viernes, 5 de diciembre de 2014

Adiós, bocazas

Por fin han cesado al consejero de Sanidad de Madrid, aquel impresentable galeno que, transmutado en político, escupía desprecio cuando la realidad contradecía sus deseos y no se adecuaba a sus postulados. Javier Rodríguez hubiera pasado como un insustancial “fontanero” dedicado a continuar la tarea de sus predecesores en el desmantelamiento de la sanidad pública de la Comunidad de Madrid y la entrega de sus mejores joyas a la iniciativa privada, a la que todos ellos recalan cuando dejan la política. Pero su mediocridad, conocida de antiguo, brilló a su altura cuando hubo de enfrentarse a la crisis provocada por el primer caso de ébola acaecido fuera de África. Anteriormente había tenido que improvisar unos recursos que estaban siendo enajenados para convertirlos en “sostenibles” nichos de negocio privado. Tuvo que volver a reabrir el Hospital Carlos III, centro de referencia nacional para la investigación y tratamiento de enfermedades emergentes, y acondicionarlo a toda prisa para acoger a los misioneros repatriados desde Sierra Leona, contagiados por ébola, tras la negativa del personal de Cuidados Intensivos del Hospital La Paz de hacerlo en instalaciones donde atienden a decenas de pacientes cada día.

Pero cuando mostró su verdadero talante soberbio y despreciativo fue a la hora de asumir sus responsabilidades en la cadena de errores que determinaron que una auxiliar de enfermería acabara contagiada por ébola después de exponerse al tratar a los dos religiosos atendidos en España. Errores que condujeron a extremar las precauciones y mejorar unos protocolos asistenciales manifiestamente insuficientes. Sin embargo, el responsable de la sanidad madrileña se dedicó a insinuar que la auxiliar podría haber mentido en relación a la fiebre que padecía, lo que había dificultado el inicio de un tratamiento temprano. Incluso se atrevió a dudar de su padecimiento al afirmar que la enferma no debía estar tan mal cuando se fue a la peluquería. Ante la terquedad de una enfermedad que se presenta contra todo pronóstico, el consejero recrimina a la paciente su torpeza, ya que “para explicar a uno cómo quitarse o ponerse un traje (de aislamiento) no hace falta un máster”. El doctor Rodríguez nunca demostró sus habilidades para hacerlo y la única fotografía de él con una bata para prevenir el contagio por contacto da vergüenza.

Entre tanto, las autoridades sanitarias del país, movidas ya por el pánico, destrozan el piso de la auxiliar a la hora de desinfectarlo, sacrifican al perro sin someterlo a aislamiento ni comprobar si estaba infectado, generando un escándalo mayúsculo entre las asociaciones defensoras de los animales, y la vicepresidenta del Gobierno desplaza a la ministra de Sanidad, Ana Mato (cuya implicación en la trama Gürtel le obliga a dimitir), para dirigir personalmente la gestión de la crisis.

Afortunadamente, la enfermera pudo superar el contagio y recuperar la salud, lo que ha llevado al consejero bocazas a atribuirse el mérito, declarando: “Si lo hubiese hecho mal, Romero no estaría hablando. Lo que tengo que hacer es felicitarnos porque no se ha muerto y porque haya tenido un final feliz”. Tales palabras en boca del responsable del mayor desaguisado de la historia sanitaria reciente española son inaceptables y bochornosas. Por eso, el miércoles pasado, el día siguiente de que la Organización Mundial de la Salud declarara a España “oficialmente libre” del ébola, este impresentable médico, vestido de político, fue fulminantemente cesado del cargo, dos meses tarde de comenzar a meter la pata en la gestión de una cartera para la que no estaba preparado: su incontinencia verbal lo traicionaba. No podía controlar su lengua, que antes de abandonar el cargo, le llevada a decir: “Si mi gestión no hubiese sido correcta, España seguiría teniendo esta enfermedad (ébola)”. Y es que todavía no lo admite ni lo entiende: lo han echado por bocazas, además de incompetente, doctor Rodríguez. Ahora ya puede irse a vivir del cuento sin perjudicar a nadie.

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