista que se produce por la conexión con la realidad social y política, de la que surge el cuestionamiento socialista de esa realidad y la esperanza de un futuro mejor. Nunca ha sido un  movimiento compacto, sino que ha dado lugar, desde sus orígenes, a doctrinas y corrientes diversas, según el acento valorativo que se hiciera de los cambios a conseguir hacia esa sociedad más justa. Ello motivó la brecha con los movimientos comunistas que se desgajaron de la Internacional Socialista y fundaron la III Internacional o Internacional Comunista. Sus diferencias eran palpables: el socialismo, para Marx y Engels, persigue la socialización de los medios de producción, en la que “cada cual trabaja según sus aptitudes” y “recibe según su rendimiento”. Los comunistas, en cambio, persiguen combatir la desigualdad humana con medidas igualitarias y efectuando la distribución o retribución según las necesidades de cada cual, no por su rendimiento. Desde estas primeras diferencias, y aún desde antes, las almas de estos movimientos políticos están en conflicto y divididas, aunque el fin que persiguen sea idéntico: liberar al ser humano de las condiciones materiales que imposibilitan su desarrollo y realización personal.

Ya me referí a ello en otra ocasión, en relación con la crisis por la que atraviesa el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), pero otra vez hay que volver a recordar esta dinámica cainita, en la que no cejan los socialistas de cualquier tiempo y lugar. No es que se hayan solventado los problemas del socialismo en España, sino lo contrario. Más bien se recrudecen con la confirmación del último secretario general, Pedro Sánchez, forzado a dimitir hace pocos meses, de presentarse a liderar el partido si su candidatura es apoyada por la militancia en las elecciones de primarias que han de celebrarse antes del verano. Un excolaborador suyo, el histórico dirigente socialista del País Vasco Patxi López, también se presenta a primarias para conseguir la reunificación bajo su dirección del agitado partido socialista. Y la gran favorita del “aparato”, la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, sigue jugando con los tiempos y los mensajes subrepticios para, en el momento que considere oportuno, hacer una presentación estelar de su propia candidatura con el fin de “coser” los desgarrones del socialismo español. ¿Cuál es la diferencia entre ellos? Sólo táctica, pero responde a esas almas enfrentadas del socialismo de cualquier época y lugar.

Un trauma que también afecta a los socialistas franceses, que acaban de elegir al rebelde militante y exministro Benoit Hamon como candidato a la presidencia de la República de Francia, en vez del ex primer ministro (que dimitió del cargo para competir por el Elíseo), Manuel Valls. A ambos socialismos, francés y español, pero también al inglés, portugués y otros muchos, les atormenta un alma enfrentada en esas dos sensibilidades que cohabitan en el ser socialista: la radical-revolucionaria, siempre crítica con la “desilusión en la realización”, que persigue cambios drásticos (“no es no”, fin de la austeridad, nacionalización de empresas estratégicas, más regulación de los mercados, etc.), y la socialdemócrata, revisionista, a la que se acusa muchas veces de ser el “médico del capitalismo” por su afán reformista y de simple mejoramiento de las condiciones sociales y económicas de la sociedad. De ahí que, tanto en Francia como en España y en todas partes, el debate interno del socialismo siga girando en torno a estas dos sensibilidades que pugnan por representar el auténtico ideal socialista, aunque ambas hace tiempo que renunciaron el objetivo inicial de socializar los medios de producción.

En los países industrializados occidentales, en los que el movimiento socialista se ha integrado en el andamiaje político y gobernado en casi todos ellos durante mucho tiempo, nuevos problemas y viejas carencias obligan a replantearse estrategias y recetas que renueven la confianza de los ciudadanos y el voto de los simpatizantes y militantes. Pero para ello encuentran dificultades insalvables que condicionan las distintas oscilaciones del mensaje socialista. O rompen con el discurso preponderante, con lo cual se alinean con las nuevas formaciones rupturistas y populistas que agitan el descontento y el rechazo social, corriendo el riesgo de ser engullidas por ellas, o mantienen su identidad, facilitan la gobernabilidad y posibilitan unas reformas que suavizan las condiciones sociales y económicas que asfixian a los ciudadanos. Ruptura o reforma caracterizan una estrategia de otra, una orientación y un modelo de otro dentro del mismo pensamiento socialista. Ello viene siendo así desde las antiguas utopías de economía comunal de la época helénica, incluso desde el mensaje del cristianismo primitivo que prometía “la dicha de los pobres”, hasta los sistemas filosóficos de Thomas Moro, Saint Simon, Fourier, Marx y Engels, entre otros. Todo ello, además, está condicionado por el desarrollo económico, cultural y social de cada país y en cada época, a lo que se añade, por si fuera poco, las nuevas preocupaciones por el ecologismo, el feminismo, las crisis migratorias, las guerras del entorno, las nuevas tendencias hacia el aislacionismo comercial, la cuestión religiosa y hasta el precio del petróleo en un momento dado.

Se decante por lo que se decante, el socialismo no puede, pues, sustraerse de su alma dual enfrentada que mediatiza, generando aceptación o rechazo, cada una de sus decisiones. Justamente, lo que estamos presenciando en la actualidad, tanto en Francia como en España, Inglaterra, Alemania y otros lugares, y de lo que surgirá un socialismo tal vez menos influyente pero igual de esquizofrénico, precisamente cuando más necesaria es su voz para defender a los más necesitados y castigados por las políticas neoliberales que aplica la derecha sin ningún rubor y que contribuyen a aumentar las desigualdades existentes en la sociedad.

sábado, 28 de enero de 2017

Posmodernidad, posverdad, postodo

Vivimos una época de incertidumbres, de desengaños y de enorme desconfianza hacia todo aquello que antes nos parecía sólido –en expresión prestada del escritor Muñoz Molina- y nos proporcionaba seguridad. Hoy en día, la frustración y el descreimiento son actitudes que enseguida surgen ante cualquier verdad, cualquier institución o cualquier iniciativa. No nos creemos ya nada y todo lo ponemos en duda. Y tenemos mucho miedo. Miedo a todo. Si algo caracteriza a la sociedad contemporánea posindustrial es la vivencia del miedo, miedo a perder lo poco que conserva ésta de dique contra el infortunio, en cualquiera de las formas en que suele presentarse: material, moral, físico, etc. Vivimos con miedo al futuro, que no sabemos qué nos deparará; miedo al líder que nos promete la luna, pero exige a cambio sacrificios y pobreza; miedo al “otro”, al que consideramos delincuente por ser diferente; y miedo al terrorismo, del que pretenden salvarnos constriñendo nuestras libertades. Estamos inmersos en una sociedad del miedo, un miedo que puede ser sumamente rentable a quien lo utiliza para mantener o aumentar poder, como revela el documental de la BBC, El poder de las pesadillas: el ascenso de la política del miedo*. Contribuye a fomentar esta actitud recelosa y de temor, entre otras cosas, el derrumbe de los sistemas sociales que tejían una red de protección que impedía que nos estrelláramos cuando el destino –el paro, la enfermedad, un accidente, etc.- nos empujaba al abismo. Por ello, nos hemos vuelto descreídos, quejitas y miedosos, sin asideros ni verdades a los que aferrarnos.

Este ambiente enrarecido es propio de la posmodernidad, de esta época en que la frustración es consecuencia inevitable del fracaso de aquel mundo racional que pretendíamos construir basado en el desarrollo tecnológico, la supremacía de la ciencia y la bondad innata de nuestras iniciativas y certezas. Con ellas pudimos superar el antiguo orden natural regido por Dios para elaborar otro más humano, regido por el racionalismo, sin cabida para las supersticiones o las creencias. Pero guerras mundiales, exterminio racial, campos de concentración, bombas atómicas y demás demostraciones de la capacidad humana para la destrucción y el odio nos arrancaron de ese mundo perfecto en el que imperaban la razón y la ética, con su bagaje de derechos humanos, libertades, respeto, justicia, progreso y bienestar. Pronto se destruyeron las certezas absolutas, esas verdades que considerábamos coherentes con la humanidad, con la realidad. Lo absoluto se hizo añicos y se fragmentó. Ya la razón no era absoluta, ni suficiente, ninguna verdad era absoluta, sino perspectivas fragmentadas, aspectos parciales de una realidad tan ecléctica como las distintas versiones de una melodía.

