martes, 21 de noviembre de 2017

¿Beatles o Rolling?


Esta disyuntiva siempre se ha planteado entre los amantes de la música moderna, entendiendo como música moderna al rock y el pop, especialmente la producida desde los años 60 del pasado siglo hasta la actualidad. Sólo plantear la cuestión da a entender que esos dos grupos británicos estaban considerados los mejores de su tiempo pero excluyentes en sus estilos, como si no se pudiera ser seguidor de ambos a la vez. Todavía hoy hay quien establece distinciones entre los de Liverpool y los de Londres, asumiendo, en cualquier caso, que las dos eran bandas míticas y de una calidad excepcional hasta el punto de que algunas de sus canciones forman parte de las obras “clásicas” más representativas de la música amplificada. Es decir, que ambas bandas marcaron un antes y un después en la cultura musical moderna. Pero antes de seguir, he de confesar que yo prefería a los Stones, más por sus actitudes provocadoras y gamberras, tanto en la estética de sus componentes como en las letras de sus canciones, y menos por tipo de música, que también. Pero reconozco que los Beatles componían melodías que eran imposible criticar por quienquiera que se considere melómano. Es por ello que poseo vinilos de ambos grupos que todavía me alegran los oídos y rejuvenecen el espíritu, dependiendo del estado de ánimo con que los escuche.

¿Y quiénes fueron los primeros? Aparecieron casi al mismo tiempo, aunque los Beatles alcanzaron el éxito tempranamente, alrededor de 1962, cuando lanzaron su primer sencillo: Love me do. En 1967 redundaron su fama mundial con St. Pepper´s lonely hearts club band. Los Rolling Stones tardaron algo más en arrancar e incluso necesitaron que Lennon y McCartney les cedieran un tema, I Wanna be your man, para conseguir también el éxito del público. Pero en 1965 rubicaron su éxito con el insuperable I can´t get no (Satisfaction). Procedían de diversas formaciones previas y algunos de sus componentes iniciales acabaron siendo sustituidos, pero durante esos primeros años de la década de los 60 del siglo pasado ambas bandas quedaron definitivamente consolidadas bajo los liderazgos de Paul McCartney y John Lennon, en The Beatles, y Mick Jagger y Keith Richard, en los Rolling Stones. A partir de ese momento, comienza a engendrarse el mito de una rivalidad entre ambos grupos que en realidad no existió más que como estrategia comercial y mediática.

Sin embargo, si no rivalidad, sí gustos musicales, estéticas personales y formas de cantar dividían a sus seguidores en dos grandes bandos: los que preferían a los Beatles por sus armonías aparentemente simples, voces limpias y pulcras interpretaciones, su aspecto formal de niños “buenos” con corbata (al menos hasta que sucumbieron a la psicodelia) y ese característico corte del peinado con flequillo. Y los seguidores de los Stones, que preferían la voz “sucia” de Jagger, el maquillaje que endurecía sus rostros, la cuidada rebeldía a la hora de vestir, en las actitudes provocativas en la interpretación y en temas “políticamente incorrectos”, para la época, de algunas de sus canciones. Incluso, por unas melodías más rockeras, de rock más duro que el de los Beatles. Aunque ambos grupos nacieron influenciados por el Blues, tomaron en su desarrollo caminos distintos con los que forjaron sus respectivas personalidades: uno, hacia el pop y rock psicodélico; y el otro, hacia el rhythm and blues y rock fuerte. Eran dos formas de entender la música, quizás antitéticas en el modo y en la forma de tocar y cantar, que hicieron disfrutar –y continúan haciéndolo- a legiones de seguidores. Y ambos fenómenos, también, emergieron como productos de esa cultura underground de los años sesenta que hizo que la archicultura pop se extendiera por el mundo entero como una nueva forma musical de comunicación, convertida ya en la música popular que propaga el mercado sin descanso.

Los Beatles son ya leyenda por la disolución de la banda y la trágica muerte de John Lennon. Una leyenda que deja piezas memorables, como aquel lejano She loves you o el  testamental, con el que casi se despìdieron, Let it be, sin olvidar esa obra maestra de The long and winding road que pone los pelos de punta.

Los Rolling Stones, en cambio, son leyenda viva, siguen en activo en edad de asilo, amenazando aún con el último concierto, tras más de 50 años juntos, que continúa abarrotando salas y estadios. Y también dejan una huella indeleble de calidad musical, como la prehistórica She´s a rainbow, de increíble acompañamiento orquestal, o la clásica Honky tonk women , de ritmo firme, y la almibarada Angie. Entre los dos grupos dieron vida a canciones que marcaron nuestras vidas y trascienden en el tiempo. Por eso, puestos a elegir entre Beatles o Rolling Stones, yo me quedo con los dos, ya que ambos forman parte de mi bagaje musical y sentimental.

 

viernes, 17 de noviembre de 2017

La “hazaña” de La Manada


No a las agresiones sexistas.
Se creen muy machos y que lo que han hecho es una “hazaña” propia de su virilidad, de su condición de hombres con todos sus atributos, con pelos en el pecho y rebosantes de testosterona hasta las cejas. Juntos, en manada humana formando pandilla, en plena diversión festiva, ahítos de alcohol y pulsiones primarias, dan rienda suelta a sus instintos y entre los cinco componentes de la misma follan en un portal a una chica que, como ellos, también pensaba divertirse en los Sanfermines del año 2016. Graban la “hazaña” para enorgullecerse de ella a través de las redes sociales. Ni siquiera son conscientes de la animalidad que cometen al participar en comandita de un acto que se supone individual e íntimo, envuelto en pasión pero fruto de la atracción y el afecto, cuando no del amor. Abusan, si no violan, de la desinhibición que, nacida del carácter o las copas, hizo que una joven confundiera aquel grupo de simpáticos y hasta atractivos chavales con personas que sabrían comportarse como tales y no como fieras. Que sabrían que los juegos y el desenfado llegan hasta donde empieza el respeto que merece toda persona, hasta donde la dignidad impide la animalidad y nos distingue de ella.

Hoy los cinco son juzgados por la supuesta “hazaña” y se justifican en que la víctima la consintió sin oponer resistencia. No caen en la cuenta, como machos que son y no varones sensibles, que ni siquiera así es admisible un comportamiento tan mezquino y bajo que aprovecha la euforia de una chica, que tal vez no sabía ni lo que hacía, para de manera colectiva, como una jauría embriagada de lujuria, satisfacer un deseo que en ningún caso se comparte en manada, sino en compañía de quien lo hace germinar hasta superar la simple atracción física. Pero ninguno se interesó por la chica, ni por su deseo, sino que consumaron su apetito con la urgencia y la inhumana voracidad de una hiena, de una alimaña que tiene la fortuna de encontrar carroña. Tampoco caen en la cuenta de que, si aquella orgía hubiera sido consentida como arguyen, lo más lógico es que hubieran acompañado a la chica hasta donde se alojaba e intentaran conservar el contacto con ella. Sin embargo, la dejan abandonada y humillada en aquel portal donde cometen su “hazaña” hasta que la policía la rescata en medio de un estado de shock y cubierta en lágrimas. Embebidos en su triunfo, se vanaglorian de él y distribuyeron la “hazaña” a través del móvil, sin pensar siquiera que ni a las putas está permitido violarlas de ninguna manera. Para colmo, un guardia civil y un miembro del Ejército forman parte de esa manada hambrienta de sexo, demostrando el nivel ético y la calidad humana de quienes tendrían que velar por nuestros derechos y valores cívicos. Hasta tal punto alcanza su “hazaña”, hasta denigrar los uniformes que, si el juez no lo remedia, podrían vestir y la dignidad de las mujeres a las que ataquen o relacionen. Una “hazaña” propia de una manada de animales.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Cuatrocientos años de Murillo en Sevilla


Bartolomé Esteban Murillo
Se conmemora este año el IV centenario del nacimiento de uno de los pintores más universales de Sevilla, Bartolomé Esteban Murillo (1617-2017), que nació y murió en esta ciudad, una urbe que cuenta con el privilegio de albergar una parte importante de su legado artístico, repartido por los diferentes espacios que frecuentó o para los que realizó algunas de sus obras. Por tal motivo, el Ayuntamiento de la ciudad conmemorará, a partir de este mes de noviembre y hasta 2018, tan magno acontecimiento con un ambicioso programa que reunirá más de 100 obras del pintor, entre originales y reproducciones, a través de ocho exposiciones, además de organizar itinerarios por la ciudad para visitar los lugares emblemáticos en los que dejó su impronta, conciertos y ciclos musicales, actividades divulgativas, proyectos de investigación y un congreso internacional con la finalidad de abordar la vida y la obra del pintor sevillano, máximo representante del Barroco español.

