domingo, 13 de noviembre de 2011

Cuadernos de Roldán, 72

A pesar de los pronósticos, el día lucía ayer sábado cristalino y tibio como una primavera despistada por los cerros de Constantina. Hasta allí se habían desplazado los “inquilinos” de Cuadernos de Roldán para presentar su poemario número 72 dedicado a la Sierra Norte, ese trozo de Sierra Morena que tiene por referencia Sevilla. Tras una visita por la mañana a Los Pozos de la Nieve y al lagar de Fuente Reina, el acto congregó por la tarde a un inhabitual público en el Salón de Usos Múltiples de la calle Mesones, que el Ayuntamiento había cedido amablemente para la ocasión. Asombraba ver aquel espacio nutrido de gente y la adhesión de una juventud a un colectivo que, por muy artistas que sean, comienzan –comenzamos- a parecerse un club de poetas jubilados. No sólo había jóvenes en el patio de butacas, sino también entre los autores de los poemas, quienes, sin rubor, pasaron a declamar sus versos cuando fueron solicitados por los organizadores. Parece que Quintina Falcón, encargada de la confección de este número junto a Paco Vita, algo tiene que ver con este rejuvenecimiento de Cuadernos, al conseguir la participación de sus compañeras profesoras de la zona y del alumnado amante de la poesía. También colaboraron con el libro algunos pintores de la tierra. No fue de extrañar, por tanto, que la emoción hiciera mella pronto entre los asistentes y todos allí, veteranos y novatos, poetas, pintores e “inquilinos”, se sintieran finalmente aludidos por la dedicatoria del libro: “A todos los artistas y aquellos que sin serlo conforman también el alma de Los Cuadernos -¡que ya hay que ser artista para ello!-.”  Un sentimiento con el que comulgaban cuantos se sentían impresionados por la belleza lírica de unos poemas, unas pinturas y un pueblo que ya Carlos Abadía, ausente por enfermedad, se había encargado de mostrarnos:

TU PUEBLO
(A Quintina)

Nunca fui a tu pueblo
pero mis versos irán allí contigo.
Ignoro si tu pueblo está en una loma
o lo guardan otras lomas de olivares,
pero sí sé del trino escandaloso de sus pájaros
las mañanas azules y frescas de verano.
Sé del torrente crecido de tus calles
bajo las nubes furiosas del otoño,
y del sol neblinoso y distante del invierno
antes de tus noches frías y estrelladas.
Pero ahí está ya la primavera detrás de los almendros,
y el aire de cristal de tus calles
estalla con las flores de los balcones
y los aromas de toda la sierra.
¡Cómo no voy a conocer tu pueblo
después de tantos años de amistad?
Carlos Abadía

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