La democracia, por ejemplo, dejó de ser un sistema casi perfecto, justo y ecuánime en cuanto apareció la corrupción y la erosionó hasta extremos inimaginables que abarcaron las más altas instancias y los escalones más insignificantes: desde un Ayuntamiento hasta la Casa Real, pasando por los partidos políticos, los representantes de la soberanía popular y las instituciones. De servir al pueblo, la democracia ha devenido instrumento al servicio de los corruptos para su enriquecimiento personal. Desconfiamos de ella y de ello se aprovechan unos y otros, sean casta o populistas, que manejan nuestra voluntad a su antojo. También los mercados ningunean a la democracia en su pretensión, totalmente conseguida, de ser la única razón que todo lo mueve, todo lo consigue, todo lo compra. Los mercados dictan nuestras leyes, dictan nuestros deseos, dictan nuestros comportamientos y eligen a nuestros gobernantes, sin estar sometidos a ningún control y sin depender de ningún sufragio electoral. Es el poder del dinero, la fuerza omnímoda del Capital. Él, y no nuestra voluntad, da forma, conforma nuestras sociedades imponiendo sus reglas o sus condiciones, sin discusión y sin rechazo.

En esta época posmoderna, los hechos objetivos han dejado de ser incuestionables. Lo importante ahora es cómo los percibimos y, sobre todo, la emoción que nos causan. La conmoción (lo que mueve a la emoción) como vehículo para la formación de la opinión pública, fenómeno que explica el triunfo de un hortera, ignorante y mentiroso en la Casa Blanca. Trump es el máximo exponente de la política posverdad. Se trata de un nuevo estadio de la verdad, el denominado como posverdad, que arraiga en el presente y nos empuja a valorar las creencias más que la objetividad incuestionable de los hechos fácticos. Ponderamos como relevante la verdad sentida en vez de la verdad demostrada, revelada. Así, creemos que la inmigración nos debilita y no aceptamos el hecho de que nos fortalece, ayuda y enriquece. En este dominio de la posverdad, las ideas ya no tienen significados precisos, sino que se prestan a una sinonimia de connotaciones múltiples que amparan una cosa y su contraria. De ahí que ayudar a los trabajadores sea, de manera simultánea, facilitar el despido barato y ofrecer un contrato temporal miserablemente remunerado. O que la economía consista recortar derechos y prestaciones. Incluso que la justicia social se base en la fiscalidad del trabajo para que las rentas del capital apenas tributen, pobres crucificados a impuestos para que los ricos se beneficien de amnistías fiscales y múltiples exenciones a la medida.

Son tiempos, pues, de confusión para el común de la gente. Tiempos de incredulidad, hartazgo y desilusión, que nos llevan a pasar de todo., pero extraordinariamente provechosos para esa minoría que se hace más rica cuando a la mayoría la asfixia una crisis interminable. Tiempos en que los poderosos acumulan prebendan y privilegios cuando las estrecheces y dificultades castigan a los demás, reservándoles el empobrecimiento como único destino. En una época así no es de extrañar que se esté de vuelta de todo. Es un grado más de la posmodernidad que va más allá de la posverdad: es el postodo. Un estado de ánimo social del que se muestra indiferente ante lo que ocurre, una especie de anomia social surgida del desencanto, la apatía, la frustración. Estamos inmersos en el postodo porque todo da lo mismo. Las empresas van a lo suyo, los políticos luchan por sus poltronas, los sistemas de auxilio han de ser “rentables”, el Estado ha de ahorrar “gastos” en prestaciones y servicios, las ciudades son campos de batalla hostiles, los desconocidos son sospechosos criminales y cualquier hecho o verdad que teníamos por sólida es ahora interpretable o vacía de contenido. En un mundo así, donde cualquier mequetrefe puede sentarse en el sillón más poderoso del planeta, es más práctico, para evitar disgustos, pasar de todo, participar del postodo, la posverdad y el posmodernismo. Total, siempre nos tocará pagar los platos rotos.
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* Citado por Zygmunt Bauman en Tiempos líquidos, pág. 27.

lunes, 23 de enero de 2017

La era Trump

No queda más remedio que soportar el mandato de Donald Trump, flamante presidente de los Estados Unidos, confiando en que no permanezca mucho tiempo en la Casa Blanca. Desde el mismo instante en que juró su cargo, la sociedad norteamericana se rompía en dos sectores: los que apoyan al recién elegido y los que lo rechazan. Si eso sucedía el primer día, ¿qué no pasará cuando empiece a hacer de las suyas, tal y como ha prometido? Los optimistas están convencidos de que este bochornoso presidente no completará su primer mandato porque, tarde o temprano, dará motivos para un proceso de impeachment que lo obligará dimitir. Y los pesimistas creen que será tan grande el destrozo que ocasionará con sus mentiras y equivocaciones, a escala nacional e internacional, que la mayoría de la gente se arrepentirá de haberle votado y no lo apoyará para un segundo mandato. Sea quienes fueren los que tengan razón, no queda más remedio que asumir que asistiremos a una era Trump caracterizada por el retroceso en derechos, el retroceso en libertades, el retroceso en normas comerciales, el retroceso en política internacional, el retroceso en protección del medio ambiente, el retroceso en el respeto a las minorías, retroceso económico, retroceso cultural y retroceso en todo lo que se consideraba progreso, justicia, seguridad y equidad. Esa será, como parece, la impronta de la era Trump: retroceso en todos los ámbitos.

Su primer discurso como presidente es toda una muestra de lo que será su gobierno: populismo, nacionalismo y providencialismo enervante. El empresario multimillonario se cree ajeno a las élites y piensa que es parte del “pueblo” al que promete devolver el poder que le ha arrebatado un establishment político radicado en Washington. El “obrero” Trump representa al pueblo llano y abomina de los suyos, los ricos. Para ello, presenta una visión “distorsionada de la historia norteamericana” con la que puede identificar enemigos que justifiquen las medidas que piensa implementar: proteccionismo contra la globalización, nacionalismo contra la inmigración, supremacía blanca contra los hispanos, los negros y los musulmanes, el inglés como única lengua sin concesiones a otros idiomas, privatizaciones contra ayudas públicas, machismo y misoginia contra la igualdad en la sociedad, amiguismo contra el mérito, etc. Y como hizo durante la campaña electoral, no duda en mentir y proferir falsedades con tal de no reconocer sus equivocaciones y metidas de pata.

Así, su primer acto como presidente fue visitar a la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el servicio de inteligencia al que acusó de airear pruebas falsas de que los rusos habían pirateado el ordenador de su contrincante, Hillary Clinton, practicando una injerencia que le ha beneficiado. Incluso había comparado la Agencia con los nazis por elaborar un informe que recogía supuestos lazos comprometedores de Trump con Moscú e indicios de un espionaje con el que podrían chantajearle. De todo ello dejó constancia Donald Trump en su cuenta de Twitter. Sin embargo, ahora como presidente lo niega y acusa a la prensa de tergiversar sus palabras, como cuando acusó a Barack Obama de no ser norteamericano.

Un presidente que recurre a la mentira, al engaño, a la promesa fácil y a la manipulación nunca podrá ser un buen presidente ni una persona que merezca la más mínima confianza. Menos aún cuando su comportamiento parece movido por un ego insaciable que le hace creerse providencial, la única persona capaz de arreglar los problemas de su país y del mundo, sin tener experiencia en la gestión pública, siendo un completo ignorante del funcionamiento de la Administración, sin ningún contacto con la política real más allá de sus relaciones con la extrema derecha mediática e incapaz de rodearse de miembros cualificados para conformar su Gobierno que puedan resaltar, por contraste, su mediocridad ególatra.

Como dijo una representante mexicana en la Marcha de Mujeres que se celebró en Washington, junto a otras en Nueva York, Chicago, Boston, Atlanta, Berlín, Londres, Sidney o Ciudad del Cabo, en contra del magnate convertido presidente: “Esperemos que el mundo no retroceda 300 años con la llegada de Trump”. Eso: esperemos que la era Trump acabe pronto.

sábado, 21 de enero de 2017

Paseo por la Sevilla libresca

Antigua librería Pascual Lázaro
Aparte de sus encantos arquitectónicos, paisajísticos o gastronómicos, Sevilla también puede ser recorrida a través de sus librerías, establecimientos que luchan estoicamente por perdurar, intentando brindar ese deleite inmaterial –y también material- que sienten los amantes de los libros, a pesar de los índices de lectura de los españoles, las dificultades financieras de estos tiempos y los hábitos que imponen las nuevas tecnologías y las plataformas digitales. Demasiados frentes que obstaculizan la existencia de un sector imprescindible en una cultura menos mimada que la que atrae masas de turistas, pero mucho más necesaria para el enriquecimiento y la formación de las personas, y que se enfrenta a un futuro incierto que ya ha hecho mella en el panorama comercial del libro de Sevilla. Como tributo a esos templos culturales de los libros, algunos de antigua raigambre y otros obligadamente modernos, proponemos un recorrido por la Sevilla libresca que, sin ánimo exhaustivo, recoja, al menos, una muestra representativa de esos establecimientos que luchan por sobrevivir, desperdigados por la ciudad, y que, cual Ave Fénix, se transforman y resucitan para que el mercado del libro no perezca definitivamente.