Una tarea ingente sobre un artista universal que con sus obras revolucionó la pintura barroca de su tiempo para convertirse en precursor de la pintura moderna. Y es que hablar de Murillo es hablar de Sevilla, ya que el pintor estuvo vinculado durante toda su vida a esta ciudad, centro administrativo del comercio con Indias en el siglo XVII y símbolo de una gran metrópolis, en la que su obra concitó el interés de instituciones, fundamentalmente  eclesiásticas, y particulares. En ella comenzó a pintar obras costumbristas, de corte tenebrista y luz uniforme, en las que aborda el retrato (Justino de Neve, Don Andrés de Andrade, etc.), escenas de la vida cotidiana de la sociedad de su tiempo (Niños comiendo melón y uvas, Vieja espulgando a un niño, etc.), y las imprescindibles iconografías religiosas, para posteriormente evolucionar hacia las transparencias, los contraluces y un colorido fluido con los que ejecutaría esas bellas y delicadas inmaculadas, en las que se especializó, realizando más de veinte cuadros de inmaculadas (Concepción Grande, Inmaculada Concepción de El Escorial, Inmaculada Concepción de Santa María la Blanca, etc.) en su vida de pintor. La calidad y la excelente factura de su pincelada, con las que creó un estilo propio, pronto le granjearon un merecido reconocimiento que se tradujo en los numerosos encargos que recibió por parte, fundamentalmente, de clientes religiosos (iglesias, fundaciones, conventos, etc.) que lo convirtieron en el pintor más importante y popular de Sevilla. En la actualidad, templos, palacios, hospitales, fundaciones y museos cuelgan en sus paredes parte destacada del patrimonio artístico de Murillo que se ha podido conservar en la ciudad que lo vio nacer, aunque otra parte, no menos importante, o bien fue saqueada durante la invasión napoleónica o repartida por la Desamortización de Mendizábal (la ciudad se quedó sólo con 47 lienzos de los 400 Murillos que tenía antes del saqueo, según el catedrático de la Universidad de Sevilla Enrique Valdivieso), o bien ha ido a parar a instituciones o coleccionistas extranjeros.

La práctica totalidad de la producción pictórica de Murillo -que se estima en más de mil obras, de las que se conservan poco más de 400- se elaboró en Sevilla, la ciudad natal del pintor y en la que falleció en 1682. Ya de niño manifestaba aptitudes para el dibujo, razón por la que, a los 14 años, ingresó en una de las cuatro escuelas de pintura que había por aquel entonces en la ciudad, la de su pariente Juan del Castillo, donde no tardó en destacar. A los 22 años establece su propio taller de pintura que le permite ganarse la vida pintando cuadros que vende en ferias de los pueblos o a encargos para el Nuevo Mundo. Conoce copias de cuadros de Van Dyck y la pintura flamenca y veneciana, lo que le motiva a perfeccionar su estilo. Para ello marcha a Madrid y consigue trabajar en el estudio de Velázquez, el otro gran pintor sevillano afincado en la Corte, quien le abre las puertas de los palacios reales de Madrid, Toledo y el Monasterio de El Escorial, dándole oportunidad de conocer y admirar, incluso copiar, obras de diferentes y grandes maestros, como Zurbarán, Ribera, Rubens, Tiziano, Caravaggio o el mismo Velázquez, el pintor interesado por los misterios de la luz. Tras este período, de apenas dos años, Murillo regresa a Sevilla, donde se consagra como un reputado pintor y funda una Academia de Dibujo, de la que es el primer presidente y cuya dirección comparte con Francisco de Herrera el Mozo. Al poco tiempo, tras el fallecimiento de su mujer, deja el cargo y es sustituido por Juan Valdés Leal, y comienza su época de más fecunda actividad, recibiendo numerosos encargos que hacen que sus pinturas sean disputadas por diversas instituciones religiosas.

Es la época en la que pinta lienzos para el Claustro del Convento de San Francisco y para el de San Francisco el Grande (La cocina de los ángeles), ambos de Sevilla. También es requerido para pintar el retablo de los Capuchinos de Cádiz y, en Sevilla, lienzos para la Iglesia Santa María la Blanca, pinturas para el retablo mayor y capillas laterales de la Iglesia de los Capuchinos, el Monasterio de San Agustín, el Hospital de la Caridad e, incluso, para la Sala Capitular de la Catedral hispalense.

Aunque a Murillo se le conoce fundamentalmente por sus obras religiosas, en las que destacan sus vírgenes e inmaculadas, también sobresale por expresar con gran realismo la vida de los niños pobres y mendigos de la calle (Niños comiendo fruta, Niños jugando a los dados, etc.), hasta el punto de que Hegel, en su Estética, lo considera el primer artista moderno por sus cuadros de temática infantil, en los que refleja, con gran dignidad, la sociedad que le toco vivir.

Bartolomé Esteban Murillo es el pintor sevillano, junto a Diego Velázquez, más importante de España y el artista español que mayor reconocimiento tuvo en la Europa de su tiempo. Sus obras se exhiben en el Museo del Prado de Madrid, en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, el Louvre de París, el Leningrado de Rusia, y en galerías y palacios de buena parte del continente europeo, sin olvidar las iglesias, conventos y capillas de Sevilla, Cádiz y otras ciudades.  

Ahora, con ocasión del IV centenario de su nacimiento, se podrá conocer y admirar en Sevilla una amplia muestra de las obras de Murillo, con 60 originales y más de 100 reproducciones en alta resolución, recorriendo un itinerario cultural y turístico casi rectilíneo por los lugares y espacios más representativos de su vida y su arte. Un itinerario que enlaza, por una punta, el Museo de Bellas Artes, que contará con cerca de treinta cuadros originales y dos reproducciones; pasando por la Iglesia de la Magdalena (zona en la que nació y fue bautizado), la Catedral de Sevilla, donde se expondrán una veintena de obras en la Sacristía Mayor, el Trascoro, la Capilla Bautismal, la Sala Capitular y anexos; el Hospital de la Caridad, la entidad privada con más Murillos del mundo, y acaba, por la otra punta, con el Real Alcázar, el Hospital de los Venerables y la Iglesia de Santa María la Blanca. Otros sitios por donde discurrirá el itinerario lo conforman el Ayuntamiento de la capital andaluza, el Palacio Arzobispal, el Archivo de Indias, la Casa Murillo, la Casa de los Pinelo, el Palacio de las Dueñas, el Convento de San Leandro, el Convento de los Padres Capuchinos, la Capilla de la Expiración de la Hermandad del Museo, el Monasterio de San Clemente y el Convento del Carmen (actual conservatorio de música), todos ellos con obras del pintor sevillano.

Una oferta cultural y una ocasión única para descubrir y conocer una de las figuras más representativas del patrimonio artístico de Sevilla, la ciudad de Murillo.  

lunes, 13 de noviembre de 2017

La imagen del independentismo catalán

Tras años y meses de acaparar por sí solo la recurrente actualidad española y de representar, al mismo tiempo, la mayor preocupación de los españoles durante todo este tiempo, más aún que el paro y la corrupción, lo que queda para el recuerdo del problema del independentismo catalán es una imagen que, en su miscelánea, refleja el sinsentido y la estulticia de una aventura política que ha transmutado en opereta bufa. Podrán escribirse tochos de cientos de páginas para intentar explicar, con racionalidad histórica, lo acaecido en una comunidad autónoma por empeño de unos políticos soberanistas que optaron por la ilegalidad, la movilización emocional de masas y la violación del orden democrático y constitucional con tal de declarar unilateralmente la independencia de Cataluña con respecto de España, pero serán unas simples imágenes las que mejor resuman la inutilidad de lo ocurrido.

Unas imágenes que captan la manipulación de un pueblo con mentiras y burlas; la huida cobarde a Bélgica de la máxima autoridad regional, el presidente Puigdemont, en cuanto advirtió el fracaso del despropósito que lideraba; el destino carcelario de la mitad de los miembros abandonados de su gobierno sedicioso que permanecieron en España; la renuncia ante el juez a cuánto había inducido contumazmente, desde instancias civiles e institucionales, la presidenta de aquel parlamento, Carme Forcadell, una de las activistas “nucleares” más señaladas de la rebelión: las rejas que silenciaron la agitación civil de desobediencia y enfrentamientos dirigida por los “jordis”, Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, líderes de la Asamblea Nacional Catalalana y de Òmnium Cultural, respectivamente; la miserable actitud de Artur Mas, quien reclama, como hiciera en su tiempo una folklórica por sus deudas con Hacienda, la contribución de los votantes engañados para que le ayuden a afrontar las responsabilidades económicas de su conducta delictiva de malversación; y, en fin, el reconocimiento internacional a la democracia española y al  Estado de Derecho cuando ha hecho frente legalmente, mediante la aplicación del artículo 155 de la Constitución, al absurdo atentado a la ley del independentismo catalán. Hasta organizaciones de Derechos Humanos, como Amnistía Internacional, han salido al paso para recordar que en España no hay presos políticos, sino políticos arrestados por la comisión de delitos y violar la ley.

