viernes, 15 de junio de 2012

Los poetas sevillanos del Renacimiento

Sevilla vivía un período de gran esplendor en el siglo XVI al ser puerto de entrada y salida del comercio hacia América, lo que posibilitaba una vida intelectual pareja a esa floreciente actividad mercantil. La ciudad refulgía, en la segunda mitad del siglo, en cultura humanística, las artes y la poesía, dando lugar a figuras que rendían tributo a la ilustración y la rebeldía intelectual, buscando refugio en la erudición y contribuyendo a forjar el imaginario literario de un tiempo, el del Renacimiento, que precede como una eclosión luminosa al ocaso del barroco.

En el barrio de Santa Cruz nos asalta el nombre de un poeta prolijo de la época, Lope de Rueda, también conocido como El Terencio sevillano, autor dramático, poeta y comediante, parco en palabras pero brillante a la hora de dotar de agilidad verbal a los personajes de sus entremeses, buscando siempre el elogio y la aprobación del público. Está considerado el fundador del teatro español hasta el punto de merecer el elogio que Cervantes le dirigiera por ser “el primero que en España sacó las comedias de mantillas y las puso en toldo y vistió de gala”.

Más adelante nos encontramos con otra calle rotulada como Diego Ximénez de Enciso, nombre del alma que continúa penando sobre el adoquinado por el que anduvo, recitando con voz grave y rostro lívido versos de sus elogiados cuadros históricos.
 
Es fácil rememorar, recorriendo las arterias de una urbe moldeada con aportaciones sucesivas de culturas, el aspecto y hasta la atmósfera de un período, como el del Renacimiento, en que se multiplicaban los cenáculos culturales que atraían a escritores, artistas y profesionales de diversa índole. En ese ambiente destaca Fernando de Herrera, El Divino, a quien se le reconoce el mérito de fundar la escuela sevillana de la poesía renacentista, basada en el predominio de los valores formales, el estilo brillante y el lenguaje sonoro, en contraposición a la escuela salmantina, sobria de recursos. Era hijo de un cerero y llegó a ser clérigo de la iglesia de San Andrés. Autor de una notable obra ensayística, su poesía amatoria se centra en doña Leonor de Milán, esposa de su amigo don Álvaro de Colón y Portugal, el Conde de Gelves, en cuya casa ubicada en la actual calle Rodrigo Caro se reunía en tertulia aquel grupo de poetas de la escuela sevillana para ensayar una lírica heredera de Garcilaso. Las calles del barrio de Santa Cruz son testigos mudos de ese amor platónico, y único, por las condesa de Gelves, a la que el poeta se refiere en sus versos bajo los nombres arcádicos de  Eliadora, Aglaya, Estrella, Esperanza, Leucotea, Lucero, Lumbre, Sirena, Aurora, etc., variaciones de un solo nombre –Luz- con el que simboliza el fuego que abrasó su alma durante toda la vida. Cuando ella murió, Fernando de Herrera compuso dos sonetos y una elegía de despedida, tras lo cual dejó de escribir poesía.

Otros asistentes a esa tertulia eran Juan de la Cueva, quien había escrito un poema dedicado a su amigo y contertulio, demostrándole conocer su secreto con sólo leer el título: A un galán que seguía una pretensión imposible y de gran riesgo al honor y a la vida; el erudito Gonzalo Argote de Molina, todo un señor, ilustre por nacimiento y vocación, que vivía en la mejor casa-museo de la época, donde contaba con una envidiable biblioteca; Baltasar del Alcázar, poeta con carrera militar y habilidades políticas, por lo que llegó a ser tesorero de la Casa de la Moneda y administrador del anfitrión, el Conde de Gelves; mejor poeta que militar y que destaca por su poesía amorosa y religiosa y por haber asimilado los epigramas latinos, en especial de Marcial, siendo considerado por ello el Marcial sevillano.

También son asiduos de la escuela Cristóbal Suárez de Figueroa, de condición hidalga y discípulo de Juan del Mal Lara, erudito y humanista, maestro de Mateo Alemán y autor de una obra fundamental sobre el refranero español y de una crónica sobre el recibimiento que Sevilla dispensó al monarca Felipe II;  Cristóbal de las Casas, jurista secretario de Tarifa, Francisco de Medina, que, además de poeta, es autor de un prólogo de “Anotaciones sobre Garcilaso de la Vega”, de Fernando de Herrera, en el que se aprecia una defensa de los poetas sevillanos, y Gutiérrez de Cetina, que utilizó de joven el sobrenombre de Vandalio y a quien Francisco Pacheco llama “poeta lírico de maravilloso ingenio e invención, de grande elegancia y suavidad, de mucha agudeza y soltura en el lenguaje”, considerado por todos el poeta del amor por excelencia.

Son más los autores renacentistas de la poética sevillana de los que apenas quedan recuerdos en esta ciudad, como Juan de Castellanos, Juan de Iranzo o Juan Farfán, Luis Barahona de Soto, Diego Mexía de Fernangil, Vicente Espìnel o Pedro de Quirós. Todos ellos son tributarios de la memoria de la ciudad, aunque su legado quede orillado por el resplandor de aquellos a los que Sevilla rinde pleitesía.  

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