Antes de que aparecieran las modernas franquicias y las grandes cadenas de librerías, ya existían afamadas tiendas de libros en Sevilla, en las que el lector empedernido podía entregarse a curiosear cubiertas y adquirir la obra que estuviese buscando. Eran antiguas librerías, ya desaparecidas, que satisfacían las inquietudes culturales de la época, burlando, algunas de ellas, la censura de la dictadura con la venta clandestina a seleccionados clientes de obras prohibidas o de autores en el exilio que abordaban una temática comprometida, como la Guerra Civil, la República, la Democracia, la Libertad, pero también una determinada poesía, sociología, historia y, cómo no, literatura que publicaban editoriales extranjeras como Losada, Sudamericana, Fondo de Cultura Económica, Ruedo Ibérico, etc. Eran modestas librerías, establecidas como negocios familiares, que en muchos casos simultaneaban la venta de libros con la papelería y la imprenta para ser rentables. Destacan los casos de Pascual Lázaro y Eulogio de las Heras, en calle Sierpes, Sanz en calle Granada, Antonio Machado, en la Cuesta del Rosario, Renacimiento en Mateos Gago, Olian, en Álvarez Quintero, además de Pretil, Al-Andalus, Interbook, La Araña y un largo etcétera al que últimamente se ha añadido Céfiro. De  todas ellas queda el recuerdo nostálgico en muchos sevillanos que adquirieron sus primeros libros en estos establecimientos, hoy desaparecidos, arrasados por la evolución comercial, política, económica, social y cultural de la ciudad y el país, en su conjunto.

Librería Beta de calle Sierpes
Su lugar lo ocuparon otras librerías y nuevas franquicias que modernizaron y extendieron el negocio por toda la ciudad. Librerías de barrio y librerías en centros comerciales, empeñadas en que los lectores tuvieran a su disposición los títulos que demandaban, ofreciendo un trato exquisito y un personal formado capaz de aconsejar al cliente. Tiendas que fueron especializándose en áreas del conocimiento y ampliando sus actividades con talleres de escritura, clubes de lecturas, cuentacuentos, etc. El ejemplo más paradigmático, por autóctono, lo constituye la librería Beta, Galería Sevillana del Libro, que se extendió rápidamente por la ciudad, convirtiéndose en un referente para la búsqueda y adquisición de cualquier título que no pudiera hallarse con facilidad. Fue fundada en 1978 y llegó a tener once librerías en distintas poblaciones de Andalucía, siete de ellas en Sevilla, incluida la que se ubicaba en el antiguo Cine Imperial, en calle Sierpes, tras iniciar su singladura comercial en un pequeño local de la calle Asunción, en el barrio sevillano de Los Remedios. Actualmente se encuentra en un proceso de extinción de su actividad mercantil.

Precisamente, dos de los establecimientos de Beta han sido adquiridos por otra cadena de librerías, La Casa del Libro, empresa fundada en Madrid en 1923 e integrada en el Grupo Planeta en 1992. Se trata de una librería generalista, moderna, que dispone de libros especializados y un formidable catálogo que le permite satisfacer cualquier demanda de los clientes. La única tienda que tenía en Sevilla, antes de adquirir los establecimientos de Beta, se halla en la calle Velázquez, donde cuenta con un edificio de varias plantas en las que se distribuyen los libros por temáticas. Está en un proceso de expansión por toda España, con más de 39 establecimientos abiertos al público, además de un página on line para ventas por Internet.

FNAC Sevilla
Otro sistema que ha sustituido a las viejas librerías es el de la venta de libros en grandes superficies, sistema del que ha sido pionero El Corte Inglés, la mayor tienda por departamentos de España y que cuenta con librerías en todos sus centros comerciales. Era la única gran superficie existente en Sevilla hasta que apareció FNAC, una filial de una empresa francesa especializada en la venta de artículos electrónicos, fotográficos, música, vídeo y, naturalmente, libros. Inauguró en 2007 su tienda en la avenida de la Constitución de Sevilla y, desde entonces, compite abiertamente por el mercado del libro entre su variada oferta comercial.

En este mercado competitivo del libro conviven en la actualidad librerías-papelerías, librerías-cafeterías, librerías digitales y de autoedición, librerías del libro antiguo y de ocasión y librerías especializadas que luchan por fomentar el hábito de la lectura e incentivar el consumo del libro como vehículo todavía útil para el conocimiento y el ocio. Abundan, afortunadamente, notables ejemplos de este afán casi vocacional por vender libros en Sevilla, contra viento y marea, materializados en las marcas La Extra Vagante, en la Alameda, Rayuela, en la calle José Luis Luque, Un gato en bicicleta, en calle Regina, El gusanito lector, en calle Feria, La casa tomada, en Muro de los Navarros, Anticuaria Los Terceros, en la plaza del mismo nombre, Palas, en Asunción, Repiso, en Cerrajería, San Pablo, librería religiosa en calle Sierpes, Vértice, en San Fernando, y tantas otras.

Entre todas conforman un recorrido ilustrado por la Sevilla libresca que merece la pena conocer, agradecer y conservar mediante la adquisición de ese bien tan modesto pero trascendental como es el libro, fruto privilegiado de la imprenta y de la voluntad por saber del ser humano. Quede este artículo como homenaje a quienes, tras el mostrador de todas ellas, alimentan el amor por los libros.

miércoles, 18 de enero de 2017

Meteorología espectacular


Últimamente, las secciones del tiempo de los espacios informativos han conseguido independizarse y aparecer como un programa casi autónomo que alarga su duración con el comentario de fotografías que envían los espectadores y una prolija información sobre ciclogénesis explosivas, presiones hectopascales y sensaciones térmicas que acaban confundiendo al común de los oyentes, al que sólo desea saber si hará sol, va a llover o tendrá que abrigarse. La información meteorológica ha tomado, pues, el rumbo del espectáculo, lo que lleva a muchos profesionales que ponen su rostro delante del mapa a agitar los brazos y contorsionarse como bailarines cuando señalan líneas isobaras y frentes cálidos de borrascas. O a vestirse de fiesta de fin de año para decir que en Écija va a hacer calor este verano. Estamos consumiendo una meteorología espectacular que tiende a la exageración, lo que es reproducido después por los demás medios de comunicación sin contrastar datos y sin cambiar ni una coma.

La última información meteorológica pronosticaba para hoy la llegada de una ola de frío “siberariano” que iba hundir las temperaturas por debajo de los cero grados, llegando incluso a los 20 ó 30 grados negativos en las cordilleras y montañas del norte de España. Y así ha sucedido en las cumbres. En Sevilla, como es natural, nos prevenimos con abrigos, bufandas, guantes y gorros, además de cargar con una botella de agua caliente para quitar la escarcha del parabrisas del coche, a la hora de salir a la calle. Y nos llevamos la sorpresa que hacía el mismo frío que ayer, un frío al que estamos acostumbrados en los inviernos por estas latitudes, sin que ningún carámbano “siberiano” colgara de los tejados.

Y es que las noticias sobre el tiempo suelen exagerar las condiciones climáticas habituales. Si no llueve en un mes, ya advierten de una sequía excepcional que empieza a preocupar a los agricultores y hacer mella en los embalses. Si se producen aguaceros más o menos importantes, las inundaciones que provocan en los cauces de los ríos son lo nunca visto anteriormente, desde que se tiene uso de razón, por parte de los afectados de viviendas y fincas existentes hasta la misma orilla y que han perdido sus enseres. Y si el calor aprieta algunos días en verano, será con cifras de las que no se tienen registros históricos, lo que da pie a consejos, como si fuéramos tontos, sobre cómo combatirlo: bebiendo agua y no exponiéndose al sol en las horas más tórridas del día, una información idéntica a la ofrecida el año anterior ante un bochorno semejante.