Este puzzle gráfico es, en sí mismo, más contundente y aclaratorio que mil palabras sobre el fracaso del independentismo catalán y la afrenta a la legalidad democrática y constitucional que supuso su intento de declaración unilateral y a la fuerza, despreciando las leyes, la soberanía nacional y hasta el propio Estatuto de Autonomía de Cataluña. Es la imagen de un independentismo que no fue ni podrá ser, menos aún a las bravas, en contra de la historia, la razón, la democracia y la legalidad. ¿Aprenderemos la lección? El día 21 de diciembre sabremos la respuesta.


sábado, 11 de noviembre de 2017

Dolor crepuscular


No puede remediarlo: le duele una enormidad que le lleven la contraria. Cuando se enfurece es incapaz de controlar la viperina y reacciona lanzando escupitajos agresivos y desmadrados por cualquier crítica o comentario que toma como una agresión a su intelecto. En tales ocasiones, cada vez más frecuentes, siente un dolor punzante, como de puñal candente clavado en el pecho, semejante a la opresión precordial que él registraba a las órdenes de sus necios superiores, nunca tan brillantes como él, que se encargaban de traducirla en diagnósticos y tratamientos. Es un dolor insoportable para un ególatra nada acostumbrado al disenso ni a la exigencia de precisión de sus inflamadas retóricas vacuas, pero extensas cual sermones bíblicos. Una quemazón de rencor y frustración que vienen de antiguo y le mueven a lamer el culo del último emperador que humilla al mundo con su bota y flequillo relucientes, y que ahora, en plena apoptosis neuronal de la senectud, le hacen descubrir al metastásico Israel como pueblo tocado por la divinidad para que haga lo que le salga de los tirabuzones, inclusive masacrar a sus vecinos, tras muros y alambradas, en reciprocidad con lo que hicieron a los judíos en los campos de exterminio en un pasado vergonzoso y repugnante.

Es su manera de ser. Por eso estalla sin contención, sucumbiendo a un nuevo arrebato, en expresiones de rabia y soberbia hacia el viejo amigo respondón que hoy le resulta cretino e ignorante a sus ojos enrojecidos de ira, contra un antiguo compañero de fatigas y experimentos literarios que prudentemente se apartó de su lado para no ensordecer de locura, no a causa de cráneo tan privilegiado, sino por sus ínfulas de aventajado discípulo visionario que aspira dictar normas a los demás, especialmente estéticas y artísticas, según sus irrebatibles y autodidactas criterios dogmáticos, con los que emula a un Benjamín de pacotilla. Ni su familia pudo soportarlo bajo el techo de su morada en el extrarradio de la periferia, pero el rechazo de sus plañideras no le impidió continuar creyéndose el sumo sacerdote de la modernidad, la literatura y, ahora, cuando entona su última nota crepuscular impregnada en dolor, también del columnismo periodístico en las acogedoras páginas de un libelo de la oposición arraigada en Miami, cuna de la libertad y el progresismo, como todo el mundo sabe, incluidos los patriotas que aman su tierra pero mucho más a su dinero, y los macarras y chulos de toda ralea. Culmina así, padeciendo una empanada mental cada vez más confusa, un viaje en el que acomete un giro ideológico de 180 grados, desde el prehistórico comunismo radical de la Joven Guardia Roja de su época estudiantil y disparatada hasta el despiadado anticastrismo y antimahometanismo más conversos y serviles que se hayan asumido nunca a mejor gloria y glosa del imperialismo yanqui. Todo un viraje incoherente pero espectacular, como corresponde a la sociedad criticada por Debord, propio en las demencias seniles de quien balbucea batallitas apocalípticas, conspiraciones secretísimas y análisis estratégicos que únicamente mentes superdotadas como la suya son capaces de propalar sin desmayo ni rastro de duda, tampoco de pruebas, naturalmente.

A falta de títulos académicos y amigos, aunque guste regodearse de citas cultísimas y de relaciones con altísimos dignatarios sumamente brillantes del Pentágono, el Kremlin y hasta del Vaticano, no guarda reparos en presentarse como un diplomático “free lance”, tocado con pajarita y sombrero, y atributos para acceder a todos los archivos del poder y capacidad para desenmascarar sus ignominiosas y ocultas vergüenzas. Un genio, en fin, del cuento y la palabrarería que, aparte de guiones y otros relatos de los que presume vivir espléndidamente soñando bacanales con vírgenes bellezas, les sirven para creérselos él mismo y comportarse como si fuera el protagonista más listo y hábil de todos ellos, aunque siempre acabe rodeado de ignorantes, mequetrefes y cortos de entendimiento. Todos los que lo conocen temen y, al mismo tiempo, se divierten con un cascarrabias así, que se yergue profeta en sus delirios pero, a la postre, humilde en la miseria que comparte con sus coetáneos. No deja de producir cierta compasión porque, al fin y al cabo, todos estamos predestinados a convertirnos en simples restos, residuos de una decadencia no sólo física sino también psíquica, que a algunos les afecta la moral. Y es que no hay peor tara que ser un tullido mental. Una pena, la verdad. Una pena porque él ni siquiera es consciente de que chochea y se orina en los pantalones, como cualquiera con la próstata hecha ciscos, mientras parlotea sin cesar hazañas imaginarias o reales. Aunque, a estas alturas de su amargada vida, todo da igual y lo mejor es dejarlo que continúe vociferando o garabateando exabruptos, si eso lo hace feliz.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Trump: un año calamitoso

Se cumple un año del ascenso a la presidencia de Estados Unidos, contra todo pronóstico, del empresario multimillonario metido en política, Donald Trump. Su campaña electoral, frente a Hillary Clinton –la gran favorita-, se había basado en denostar a todo el “establishment” de Washington, esa cloaca política, y prometer sencillas medidas radicales para resolver, de un plumazo, los complejos problemas que aquejaban y aquejan a los norteamericanos. El eslogan con el que sintetizó su ideario político hizo fortuna entre el electorado: “America first”, una idea “revolucionaria” en un mundo y un tiempo caracterizados por la globalización y las interrelaciones nacionales. Ha pasado un año desde que el presidente más impredecible de la historia se sentara en la Casa Blanca y ya puede valorarse lo conseguido por su Administración en este corto plazo de tiempo. Se resume en una palabra: calamitoso.

El primer año de Trump es, sin duda alguna, una calamidad para las pretensiones del ínclito presidente. Ninguna de sus grandes medidas, aquellas iniciativas estrellas con las que consiguió atraer el voto de los desengañados por una modernidad (tecnológica, industrial, comercial y cultural) que los dejaba tirados en la orilla, ha podido materializarse como estaba previsto, ni siquiera contando a su favor con mayoría republicana, el partido al que pertenece el propio Trump, en las dos Cámaras legislativas y en la Judicatura. Cada vez que intentaba implementar una de ellas, tropezaba con unos jueces que se la paralizaban o con sus correligionarios congresistas que la consideraban insuficiente o mal elaborada. Demostraba, de este modo, una mediocridad e inexperiencia que resultaban patéticas frente a los procedimientos legislativos y los acuerdos parlamentarios que no se pueden soslayar, confiando sólo en la simple voluntad, si se pretende que las iniciativas presidenciales puedan prosperar y beneficiar a la mayoría de los ciudadanos, no agradar sólo a los votantes más identificados con el presidente. Es por ello que del incumplimiento de sus principales promesas sólo puede concluirse que el vacío ha sido el resultado de este primer año de la “era” Trump, un vacío tan absoluto y preocupante como su inteligencia política o el contenido de sus mensajes y discursos, construidos a base de lugares comunes, eslóganes y propaganda.

Para empezar, el proyecto de aquel muro a lo largo de la frontera con México, con el que pensaba resolver los problemas de la migración y el tráfico de drogas, reposa en el cajón de las ocurrencias inabordables e ingenuas. Aunque todavía insiste demagógicamente en su construcción y que su costo se endosará al país vecino, la realidad es que el Congreso no aprueba los fondos para acometer tan faraónica obra ni acaba de convencerse de su utilidad. Y es que ningún muro puede contener los flujos humanos hacia la seguridad, la supervivencia, la oportunidad y la prosperidad. Tampoco evitan la delincuencia, el tráfico de estupefacientes, el contrabando o los ataques terroristas. Tales problemas de una complejidad enorme sólo pueden abordarse con soluciones igualmente complejas, que incluyen diálogo, negociación, medidas preventivas para atajar las causas que los generan, comprensión y reciprocidad con los interlocutores, sin imposiciones ni amenazas, máxime si se trata de un país con el que se mantiene una estrecha relación de vecindad, amistad y comercial. Las medidas unilaterales y fantasiosas sólo sirven para alimentar la imaginación de quienes las propugnan, no para solucionar nada. La realidad se encarga de rebatirlas, como ese muro que obsesiona a Trump.

Tampoco sirve para nada la criminalización del extranjero, en este caso musulmán, como sospechoso de terrorismo, tal como hacen desde el miedo los ignorantes y los simplistas. Donald Trump, pecando de lo mismo, también ha intentado, durante este año escaso de su mandato, vetar varias veces la entrada a EE UU de determinados nacionales de países que profesan la religión islámica, pero la Justicia le anulaba la medida por discriminatoria. Finalmente, logró elaborar una norma, acorde con las órdenes del Tribunal Supremo, que prohíbe durante 90 días la entrada de extranjeros procedentes de Siria, Irán, Sudán, Libia, Somalia, Yemen e Irak, convencido de que, como pretende con el muro con México, aislarse es la mejor defensa contra los peligros del exterior, aunque ello suponga tratar a todos los turistas de esos países como sospechosos de terrorismo islámico radical. La medida podría mantenerse más tiempo con aquellos países que no entreguen la información requerida por los servicios de control de EE UU. Sin embargo, llama la atención que entre los países vetados no figure Arabia Saudí, de donde procedieron 15 de los 19 terroristas que atentaron contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001 (el mayor atentado terrorista producido nunca en suelo norteamericano), ni los Emiratos Árabes Unidos y Egipto, de donde procedían los restantes. Se desprende con ello que la arbitrariedad y los prejuicios obsesivos vuelven a caracterizar las iniciativas de un presidente que no sabe afrontar los desafíos a los que se enfrenta su país más que con ocurrencias estrambóticas. Por ello, como ejemplo de una gestión calamitosa, este veto migratorio significa sólo un triunfo parcial de Donald Trump, puesto que está condicionado por el Tribunal Supremo a que la prohibición no se imponga a “nacionales extranjeros que declaren una relación de buena fe con alguna persona o entidad en los EE UU”.  Y es que no todo el mundo puede ser sospechoso de terrorista, por mucho que así lo crea el presidente norteamericano.

Pero la gran obsesión que quita el sueño a Donald Trump es derogar el Obamacare, el sistema médico creado por Barack Obama para asegurar atención sanitaria a personas sin recursos que no pueden costearse una póliza médica. Y como sucediera con sus demás iniciativas, el Congreso le rechazaba todos sus proyectos para reemplazarlo al considerarlos inapropiados o incompletos. No conseguía que aceptaran ninguna de sus contrarreformas sanitarias. Todos sus intentos por liquidar la ley sanitaria de Obama fueron derrotados por el voto en contra no sólo de los demócratas sino también de muchos republicanos, incluido el senador McClain, quien, convaleciente de unas pruebas con las que le detectaron un cáncer de cerebro, acudió expresamente al Congreso para votar contra la derogación del Obamacare. Aquello constituía una humillación tras otra. Y lo único que ha podido hacer Trump, ante la imposibilidad de contar con el respaldo del Congreso, es acabar de un plumazo con los subsidios que la Casa Blanca concedía a las aseguradoras para abaratar los costes de las pólizas a personas con bajos recursos. De paso, en venganza, trasladaba el problema a los legisladores, quienes tendrán ahora que aprobar una nueva ley para librar los fondos necesarios o el programa, que posibilitó ofrecer cobertura sanitaria a 20 millones de personas, quedará definitivamente cancelado. Otro “triunfo” de Trump en su primer año calamitoso. Pese a todo, cinco Estados liderados por California han emprendido acciones para recurrir esta iniciativa presidencial con la que no están de acuerdo, simplemente porque prefieren proteger a su población, no satisfacer las obsesiones enfermizas del inquilino de la Casa Blanca.

El procedimiento empleado para empezar a desmontar el Obamacare es el mismo con el que Donald Trump truncó con anterioridad el sueño de los “dreamers”, jóvenes indocumentados que entraron con sus padres ilegalmente en el país cuando eran niños, y que podían impedir la deportación, obtener un permiso temporal de trabajo y hasta licencias para conducir si reunían los requisitos exigidos por el programa DACA, promulgado por Obama en 2012. Mala cosa. Como con las demás medidas del legado del exmandatario demócrata, Trump había prometido acabar también con ella porque la consideraba compasiva y excesivamente generosa con los inmigrantes, a los que tiene ojeriza. Afecta a cerca de 800.000 personas que, cuando no puedan renovar sus autorizaciones, dejarán de ser “soñadores” para convertirse en “ilegales”, si el Congreso no elabora una ley que sustituya la de Obama y regularice la situación de estos “dreamers” que no tienen culpa de residir en el país al que los condujeron sus padres y que muchos de ellos consideran su patria, puesto que no han conocido otra. Otro motivo más para considerar calamitoso el año Trump.

Pero sus “éxitos” no se limitan sólo al ámbito doméstico, sino también al internacional, donde lo observan como un advenedizo irresponsable y extremadamente peligroso para un mundo tejido por la globalización y el respeto recíproco entre los Estados, que se tratan entre sí como iguales. En este ámbito exterior es en el que se manifiestan con más claridad los excesos retrógrados y simplistas de las iniciativas del presidente norteamericano, empeñado en “rescatar” a su país de acuerdos y organizaciones que cree que perjudican a su nación porque persiguen unas relaciones comerciales en condiciones de reciprocidad o corregir desequilibrios ambientales, motivados por la actividad humana, como el cambio climático. Para Donald Trump, todo esto es inútil, falso o perjudicial para EE UU. Y así se comporta. Como elefante en una cacharrería, dando físicamente empujones a sus homólogos en reuniones o encuentros para colocarse el primero en la foto, como hizo en la cumbre de la OTAN en Bruselas en mayo pasado, no para destacar por sus propuestas y aportaciones en nombre del país más importante del mundo. Un cargo que, por lo que se ve hasta la fecha, le viene grande, ya que piensa que gobernar es mandar sin más, para lo cual es suficiente con ser “listillo”, egoísta y ambicioso, no inteligente, como suele en sus negocios. Por eso admira los liderazgos fuertes, los ejercidos con autoritarismo más que con autoridad, como el de Putin, su gran “favorecedor”, y, ahora que visita China, el de Xi Junping, ante quien se desvive en elogios y lisonjas, obviando, él tan locuaz, cualquier mención a las violaciones de derechos humanos o las críticas por Corea del Norte. Así es el veleidoso e insustancial Trump, más pragmático que ideólogo, en el peor sentido de ambos términos.

Su pragmatismo empresarial le lleva a decidir que, ante la posibilidad de negocio y rentabilidad para la economía de EE UU, es preferible abandonar el Acuerdo de París contra el cambio climático y seguir contaminando la atmósfera con el humo de las industrias norteamericanas sin restricción, o permitir la construcción de un oleoducto desde Alaska a EE UU aunque atraviese bosques y espacios de especial protección natural, sin estar sujetos a medidas que eviten el impacto.ambiental y los peligros contaminantes en caso de fugas. Está convencido que las medidas ecológicas, como ese acuerdo, son debilitantes, desventajosas e injustas para los intereses nacionales de EE UU, según su parecer economicista radical.

Y por idéntico motivo ha rechazado el Acuerdo del Pacífico (TPP) y el Tratado de Libre Comercio que mantenía con México y Canadá por considerar que favorecen las deslocalizaciones industriales en perjuicio de la economía de EE UU, aunque sean las grandes compañías norteamericanas las que colonizan el mundo y las que obtienen  ingentes beneficios de él. Con ello atiende otra de sus promesas populistas electorales en contra de la globalización y a favor del proteccionismo comercial y el aislacionismo social de esa “América, primero”, a la que intenta convencer de que el nacionalismo y el proteccionismo que él propugna servirán para “make América great again”. Una ceguera aislacionista que induce al presidente a sacar a su país de la Unesco y retirarse de los organismos y acuerdos de carácter multilateral. Todo un triunfo sin parangón del año calamitoso de Donald Trump. ¡Y todavía restan otros tres!

lunes, 6 de noviembre de 2017

Lo que la actualidad oculta

Es difícil sustraerse de las imposiciones de la actualidad, escapar del vértigo que producen los acontecimientos que ocupan las portadas de los medios de comunicación y prestar atención a lo que se oculta tras la cortina opaca de lo inmediato. Porque la novedad es siempre más atractiva que lo conocido, lo nuevo resulta más atrayente que lo antiguo, aunque existan hechos que, no por viejos, son menos importantes y trascendentales que los que, según la agenda mediática, son de “rabiosa” actualidad. Cuesta trabajo destacar otros asuntos de interés más allá del juego al escondite del fugitivo expresidente Carles Puigdemont y de las vicisitudes judiciales de los delincuentes encarcelados de su gobierno en la Generalidad. Como imposible, también, ignorar el goteo de noticias sobre las investigaciones de la trama rusa que acorralan al bocazas que se sienta en el despacho oval de la Casa Blanca y que ahora está de viaje por Asia para intentar amedrentar al engreído lunático de Corea del Norte. Hay, en fin, asuntos tan enjundiosos como éstos que deberían ocupar el lugar que les corresponde en nuestra selectiva atención de la realidad, tanto de España como del mundo, pero que relegamos al baúl de lo caduco, de lo aburrido.