No quiero decir que toda la información del tiempo sea espectacularmente exagerada o peque de un exceso de datos y explicaciones, pero la que se ofrece por los medios audiovisuales sí tiende, generalmente, a cometer ese pecado. Espacios meteorológicos que duran más de un cuarto de hora para saber si mañana estará nublado o hará un día radiante. Mira qué fácil.

martes, 17 de enero de 2017

Obama en la Historia

El único presidente de raza negra que ha tenido Estados Unidos, Barack Obama, entregará las llaves de la Casa Blanca el próximo viernes al candidato republicano ganador de las últimas elecciones, después de ocho años de un mandato que será mejor valorado por la Historia que por sus contemporáneos. En una época, como la actual, considerada como “tiempo líquido” –en feliz expresión del filósofo Zygmunt Bauman- en que las certezas y las seguridades en las estructuras sociales han devenido flexibles, débiles e incapaces de generar confianza en los ciudadanos, a la administración Obama le está siendo negado el reconocimiento, en la hora de su despedida, por esos analistas de pensamiento “light” que exigen respuestas inmediatas y simples a problemas complejos que requieren tiempo para ser, si no resueltos, sí al menos corregidos o modificados. Cuando pasen estas prisas sectarias en las evaluaciones y los libros recojan la trascendencia de algunas de las iniciativas impulsadas por Barack Obama, en comparación con lo realizado por otras administraciones y los escándalos que las acompañaron, será cuando se perciba con más claridad lo que supuso el gobierno de este presidente afroamericano que dignificó el cargo más importante del planeta, el de presidente de los Estados Unidos de América, que él supo ejercer desde el respeto, la tolerancia y la ecuanimidad para con las naciones con las que USA mantiene relaciones (prácticamente con todas), y desde la honestidad, el celo y la justicia para con sus conciudadanos.

El día que Obama accedió a la presidencia, en enero de 2009, Estados Unidos estaba soportando los estragos de la crisis económica y tropezaba con las bancarrotas de algunas de las más importantes agencias financieras del mundo, cuyas irregularidades, abusos y avaricias ocasionaron el hundimiento de la actividad económica y catapultaron una deuda insoportable en la mayoría de los países occidentales, incluida Europa. Las medidas tomadas entonces por Obama han resultado ser más eficaces y menos traumáticas que las adoptadas en Europa, y han permitido superar aquella situación y reconducir las tasas de desempleo a cotas impensables en nuestras latitudes. En la cuna del liberalismo económico, no dudó en nacionalizar pérdidas para sanear sectores que posteriormente han respondido a las responsabilidades exigidas. Hoy, Obama deja una economía saneada y se va después de crear más de 12 millones de puestos de trabajo, sin renunciar a la competencia en un mundo globalizado ni privilegiar a su mercado e industria con medidas proteccionistas, como pretende quien va a sucederle.

La tradicional política imperialista, que ha llevado a Estados Unidos a enfangarse en guerras interminables, fue sustituida por Barack Obama con la retirada de tropas en los frentes que más bajas ocasionaban a los norteamericanos, tanto en Irak como en Afganistán. El papel de “gendarme mundial” que muchos reclaman de Estados Unidos se ha reducido a la participación militar en coaliciones internacionales para apoyar a las fuerzas leales nacionales o mantener una puntual intervención “a distancia”, mediante el ataque a objetivos concretos con drones teledirigidos. Y, fundamentalmente, a un gran trabajo de inteligencia para identificar enemigos y conocer sus planes y movimientos con precisión y, si es posible, con antelación. El ejemplo paradigmático de esta nueva política es la eliminación física del terrorista más buscado del mundo, Bin Laden, en su propio escondite, hazaña que no consiguieron ninguno de los presidentes que lo intentaron ni con el envío de la formidable maquinaria de guerra (soldados y armamento) al teatro de operaciones. De esta manera, las guerras, como la de Siria, las libran los combatientes locales implicados, con toda la ayuda indirecta que sea necesaria, sin que desembarquen ingentes contingentes de marines a involucrarse de forma activa, como era tradición desde Vietnam hasta Irak. Ello, unido a una política exterior que ha abierto el foco hacia Asia, con la mirada puesta en las potentes economías emergentes de la zona, que le ha permitido firmar importantes acuerdos comerciales que persiguen el beneficio recíproco, más el deshielo con aquellos países con los que EE UU mantenía conflictos enconados durante décadas (Cuba, Irán, etc.), revela la intención de un presidente resuelto a desactivar tensiones, abrir mercados y buscar un equilibrio más justo en las relaciones internacionales y comerciales de Estados Unidos. Revela también un presidente con sensibilidad y ánimo de empatía para ser capaz de visitar las ciudades japonesas desvastadas por Estados Unidos con la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial y anhelar públicamente, en esas plazas, el rechazo a volver hacer algo semejante, aunque sin llegar a pedir perdón, algo impensable en un comandante en jefe del Ejército más poderoso del globo.

Una nueva política exterior que no reniega a mostrar músculo militar cuando es oportuno. Durante el mandato de Obama se han desplegado cuatro batallones de la OTAN en Letonia, Lituania, Estonia y Polonia para fortalecer la presencia militar atlántica en Europa oriental, enviando con ello un claro mensaje a Rusia de no tolerar ataques e invasiones a países aliados, como sucedió en Ucrania con la anexión soviética de la península de Crimea. También completó la instalación de un escudo antimisiles, diseñado y financiado por EE UU, para repeler ataques desde Oriente Medio, es decir, desde fuera del área euro-atlántica, ampliando el paraguas protector frente a amenazas nuevas. Esta firmeza ha enturbiado notablemente las relaciones con el líder ruso, Vladimir Putin, al que sorprendentemente admira con devoción el nuevo presidente electo y con el que desea congraciarse mediante el levantamiento de las sanciones económicas impuestas por su intromisión –manu militari- en el conflicto ucranio.

Pero donde más se ha volcado Barack Obama ha sido en la política interna, intentando implementar medidas que ayuden y protejan a sus conciudadanos. Tal vez sea la reforma sanitaria la más ambiciosa de todas ellas, pues persigue garantizar la cobertura médica a millones de norteamericanos que no pueden sufragarse un seguro médico privado. La Ley de Asistencia Sanitaria Asequible -el Obamacare, como se la conoce- ha conseguido una drástica reducción del número de estadounidenses sin seguro médico, en un país donde no te operan un dedo si no pagas previamente el importe de la intervención. La misma ley contempla también el derecho de las mujeres a decidir sobre su embarazo, garantizando el acceso a los anticonceptivos como parte de la reforma sanitaria. Sin embargo, este avance hacia una sanidad asequible y universal es lo que quiere revocar desde el primer día el nuevo presidente, Donald Tremp, con plena complacencia del lobby de seguros médicos privados y devastadoras consecuencias para los millones de personas que han estado aseguradas durante el mandato demócrata de Obama.

Asimismo, bajo su presidencia se ha intentado el control de armas y una regulación más restrictiva del sector que impida el fácil acceso a las armas de fuego por parte de los ciudadanos. No se trata de un asunto menor cuando cada año se producen en Estados Unidos matanzas por parte de personas enajenadas, en posesión de rifles y pistolas, que la emprenden a tiros contra sus semejantes en cines, escuelas, comercios o en medio de la calle. Esta reforma, empero, no fructificó por la oposición del Partido Republicano, el mismo que ahora se hace con el poder, y el desafío constante del lobby de armas, lo que no ha impedido que Obama se convierta en el primer presidente que ha planeado seriamente cambiar estas leyes. Y es que, al parecer, los norteamericanos prefieren la posibilidad de morir asesinados a balazos por sus vecinos a limitar su libertad para disponer y usar armas de fuego.

Otro de los derechos impulsados y reconocidos durante el mandato de Barack Obama ha sido el del matrimonio igualitario, legalizando que los homosexuales pudieran casarse y que esa condición sexual no fuera motivo de persecución y sanción entre los militares, pudiendo, además, declarar abiertamente tal orientación sin estar expuestos a reproche alguno. Pero la reforma migratoria con la que pretendía regularizar a casi 11 millones de indocumentados, entre los que se encuentran ese casi millón de jóvenes que entraron ilegalmente en el país siendo niños pero han crecido y estudiado en EE UU, ha constituido un rotundo fracaso. El Congreso nunca llegó a aprobar esta revolucionaria iniciativa de Obama y la nueva política de Trump, empeñado en levantar un muro en la frontera con México, hace temer un endurecimiento frente a la migración y un paso atrás en las políticas de integración, incluso para los hijos sin papeles que llegaron con sus padres.

Y Guantánamo. Quiso cerrar esa cárcel ubicada en una base militar norteamericana en Cuba y fue, de hecho, la primera orden que firmó al llegar a la Casa Blanca. Pero, ante la imposibilidad de clausurarla y trasladar sus presos a cárceles de máxima seguridad en EE UU, por el rechazo frontal del Partido Republicano y parte de su propio partido, ha optado durante todo su mandato por ir desalojándola, enviando a los reclusos menos peligrosos a países que acepten su custodia carcelaria o la libertad vigilada. De los 780 reclusos que albergó este infame centro de detención en sus “mejores” tiempos, caracterizado por las torturas y otros procedimientos interrogatorios inaceptables, con Obama se han reducido a sólo 45 internos, de los que diez cuentan con autorización para su trasladado a Omán, a menos que el nuevo presidente lo impida.
 
Salvando las distancias, existen coincidencias en la renuente valoración que concitan el  todavía presidente Obama y el expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero. Como sucedió con el mandatario español, al que todavía se le niega el reconocimiento por medidas que han transformado nuestro país, como la Ley antitabaco, la de Dependencia, la creación de la Unidad Militar de Emergencia, la legalización del matrimonio homosexual y otras de indudable carácter social, también a Barack Obama en Estados Unidos se le quiere despedir sin valorar sus triunfos, pero subrayando sus fracasos, en una actitud tan sectaria como injusta. Con todo, Barack Obama figurará como un gran presidente en los libros de Historia, por mucho que se empeñen los agoreros del presente. Y se le echará de menos más pronto que tarde, en cuanto comencemos a sufrir, a partir del viernes, las consecuencias del bochornoso Donald Trump.

sábado, 14 de enero de 2017

Última juventud

Última juventud
                                                                           A Francisco Brines
 
Asomado al borde de mi última juventud,
en la que descubro la fragilidad del silencio
que habita las oquedades del tiempo,
contemplo el rostro de lo que soy
entre los pliegues de lo que he sido,
con los mismos ojos que se llenaron de luz
                                                al mirarte,
enternecidos de tanto admirar
las rosas rotas de la vida.
__________

El poeta Francisco Brines describe mejor que yo este otoño de las rosas:

El otoño de las rosas

Vives ya en la estación del tiempo rezagado:
lo has llamado el otoño de las rosas.
Aspíralas y enciéndete. Y escucha,
cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.

viernes, 13 de enero de 2017

Agresiones sexuales


Últimamente, raro es el día en que alguna noticia sobre violaciones y otras agresiones sexuales no forma parte del contenido informativo de los medios de comunicación. Unas veces son jóvenes -y no tan jóvenes- los que aprovechan una fiesta u otra celebración cargada de alcohol para abusar de mujeres en portales o descampados; otras, curas, jefes o educadores que hacen uso de su autoridad para tener acceso carnal con sus pupilos; también padres, tíos u otros parientes que abusan de familiares menores de edad e, incluso, catedráticos de universidad que obligan a profesoras, becarias y alumnas a satisfacer sus deseos libidinosos. Tal abundancia de acontecimientos noticiosos sobre violencia sexual puede hacernos creer que, en la actualidad, se producen más agresiones de este tipo que en épocas pasadas, cuando en realidad, aún sin contar con datos que confirmen esta opinión, es todo lo contrario. Trataré de argumentarlo.

En principio, no se puede negar que abruma el número creciente de noticias que dan cuenta casi a diario de sucesos de esta naturaleza. Desde un vicario de Guipúzcoa, imputado por tocamientos deshonestos a menores, hasta ese entrenador deportivo enviado a prisión por abusos a varios menores, pasando por el padre de una niña, cuya enfermedad ha sido utilizada para cometer una descomunal estafa a escala nacional, al que se le ha hallado un archivo electrónico con fotos de contenido erótico o sexual en las que la menor está incluida, todos ellos son casos que despiertan, como decimos, una muy justificada alarma social. Esa reiteración prácticamente diaria de este tipo de sucesos nos puede inducir a pensar que hoy se cometen más agresiones sexuales a mujeres y menores de ambos sexos que nunca. Y podríamos estar equivocados.

Es verdad que todavía no hay en España registros fiables ni estadísticas actualizadas sobre este tipo de violencia que desmenucen en datos el problema, no sólo para cuantificar lo más exactamente posible su volumen, sino también para analizar el contexto y las posibles circunstancias o causas que lo producen o favorecen. Partimos aún de impresiones, hipótesis y casuísticas parciales que nos dibujan, con todo, un panorama preocupante que debería ser abordado con mayor contundencia por las autoridades, modificando la legislación y tomando nuevas iniciativas de prevención y castigo, si fuera necesario. Un panorama preocupante porque se trata de un asunto en gran parte invisible, del que emerge sólo esa “punta del iceberg” que aparece en los periódicos o páginas de sucesos de los medios. Lo desconocido, lo no denunciado y que se queda en la intimidad del agredido/a y en el orgullo patológico del agresor es infinitamente mayor. Nos podemos hacer una idea de su tamaño con el dato que maneja el Ministerio del Interior, según el cual una mujer es violada en nuestro país cada ocho horas, de promedio. Pone los pelos de punta.

Parece evidente, pues, que se trata de un asunto grave, de enorme complejidad, que cuestiona nuestra moral, nuestra ética y un modelo de sociedad, todavía profundamente machista, en el que la mujer y los niños quedan desprotegidos y dependientes de un patriarcado que no les reconoce la igualdad, la dignidad y el respeto como personas. Un patriarcado que confunde dependencia con pertenencia, por lo que se cree autorizado a tratar a sus dependientes como si fueran objetos susceptibles de ser utilizados, incluso por la fuerza, para satisfacer pulsiones y apetitos. Así, con sólo rascar el problema, se descubre que detrás de esta violencia hay una patología individual y un trasnochado componente sociocultural que hace prevalecer al hombre sobre la mujer, lo que genera conductas estereotipadas de dominio y superioridad masculinas que cuestan trabajo erradicar de nuestras tradiciones, costumbres y, en definitiva, de la convivencia diaria. En su conjunto, son actitudes individuales y colectivas difíciles de modificar o corregir, a pesar de los esfuerzos que se llevan a cabo, desde no hace muchos años, para  conseguir una verdadera equiparación en derechos del hombre y la mujer, una igualdad real que, más allá del texto de las leyes, impregne la vida cotidiana, doméstica e individual de las relaciones entre ambos sexos, sin discriminación ni perjuicios. Mucho se ha avanzado con estas políticas de igualdad, que muchos aún cuestionan, en nuestro país, pero es insuficiente. Incluso se han realizado importantes reformas legislativas para considerar delitos, y poder castigarlos, muchas de esas conductas machistas que convierten a la mujer y a los miembros más indefensos de la familia, los niños, en objeto de abusos y violencia de todo tipo, fundamentalmente de carácter sexual. Así, se ha tipificado como agravante de género la comisión de aquellos delitos que se ejercen contra la mujer por el hecho de ser mujer y como acto de dominio y superioridad. También se definen los delitos de odio, con los que se penaliza toda apología de la violencia de género y las incitaciones contra la dignidad de la mujer y la violencia contra ellas, tanto a través de los medios de comunicación como de las redes sociales e Internet. Se persigue, pues, cambiar la situación en que se halla la mujer en el contexto de una sociedad más igualitaria, diversa, plural, respetuosa y tolerante.

Aún así, se producen en nuestros días una cantidad intolerable de casos de abusos y agresiones contra ellas y los niños por parte de sujetos de toda condición y estrato social. Quedan todavía, a pesar de todas las campañas de sensibilización y medidas legislativas, restos de una “cultura de la violación” residual entre nuestros comportamientos y actitudes sociales que no se ha logrado erradicar completamente. Una “cultura” que mide la masculinidad según el nivel de dominio y poder que se ejerce sobre el otro y que considera los impulsos sexuales como inevitables e irrefrenables. Un ramalazo cultural que caracteriza a la mujer como “incitadora” de esos bajos instintos difícilmente controlables del hombre y que, por tanto, justifica y banaliza las agresiones y la violencia que se cometen contra ellas, hasta el extremo de culpar a las víctimas y “comprender” a los agresores. Ese machismo aún perdura en nuestros días y su más repugnante expresión es la violenta que se manifiesta con abusos, agresiones y violaciones a ese “otro” (mujer o menores) sobre el que cree tener dominio y poder.  