Apenas se habla, por ejemplo, de la persistencia de la austeridad salarial y la precariedad laboral en la economía española, a pesar de los signos de recuperación que ofrecen las grandes cifras macroeconómicas. El equilibrio de las cuentas realizado a partir de la contención del gasto ha conllevado el recorte presupuestario drástico en partidas de fuerte impacto social, como son las de educación y sanidad, que, junto al frenazo de la inversión pública y la congelación de facto de las pensiones, han provocado el empobrecimiento de amplias capas de la población. Sin embargo, ninguna iniciativa política del Gobierno se ocupa actualmente de compensar o corregir el deterioro de una redistribución de la riqueza que ha castigado sobremanera a los más débiles económicamente y vulnerables frente a la desigualdad. Ofuscados ante el desafío del nacionalismo independentista catalán, hemos olvidado las injusticias de una política económica que ha beneficiado al capital en perjuicio de los trabajadores, asalariados y dependientes del auxilio público. Y que, cuando llegan las “vacas gordas” de la supuesta  recuperación, no se suavizan esos sacrificios impuestos a una de las partes, sino que se mantienen para seguir eximiendo de los mismos a la otra parte más afortunada y pudiente. ¿Hasta cuándo, pues, se deberá obviar que el peso de la crisis sigue cayendo fundamentalmente sobre los trabajadores y clases medias, a los que ninguna ayuda es posible en estos momentos? ¿Todavía no es hora, acaso, de reclamar la máxima atención sobre una injusticia que afecta a decenas de millones de españoles, de todas las regiones del país, un número de damnificados muy superior al de esos independentistas que concitan el interés exclusivo de la opinión pública? ¿Por qué un asunto eclipsa al otro? Aún reconociendo la gravedad del desafío soberanista catalán, el deterioro al que se ha condenado a la clase trabajadora con la escusa de la crisis económica, también lo es. Incluso en mayor medida.

De igual modo, los avatares de los múltiples casos de corrupción que se están ventilando en los juzgados, en los que el partido en el Gobierno está aquejado y acusado de participar en tramas que desfalcan sistemáticamente las arcas públicas, están pasando prácticamente desapercibidos para los medios y el público en general. Así, el caso Gürtel, un entramado constituido para delinquir en comunidades donde gobernaba el Partido Popular (Madrid y Valencia), mediante adjudicaciones irregulares de contratos a cambio de comisiones que se embolsaban los corruptos, va camino de quedar visto para sentencia tras los informes finales de la Fiscalía, que considera probada la existencia de una caja “b” en esa formación política destinada a efectuar sobornos a cargos públicos a cambio de contrataciones. Y que tanto el PP como la exministra de Sanidad Ana Mato son considerados “partícipes a título lucrativo” por haberse beneficiado de esos sobornos, bien para su enriquecimiento personal, bien para la financiación irregular del partido. No olvidemos que se trata del partido de los que nos gobiernan en la actualidad y que se desgañita en reclamar el respeto a la ley y lealtad institucional a los también delincuentes catalanes independentistas, quienes, a su vez, andan interesados en engordar el problema secesionista para no dar explicaciones por la corrupción que acompañó durante toda su existencia al partido que hegemónicamente ha gobernado aquella región bajo la tutela de Jordi Pujol y familia. Tan corroído estaba por la corrupción que se han vistos obligados a disolver la vieja CiU y transmutarla en el nuevo PDeCAT para constituir Junt pel sí,  una coalición con los independentistas que ha hecho de sus dirigentes unos conversos irredentos al independentismo, de tal forma que Puigdemont y Artur Más resultan hoy día más radicales que los históricos de Esquerra Republicana de Catalunya, pero no tanto como las CUP o las entidades Ómnium Cultural y ANC, de donde procede, precisamente, la presidenta de aquel Parlament, ahora disuelto, pero de persistente actualidad informativa.

Claro que, a nivel mundial, las noticias surgen con idéntica intencionalidad acaparadora y excluyente, tanto que ya no se percibe a Donald Trump como el mayor peligro de EE UU, sino los diversos frentes en los que se ha metido y no sabe cómo resolver, salvo con amenazas y descalificaciones vía Twitter, como suelen los bocazas. La realidad se le vuelve en contra de su idílica capacidad resolutiva y hasta los yihadistas le crecen en sus barbas y cometen las mismas masacres contra indefensos ciudadanos que tanto ha criticado en Londres, París o Bruselas por sus políticas permisivas con los inmigrantes y refugiados. Y es que, por muchos muros que levante y todas las prohibiciones de entrada de extranjeros musulmanes al país que decrete, los energúmenos radicalizados atentan en su Nueva York natal contra confiados viandantes mediante el mismo procedimiento del camión como arma letal que hizo estragos en Niza o Barcelona. O que la consecuencia de esa nefasta manía de no regular la posesión de armas de fuego, como derecho irrenunciable, siga provocando un reguero de sangre inocente entre los propios norteamericanos, tan alarmante o más que los atentados terroristas que el presidente más inútil de la historia dice combatir infructuosamente con bombas y criminalizando a los inmigrantes. Todo ello queda oculto por ese viaje publicitario a través de Asia con el que el mandatario yanqui busca resarcir su deteriorada imagen de comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, pero incapaz de evitar las pesquisas que ya señalan a personas de su entorno más cercano como conspiradores en la trama rusa de injerencia en las elecciones que lo sentaron en la Casa Blanca. Ya se sabía que las soflamas bélicas siempre han sido eficaces para desviar la atención de las debilidades propias y las incapacidades internas, todas ellas personificadas hoy bajo un solo nombre: Donald Trump.

No cabe duda que la actualidad pone el foco en asuntos que ni siquiera son los más graves y preocupantes de cuantos existen al mismo tiempo en cualquier lugar, haciéndonos desdeñar a los no iluminados con su atención. Nos obliga a centrarnos en políticos catalanes encarcelados o huidos a Bélgica cuando en España, por ejemplo, continúa imparable la violencia machista contra la mujer, con cerca de cincuenta féminas asesinadas, hasta la fecha, a manos de sus parejas o exparejas. En esa agenda de la actualidad, aparece más importante la desfachatez de los independentistas que las mujeres vilmente muertas por sus compañeros sentimentales. Una agenda que nos oculta problemas y asuntos de máxima gravedad y enorme trascendencia. Ya es hora, pues, de atender lo que la actualidad oculta.

jueves, 2 de noviembre de 2017

El `Govern´, en la cárcel

En la exigencia de responsabilidad ante la Justicia, por los delitos cometidos por los políticos catalanes que declararon unilateralmente la independencia, ha sorprendido la encarcelación de quienes se pretende soporten, sin medidas suavizantes, todo el peso de la ley en su extrema y más dura aplicación. Es cierto que los independentistas actuaron al margen de la ley y de manera fraudulenta para justificar, con un referéndum no válido y amañado, lo que ya tenían decidido: declarar la independencia de la región. También es cierto que nunca quisieron dialogar para, con respeto a la legalidad, buscar vías alternativas a sus demandas secesionistas en el marco del Estado de Derecho, donde no se contempla la fragmentación de la soberanía nacional ni la desmembración del Estado, pero sí fórmulas para adecuar los anhelos soberanistas con el federalismo de un Estado de las Autonomías que posibilita un poder descentralizado y con gran capacidad de autogobierno. Cualquier reclamación identitaria podía y puede ser satisfecha desde la lealtad institucional y el respeto escrupuloso a la legalidad. Fuera de ese marco, sólo hay vacío, un vacío ocupado por el delito. Y quienes se empeñaron en alcanzarlo, duermen esta noche en la cárcel, aunque ello sea una medida desproporcionada que no ayuda ni a la recuperación de la normalidad institucional ni, mucho menos, al entendimiento necesario entre quienes esgrimen ideas legítimas aunque opuestas. Como mucho se les podría considerar delincuentes políticos, no criminales. Ojalá esta exhibición de rigor con el martillo del Código Penal no agrave la situación, pero me temo que ello es imposible si el Ministerio Fiscal, dependiente del Gobierno, defiende las medidas ejemplarizantes que tanto gustan a los que gritan “a por ellos”. Así, será difícil que en las próximas elecciones catalanas vote el sentido común y la sensatez frente a estos excesos de visceralidad gratuita por parte de todos.   

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Puigdemon vs. Tarradellas

En esta hora incierta, sobre todo para el independentismo catalán, resulta pedagógico hacer una comparación entre dos personas que, en distintas épocas, han sido presidentes de la Generalitat de Cataluña: Carles Puigdemont y Josep Tarradellas. Y es oportuno entretenerse en hacer la comparativa cuando, precisamente, el responsable insurrecto del Govern, Puigdemont, acaba de huir a Bruselas, acompañado por cinco exconsejeros de su gobierno, temiendo las acciones de la Justicia, ante la que ha sido acusado por el fiscal general del Estado de rebelión, sedición y malversación de fondos públicos. Al parecer, pretende que se le considere como refugiado político para que aquel país le conceda el derecho de asilo. Alberga también la intención, según ha expresado el diputado independentista Lluis llach, de organizar un gobierno catalán en el exilio, emulando a su antecesor, el molt honorable Tarradellas, que fue presidente de la Generalitat de Cataluña en el exilio desde 1954 hasta 1977. Pero las diferencias entre ambos son notables.

1) Josep Tarradellas se exilió en 1939 tras el triunfo del general Franco en la Guerra Civil y la consiguiente depuración (vía juicios sumarísimos y fusilamientos) de cuantos eran considerados enemigos de la “cruzada” franquista: comunistas, republicanos, demócratas en general e ilustrados o progresistas en particular.

Carles Puigdemont huye a Bélgica tras su destitución y la de los miembros de su gobierno por los delitos cometidos contra la Constitución y el Estatuto de Cataluña, desobedeciendo la legalidad vigente y haciendo caso omiso de las sentencias del Tribunal Constitucional, sin respetar el marco legal de un Estado de Derecho, en su afán por declarar unilateralmente la independencia de Cataluña.

2) En tiempos de Tarradellas, la dictadura implantada por el general Franco abolió definitivamente la Generalitat en 1939.

En los de Puigdemont, el Gobierno español no anula la Generalitat, sino que continúa vigente como institución para el autogobierno, aunque sus consejerías pasan a estar dirigidas provisionalmente por los responsables ministeriales de Madrid, hasta que se celebren elecciones autonómicas, ya convocadas para diciembre próximo, de las que deberá surgir un nuevo gobierno, respetuoso con la legalidad de un Estado de Derecho, Social y Democrático.

Carles Puigdemont
3) Entre 1939 y 1941, Tarradellas fue detenido varias veces por la Gestapo y estuvo preso en Aix-en-Provence y en campos de concentración nazis, librándose de ser extraditado a España, desde donde lo reclamaban, si no fuera por la oposición de otras naciones, como la legación de México, que exigieron su liberación.

Puigdemont, en cambio, se aloja en confortables hoteles en su autoexilio de Bruselas, a la espera de que se le reconozca la condición de refugiado político y se le conceda asilo.

4) Tarradellas asume, en 1954, la presidencia de la Generalitat para mantener intacta la dignidad de la institución, pero renuncia a formar gobierno en el exilio.

Puigdemont pretende, según declaraciones de un diputado de su formación, formar un gobierno en el exilio de Bruselas para no reconocer su destitución ni la legalidad de la medida.

5) Tarradellas fue uno de los fundadores, junto a Francesc Macià –primer presidente de la Generalitat- y Companys, de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), en la que durante 21 años ocupó el cargo de secretario general. Antes de ser nombrado presidente, había sido diputado y consejero.

Puigdemont fue militante de Convergéncia Democrática de Catalunya (CDC) y posteriormente diputado por Convergéncia i Unió (CiU) por Gerona, ciudad en la que llegó a ser alcalde tras sustituir a la alcaldesa Anna Pagans, en 2011, interrumpiendo más de 32 años de gobiernos municipales socialistas en la localidad. Fue elegido presidente de la Generalitat a causa del veto que la CUP impuso a la continuidad de Artur Mas como presidente.

Josep Tarradellas
6) Tras la restauración de la democracia, el Gobierno de Adolfo Suárez reconoce la legitimidad de Tarradellas y lo nombra presidente del gobierno preautonómico de Cataluña, adonde volvió para proferir una frase que ha pasado a la historia: “¡Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!”.

De Puigdemont no se sabe si regresará en cualquier momento a España ni si se presentará a las elecciones anunciadas para diciembre próximo. Tampoco se le conoce ninguna frase digna de ser recordada ni por los catalanes, ni por los españoles, ni por la historia.

7) El propósito de Tarradellas no era la independencia, sino el de una “Cataluña (…) que propulse el progreso (…) del Estado español”.

La única idea de Puigdemont es la de proclamar la independencia de Cataluña, aún de manera unilateral y despreciando la legalidad del Estado del que era representante en la Comunidad. Para “legitimizar” tal propósito con un apaño pseudodemocrático, organizó un referéndum fraudulento e ilegal que ninguna instancia, nacional o internacional, consideró válido.

8) Tarradellas no se fiaba de los representantes de “un catalanismo de senyera y sotana”, sentía aversión por los turbios manejos de la Banca Catalana de Jordi Pujol y desconfiaba de las “incomprensibles” actividades de Omniun Cultural, como de otras  entidades no electas como la ANC, enfocadas, a su juicio, a crear estados pasionales entre los catalanes.

Puigdemont, en cambio, no tuvo reparos en formar gobierno con el sostén de los antisistemas de la CUP y los apoyos de Omniun y la ANC, cuya presidenta, Carme Forcadell, consiguió ser presidenta del Parlament y mano derecha de Puigdemont a la hora de tramitar leyes que no eran respetuosas con la normativa parlamentaria ni la legalidad del Estado.

9) Tarradellas, por su entereza moral y política, es un ejemplo de sensatez, pragmatismo, sentido de unidad civil y lealtad institucional, que es recordado y admirado por haber defendido la dignidad de las instituciones catalanas y haber restaurado el gobierno de la Generalitat de Cataluña.

Puigdemont es modelo de político oportunista, cuya mediocridad le impedía estar a la altura del momento histórico que le tocó vivir y del que no ha sabido asumir sus responsabilidades. Su recuerdo quedará asociado al ridículo de su comportamiento, más que el de su cabellera.

martes, 31 de octubre de 2017

A vueltas con la hora

La madrugada del pasado domingo se procedió a retrasar una hora en los relojes para adaptarnos al horario de invierno, un cambio que, desde la crisis energética de 1973, lleva realizándose en todos los países de la Unión Europea con la finalidad de ahorrar energía, adaptando la actividad al ciclo de luz solar. Dos veces al año, se procede desde entonces a adelantar y retrasar la hora el último domingo de marzo y octubre, respectivamente, para aprovechar al máximo la luz solar, cumpliendo así una directiva europea que, entre otras cosas, unifica el cambio horario en la mayoría de países del Continente, salvo Inglaterra y Portugal. Y en cada ocasión, la medida genera una discusión recurrente entre partidarios y detractores de cambiar la hora, dando ocasión a encendidos debates tabernarios, incluso entre los miembros de las familias, sobre los efectos o las causas de estas modificaciones horarias.

En realidad, retrasar una hora en invierno ubica a España durante cinco meses (de octubre a marzo) más cerca del huso horario que le corresponde geográficamente, según la zona del Tiempo Universal Coordinado (UTC) que tiene como referencia el meridiano de Greenwich. Pero, aún retrasando esa hora, España mantiene todavía una hora de diferencia adelantada (UTC+1) por el cambio que se produjo durante la Segunda Guerra Mundial que, a pesar del carácter temporal con que se hizo, nunca llegó a corregirse. Es por ello que España se rige, en la actualidad, por la Hora Europea Central (Berlín) en lugar de la que le corresponde de Europa Occidental (Londres), razón por la cual tenemos una hora de adelanto con respecto al sol en invierno, y dos en verano.