Y si esto pasa en nuestros días, ¿qué no pasaba antes, cuando ni la mujer tenía los mismos derechos que el hombre, cuando el poder tenía derecho de pernada y el varón era cabeza de una familia que le pertenecía por derecho patrimonial? Pasaba que la mujer y los hijos eran sujetos que le debían obediencia y sumisión al ser el varón el único sustento de la familia. Los varones tenían preferencia hereditaria, incluida la del trono, y retenían en exclusividad los mejores puestos laborales del mercado, quedando la mujer relegada, con la pata quebrada, a las tareas domésticas del hogar, donde debía prestar consuelo y solaz al hombre que retornaba sucio y cansado. Allí éste podía pegar, maltratar y humillar a los suyos, pues la ley, humana y divida, se lo autorizaba y consentía. Las violaciones formaban parte de los botines de guerra y eran consecuencias de la conducta exigida a los que se visten por la pierna y han de demostrar su fuerza, carácter y hombría. Todo ello, en más o menos grado, era lo común no hace mucho, sin que nadie se atreviera a denunciarlo, menos aún una mujer. No pasaba desapercibido, pero era considerado algo natural de la intimidad de la pareja. Y si hoy, con todo lo avanzado en políticas de igualdad, una de cada tres mujeres ha sufrido algún tipo de agresión sexual, según la OMS, ¿cuántas lo fueron entonces? Imagíneselo.

lunes, 9 de enero de 2017

2017, un año inquietante


Cuando parecía que la esperanza asomaba por lontananza en 2016, de la mano de una tibia recuperación que nos hacía creer que la crisis económica, esa que tanta austeridad injusta había impuesto a la mayoría de la población, sería la última de nuestras preocupaciones, se presenta, ahora, 2017 con más nubarrones en el horizonte que días soleados. Acabamos de despedir un año esperanzador para comenzar otro con más temores e incertidumbres, hasta el punto que 2017 es considerado ya un año inquietante, plagado de amenazas.

La más grande de esas amenazas la representa el presidente electo de EE UU, Donald Trump, del que no se sabe lo que hará a partir del próximo día 20, cuando tome posesión del cargo y sustituya a Barack Obama en la Casa Blanca. A tenor de sus promesas electorales y del perfil de los miembros que ha seleccionado para formar su equipo de Gobierno, los temores por lo que puede ser la peor administración norteamericana aumentan sin cesar, sin que la confianza en que la realidad imponga un inevitable pragmatismo amortigüe esa inquietud. Sólo pensar que la mayor superpotencia del mundo esté en manos de un personaje mediocre políticamente, impulsivo emocionalmente e irresponsable con la ley (elude sus obligaciones con el fisco, ignora la legalidad internacional e instrumentaliza la Justicia), pone los pelos de punta por el serio peligro que representa para la paz y el orden mundial, incluidas las normas comerciales y los flujos económicos que generan confianza en los mercados y estabilidad en los estados. El electo Trump fue un candidato controvertido en un momento de inseguridades que será presidente gracias, entre otras, a la “ayuda” prestada por una potencia extranjera que se inmiscuyó e influyó en los resultados electorales, difundiendo noticias falsas y realizando ataques cibernéticos que desacreditaron a su principal oponente, la candidata demócrata Hillary Clinton, según han denunciado los propios servicios de inteligencia norteamericanos en un reciente informe. Ese extraño interés de Rusia por Trump y las increíbles declaraciones de admiración del norteamericano hacia el líder moscovita no presagian nada bueno ni para EE UU ni para el resto del mundo occidental de la órbita norteamericana. La probable actuación de Donald Trump como elefante en una chatarrería sería un espectáculo irrisorio si no existieran arsenales nucleares al alcance de sus manos, con sólo apretar un botón en el maletín atómico.
 
De entrada, antes incluso de tomar posesión, ya ha hecho todo lo posible por hundir la economía de México, obligando a empresas automovilísticas norteamericanas a retirar sus planes de expansión en aquel país so pena de tener que pagar grandes impuestos a la importación, a pesar de los tratados de libre comercio establecidos entre ambos países. Y haciendo lo imposible por construir ese muro de las vergüenzas que se ha ofuscado en levantar a lo largo de toda la frontera mexicana, ignorando incluso las recomendaciones de los agentes encargados de la vigilancia y control fronterizos. Vuelven con Trump, en fin, los tiempos del proteccionismo más rancio y del papanatismo ideológico más sectario e irracional. Pero recomienda el ministro español de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, que “hay que darle a Trump una oportunidad y juzgarle después”. Juzgar cuando ya no haya remedio del estropicio es una temeridad de la que quizás tengamos que arrepentirnos. Y, tal como está el mundo, no parece que sea lo más sensato correr este riesgo al que nos obligan los votantes norteamericanos. Pero, ¿cómo conjurarlo?

Otro frente de inquietud y desgracias en 2017 es el que provoca el terrorismo de extracción islamista, que sigue poniendo bombas mientras es vencido en la guerra que libra la alianza entre Rusia, Estados Unidos y otros países occidentales contra el ISIS en Siria, desalojando el territorio que ocuparon los fanáticos yihadistas para implantar un supuesto Estado Islámico. Guerra allí y aquí. Más de 3.000 personas inocentes fueron asesinadas en atentados terroristas en todo el mundo en 2016. Pero 2017 arranca manchado de sangre, desde el primer día, por obra y gracia de esos fanáticos que perpetran actos de terror de manera arbitraria para extender la sensación de inseguridad y miedo en nuestras sociedades. Turquía y Siria se llevan la peor parte, con 39 muertos en el ataque a una discoteca en Estambul el mismo día uno de enero, 13 muertos en Bagdad días más tarde, otros 48 en Alepo, 4 en Jerusalem a causa del interminable conflicto que enfrenta a israelíes y palestinos, 5 en Florida, donde un ciudadano norteamericano la emprende a tiros en un aeropuerto por razones aún desconocidas, más de 40 muertos en otros atentados en Bagdad, etc. La lista continúa creciendo aunque no llevamos ni dos semanas del nuevo año. Crece aunque no hay razones, absolutamente ninguna razón, para matar inocentes más que por la ceguera irracional y la demencia de los fanáticos que empuñan las armas y ponen las bombas. Se siembra terror por el terror, sin ningún motivo y sin un enemigo real al que culpar, a pesar de que se esgrimen excusas religiosas, territoriales, políticas o culturales para justificar lo injustificable, lo más inhumano y execrable que puede hacer el hombre: matar por una idea. 2017 se presenta oscuro e inquietante para la paz y tranquilidad mundial a causa del terrorismo, al que hay que vencer afianzando nuestros valores, nuestras libertades y nuestras democracias.

En nuestro continente, aquí en Europa, asoman también negros presagios para el proyecto de unidad y progreso compartido que comienza a ser cuestionado por los propios países integrantes. Ha bastado una crisis económica para que emergieran las diferencias entre los estados contribuyentes y los receptores de ayudas, los recelos entre las regiones ricas y las pobres consideradas un lastre para los que quieren avanzar con más velocidad. Ni siquiera el espacio para la libre circulación de personas dentro de la Unión se ha respetado y se llena de vallas y fronteras interiores en cuanto la presión migratoria de nuestros vecinos puso en cuestión nuestros valores “progresistas”. 2017 aboca a Europa a enfrentarse sin tener ningún plan al Brexit de un Reino Unido que ha decidido salirse y abandonar el proyecto común, y a los desafíos que representan las  elecciones generales de Holanda, Francia y Alemania, aparte de las probables en Italia y España, países en los que existen formaciones políticas dispuestas a exacerbar los brotes de euroescepticismo que han surgido en esas sociedades para dar marcha atrás, en caso de ganar, al proyecto de una Europa basada en la Unión Económica y Monetaria, a la que le falta una unión fiscal y social.    

Los populismos, las guerras en los estados vecinales y una crisis económica que no acaba de superarse, mucho menos cuando los “vientos de cola” de un petróleo barato y un dinero también barato parecen haber amainado, ennegrecen el panorama de Europa en 2017, haciéndolo sumamente sombrío e inquietante.