La hora en España no se adecua escrupulosamente con el huso horario en el que se halla. Estos husos horarios se establecieron en el siglo XIX con el fin de determinar la hora universal. A partir del meridiano de Greenwich, considerado meridiano cero (UTC OO), la Tierra se divide mediante líneas de polo a polo (meridianos) en veinticuatro zonas, de 15 grados cada una, correspondientes a las veinticuatro horas del día. Desde la UTC OO (Greenwich, ya que por alguna había que empezar), se va sumando una hora por zona en dirección este, o se resta en dirección oeste. Cada zona es un huso horario. Adaptarse a ellos es una convención que, en muchas ocasiones, viene determinada por intereses políticos y no sólo geográficos, como el que motivó aquel adelanto de una hora en España (y otros países), en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial para adaptarse al horario de Berlín. Más tarde, como consecuencia de la crisis energética causada por el embargo que impusieron los países exportadores de petróleo en el año 1973, se decidió igualmente por motivos político-económicos volver a modificar los horarios para aprovechar la luz solar con la intención de ahorrar energía. Esta es la causa “oficial” por la que se cambia, desde entonces, la hora dos veces al año en nuestro país. Sin embargo, según diversos estudios, dicho ahorro, si es que existe, sería muy escaso, casi insignificante. Lo que sí es cierto es que el alargamiento de las horas de luz por la tarde, durante el verano, beneficia a la actividad turística, la mayor industria española. Y ello es más importante que el supuesto ahorro energético.

Como vemos, mucho más que la cuestión técnica acerca del huso que debería regir el horario en España, dada su ubicación geográfica, el cambio de hora genera controversias por las alteraciones que ocasiona en los ritmos circadianos de las personas y en las costumbres o hábitos sociales, laborales y hasta familiares de la población. Es decir, aparte de las conveniencias económicas de la medida, las críticas provienen de los trastornos que ocasiona la desincronización de nuestro reloj interno con los ciclos de luz y oscuridad modificados con cada cambio horario. Esa periódica desincronización entre los ciclos de vigilia/sueño con los de luz/oscuridad puede suponer, para muchas personas, problemas a la hora de conciliar el sueño, cambios en el estado de ánimo, trastornos alimenticios y hasta alteraciones en el rendimiento intelectual y físico. No tener sincronizado nuestro reloj interno con nuestro huso horario acarrea toda una serie de problemas que la investigación científica tiene suficientemente demostrados y contrastados.

El horario actual, más cercano al huso horario que nos correspondería, es más acorde con el ritmo circadiano o reloj biológico de nuestro organismo, lo que sin duda influye también en nuestra actividad y productividad. De ahí que, desde diferentes sectores sociales (empresariales, laborales, domésticos, etc.), se aconseje, cada vez con más insistencia, una racionalización de los horarios, tendente a evitar esas jornadas interminables, hasta las 9 ó 10 de la noche, que nos diferencian del resto de Europa.

Y es que, alargar las horas diurnas en verano, impide que nadie se acueste temprano si hasta las 10 de la noche todavía hay luz, lo que conlleva que los españoles seamos los europeos que menos dormimos, casi una hora menos que los del resto del continente.

Y aunque somos también los que más tiempo pasan en el trabajo (más de 200 horas al año que un alemán, por ejemplo), no somos los más productivos, entre otros motivos, porque no aprovechamos convenientemente las horas de luz por la mañana, como nos predispone nuestro reloj interno. Está demostrado que la jornada intensiva en el trabajo reduce el absentismo laboral y aumenta la productividad, según una investigación de la Universidad de Zaragoza. Todo ello tendría consecuencias en nuestros hábitos sociales, educativos y culturales, de los que somos renuentes a cambiar, y que es, justamente, lo que sale a relucir en todas las discusiones que mantenemos, cada año, a vueltas con la hora. Somos así: viscerales más que racionales.

sábado, 28 de octubre de 2017

Santa Cruz de la Salceda

Guiados por el afán indeclinable de adentrarnos por la España profunda, recorriendo los rincones más recónditos de nuestra geografía, alejados de las rutas del bullicio embrutecedor del turismo de masas, recalamos en un minúsculo pero hermoso pueblo, de algo menos de 200 habitantes, ubicado en plena comarca de la Ribera del Duero burgalesa, a medio camino entre Madrid y Burgos. Se trata de la aldeana localidad de Santa Cruz de la Salceda que, aparte de su sobrio encanto natural, vitivinícolo y gastronómico, alberga el primer y único museo de España dedicado a los aromas y olores. Quienes visitan esta curiosidad museística, en un receso del frenesí por conocer algunas de las innumerables bodegas de la zona, tienen la oportunidad de poner a prueba su destreza olfativa para distinguir y reconocer, en una sorprendente experiencia lúdica, los olores del vino, las fragancias de los perfumes y los aromas relacionados con la naturaleza, las especies, los alimentos y hasta los recuerdos que se conservan, aunque lo ignoremos, de la infancia o del colegio. Aromas asociados a imágenes o recuerdos que nos transportan a épocas que creíamos olvidadas, pero que siguen ahí, enterradas en nuestra memoria.

Santa Cruz de la Salceda es uno de esos pueblos perdidos entre los surcos de España, en el que uno puede sumergirse en el paisaje austero y silencioso de la vieja Castilla, como la describiera Miguel Delibes en sus obras, con esa palabra precisa que le caracterizaba y su respeto insobornable a la naturaleza y a los seres humanos. Este pueblo es un simple bosquejo de localidad, con su cruz de piedra vigilando desde lo alto de una loma, donde uno puede entregarse a la seducción contemplativa de lo rural y, por ello mismo, de lo auténtico no contaminado con la artificialidad superflua de lo destinado al consumo inmediato. A un tiro de piedra de Aranda de Duero, Santa Cruz de la Salceda se recuesta sobre la falda de una de las colinas por donde discurre suavemente el río Duero, rodeado de pequeñas plantaciones de viñedos y de algunos chopos que se elevan esparcidos por el paisaje. Forma parte de una comarca con Denominación de Origen en la que, desde Valladolid a Soria y de Segovia a Burgos, más de 100 pueblos, repartidos en una franja de unos 115 kilómetros, siguen empeñados en sacar provecho de unas condiciones medioambientales excepcionales para el cultivo de la vid y obtener de su zumo un vino igualmente excepcional.

Vale la pena, pues, desviarse de la autopista y acercarse a pueblos como Santa Cruz de la Salceda, aunque sólo sea para descubrir los placeres de una tierra de vinos míticos y platos insuperables de la cocina castellana. Es una experiencia para los sentidos que nos reconcilia con la humildad –y la hermosura- de lo sencillo y puro.
 
 


(Fotos: D.G.Bonet)

miércoles, 25 de octubre de 2017

¿Freno a la insurrección?

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno
El Gobierno de España ha activado la aplicación del artículo 155 de la Constitución para destituir al Govern catalán y restaurar la legalidad democrática y la normalidad institucional en la Generalitat hasta que se convoquen unas elecciones autonómicas en Cataluña, en el plazo de seis meses, de las que se espera surja un nuevo Ejecutivo que garantice el respeto a las leyes, el Estado de Derecho y la voluntad mayoritaria de los ciudadanos de aquella Comunidad, expresada esta vez en urnas de verdad transparentes y legales, sin mentiras, sin coacciones y sin trampas. El Gobierno confía, así, poner freno a la insurrección a la que se había entregado una Generalitat presidida por Carles Puigdemont, bajo la “dirección” radical de la presidenta del Parlament, Carmen Forcadell, y la participación de otras fuerzas y organizaciones independentistas. Se trata, en definitiva, del último recurso de que dispone el Gobierno tras la batería de medidas judiciales y policiales que, hasta la fecha y a pesar de su rigor, no han servido para desactivar la deriva secesionista de los empeñados en declararse en rebeldía e incumplir cuántas leyes se pongan por delante (incluyendo el propio Estatuto catalán y la Constitución) para presentarse como víctimas de una supuesta opresión y falta de libertades con tal de lograr el multitudinario refrendo ciudadano, y la simpatía de la opinión extranjera, que justifique una declaración de independencia de Cataluña por la vía de los hechos consumados y forzados, no con el respaldo de la ley ni la razón histórica y social de su parte.

La cuestión que emerge con ello, más allá de la formidable crisis creada que causará profundas heridas entre los catalanes y los españoles que no cicatrizarán en decenios, es si la consulta a los ciudadanos promoverá un nuevo Govern que se acomode a la legalidad constitucional y diluya realmente la insurrección a la que se había apuntado el anterior gobierno en su rebeldía. Tal es la incógnita que queda por resolver después de adoptar una medida excepcional que no garantiza por sí misma ningún resultado, a pesar de que se ha tenido que recurrir a ella tras el desprestigio de las instituciones, el deterioro en la vida de muchos catalanes, la fuga masiva de empresas, el enfrentamiento social y la ruptura de la convivencia. Una medida legal por parte del Estado para afrontar un ataque que tomó por asalto, aunque de manera pacífica, la Constitución y el Estatuto de Autonomía para invalidarlos, haciendo caso omiso de las sentencias del Tribunal Constitucional y las advertencias de los interventores del Parlament y del Consejo de Garantías Estatutarias. Y vulnerando, además,  los derechos de una oposición a la que se privó de voz y del deber de control al Ejecutivo.

Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat
Ahora, el recurso a unas elecciones autonómicas abre varios escenarios en función de sus resultados: desde una repetición del anterior reparto parlamentario, hasta un trasvase de votos a las fuerzas constitucionalistas por parte de un electorado hastiado de enfrentamientos y disputas e, incluso, un reforzamiento de la mayoría independentista. Sin una CiU (antigua coalición nacionalista no independentista) que aglutine el voto nacionalista burgués y moderado, transformada ahora por causa de la corrupción de sus líderes en franquicia del independentismo de Esquerra Republicana y sometida a los dictados de los antisistemas de la CUP, el abanico de posibilidades se constriñe en perjuicio del electorado, dejándole sólo las alternativas ya indicadas. Más aun cuando Ciudadanos y Podemos (Colau incluida) –los ya no tan novedosos partidos emergentes- compiten por el voto que acaparaba el Partido Popular, a un lado, y los soberanistas y el PSC (socialistas), por el otro. Con semejante panorama todo puede ocurrir, aunque se confía en que la mayoría social no independentista acuda a votar masivamente para hacer valer su peso frente a esa minoría chillona, y con una proverbial habilidad para organizar movilizaciones, que ha protagonizado el enfrentamiento político en Cataluña.

De ahí que los interrogantes se vuelvan, además de pertinentes, angustiosos. ¿Se logrará frenar la insurrección de Cataluña? ¿Se reconducirán la legalidad y la normalidad democráticas en aquella región? ¿O cabe la posibilidad de que se repita con las elecciones el mismo reparto parlamentario y el Govern resultante reincida en desobedecer las leyes y declarar a cualquier precio la independencia? Todo es posible y nadie está tranquilo. Europa tiembla ante la posibilidad de contagio separatista en diversas regiones de otros estados que también albergan sentimientos identitarios o supremacistas, fácilmente espoleados por los populismos de derecha e izquierda que anidan en el Continente. Y en España se temen las consecuencias, no sólo económicas, de las animadversiones desatadas por el conflicto catalán en la política, en la pluralidad social y cultural del país y en el modelo democrático y autonómico del Estado.

Artículo 155 de la Constitución
Las respuestas que se han de dar desde la ley para hacer modificaciones a la ley, a fin de satisfacer las demandas legítimas de una parte de la sociedad catalana, no son fáciles ni inmediatas, ya que implican reformas de la Constitución, asumir por parte de todos el respeto a los procedimientos y a la legalidad en los que basamos nuestra convivencia democrática y pacífica, y, sobre todo, repensar el modelo territorial y la diversidad cultural que encierra este viejo espacio comprendido por una inmensa meseta central –el macizo ibérico-, cordilleras limítrofes o divisoras, cuencas sedimentarias, una extensa costa que rodea la península y unas cuantas islas que la historia nos ha regalado. Una geografía peculiar que invita a vivir en compartimientos estancos y que nos hace ser un país –como lo describió en su guía el “curioso impertinente” inglés Richard Ford en el siglo XIX- inherentemente “inamalgamado” (unamalgamating), que no sabe “amalgamarse” para afrontar los retos.

No es más que un cliché desafortunado, naturalmente, además de interesado por prejuicios anglosajones de un “gentleman” de la época romántica, citado en el último libro del hispanista Ian Gibson, Aventuras ibéricas (p.37). Pero, como todos los estereotipos, algún rastro de tales características tópicas se detecta en la realidad. Porque los actuales pobladores de la cuenca del Ebro, nativos o acogidos, no se quieren “amalgamasar” con los del resto del país para, juntos, seguir formando una gran nación y afrontar conjuntamente los retos del presente y el futuro de España. Como si tuviéramos una maldición que nos impidiera reconocernos, cada cual con sus particularidades, como ciudadanos de este viejo y a la par interesante país, llamado España, de cuya “amalgamasada” historia Cataluña forma parte destacada. ¿Se frenará, pues, la insurrección que pretende separar a los catalanes de esta aventura histórica que afrontamos conjuntamente? Nada está escrito.

lunes, 23 de octubre de 2017

Miedo a las máquinas inteligentes


Los avances de la ciencia y la tecnología nos están acostumbrarnos a disponer y estar rodeados de máquinas eficientes y cada vez más complejas. En un principio, se crearon para ayudar al ser humano en tareas en que era requerida mucha mayor fuerza que la que el hombre era capaz de aplicar, máquinas rudimentarias cuyos motores impulsaban tractores que removían tal volumen de tierra y más rápidamente que lo que era posible con un simple arado arcaico. Así, de los carruajes tirados por animales pasamos a los vehículos a motor de explosión que incluso ya aparcan solos o avisan si te sales del carril y corrigen el rumbo, sin intervención del conductor. Y que del primitivo ábaco para el cálculo se haya evolucionado hacia las imponentes computadoras que procesan millones de datos y realizan innumerables operaciones matemáticas y físicas de manera casi instantánea. Sin tales ingenios, no existirían los viajes espaciales ni la mayoría de las comodidades que aligeran nuestra vida, desde el elevalunas eléctrico hasta el último modelo de teléfono celular que constantemente ubica la posición del portador vía GPS.

Pero este avance no se detiene y continúa dando pasos gigantescos en la sorprendente perfección de las máquinas. Ya no son automatismos ni programas o algoritmos informáticos más o menos sofisticados que permiten a las máquinas cumplir con su función de manera rápida, eficaz e, incluso, autónoma. Sino que algunas de ellas vienen dotadas con una incipiente inteligencia artificial (IA) que les posibilita, sin intervención humana, aprender continuamente. Es decir, máquinas capaces de aprender por sí mismas para, en un futuro no muy lejano, resolver todo tipo de problemas a los que puedan enfrentarse en el mundo real. Ello no es más que el resultado de la investigación en este campo concreto de la ciencia, en el que tan avanzada se halla la investigación en inteligencia artificial que, con lo logrado en máquinas inteligentes para jugar al ajedrez, ha quedado ya claro que el conocimiento humano puede ser incluso un lastre para su efectividad. Y es que se ha conseguido construir máquinas capaces de aprender, por si mismas, jugadas nuevas y estrategias más innovadoras y eficientes que las que el talento humano haya alcanzado en su historia, que hacen prescindible nuestros conocimientos, inteligencia y experiencia para enseñarlas o programarlas. Máquinas que aprenden a jugar desde cero, a partir sólo de las reglas del juego, basándose en el aprendizaje por refuerzo y practicando consigo mismas hasta alcanzar una destreza infinitamente mayor que la adquirida por cualquier ser humano. Entrenan a nivel sobrehumano y a una velocidad impresionante, sin ejemplos ni orientación previos, hasta que se vuelven invencibles y capaces de tomar decisiones, de momento sólo para jugar al ajedrez y después sobre lo que sea, sin que tales decisiones vengan contenidas ni previstas en su programación. Y tal posibilidad, sinceramente, me aterra.

Hace décadas que la investigación en tecnología sobre inteligencia artificial se está llevando a cabo con progresos cada vez más espectaculares, como el que estamos comentando del programa AlphaGo Zero, desarrollado por la división DeepMind de Google. El físico Roger Penrose, en un libro titulado La nueva mente del emperador1, advertía de que, aunque las máquinas pudieran realizar todo lo que la mente humana es capaz de imaginar, nunca comprenderían lo que están ejecutando, no serían conscientes de lo que hacen, como lo es un ser humano de cada uno de sus actos. Este insigne físico-matemático, profesor en su época de la Universidad de Oxford, quiso dar respuesta con su libro a un problema más filosófico que físico, el de la “mente-cuerpo”, al que los defensores de la computación electrónica y, por consiguiente, de la inteligencia artificial “fuerte” creen posible soslayar cuando se construyan máquinas capaces de “sentir” placer o dolor, belleza o humor, e incluso tener consciencia o libre albedrío gracias a algoritmos de elevadísima complejidad que convertirían a estos robots en máquinas “pensantes”.

Confieso que me desasosiega ese futuro robótico, ya que la facultad de pensar la creía exclusiva del ser humano, gracias a la cual, no sólo puede superar sus limitaciones físicas y los condicionantes del entorno natural, sino escapar del determinismo animal. Que esa herramienta la dispongan también las máquinas me espanta, puesto que, como se interroga Penrose en su obra, si éstas pueden llegar a superarnos algún día en esa cualidad en la que nos creíamos superiores, ¿no tendríamos entonces que ceder esa superioridad a las máquinas? Se me hace imposible imaginar un futuro en que la cumbre de la racionalidad lo ocupen las máquinas. De ahí el miedo que me ha producido tener conocimiento de la existencia de esa computadora con inteligencia artificial que aprende por sí sola a ser invencible..., de momento, jugando al ajedrez. Me da pánico.

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Nota:
1: Roger Penrose, La nueva mente del emperador, Mondadori España, S.A., Madrid, 1991.