Nubarrones que también sobrevuelan España, al compartir las amenazas europeas junto a los peligros propios, los generados por nuestros problemas domésticos. Nada está asegurado y la inestabilidad política se mantiene, a pesar de haberse constituido un Gobierno del Partido Popular tras cerca de un año con el anterior en prórroga y sin poder adoptar ninguna iniciativa nueva. Un Gobierno en minoría que ha de negociar cualquier iniciativa con la oposición. Y un Gobierno que ha de ajustar el Presupuesto a lo acordado con Bruselas, lo que obliga hacer recortes por valor de más de 5.000 millones de euros sobre unas cuentas que ya vienen sufriendo la poda de austeridad en ejercicios anteriores y que ha tenido directa repercusión en la provisión de unos servicios públicos sin capacidad para atender, en condiciones, toda la demanda. Hay menos becas, menos profesores, menos médicos, menos ayudas a la dependencia. Hay pérdida considerable del poder adquisitivo en los salarios de los empleados públicos, en las pensiones, en las prestaciones sociales, etc. Este año 2017, encima, hay que ajustar aún más el gasto para cumplir con nuestros compromisos de déficit ante Bruselas. La tenue “recuperación” de la que se jactan el Gobierno y sus voceros no servirá para recuperar un trabajo de calidad, unos salarios dignos y reducir considerablemente las tasas de paro. Continuarán la precariedad laboral y salarial y las desigualdades sociales como precio a pagar por haber vivido por encima de nuestras posibilidades, como si alguna vez hubiéramos vivido así. La educación seguirá sin poder garantizar ni el trabajo ni el futuro vital, siendo el éxodo laboral la mejor solución para conseguir vivir de lo que se ha estudiado. Y la corrupción política y económica continuará ofreciendo muestras de hasta dónde ha carcomido las estructuras institucionales, económicas, políticas y culturales de nuestra sociedad, en la que sigue considerándose de tontos pagar impuestos, pues los “listos” evaden y eluden todo lo que pueden.

Este año recién estrenado es verdaderamente inquietante. Pero no todo es negativo, algunas cosas ofrecen cierta esperanza, aunque sean motivadas por las circunstancias. El presidente del Gobierno se ha visto obligado a revertir algunas de sus políticas si aspira a mantenerse en el cargo. Así, ya no se impondrán las reválidas en la educación, no se cortará la luz a quienes sufran “pobreza energética”, la Ley Mordaza tiene los días contados, la reforma laboral parece que sufrirá una contrarreforma, el salario mínimo es algo menos mínimo al subir un milagroso 8 por ciento, etc. Y la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría ha montado oficina en Barcelona para abordar, al fin, el problema catalán. Son pequeños destellos que alumbran el paisaje de tinieblas e inquietud de este año. ¿Persistirán durante mucho tiempo?  

viernes, 6 de enero de 2017

Mis regalos de Reyes


Aunque ya no creo en los Reyes Magos, siempre me traen regalos, unas veces útiles y prácticos (pijamas, corbatas, bolígrafos), y otras, simples objetos de compromiso (colonias, libros de autoayuda, sacacorchos, etc.) Pero este año me han sorprendido porque no han esperado a este seis de enero para darme obsequios. Y han sido extremadamente generosos.

Para empezar, me han traído en otoño una jubilación que ya estaba deseando conseguir y a la que me he entregado en cuerpo y alma. Cada día, desde entonces, me levanto agradeciendo la posibilidad de disfrutar del tiempo a mi antojo, sin estar condicionado por más obligación que la que yo mismo me imponga. Tiempo dedicado a leer, escribir y, fundamentalmente, a vivir y gozar de la compañía de la familia y los amigos. De esta manera, como cualquier jubilado, aprovecho para andar, recorrer la ciudad y descubrir, con ojos de curioso impenitente, rincones, personajes y estampas nunca antes contempladas desde una perspectiva inédita y empática, a ras de acera y surgida de la emoción, no desde el coche, camino hacia alguna parte. Todo un regalo.

También he sido obsequiado con mi propio hogar, no como lugar de tránsito hacia el reposo tras una jornada laboral, sino como espacio en el que las horas transcurren en función de los deseos y de mi actividad. Ha sido muy grato disfrutar de las mañanas en mi casa, dispuestas a mi entera voluntad y satisfacción, para planear nuevas rutinas domésticas, y de enriquecimiento y ocio. No he hallado mayor alegría que salir al balcón cada día a saludar una jornada que yo decido cómo emplear, sin que me sobren horas para el aburrimiento. La lista de proyectos es aun larga y plena de ilusión.

Se acumulan, por ejemplo, las lecturas, las visitas sosegadas a las librerías, a los museos, los espectáculos y las exposiciones que atraen mi interés y sacian un apetito selectivo por la cultura y el conocimiento, sin ánimo erudito, sino por el placer de saber, comprender y conocernos como seres humanos. De ello deriva una disposición diaria a la lectura reposada de autores noveles y de los que siempre he tenido predilección. Relecturas y lecturas que se rumian en el silencio mimado y atemporal que envuelve el lugar de las ensoñaciones literarias de una salita atiborrada de libros. Otro regalo inapreciable.

Como consecuencia de tales andanzas, el encuentro amistoso con esos vecinos con quienes los saludos se prolongan más allá de los protocolarios buenos días o buenas tardes, y que también consumen los días con los paseos y quehaceres que les dicta su soberana voluntad. Charlas y hasta copas compartidas sin la presión de las apariencias, el tiempo o las obligaciones para intercambiar impresiones sobre lo banal y lo relevante, sin menoscabo del intercambio de preocupaciones y expectativas. Una oportunidad para descubrir que, a pesar de las diferencias que artificialmente nos separan, participamos de una común ambición: luchar por vivir. El barrio, ahora, se llena de caras amables y conversaciones espontáneas en vez de aquellos rostros de gestos hostiles que expresan desconfianza y competitividad. Un regalo maravilloso.  

Como el que me hicieron los compañeros del trabajo tras sondear mis aficiones y con el que me sorprendieron hasta la emoción cuando celebramos mi despedida laboral. Sólo entonces comprendí aquellas inquisiciones sobre mis gustos y aquel afán cuasi detectivesco por mis gustos que yo relacionaba con una curiosidad lindante con el cotilleo y la intromisión a mi intimidad, sólo permitida a amigos entrañables con los que se comparten secretos y confidencias. Gracias a ellos, la fotografía despreocupada, como mera afición, se transforma ahora en un reto que exige dedicación, conocimientos y dominio de una excelente e insospechada cámara semiprofesional, cuyo uso está permanentemente unido al recuerdo de unos compañeros formidables e inolvidables. Sólo con la intención, ya generaron en mí una deuda de gratitud que nunca podré recompensar más que con mi amistad sincera. Un regalo impagable.

Pero el mejor ha sido el proporcionado por mi familia, siempre dispuesta a seguirme en mis nuevos derroteros, dispuesta a apoyar nuevas iniciativas, siempre lista para acompañarme en nuevas aventuras, en ayudarme a familiarizarme con mis nuevas rutinas y en sacar el máximo provecho a todo el tiempo del que dispongo. Mis hijos y mi esposa, incluidas esas nietas bellísimas, me brindan afectos no mediados por las costumbres, la tradición o los lazos que nos obligan, sino por el corazón, donde nacen los sentimientos. Ellos son, de todos, el regalo más valioso que me han traído los Reyes este año, sin necesidad de aguardar al día de hoy. Me hacen sentir una persona sumamente afortunada. Y eso que no creo en los reyes Magos.    

miércoles, 4 de enero de 2017

Trillo, ¿único responsable?

Ahora, trece años más tarde, cuando el Consejo de Estado ha dictaminado que el Ministerio de Defensa es responsable del accidente del avión Yak-42, en el que murieron 62 militares del Ejército español que regresaban de Afganistán, todo el mundo se presta a exigir la inmediata destitución como embajador en Londres del entonces titular de aquel Departamento, Federico Trillo. Eso es quedarse corto.

Es ignorar la trayectoria de este político como un distinguido peón de Gobierno y del Partido Popular, encargado de los trapicheos judiciales fabricados para buscar beneficios o absoluciones en aquellas causas en que pudiera estar implicada su formación política. Al negar toda responsabilidad en aquella tragedia perfectamente evitable hizo que lo que siempre le habían mandado: defender al Gobierno, y por ende a los miembros de su partido implicados en ello -empezando por él mismo-, de cualquier vinculación que pudiera derivarse de las muertes por negligencia de unos miembros del Ejército cuando regresaban de una misión de mantenimiento de la paz en Afganistán y Kirguistán, integrada en la Fuerza Internacional ISAF. Una vez estrellado el avión alquilado que volaba en condiciones deplorables, había que enterrar a los muertos rápidamente, incluso sin identificar, y celebrar un pomposo funeral de Estado que irradiara la imagen de un Gobierno consternado que rinde tributo a las víctimas de la desfachatez y la desvergüenza institucionales. Y eso hizo el buen vasallo Trillo, con su cara de circunstancias: una chapuza más.

Federico Trillo
Por su culpa, tres mandos militares fueron condenados por el falseamiento de identidades de 30 de los 62 fallecidos. El ministro de Justicia de otro Gobierno conservador, Alberto Ruiz-Gallardón, indultó a los dos oficiales médicos que podían ir a prisión, puesto que el tercer condenado, un general, había enfermado y fallecido sin llegar a cumplir condena. Ante el dictamen del Consejo de Estado, el actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha declarado que no cabe destituir al “embajador” Trillo de su destino en Londres porque su función actual no guarda relación con aquellos hechos, los cuales, insiste como si fuera un atenuante, sucedieron hace mucho tiempo. ¿Qué podía decir? ¿Culparse a si mismo y culpar a su propio partido?

Hay que recordar que el accidente se produjo cuando Trillo era miembro, como titular de Defensa, del segundo Gobierno formado por José María Aznar, en el que Rajoy ocupaba la vicepresidencia primera y la cartera de portavoz. Para valorar la catadura moral de aquel Ejecutivo basta con señalar que en él también estaban Rodrigo Rato, como vicepresidente segundo y ministro de Economía, Jaume Matas, titular de Medio Ambiente, y Miguel Arias Cañete, en Agricultura, Pesca y Alimentación, además de otras insignes figuras del Partido Popular que con el tiempo han revelado su verdadera condición. Precisamente, Alberto Ruiz-Gallardón, miembro de un Gobierno de Rajoy, “premió” a Federico Trillo con la embajada de Londres, haciendo caso omiso a las normas de Exteriores para la designación de los miembros de la carrera diplomática. Con tales antecedentes y esa complicidad “colegiada” a la que se deben los miembros del Consejo de Ministros, ¿podría Rajoy decir otra cosa más que exculpar a su antiguo compañero?

No todas las responsabilidades de un político, de cualquier partido y de cualquier nivel, están circunscritas al ámbito judicial. También han de asumir responsabilidades políticas por sus decisiones, acciones y omisiones. En el caso del accidente del avión contratado para repatriar a los militares españoles, existen responsabilidades políticas debidas a la cadena de negligencias e irregularidades cometidas que determinaron el fatal desenlace, sin que nadie de aquel Gobierno, obligado a ello, hiciera nada por supervisar y evitar los riesgos que ocasionaron una tragedia que ya había sido advertida por informes del propio Ejército. Trillo se comportó, simplemente, como lo que era: un fiel peón que se afanó por desviar toda culpa que pudiera inculpar a su partido, al Gobierno del que formaba parte y a él mismo. Está adiestrado y acostumbrado a eludir la verdad y levantar obstáculos frente a cualquier investigación que sea contraria a los intereses que debe defender. Y por ello fue premiado y apartado del “foco” político nacional.
 
Sus tejemanejes jurídicos, dialécticos y procedimentales son muy antiguos y conocidos. Era el encargado de Justicia del PP que presionó al jefe del sastre que demostró que los trajes de Camps, el entonces presidente de la Comunidad Valenciana, fueron regalados por una empresa de la trama Gürtel. Trillo ha demostrado, con esta y otras actuaciones, que es capaz de desacreditar jueces, buscar subterfugios y artimañas legales para anular pruebas, presionar a testigos y, en definitiva, eludir la acción de la Justicia en todos y cada uno de los casos que pudieran afectar a su partido, en el que milita desde los tiempos de Alianza Popular hasta hoy. Es imposible, por tanto, que Mariano Rajoy, prácticamente un subordinado de sus criterios, pueda reconocerle alguna responsabilidad por la muerte de militares cuando estaba al frente del ministerio de Defensa.

Mariano Rajoy y Federico Trillo
Federico Trillo no es el único responsable de un comportamiento gubernamental como el exhibido con aquellos sucesos, mintiendo al Parlamento, falseando identidades de cadáveres y manipulando los hechos. Hay que exigirle responsabilidad no sólo a Trillo, sino también a Rajoy y al Partido Popular por confabularse en ocultar la verdad, obstaculizar las investigaciones y participar en la exoneración de los responsables políticos por la muerte de 62 militares españoles, fallecidos a causa de las negligencias de un Gobierno sectario y mediocre, del que han brotado muchos de los personajes que en la actualidad protagonizan algunos de los escándalos de corrupción del Partido Popular. Trillo tiene conocimiento de primera mano de todos ellos y no es sensato abandonarle. Será todo un espectáculo ver la comparecencia de María Dolores de Cospedal, actual ministra de Defensa y Secretaria General del PP, cuando acuda a informar en el Parlamento sobre este asunto a instancia de toda la oposición.

martes, 3 de enero de 2017

Tiempo de dietas


Después de los excesos navideños, en que hemos abusado de las calorías, las grasas, los azúcares y el alcohol, con la consiguiente repercusión en los cinturones que hemos tenido que aflojar para que no nos aprieten la cintura, ahora llega el tiempo de las dietas. Llegan los esfuerzos por recuperar las formas y abandonar los “un día es un día” que han descontrolado el peso y el bolsillo. Ahora hay que ahorrar y moderarse, en la comida y los gastos. Se acabó el dispendio y la alucinación de vivir por encima de nuestras posibilidades, ignorando la báscula y la situación que padecemos. Volvemos a la cruda realidad.

El sobrepeso corporal es relativamente fácil de corregir: basta con cerrar la boca y dejar los tentempiés, las copas y esas comidas pantagruélicas que ingeríamos como si fueran la última cena de nuestra vida. Un poco de ejercicio y una alimentación sana y comedida nos ayudarán a componer una figura, si no más esbelta, al menos no tan perjudicial para el organismo, librándonos de riesgos cardiovasculares, hepáticos o bancarios. Precisamente, estos últimos son los más difíciles de solventar cuando hemos utilizado sin miramientos el aplazamiento de gastos con el uso de las tarjetas de crédito y débito. Gastar de más y no amoldarse a los ingresos conlleva acumular deudas e impagos que, tarde o temprano, hemos de afrontar si no queremos perder lo poco o mucho que poseemos: cuenta, coche, casa y trabajo. Nos vemos aprisionados por un déficit privado que puede provocar que nos cierren toda posibilidad de financiación, el embargo de bienes, el desahucio de la vivienda y hasta la pérdida del empleo por la imposibilidad de rendir con normalidad en tales circunstancias.

La maquinaria del consumo nos tienta a caer en esta espiral de exceso y despilfarro, sin que podamos zafarnos de ella y mantener cierta prudencia sin que nos tachen de raros y rácanos. Es difícil sustraerse del “espíritu” navideño que nos insta por tierra, mar y aire, esto es, prensa, radio y televisión, a comprar, comer y gastar lo que no está en los escritos, para que luego las noticias nos informen, en un claro ejercicio de retroalimentación, de que se nota la recuperación en las calles, el comercio recupera el pulso anterior a la crisis, se crea empleo aunque sea temporal y la población vuelve a tener confianza en no se sabe qué. Gracias a este mecanismo de alienación colectiva, se han vendido más coches en años, hemos gastado más dinero en loterías y los hoteles han mantenido el cartel de “al completo” más días que nunca. Ahora toca pagar todo ello.

Del mismo modo que el Gobierno ya no sorprende si, como parece, vuelve con nuevos recortes, más impuestos y menos prestaciones que sirven para cuadrar sus cuentas macroeconómicas, después de incumplir durante toda la legislatura pasada con las previsiones de déficit comprometidas, también nosotros asumimos que hemos de emprender la dura “cuesta” de enero para hacer frente a esos abusos que hemos cometido en estas fiestas. Con las dietas, toca pagar las facturas y limitar en lo posible cualquier gasto superfluo o innecesario. Y si no podemos ir de vacaciones debido al fuerte ajuste que estamos aplicando en nuestra economía doméstica, pues no se va y nos quedamos en casa tan tranquilos, digan lo que digan los vecinos y la publicidad. Peor lo tienen los que quieren acudir a un ambulatorio y se lo encuentran cerrado por aquello de la “sostenibilidad” de los servicios públicos. La mayoría de los españoles lleva a dieta desde el descalabro de Lehman Brothers sin que nada tuvieran que ver con aquella estafa financiera, aunque una minoría privilegiada sigue de vacaciones desde entonces. Lo único cierto es que llega, como el turrón, el tiempo de las dietas para los de siempre.